Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 14. El velo del engaño
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14. El velo del engaño

El velo del engaño

—Vaya, albergaba la esperanza de que no te acordaras de ese pequeño detalle —dijo Lluvia, haciendo un mohín—. Pero sí, eso también fue obra mía. Para que veas, Eira.

—¿Que vea el qué? —susurró ella, entornando los ojos.

La rabia burbujeaba en su interior. El esfuerzo para no salir disparada hacia Lluvia como lo había hecho trescientos años atrás, en el monte Ishtar, estaba siendo enorme.

—Que he sido generosa contigo —contestó Lluvia.

La examinaba con frialdad—. Siempre he evitado matarte.

Primero, deshaciéndome de la familia de Khait, para que regresaras con nosotros.

Luego, decidí que te dejaría encerrada para que así el General no te asesinara.

Para que, cuando despertaras, el mundo ya estuviera desierto de humanos y no tuvieras que sufrir.

—Eso no salió tan bien como esperabas —señaló Eira.

Lluvia gruñó.

—La intervención de Hereshia arruinó nuestros planes. Por eso te has pasado trescientos años en el hielo; puedes darle las gracias a ella. Y tú. —Dirigió los ojos rojos a Cyal, que tensó la espalda—. Tú eres el responsable de que Eira haya despertado antes de tiempo y ahora tenga que matarla.

Cyal frunció el ceño.

—¿Habrías preferido que siguiera atrapada en el hielo? —dijo, crispado.

—Así es —afirmó Lluvia con sencillez. Miró a Eira de nuevo, sin inmutarse ante el desprecio que chispeaba en sus ojos—.

Al enterarme de que habías despertado, una vez más intenté que volvieras con nosotros.

Por tanto, en total has tenido tres oportunidades, Eira.

¡Tres! —Hizo una mueca y sacudió la cabeza—.

Y ahora insistes en ser un obstáculo para nuestros planes.

He hecho todo lo que he podido por ti, Eira, de verdad.

—Nunca has hecho nada por mí —espetó ella, gélida. Cada una de sus palabras rezumaba un profundo odio.

Lluvia esbozó una sonrisa burlona. El estómago de Eira se revolvió ante el asco que sintió al verla. ¿Cómo había podido cambiar tanto? ¿Acaso quedaba algo de la chica inocente y asustada que había conocido durante los experimentos de los humanos?

—Está claro que nunca nos íbamos a entender. Tú, con tu estúpida obsesión por los humanos...

—No tengo ninguna obsesión —la cortó Eira—. Mato sin reparo a aquellos que lo merecen. Pero soy capaz de distinguir y respetar a los que son inocentes. Eso es algo impensable para vosotros en vuestra ansia de venganza.

Lluvia endureció la mirada.

—Voy a tener que matarte, Eira —insistió—. No me dejas alternativa.

Eira estaba preparada para desviar cualquier ataque. ¿Cómo podía ser esa mujer la misma que la había abrazado siglos atrás, tan contenta porque ella le hubiera otorgado un nombre?

—Inténtalo, si tanto lo deseas. Pero nunca estuviste a mi altura. Si conseguiste dejarme atrapada en el hielo, fue porque tuviste ayuda.

Lluvia enarcó una ceja.

—Así que la detectaste, ¿eh?

—¿Quién era? —exigió saber Eira, dando un paso hacia Lluvia. Cyal se frenó para no agarrarla de la muñeca, inquieto al ver que se acercaba a su enemiga.

—La misma que nos dirigía entonces. Y la misma que nos dirige ahora.

El hielo en el semblante de Eira se resquebrajó.

—Era el General quien nos dirigía.

Lluvia soltó una pequeña carcajada.

—Nunca estuviste informada del todo, Eira. La Emperatriz es la que nos ha comandado siempre.

—¿Y quién es la Emperatriz? —cuestionó Cyal, posicionándose junto a Eira.

—Es la que me ha hecho más fuerte —contestó Lluvia.

Contempló a Eira con una sonrisa cargada de sorna—.

¿Te crees todavía por encima de mí, Eira?

Yo fui la única que no quedó sellada. He estado estos trescientos años vagando por Gaia, entrenando con la Emperatriz y aumentando mi poder. Preparando nuestro regreso.

Eira apretó los dientes.

—¿Tú estás detrás de todo esto?

Cyal había tensado la mandíbula. La persona a la que habían estado buscando también resultaba ser la que orquestó el ataque a Drethol en el que murió su abuela.

—Así es. Por tanto, también sé de tus... problemas con la oscuridad —dijo Lluvia, ladeando la cabeza y llevándose el dedo índice a los labios, fingiendo tristeza. Pero enseguida recuperó su sonrisa burlona—. Lo has notado desde que has despertado de nuevo, ¿no es así?

—¿Sabes lo que le pasa a Eira? —preguntó Cyal, con rabia contenida.

No entendía cómo Eira se estaba controlando para no lanzarse a por ella después de todo lo que había revelado.

Porque él tenía cada vez más ganas. ¿Cómo se atrevía a hacerla sufrir de esa manera, a jugar con sus emociones, a clavarle un puñal por la espalda y a regodearse en el dolor que había provocado?

Lluvia soltó una risotada. Un rayo iluminó la cortina de agua detrás de ella.

—Poseo información sobre Eira que ni ella misma conoce.

—¿Qué me has hecho, Tuila? —la cuestionó Eira.

—¿Yo? Nada. No tengo nada que ver con el hecho de que te hayas visto afectada por esa terrible enfermedad —se mofó Lluvia.

Cyal frunció el ceño. Una desagradable presión empezó a asentarse en su pecho.

—¿Enfermedad? —repitió, temeroso.

Eira se sumió en el silencio. Miraba al suelo.

—Miezha. La miasma oscura —dijo Lluvia. Al ver la mueca de horror en el rostro de Cyal, sonrió—. Os suena, ¿verdad?

—Vosotros no os habéis visto afectados —señaló Eira, clavando sus ojos rojos en ella. Recuperó la expresión de piedra.

Cyal, sin embargo, sentía el hielo circulando por sus venas. Le temblaron las rodillas, aunque respiró hondo en un intento de recomponerse. La miezha no tenía cura. Deterioraba el cuerpo hasta destruirlo por completo. Pero había algo que no encajaba.

—¿Por qué iba a mostrar la miezha sus efectos solo cuando Eira utiliza la oscuridad? —dijo, entornando los ojos.

Lluvia se llevó las manos a las mejillas.

—Vaya. Sí que eres observador, humano.

—Dime qué es lo que me pasa en realidad, Lluvia —gruñó Eira.

—¿No te basta con esa explicación? Sigues estando enferma. Y sufrirás los mismos efectos que la miezha —dijo Lluvia, cruzando los brazos y encogiendo los hombros—. Morirás igualmente, antes o después. ¿Tanto importa el cómo?

—Tú sabes cómo curarla —dijo Cyal. Su mirada era fría como una hoja de acero—. Habla.

Lluvia echó la cabeza hacia atrás y rio.

—¿Y por qué iba a hacer yo eso, humano? He decidido que Eira es un estorbo. Ni siquiera voy a esperar a que su enfermedad acabe con ella; eso podría llevar todavía un tiempo. —Fijó los ojos rojos en su antigua amiga—. He venido a matarte hoy, Eira. Para que nunca más puedas interferir.

Eira espiró con lentitud.

—Jamás habría imaginado esto de ti, Tuila.

Era la verdad. No lo había esperado en el pasado, en su encuentro en el monte Ishtar, y no lo había esperado ahora.

—Prefiero Lluvia —señaló ella, indiferente ante la tristeza que envolvía a Eira—. Tuila es un nombre que me regalaste tú. —Sus labios se contrajeron en un rictus de furia—. Lluvia me ayuda a recordar la venganza que ansío sobre los humanos que me lo impusieron.

Eira desenvainó las cimitarras. Cyal se puso en guardia, preparado para hacer lo mismo con su espada.

—Has venido hoy a matarme, Lluvia —dijo Eira, pronunciando su nombre con claro desprecio. Las comisuras de la boca de Lluvia se torcieron ligeramente hacia abajo. Eira extendió los brazos—. Pero te llevarás una decepción de nuevo.

Lluvia irguió la barbilla con orgullo. La observó con desdén.

—Ya veremos cuánto te dura esa confianza.

—Voy a matarte —sentenció Eira, con una feroz ventisca desatándose en su mirada. Su respiración se aceleró—. Vas a pagar por lo que le hiciste a la familia de Khait. A mi familia.

—Eso si no mato yo antes a tu nuevo compañero.

Una oleada de pánico recorrió a Eira. Parpadeó. Lluvia había desaparecido.

—¡Cyal! —gritó, saltando hacia él.

Pero Cyal estaba preparado. Movió la espada en círculo hacia atrás y golpeó la estaca de hielo que Lluvia había pretendido clavarle. Sus trozos cayeron al suelo. Cyal la miró, con el corazón desbocado.

Lluvia arqueó las cejas.

—Impresionantes reflejos, humano. —Jadeó al fijarse en un detalle—. Tus ojos... ¡Ah, qué curioso!

Pero Eira la embistió, envuelta en sombras, cortando lo que iba a decir.

—¡Aléjate de él!

Las dos rodaron por el duro suelo de roca de la cueva. Lluvia la empujó y Eira dio una voltereta hacia atrás. Sus ojos rojos brillaron en la oscuridad. Se impulsó con agua en las botas para salir disparada de nuevo hacia Lluvia. Su enemiga esbozó una sonrisa burlona mientras se ponía en pie.

—Así que vuelves a tener un punto débil, ¿eh?

Y se desvaneció. Eira rasgó las sombras con sus cimitarras y gruñó. Se irguió y escrutó la cueva. Cyal fue corriendo hacia ella.

—Eira, cálmate —le pidió, a pesar de la tensión del momento.

Eira respiraba con demasiada rapidez, fruto de su ira. No podía ni imaginarse lo mucho que le habría afectado enterarse de que fue Lluvia quien maquinó la cadena de desgracias, pero tenía que conseguir que mantuviera la mente fría para que no cometiera un error que le costara la vida.

Lluvia reapareció detrás de ellos. Tanto Cyal como Eira dispararon esferas de agua hacia ella, haciendo que chocaran contra la que había materializado Lluvia. Los ataques explotaron y las olas se extendieron en todas las direcciones.

Estas arrastraron a Cyal y Eira al exterior de la cueva, donde la tormenta se desataba con fuerza. El ruido era atronador, y la oscuridad, al ser de noche, casi absoluta.

Eira tiró del brazo de Cyal para levantarlo con rapidez. Lo pegó a ella.

—No te separes de mí —le dijo, muy consciente del hecho de que, siendo un humano, él no veía en la oscuridad. Lluvia buscaría aprovecharse de ello.

—No tengo miedo —replicó él, empuñando la espada, con el ceño fruncido.

Sacudió la cabeza para echar su pelo mojado hacia atrás.

Sus palabras no eran del todo ciertas: le aterraba que Lluvia se alzara por encima de ellos y le hiciera daño a Eira.

Estaba decidido a protegerla, costara lo que costara.

—Pero yo, sí —admitió Eira por lo bajo.