13. Lluvia
Lluvia
—Cyal.
El joven se levantó de inmediato al detectar la advertencia en la voz de Eira. Los dos esperaron de pie, rígidos.
La cortina de agua se partió en dos. Una mujer de pelo azul entró en la cueva, con los hombros rectos y la barbilla erguida. Llevaba un largo vestido verde que, por la lluvia, se adhería completamente a su esbelta figura.
Eira jadeó. Cyal la observó de soslayo y se sorprendió al ver que tenía los ojos muy abiertos. ¿Quién era esa mujer para provocar tal reacción en Eira?
—Tuila —susurró Eira, y Cyal lo comprendió al instante.
—¿Qué...? —balbuceó él, centrando su atención en la recién llegada.
Lluvia sonrió.
—Mi querida Eira, cuánto tiempo.
Eira, sin embargo, permanecía en tensión.
—Estás buscando al General —dijo con frialdad.
Lluvia cruzó los brazos y se llevó una mano a la mejilla.
—Por supuesto. Creo que ya tuvimos una discusión sobre esto la última vez que nos vimos antes de que quedaras atrapada, ¿no?
Eira enarcó una ceja.
—¿A qué te refieres?
Lluvia se quedó con la boca abierta. Tardó un segundo en reaccionar y se echó a reír.
—Oh, ¿no me digas que lo has olvidado? Tantos años en el hielo han afectado a tu memoria...
—Ladeó la cabeza y la miró con condescendencia—.
Eira, ya no eres más que un estorbo. He intentado quitarte de en medio sin matarte, pero tú insistes en regresar para estropear mis planes. ¿Qué se supone que debo hacer contigo?
Eira palideció y retrocedió un paso sin darse cuenta. Cyal continuaba pendiente de ella por el rabillo del ojo, preocupado.
—Fuiste tú —murmuró Eira. Sus manos temblaban, y apretó los puños para disimularlo—. Tú me encerraste en el hielo.
—¿Qué? —soltó Cyal, girando la cabeza con brusquedad hacia su compañera.
Lluvia sonrió. Pero no se reflejó alegría alguna en su mirada. Solo burla.
—Veo que ahora sí te acuerdas.
Eira avanzaba a paso rápido por el monte Ishtar. La temperatura era abrasadora, y la roca arcillosa a su alrededor, toda naranja y desprendiendo vapor, solo aportaba más calor a la atmósfera. Pero lo prefería así. Prefería el calor ardiente. Era más complicado distraerse.
Andaba con un único objetivo en mente: obtener una pieza de drialita.
Por mucho que le doliera por su pasado compartido, había decidido acabar con el General. Ya no era el dragón que había conocido. Sin embargo, Eira sabía que, si se enfrentaba a él con sus actuales poderes y armas, el General podría con ella.
Necesitaba algo más.
Algo más poderoso.
La drialita por sí sola no le afectaría ahora que era un xieri, pero si lograba imbuirla con luz de alguna manera...
Había escuchado leyendas en algunos poblados por los que había pasado antes de destruirlos.
Humanos y draconianos que susurraban que el monte Ishtar guardaba drialita pura, imbuida con la luz natural de Gaia.
Si de verdad existía tal cosa, si era real y la conseguía, obtendría lo que necesitaba para matar al General.
Era duro saber que no volvería a ver a Khait. No había sido capaz de ir a visitarlo desde que se había visto forzada a ser una marioneta para el General, ya que no quería que este asesinara a Khait.
Se había convertido en un monstruo. Khait jamás desearía reencontrarse con ella. Eira era consciente de que, si se enfrentaba al General, incluso con una pieza de drialita imbuida con luz, ella moriría en el combate. Pero no le importaba.
El sacrificio valdría la pena si con ello lograba poner a salvo a Khait, si lograba que así el General no matara a nadie más.
Nadie era capaz de ponerle fin. Por lo que Eira había decidido encargarse ella misma.
Apretó los ojos al notar que le ardían. El infernal sol del desierto refulgía por encima de su cabeza, empeñado en sofocarla.
Lo que más habría querido en esos momentos era estar de vuelta con Khait en su casa, con él y su familia...
Pero era culpa suya que su familia hubiera muerto. Eira respiró hondo y se detuvo. Levantó los párpados con lentitud, analizando el terreno alrededor.
—Sé que estás aquí —dijo con frialdad.
Apareció delante de ella en un cúmulo de sombras. Vestía con un traje de escamas idéntico al suyo, pero en tonos celestes. La miró con esos tristes ojos rojos.
—Eira, por favor, no lo hagas —suplicó, llevándose las manos al pecho.
Eira gruñó.
—Sabes que no me puedes pedir eso, Tuila. El General ha ido demasiado lejos.
—¡El General está haciendo lo que tiene que hacer! —replicó Tuila, estampando un pie en el suelo y extendiendo los brazos—. ¡Los humanos nos usaron como simples herramientas para masacrar a nuestros antiguos compañeros! ¡Merecen morir!
—No todos son así —dijo Eira, manteniendo su tono gélido—. Lo he podido ver en Khait. El General ha masacrado a su familia, Tuila. Y a miles de ellas.
—¿Y solo porque tú encontraste a un humano bueno entre toda la escoria de su raza, los demás tenemos que olvidar nuestra venganza? —siseó Tuila, apretando los puños—. ¿Por qué no quieres luchar a mi lado, Eira?
Eira suavizó la mirada.
—Deseo luchar a tu lado, Tuila. Pero no para matar a gente inocente.
Tuila agachó la cabeza. Soltó una risa burlesca que descolocó a Eira.
—No tienes ni idea, ¿verdad?
—¿De qué?
—Lo he intentado, Eira. He intentado que lucharas de nuevo con nosotros, y durante un tiempo creí que lo había conseguido —dijo Tuila, casi en un susurro.
La contempló por debajo de las pestañas—.
Pero eres terca y te dejas llevar por sentimentalismos.
Khait era un estorbo, y también lo era su familia.
Eira se quedó rígida. Se le cortó la respiración por un momento; se le heló la sangre. La admisión velada de su amiga fue suficiente. ¿Quién si no podría haberle hablado al General de él? ¿Quién podría haber sabido del cariño que sentía por su familia?
La ira estalló en su interior. Sus pupilas se redujeron a meras rendijas, apretó los dientes con tanta fuerza que se hizo daño, tensó la mandíbula hasta saborear la sangre. Salió disparada hacia Tuila, que no tuvo tiempo de reaccionar.
La estampó contra la pared de roca a sus espaldas. Mantuvo la mano cerrada en torno a su cuello. Varios trozos de piedra naranja cayeron al suelo.
—¡Confiaba en ti! —vociferó Eira. Respiraba muy deprisa, fuera de sí—. ¡¿Cómo has podido hacerme esto?!
Relajó un poco la presión en los dedos al ver que la estaba asfixiando. Tuila tomó una amplia bocanada de aire y la miró, pero no había rastro de miedo en sus ojos. Ella también estaba enfadada, y así se lo hizo saber:
—¡¿Cómo pudiste tú convivir con humanos, Eira?! ¡Después de todo lo que nos hicieron sufrir!
Eira luchaba por contener la furia cegadora. Tenía delante de ella a Tuila, quien hasta entonces había sido su más preciada amiga. Pero la había traicionado, y sentía un deseo salvaje de matarla para hacer que pagara por ello.
—Pensaba que tú lo entenderías, Tuila —gruñó Eira, manteniendo a duras penas un tono bajo—. Pensaba que tú serías diferente a los demás.
—¡Y yo pensaba que tú terminarías por recapacitar y unirte de nuevo a nosotros! —gritó ella, resollando—. ¡Esa familia se merecía morir por tratar de apartarte de mí!
Eira siempre se había preguntado cómo había averiguado el General a dónde iba cuando no estaba con él. Se esmeró en todo momento para no dejar pistas, para no dejar rastros.
Su error había sido confiar en Tuila.
—¡Era gente inocente! —bramó Eira y hundió los dedos en la piel de Tuila. Esta se tensó. Los ojos rojos de Eira centelleaban con la cólera que ardía en su interior. El brazo con el que retenía a Tuila temblaba de la rabia—. ¿Cómo puedes ser tan despreciable?
Se le partió la voz al final. Su mirada estaba vidriosa. No podía creerlo. Tenía que ser una pesadilla. El calor del desierto le estaría provocando alucinaciones...
Agachó la cabeza. Varios mechones de pelo blanco le cayeron sobre el rostro, ocultándolo. Le temblaron los hombros. Se le escapó un sollozo.
Tuila la observó, más calmada. Sus ojos también relucían con lágrimas contenidas.
—Eres tú la que nos ha traicionado a nosotros —dijo con tristeza—. No al revés. Mas no hay forma de arreglarte, ¿verdad?
—No hay nada que arreglar en mí —siseó Eira, todavía sin mirarla—. Pero yo sí pienso arreglar el error que cometí al servir durante tanto tiempo al General. Voy a acabar con él.
Tuila apretó los labios.
—No me has dejado opción, Eira. Lo siento.
Eira alzó la vista.
—¿Qué...?
No fue capaz de terminar la pregunta. Algo la golpeó en la cabeza y soltó a Tuila, ahogando una exclamación.
Se desplomó en el suelo de tierra. Su visión se llenaba de puntos negros.
Había alguien más detrás de ella, pero ¿quién?
—No quiero matarte, así que no te preocupes —dijo Tuila con delicadeza. Se agachó en cuclillas frente a ella. Su cuello presentaba agresivas marcas rojas donde Eira le había clavado los dedos—. Solo te haremos dormir una temporada mientras acabamos con todos los humanos.
—No —gruñó Eira, luchando por mantenerse despierta.
Las rocas daban vueltas a su alrededor.
—Lo hago por ti —insistió Tuila. Juntó las cejas—. Si el General se enterara de lo que pretendías hacer, te ejecutaría al instante. Yo te estoy dando una oportunidad. Cuando despiertes, ya no quedarán humanos. No tendrás razón para oponerte al General. Él no te matará. Y estaremos juntas de nuevo.
—Jamás querría... volver a estar contigo —sentenció Eira con rabia, apretando los dientes.
Trató de extender una mano hacia Tuila, pero no llegó a tocarla. Sus fuerzas la habían abandonado. Cerró los ojos.
Y no los había vuelto a abrir hasta trescientos años más tarde.
—¿Eira? —la llamó Cyal.
Eira fijó la mirada en el suelo. Tenía los ojos como platos, respiraba con dificultad y le temblaban los puños.
—Tú... —dijo Eira, casi en un susurro—. Fuiste tú, Tuila. —Levantó la vista con brusquedad—. ¡Tú fuiste la responsable de que el General asesinara a la familia de Khait!
Cyal se quedó con la mandíbula desencajada. Miró a Lluvia. Se le aceleró el pulso, espoleado por la ira que lo recorrió al percibir el dolor de su compañera.
La persona a la que había estado buscando Eira con tanto empeño resultaba ser la responsable de que hubiera acabado atrapada en el hielo y de que la familia de Khait hubiera muerto.