12. Nada que arreglar #2
No conseguiría nada pensando en ello. Su mejor opción era asumir que siempre habría algo de oscuridad en su corazón, provocada por su dura vida en los suburbios. Debía aceptar que, por mucho que se alejara, eran parte de él. Algo inducido, también, por el propio Harkan.
Al menos, Eira lo aceptaba, a pesar de todo.
—No esperaba volver a encontrármelo jamás —dijo, dándole vueltas a la piedra con los dedos—. En el fondo, me alegro de que ya no esté vivo —reconoció—. Ha sido mi pequeña venganza.
Eira esbozó media sonrisa.
—¿Acaso te estoy llevando por el mal camino, Cyal?
Cyal, sin embargo, captó el sutil tono de arrepentimiento, de preocupación por ser ella la culpable de en lo que se había convertido.
—Si es así, eres la mejor mala influencia que podría tener —declaró él, en un intento de despejar las dudas que pudiera tener ella—.
Eira, si me siento así de libre es gracias a ti.
No creas que me has «corrompido» ni nada, por favor.
Yo... soy así. —Su semblante se ensombreció—.
«Corrompido» por los suburbios. La muerte nunca me ha asustado.
Es imposible recuperarme ya, pero tú me has dado las herramientas para que, a pesar de todo, ahora pueda ser feliz.
Eira se sentó frente a él. Las escamas de su traje relucían por el agua.
—Yo no creo que haya nada que recuperar —dijo ella con sorprendente suavidad.
Cyal arqueó las cejas—. Lo que veo en tu corazón, Cyal, es luz, no oscuridad.
Porque eso es lo que has aportado a mi vida.
Solo temo... echarte a perder de alguna manera.
—Torció el gesto—. No me gustaría que acabaras como yo.
Inspiró aire de golpe cuando él la tomó de las manos.
—¿Acabar como tú? —Cyal la miró a los ojos y sonrió. El corazón de Eira latió más deprisa—. Tampoco hay nada que reformar en ti, Eira. Yo te... —Calló por un instante—. Yo te aprecio como eres.
Eira relajó los hombros y sonrió también, reconfortada.
—Gracias, Cyal.
El joven le apretó las manos antes de soltarlas, más tranquilo al saber que había aliviado sus preocupaciones. Sin embargo, enseguida frunció el ceño.
—Y ahora, ¿cuál es el plan?
—Mañana regresaremos a Umbría.
—Nos reconocerán en cuanto nos vean.
—No dejaremos que nos vean —aclaró Eira—. Nos pasearemos ocultos, atentos por si divisamos a Tuila. No podemos desaprovechar el momento.
—Ya. Es lo único que se me ocurre a mí también —dijo Cyal, suspirando con pesadez.
Eira se desplazó para sentarse a su izquierda y así mirar los dos hacia el exterior.
—No comprendo qué hace Tuila en Umbría —comentó por lo bajo. Se abrazó las rodillas—. Ella odia a los humanos.
—Eso me da mucha confianza para cuando la encontremos —comentó irónicamente Cyal.
Eira no le hizo caso.
—¿Por qué iba a querer reclutarlos? —Apretó los labios—. No consigo deducir su plan. No sé qué pretende.
—No tiene sentido darle vueltas ahora, es imposible de adivinar —concluyó Cyal. Se echó hacia atrás y cruzó los brazos detrás de la cabeza, usándolos como almohada—. ¿Ser afín al agua me hará inmune a pillar un resfriado?
—Si también fueras afín al hielo, serías como yo y no te afectaría el frío —comentó Eira, sin mirarlo. Tenía los ojos fijos en la cortina de agua.
—Bueno. —Cyal se encogió de hombros—. Tampoco es que tenga frío ahora. Será que me voy acostumbrando al agua.
Se había criado en un desierto. Al principio, lo había echado de menos, pues era todo cuanto conocía. Después de tanto tiempo lejos de él, sin embargo, preferiría vivir en cualquier otro sitio. Excepto en Umbría, claro. Tampoco donde estuvieran el Paladín y la Orden de Hereshia.
La cortina de agua se iluminó por un rayo. Un trueno retumbó en la distancia.
—¿Cómo es posible que en Drethol tuviéramos una sequía brutal y aquí caigan estas trombas? —dijo Cyal, que ya había cerrado los ojos. Al menos, el sonido de la lluvia en el exterior era relajante—. ¿Qué les cuesta a las nubes moverse un poco más arriba?
Eira resopló.
—Me temo que no es tan sencillo, Cyal.
La presencia de los nephrores también era indicador de que sucedía algo extraño. Pero ninguno de los dos sabía qué.
—Ya... —murmuró él. Su estómago protestó por la falta de comida, pero lo ignoró.
—Cazaré algo en cuanto amaine la tormenta —dijo Eira.
Cyal espiró aire por la nariz, sin contener del todo la carcajada.
—No te preocupes, puedo soportarlo. Estoy acostumbrado. Aunque es todo un detalle por tu parte, Eira, que estés tan pendiente de tu pobre y frágil compañero humano.
Eira puso los ojos en blanco.
—No sé ni por qué me molesto.
Cyal rio.
—Deberíamos intentar dormir. No parece que la tormenta vaya a amainar pronto.
Otro trueno retumbó en la lejanía.
—Tú puedes descansar —asintió Eira—. Yo prefiero quedarme vigilando. No me fío de este territorio. Seguimos un tanto cerca de Umbría.
Cyal frunció el ceño. Levantó un poco los párpados para mirarla. Ella tenía centrada su atención en el exterior.
Recordó una de las primeras noches que pasó con ella, en su casa en Drethol. Eira estuvo vigilando hasta el amanecer tras el intento de asesinato de Harkan. Por ese entonces, todavía se negaba a enseñarle a controlar el agua.
Sonrió.
—Como veas —dijo. Pero recuperó la seriedad y añadió—: ¿Seguro que estarás bien?
Eira le había contado que los xieri podían pasar sin problema una noche entera sin dormir. Sin embargo, si se estaba viendo afectada en sus poderes desde que había despertado del hielo, ¿no sufriría su resistencia también?
Ella gruñó, entendiendo al instante a qué se refería.
—Estaré bien, Cyal —contestó en tono seco.
Él torció el gesto.
—Voy a investigar sobre ello. A la primera oportunidad que tengamos.
No sabía cómo ni dónde. Pero no descansaría hasta hallar la causa y la cura de lo que fuera que le estaba pasando a Eira. Quizá pudiera averiguar algo regresando a la biblioteca de Auria. Estaba seguro de que, si preguntaba, acabaría por encontrar a quien supiera algo.
—Haz lo que quieras —rezongó Eira—. Pero no me pasa nada. Es solo por haber estado tanto tiempo en esa maldita prisión de hielo.
Cyal hizo una mueca, pero decidió que no tenía sentido discutir.
«¿Por qué es tan terca?», pensó. Aunque admitió que él también lo era.
Cerró de nuevo los ojos.
Eira permaneció un largo rato con la mirada fija al frente, sumida en sus pensamientos.
Apreciaba que Cyal se preocupara por ella, aunque no lo dijera en voz alta.
Pero ella misma seguía desconcertada con lo que le sucedía a su cuerpo.
No tenía ningún sentido. Sus otros compañeros xieri no parecían estar pasando por lo mismo.
Frunció el ceño. Inclinó la cabeza y agudizó el oído. Detectaba algo que no encajaba.
Otro rayo iluminó la entrada. Y se le cortó la respiración.
En la cortina de agua se dibujó la oscura silueta de una esbelta mujer.