Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 15. Forcejeo
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15. Forcejeo

Forcejeo

Un fogonazo de luz blanca lo cegó. Escuchó a Eira gritar con rabia, junto con un sonido... ¿de metal?

Cyal abrió los ojos, resollando. Tuvo que parpadear repetidas veces para despejar los puntos negros de su visión y evitar que el agua de la lluvia le impidiera ver.

Eira había regresado a su forma humana. Estaba encima de él, de espaldas, con las piernas flexionadas.

Apretaba las cimitarras cruzadas delante del rostro, frenando las garras de su enemiga.

Gruñía por el esfuerzo, le temblaban los brazos y su costado sangraba en abundancia donde Lluvia le había clavado las garras, cuando todavía estaba en su forma de dragón.

«¿Ya no disponías de energía para aguantar como dragón, Eira?», se mofó Lluvia. Sus ojos escarlata relucían con malicia.

Eira rechinó los dientes. Lo que había dicho Lluvia era cierto: se deterioraba con más rapidez en su forma de dragón.

Estaba a punto de derrumbarse cuando Lluvia había atacado a Cyal.

En medio de su pánico, lo único que se le había ocurrido era regresar a su forma humana y así tener la energía suficiente para transportarse con las sombras.

—¿Por qué insistes en hacer daño a la gente que quiero?

—gritó con una nota de aguda desesperación en la voz, aplicando toda su fuerza a las cimitarras.

La presión que ejercía Lluvia era brutal y, aun así, Eira no estaba dispuesta a ceder, por mucho que sus músculos ardieran como el infierno y cada bocanada de aire fuera una cuchillada—.

¡Tu venganza no tiene sentido! ¡Déjame fuera de ella, maldita sea!

Cyal se había apoyado sobre un codo, esforzándose por bloquear el dolor. Se llevó una mano al pecho. La sangre mezclada con el agua de la tormenta se deslizó entre sus dedos.

Miró a Eira, con la respiración agitada. El terror le oprimía el corazón, pues veía que las rodillas de Eira estaban a punto de fallar. ¿Acaso había posibilidad alguna de que salieran con vida?

Gruñó, avivando la llama de la rabia en su interior. No, no permitiría que Eira fuera derribada de esa manera por la que había considerado su preciada compañera y que al final había resultado ser la causante de todo su dolor en el pasado.

«Arriba», ordenó el oscuro murmullo. Cyal esta vez no dudó en obedecer. Eira estaba ahí sufriendo por él, por protegerlo. Eira, en cambio, se sentía cada vez más culpable, consciente de que Cyal no estaría en peligro de no ser porque quería acompañarla. Ignoró la angustia en el estómago.

«¿Qué sabrás tú de si mi venganza tiene sentido o no, traidora?», rugió Lluvia. Sus escamas relucían como zafiros bañados por el agua.

Eira jadeó. Ya apenas lograba que el aire le llegara a los pulmones.

—Los humanos que nos hicieron esto murieron hace mucho —dijo, con dificultad para articular las palabras.

Cyal, mientras tanto, logró sentarse y se arrastró hacia atrás.

Lluvia irguió el cuello, por el que reverberó un sonido cavernoso. Apartó las garras, dispuesta a descargarlas de nuevo sobre Eira con más ímpetu. Eira trastabilló hacia delante, mareada.

Fue entonces cuando Cyal saltó sobre ella, impulsado por el agua. Giró y le hizo un corte a Lluvia en la pata con la espada. La dragona siseó del dolor y se alzó sobre las patas traseras.

Justo lo que él buscaba.

—¡A ver qué te parece esto! —gritó a la vez que se desenganchaba el puñal del cinto y lo lanzaba.

Lluvia se dio cuenta demasiado tarde de lo que era. De haberlo hecho, quizá se habría apresurado a desvanecerse.

Lo sintió hundirse en el abdomen. La cuchilla roja brilló, enterrada entre las escamas más blandas de esa zona. Lluvia echó la cabeza hacia atrás y aulló de agonía. La luz le empezó a quemar la carne desde dentro.

Cyal soltó un quejido al aterrizar en el suelo. Se le doblaron las rodillas y clavó la espada en las rocas para sostenerse en ella, mientras se llevaba la otra mano de nuevo a los cortes en el pecho.

Lluvia se retorció. Se envolvió en un brillo blanco y regresó a su forma humana.

Con un alarido, se arrancó el puñal del abdomen y lo tiró lejos de ella.

Su vestido se había hecho trizas al transformarse antes, por lo que ahora estaba desnuda, con la piel de porcelana al descubierto, encorvada, y con los brazos cruzados delante de la tripa.

La sangre manaba en abundancia. Su largo pelo azul se le pegaba al torso por la tormenta.

Clavó los ojos rojos en Cyal, que la observaba, rígido, pendiente de todos sus movimientos.

—¡Miserable humano...! —vociferó, temblando de la ira.

No se lo podía creer. Un simple chico humano había sido capaz de pillarla desprevenida de esa manera. Todo su cuerpo ardía por dentro; era como si su sistema nervioso se hubiera incendiado y tratara de abrasarla. Se mordió el labio inferior con tanta fuerza que brotó sangre.

—Tu pequeño truco te habrá servido esta vez —bramó ella con veneno en la voz, hablando alto y claro para que Cyal la escuchara—. No tendrás tanta suerte la próxima vez que nos veamos.

Lluvia se desvaneció, sin dejar rastro. La tormenta, que no amainaba, limpió la sangre que había goteado de su herida a las rocas.

Pero Cyal contuvo su suspiro de alivio. Buscó frenéticamente a Eira con la mirada a pesar de que su cuerpo le pedía a gritos que se dejara caer al suelo y cerrara los ojos.

La divisó por su traje blanco, tirada entre las rocas.

Con un gemido de esfuerzo, Cyal se puso en pie.

Abandonó la espada. Se tambaleó, torpe, pero siguió adelante.

No iba a caer. No hasta asegurarse de que Eira estaba bien. Fue hasta ella con urgencia, sin importar las cuchilladas en el pecho.

Ella yacía tumbada boca arriba, con la mano derecha presionando las laceraciones que tenía en ese mismo costado. Respiraba con fatiga y había cerrado los ojos. Sin fuerzas y mareada, no había sido capaz de seguir en pie. Había abusado de sus poderes y ya solo le quedaba pagar el precio.

—¡Eira!

La voz de Cyal, que la llamaba con desesperación, le hizo levantar apenas los párpados. Él estaba inclinado sobre ella, cubriéndola por un momento de la lluvia. Su cabello, empapado, enmarcaba su rostro preocupado.

—Cyal... —trató de llamarlo, pero apenas le quedaba energía incluso para hablar. Estaba exhausta. Ni siquiera sentía el dolor de las heridas.

Cyal cayó junto a ella de rodillas. Eira jadeó al ver de cerca los cortes en su pecho. No parecían muy profundos, pero sangraban en abundancia.

—¿Estás bien? —murmuró él. Sus ojos dorados se desplazaron de las heridas en su costado a su cara, alarmado.

—Cansada —dijo ella, con la voz tan baja que apenas se la escuchaba. La tormenta tronaba alrededor. Extendió una mano temblorosa hacia el pecho del chico. Rozó los cortes con los dedos y Cyal siseó ante el ardor—. Te... ¿duele mucho...?

Cyal tensó la mandíbula.

—Puedo soportarlo.

Pero las fuerzas también le fallaban. Se había arrastrado para ir a su lado, cada paso una tortura. Se inclinó sobre Eira, débil. Apartó los mechones de pelo mojado pegados en su frente... y se derrumbó encima de ella.

—Cyal —murmuró Eira.

Estaban expuestos y no sabían si Lluvia contaría con más aliados cerca que pudiera mandar contra ellos. No podían quedarse ahí.

—Solo un momento —suplicó él.

La adrenalina del combate lo había abandonado.

No aguantaba más. Tenía la cabeza en el pecho de Eira, escuchando el rítmico latido de su corazón.

Aquella era la única prueba de que, a pesar de todo, ella seguía ahí, con él.

Cerró los ojos, sin importarle que lo acribillaran las gotas de agua.

De hecho, pensó que así la protegería de la lluvia.

Los abrió de nuevo al notar que ella lo rodeaba con los brazos como si deseara lo mismo. Cyal irguió un poco la cabeza, sorprendido. Eira también lo había hecho para mirarlo con una pequeña sonrisa.

La reconfortante calidez que su sonrisa le provocó desterró por un instante todo el dolor.

—La hemos derrotado, Eira.

Ella suspiró con tristeza, pero lo miraba con orgullo.

—Ha sido gracias a ti, Cyal.

Porque ella cada vez podía usar menos sus poderes. Cada vez le costaba más esfuerzo, cada vez le restaba más energía.

—Ha sido trabajo en equipo —replicó él.

Apoyó los brazos en la roca encharcada, a un lado y a otro de la cabeza de Eira.

Se incorporó sobre las palmas de las manos, consciente de que tenían que moverse y alejarse de allí.

Su brazo derecho tembló, todavía resentido por el golpe en el hombro al caer.

Se inclinó sin pretenderlo y se le cortó la respiración.

Su rostro había acabado demasiado cerca del de Eira. Ella, sin embargo, no expresó molestia alguna.

Ninguno de los dos se movió, mirándose. El calor subió a las mejillas de Cyal a la vez que sus latidos retumbaban como un tambor. La sutil sonrisa en los labios de Eira encendía cada fibra de su ser, hipnotizándolo.

No era capaz de apartarse. La luz de la tormenta resaltaba sus gélidas facciones. Aunque estuviera empapada, agotada, Eira ostentaba tal lugar en el corazón de Cyal que para él no había rasgos más bellos que los suyos, fueran cuales fueran las circunstancias.

Se fijó en que sus ojos rojos estaban vidriosos. Reaccionó.

—Eira, ¿estás llorando o es la lluvia?

Ella rio con suavidad.

—Solo me siento muy afortunada por tenerte a mi lado, Cyal.

Cyal jadeó. Sonrió, conmovido. Viniendo de Eira, esas palabras tenían un valor incalculable, tanto por lo importante que era ella para él como por lo extraordinario que resultaba que se expresara así.

—¿Quieres hacer que llore yo también? —murmuró, solo medio en broma.

Eira levantó una mano temblorosa. Cyal se quedó rígido cuando la puso en su nuca. La miró con los ojos muy abiertos y el ritmo cardíaco descontrolado. Pero ella se limitó a acariciar su pelo y a dejar caer la cabeza hacia atrás, reposándola de nuevo en el suelo de roca.

Exhaló con pesadez.

—Tenemos que movernos.

Cyal gruñó. Era cierto, pero ninguno de los dos estaba en condiciones de andar. Aun así, era demasiado arriesgado permanecer allí. Apretó los dientes y se forzó a levantarse. Se tambaleó, pero se mantuvo en pie. Se agachó y le tendió la mano a Eira.

—¿Venís conmigo, mi gélida dama? —le dijo con una sonrisa divertida.

Eira emitió una tenue carcajada.

—Será un placer, príncipe Cyal.

Respiró hondo. Agarró su mano y Cyal tiró de ella. Consiguió que se incorporara, pero las piernas de Eira temblaron. Cyal la atrapó en sus brazos, sosteniéndola.

—Eh, ¿seguro que puedes? —le preguntó, inclinando la cabeza para observarla, consternado.

Ella apoyó la frente en el hombro de Cyal y cerró los ojos, revuelta.

—Dame un segundo.

Eira se fijó en que la respiración de Cyal también era laboriosa. A pesar de lo mucho que debían de dolerle los cortes, él no se quejaba, centrado solo en ella. Sintió un pinchazo en el corazón.

Se irguió y levantó los párpados.

—Aquí no estaremos seguros. Debemos alejarnos todo lo que podamos.

—Sí, pero... —empezó Cyal cuando Eira se apartó de él. Se envolvió en un brillo blanco. Cyal se tensó—. ¡Eira, no...!

Pero ella ya se había transformado. La dragona blanca y roja se alzaba delante de él.

«Es la única manera», dijo ella, sin mirarlo. Tenía la cabeza agachada. Tomaba bocanadas de aire con dificultad. Sus patas amenazaban con doblarse. Iba a forzarse a aguantar...

—¡Aceleras tu deterioro cada vez que te transformas! —vociferó Cyal, poseído por un enfado que nacía de su preocupación por ella.

Un ataque de tos lo interrumpió y tropezó hacia delante.

Eira levantó la pata. Él se apoyó en ella, resollando. Un rayo iluminó el espacio a su alrededor. Era todo roca negra.

«Debemos alejarnos, Cyal», replicó ella con suavidad.

—Pero, Eira... —trató de decir él, alzando la vista. Las gotas de lluvia que se deslizaban del cuello de la dragona caían a su rostro—. Esa enfermedad que tienes...

Fuera lo que fuera, si provocaba los mismos efectos que la miezha, era grave.

Era degenerativa. La presión en el pecho de Cyal regresó, más cruel que antes, como garras cerrándose en torno a su corazón.

La angustia lo arañaba por dentro y se mezclaba con una rabia que no encontraba salida.

Pensar en la fragilidad de Eira, en lo injusto de todo aquello, le resultaba insoportable.

Había jurado protegerla, y ahora ni siquiera sabía contra qué estaba luchando.

Eira sacudió la cabeza y parpadeó, despejando los puntos negros. La sangre le ardía todavía debido a la transformación.

«Nos arriesgamos a que Lluvia mande a otros a acabar con nosotros si nos quedamos aquí. Sabe que somos vulnerables».

—Ya.

Eira se agachó y le indicó con un gesto de la cabeza que subiera. Cyal gruñó, pero no protestó más. En el fondo, sabía que Eira tenía razón. Pero ¿cómo aceptar que tuviera que sufrir por ello?

Tras recoger la espada y envainarla, Cyal trepó por su hombro y se acomodó en su lomo, justo detrás del cuello.

«Agárrate bien», dijo ella, y Cyal se aferró a sus plumas. Su textura en ese momento era desagradable, por el agua que acumulaban. Le habría gustado acariciarlas cuando estuvieran secas.

La dragona extendió las alas. Estaban empapadas y eso dificultaría el vuelo, pero no lo impediría.

—¿Cómo vas a ver a dónde vamos en medio de esta tormenta? —inquirió Cyal, preocupado.

Eira lo miró de reojo con una sonrisa. El corazón de Cyal se aceleró. Incluso en su forma de dragón, era preciosa.

«Veo en la oscuridad, ¿recuerdas?».

Batió las alas y se elevó. Cyal se inclinó sobre ella, pegándose a su cuerpo.

El viento soplaba con fuerza y hacía frío. Estaba calado hasta los huesos. Las gotas de agua eran como pequeñas piedras golpeándolo sin piedad.

Y, aun así, la sensación de volar era maravillosa.