14. El velo del engaño #2
Cyal suavizó la mirada. Trató de encontrar palabras para ella, pero no quiso prometerle algo que no pudiera cumplir.
Las gotas de agua se clavaban como agujas en su piel mientras esperaban, en tensión, el próximo ataque de Lluvia.
Un potente rugido les taladró los oídos. Una figura envuelta en luz blanca salió volando de la cueva, creciendo en tamaño y cambiando de forma.
La inmensa dragona azul aterrizó frente a ellos, chapoteando en los charcos de agua entre las rocas.
Abrió los ojos carmesí, que relucían en la oscuridad como tétricos faros, con la pupila ahora en forma de rendija.
Cyal miró a Eira, abrumado. Ella apretaba con tanta fuerza las cimitarras que sus nudillos estaban blancos.
Apenas había pasado un día desde su combate contra Biastria en el pantano. Recordaba a Eira, tras el ataque a Drethol, diciéndole que no podría volver a transformarse en dragón hasta que no se recuperara.
—Eira, no —dijo, muy serio.
Eira, sin embargo, no estaba dispuesta a permitir que Lluvia tocara a Cyal.
Envainó las armas y se envolvió en un brillo blanco.
Cyal retrocedió y maldijo entre dientes.
La dragona blanca y roja se alzaba junto a él, pero no irradiaba la misma presencia majestuosa que cuando la había visto por primera vez.
«¿Tienes dificultades, Eira?», se burló Lluvia.
Eira mantenía la cabeza agachada. El aire salía de sus fauces en bufidos cortos y ásperos. Sus plumas estaban pegadas a las escamas, empapadas por el agua de la tormenta, y parpadeaba sin cesar, tratando de enfocar la vista.
Quizá no había sido tan buena idea transformarse. Le había afectado más de lo que esperaba. Apenas sentía las extremidades...
Lluvia rio y se abalanzó sobre ella sin piedad. Eira aulló al ser derribada. Su enemiga le hundió las garras en el costado.
—¡Eira! —gritó Cyal.
Era justo lo que se temía que iba a pasar: Eira seguía demasiado cansada. El dolor experimentado en su transformación a dragón la había bloqueado; no había dejado que pasara el tiempo suficiente desde la vez anterior y no era capaz de moverse.
Apretó la mandíbula y corrió hacia las dos dragonas.
Eira se retorcía en el suelo de roca. Congeló las gotas de agua que caían hacia Lluvia y las convirtió en carámbanos de hielo, pero Lluvia solo tuvo que girar un poco el cuello para que se desintegraran.
Cyal mandó una bola de agua a presión a su cara, para cegarla. Fue un esfuerzo mantener su trayectoria con la tormenta descendiendo sobre ellos. Lluvia rugió al ser golpeada y sacudió la cabeza, molesta como si la hubiera atacado un insecto.
«Patético humano, ¿cómo te atreves...?», bramó ella, indignada.
Eira aprovechó su distracción para al fin empujarla y quitársela de encima. Rodó por el suelo y se irguió. Le temblaban las patas.
Lluvia abrió la boca y disparó un rayo de hielo hacia ella.
—¡Cuidado! —trató de advertir Cyal.
Eira alzó la vista. Sus ojos brillaron y el rayo se congeló en el aire. Mandó el suyo propio de vuelta, pero para ese entonces Lluvia se había desvanecido.
Cyal se giró de golpe al notar que el suelo detrás temblaba.
Lluvia descendía sobre él.
Se lanzó a la izquierda sin pensarlo. Lluvia clavó las garras en la roca y él cayó dolorosamente sobre el hombro. Con el corazón en la garganta, se incorporó sobre las palmas de las manos, echó un vistazo hacia atrás y ahogó una exclamación. Ella ya movía de nuevo las garras.
Eira se materializó delante de él y chocó contra Lluvia, rugiendo. Fue capaz de frenarla, pero respirar era cada vez más complicado cuando el fuego le inundaba los pulmones y las fuerzas la abandonaban sin remedio.
Era humillante.
Lluvia no se había equivocado al decir que Eira ya no estaba por encima de ella.
«¿Sabes que al transformarte en dragón aceleras el proceso? —se burló Lluvia—. Y más si no has dado tiempo a tu cuerpo para que se recupere».
Eira gruñó, enseñando los colmillos.
«Atrévete a tocar a Cyal y te desgarraré las entrañas, me quede la energía que me quede».
Lluvia arrugó el hocico, disgustada. Ignoró la hiriente punzada en el corazón al ser la receptora de esas palabras de Eira, que jamás había usado un tono tan venenoso y ácido con ella.
Al renacer como xieri, Eira la había arropado y acogido, ayudándola a sobrevivir en esos oscuros años.
Se había convertido en su razón para seguir adelante, le había impedido rendirse.
«No importa —se dijo, sepultando los recuerdos—. No la necesito».
Cyal había conseguido levantarse. Empuñó la espada y centró la atención en Eira y Lluvia, enzarzadas en su pelea de garras y colmillos.
La imagen se distorsionó. El pinchazo que perforó su mente fue más fuerte y le arrancó un grito, ahogado por el atronador ruido de la tormenta. Por un instante, contempló desde arriba a dos dragonas, una blanca y otra azul, con las cabezas inclinadas frente a él.
Y el tiempo se reanudó.
Cyal trastabilló, logrando en el último instante recuperar el equilibrio. Sacudió la cabeza. Tenía que ayudar a Eira. Todo lo demás daba igual.
Corrió para rodear a las dragonas, deslizándose sobre el agua del suelo para ir más rápido. Lluvia desgarró el hombro de Eira, pero ella no cedió, buscando un hueco para atacarla. Cyal deslizó la espada en el aire, lanzando una afilada onda de agua hacia Lluvia.
Esta echó la cabeza hacia atrás y aulló cuando le cortó el costado y parte de la membrana del ala.
Eira aprovechó y le hundió varios carámbanos de hielo en la espalda, atravesando sus escamas.
Lluvia se retorció y saltó hacia atrás para esquivar la dentellada de Eira.
Respiraba entrecortadamente, pero era por la furia.
Su cabeza se volvió hacia Cyal como un látigo de ira.
«¡Humano insolente!», chilló y se disolvió en sombras.
Cyal apenas tuvo tiempo de frenar cuando reapareció delante de él. Se echó hacia atrás, propulsándose con el agua. Aun así, Lluvia logró hundirle las garras en el pecho.
El ardor se extendió por toda su piel como un salvaje incendio, cortándole la respiración.
Cyal cayó de espaldas en el duro suelo, desgarrándose la garganta en su intento de contener un agónico grito.
Se quedó inmóvil, paralizado por la despiadada descarga que poco a poco se apoderaba de sus terminaciones nerviosas.
Jadeaba con los ojos muy abiertos, a pesar del agua de la tormenta, que no amainaba.
Su camisa rasgada mostraba tres afilados cortes que ya empezaban a sangrar.
Había sucedido tan rápido que ni había sido capaz de contraatacar. Solo había evitado que lo atravesara por cuestión de centímetros.
Lluvia se alzaba sobre él, con las garras en alto.
Cyal luchó por sentarse.
La dragona bajó las garras, y él cerró los ojos con fuerza.