12. Nada que arreglar
Nada que arreglar
—¿De dónde has sacado eso? —gruñó Cyal, interponiéndose entre Eira y el arma.
Su pulso se incrementó hasta límites peligrosos. El grito de agonía de Eira cuando el Paladín la había torturado en el castillo todavía lo atormentaba. No iba a permitir que algo así se repitiera nunca más.
Los ojos de Eira estaban muy abiertos. Se recompuso y clavó una mirada rebosante de ardiente odio en Harkan.
—Como podéis ver, si he llegado a ser rey es porque sé prepararme para todo —dijo Harkan, sonriendo con malicia—. Y ahora, xieri, dame tu traje.
El semblante de Eira volvía a ser de hielo.
—Puede que poseas esa arma, pero ¿sabes usarla?
Un escalofrío recorrió a Harkan. Se quedó de piedra al percatarse de que la xieri había desaparecido, dejando atrás poco más que un rastro de sombras desvaneciéndose junto a Cyal.
Miró a un lado y a otro. Se giró, buscándola frenético. Supuso que la xieri vendría a por él, porque era importante. Porque era un rey. Pero aunque esperaba que reapareciera para atacarlo, y sostenía el arma de drialita con fuerza y destreza para defenderse, resultó que la amenaza real no era ella.
Una bola de agua a presión le atravesó el corazón.
—Te has olvidado de mí, Harkan —lo sorprendió Cyal. Lo observó con ojos de acero, implacable—. ¿Apruebas mi puntería?
Harkan trató de decir algo. Extendió la mano hacia él, sufriendo una mezcla de incredulidad y rabia. La mirada de Cyal, enmarcada por esos mechones de pelo del color de las dunas del desierto, albergaba algo oscuro.
«No eres él —pensó según se precipitaba hacia el suelo—. Cyal jamás fue cruel».
En todos esos años, incluso en sus peores momentos, solo había sido un niño raquítico y fácil de torturar. Pero en aquel instante, de pie frente a él, Cyal se había convertido en lo que el desierto le había enseñado. Como él.
El puñal cayó a las losas de piedra con un sonido metálico. Harkan se derrumbó también, muerto.
«Es lo que te merecías», sentenció Cyal. Por todas las palizas que le había dado, por todas las veces que les había hecho pasar hambre a él y a su abuela, por intentar asesinarlos; por su tiranía en los suburbios.
Eira se materializó de nuevo junto a Cyal. El aire se le escapaba en intervalos erráticos y él la sujetó por los brazos, preocupado.
—No tendrías que haber hecho eso —la regañó con suavidad.
Centrado en ella, las sombras se despejaron de sus ojos.
—Te he concedido la oportunidad perfecta para acabar con él en un solo movimiento, ¿no? —replicó ella, tratando de normalizar su respiración. Sacudió la cabeza—. Vámonos de aquí; buscaremos a Lluvia en otro lado.
Cyal asintió. Eira enarcó una ceja al ver que iba hacia el cuerpo de Harkan y se agachaba.
—¿Qué haces?
—Recoger esto —indicó Cyal, irguiéndose y girándose hacia ella. Le mostró lo que sostenía en la mano: el puñal de drialita luminosa.
Eira tensó la mandíbula.
—¿Para qué lo quieres? —siseó, recelosa.
—Nos podría venir bien si nos enfrentamos a un xieri —señaló él, guardándolo en su bolso—. Tranquila, no te lo voy a acercar.
—Confío en que así sea —gruñó ella.
Cyal echó un último vistazo al cuerpo de Harkan.
No había esperado volver a verlo y no había previsto que su encuentro terminara de esa manera.
Pero no se arrepentía. Harkan lo había atormentado durante años; había convertido la tortura en su forma de diversión.
Su último acto había sido amenazar a Eira. Se merecía ese final.
«Tendrías que haberlo pensado mejor, Harkan».
Sofocó cualquier rastro de arrepentimiento en su interior y le dio la espalda.
«Aquellos que se atrevan a alzarse contra ti pagarán el precio», constató el oscuro murmullo en su mente con un atisbo de satisfacción.
Cyal frunció el ceño. Quizá no se estaba volviendo loco, sino que siempre había albergado esas sombras en su interior, moldeado por la crueldad de los suburbios de Drethol incluso sin darse cuenta. Sin embargo, jamás querría convertirse en alguien como Harkan.
Sacudió la cabeza. ¿Cuál era el problema de matar a quien se lo merecía, a quien había asesinado a cientos y había disfrutado con ello? De este modo, evitaba que causara más sufrimiento a otros. Muerto, Harkan no podría torturar a nadie más.
En cualquier caso, no era el momento de reflexionar sobre el tema. Regresó junto a su compañera. Eira miraba por encima del hombro, con los ojos entornados.
—Vienen más —dijo—. Vámonos de aquí.
La xieri extendió el brazo hacia la ventana más próxima, rompiendo el cristal con carámbanos de hielo. Cyal se volvió alerta hacia la puerta cuando esta se abrió de par en par.
Hubo un breve segundo de pausa. Los hombres que habían llegado registraron la masacre y el suelo de sangre. Vislumbraron el cadáver del que había sido su rey. La imagen habría hecho vomitar a una persona normal. Pero nadie en Umbría lo era.
El mercenario que los había recibido en la entrada los señaló:
—¡Matadlos!
Cyal resopló.
—Buena suerte.
Eira y él saltaron por la ventana. Fueron acribillados de inmediato por la lluvia, pero, a pesar de precipitarse desde un segundo piso, no tuvieron problema.
Amortiguaron la caída creando una densa capa de agua y rodaron por el suelo, poniéndose en pie tan pronto como pudieron para emprender su huida.
Corrieron por las calles. En las de piedra, sus pasos resonaban con chapoteos. En las de tierra convertida en barro, debían tener cuidado para no resbalar.
—¿A dónde vamos? —preguntó Cyal, alzando la voz para que se le escuchara por encima del atronador ruido de la lluvia.
—¡A la montaña! —respondió Eira en el mismo tono.
Otro rayo iluminó el cielo. Las gotas de agua les nublaban la visión y les pegaban la ropa al cuerpo. Sin embargo, a Cyal le resultó emocionante. Habían pasado años desde que había presenciado una tormenta.
Aunque huían perseguidos por una banda de mercenarios con la intención de matarlos, Cyal jamás se había sentido tan libre. ¿Acaso la adrenalina le hacía perder la cabeza hasta el punto de que desterraba cualquier atisbo de miedo y precaución de su corazón?
No lo sabía, y le daba igual.
Entraron en la cueva calados hasta los huesos.
Cyal respiraba entrecortadamente. Incluso Eira jadeaba.
No se habían detenido hasta llegar a la montaña, en cuya ladera se refugiaron en la primera abertura que localizaron en la pared de roca.
No crecía vegetación alguna, pero sí había tierra, y no convenía subir mucho más por si se producía algún desprendimiento.
Cyal se llevó la mano al pelo y lo sacudió, salpicando gotas a todas partes.
Sus rodillas temblaban por el esfuerzo y sus pulmones ardían.
Aun así, se le escapó una carcajada. Eira, que se estaba escurriendo el largo cabello con las manos, lo miró con una ceja enarcada.
Cyal no la culpó: ¿acababa de matar a alguien y estaba riéndose como si nada?
Debía de ser una imagen inquietante, perturbadora. Pero esa fue la manera que Cyal encontró de liberar la tensión.
—No sé qué me pasa —admitió. Respiró hondo y puso las manos en las caderas—.
Me estaba acordando de la cara que se les ha quedado a esos mercenarios al ver lo que has hecho con sus compañeros.
Y luego nosotros hemos huido en sus narices saltando por la ventana...
Sospecho que todavía estarán intentando comprender lo que ha sucedido.
—Has sido tú quien los ha despojado de su rey —señaló Eira.
Cyal se encogió de hombros.
—Esperaba experimentar algún tipo de arrepentimiento, pero creo que prefiero pensar en lo mucho que adoro la lluvia.
Correr en medio de la tormenta había sido una experiencia catártica. Eira emitió una pequeña carcajada, contagiada por su acompañante.
—Debería estar frustrada por no haber conseguido más información sobre Tuila —comentó y cruzó los brazos, divertida—. En vez de eso, me estás haciendo reír.
«Ya somos dos», pensó Cyal, sarcástico. Quizá sus corazones se habían averiado sin remedio.
—Lo considero todo un logro —dijo él, esbozando una sonrisa pícara.
Estaba demasiado acostumbrado a la muerte.
Era una imagen frecuente en los suburbios de Drethol, donde la comida escaseaba y las enfermedades se llevaban a los más débiles.
Su hedor no le resultaba desconocido; había perdido a incontables amigos en la infancia y había presenciado demasiados altercados con víctimas fatales.
Los dos se fueron calmando poco a poco. Cyal se dejó caer en el suelo, exhausto. Se pondría su ropa de repuesto de no ser porque su bolso también había acabado del todo empapado.
La cueva no era muy profunda, pero servía para resguardarlos. Una cortina de agua en la entrada tapaba el exterior. A veces se apreciaba el destello de un rayo a través de ella.
Transcurrieron unos segundos de silencio. Cyal se sentó y cruzó las piernas.
—¿Debería sentirme mal por haber matado a Harkan? —murmuró—. Porque no me arrepiento en absoluto.
Con el paso de los minutos, empezaba a tomar consciencia de lo que había hecho; tenía el estómago un tanto revuelto.
Estar acostumbrado a la muerte era distinto a ser el causante de ella.
Sin embargo, seguía convencido de que Harkan se había merecido aquel final.
El problema era que sabía que su abuela se habría sentido decepcionada, y eso le causaba una repentina angustia. Pero su abuela ya no estaba...
Eira, todavía de pie, giró la cabeza para mirarlo.
—No —contestó con sencillez—. Era un humano despreciable que solo sabía ejercer su poder pisoteando a otros. Él no habría dudado en matarte. Ya lo intentó cuando nos conocimos, ¿recuerdas?
Cyal se agachó y cogió una piedra del suelo. ¿Habría llegado a matarlo Harkan, o lo habría abandonado en el hielo sangrando después de arrebatarle la drialita y darle una paliza como siempre?
En cualquier caso, sí que había tratado de asesinar a su abuela.