11. Negociaciones
Negociaciones
Empezaba a chispear cuando pusieron pie en Umbría. O en las afueras de la ciudad, al menos.
En Auria, lord Marchiol le había explicado a Cyal que Umbría era conocido como el reino sin ley.
En la antigüedad, había contado con una dinastía tan prestigiosa como las que gobernaban los demás reinos en el continente.
Sin embargo, cuando el último rey de dicha dinastía había muerto sin un heredero claro, la guerra de sucesión que se desató en consecuencia había dejado Umbría en la ruina.
La conclusión de aquella guerra había instaurado una sangrienta tradición de nombrar rey a quien tuviera la fuerza suficiente para simplemente tomar el trono.
El primer nuevo rey de Umbría había sido el líder de una banda de mercenarios.
Cuando uno de los herederos tomó posesión del castillo y se declaró rey gracias a sus hombres, el mercenario lo traicionó.
Tras asesinar al vencedor de la guerra en la misma sala del trono, se proclamó rey vitalicio iniciando la volátil y violenta monarquía electiva que caracterizaba a aquella ciudad-reino.
Simbolizando también el turbulento pasado de Umbría, la disposición de las viviendas era un caos.
Los suburbios los formaban chozas amontonadas una junto a otra, con las calles embarradas y llenas de basura esparcida.
Había un fuerte olor a orina que hizo a Cyal arrugar la nariz, aunque Eira continuó caminando como si nada, con expresión de piedra.
En el interior de la ciudad, algunas calles seguían siendo de tierra, pero otras estaban empedradas.
No seguían un patrón concreto. Las casas estaban construidas con roca oscura, muchas de ellas con paredes agrietadas y boquetes en los tejados de madera.
Vieron hombres trabajando con sus martillos para cubrir los huecos en los tejados de las viviendas de cara a la tormenta que se avecinaba.
Cyal tensó los hombros cuando un grupo pasó andando junto a ellos, en dirección contraria. Acababan de salir de una taberna, dando tumbos, y apestaban a alcohol.
«¿Acaso hay algo de orden en este reino?», se preguntó, intranquilo. Desde luego, merecía la mala fama que tenía.
Avistó un par de gatos rebuscando entre la basura amontonada sobre unas cajas de cartón, en un callejón. Había un hombre tirado en el suelo junto a ellos, en apariencia dormido. O quizá demasiado borracho para moverse.
Caminaron sin rumbo por el centro. El castillo de Umbría era antiguo, no muy grande. Podría haber pasado por una mansión de piedra y verjas de metal. Las hiedras trepaban por las paredes, cubriéndolas por completo en muchas zonas.
A continuación de la ciudad, como una amenaza en la lejanía, se alzaban las montañas. Sus picos se perdían por encima de las nubes negras.
Retumbó un trueno en la distancia. Se captaba el olor a lluvia en el ambiente.
—Deberíamos buscar refugio —comentó Cyal, subiendo la vista al cielo con los brazos en jarras—. Pero ¿dónde?
—Centrémonos en encontrar a Tuila —dijo Eira, sin embargo, y siguió andando.
Cyal puso los ojos en blanco.
«Tendría que haberlo supuesto», pensó con ironía, aunque comprendía su necesidad de dar con ella cuanto antes ahora que se hallaban tan cerca. Sacudió la cabeza cuando una gota de agua le cayó en la nariz.
Llegaron a una plaza cuadrada. Lo único que ofrecía era unos bancos de madera putrefacta y el pedestal donde hacía tiempo se ubicó una estatua. Los ladrones de Umbría la habían robado para fundir el bronce del que estaba hecha.
—¿Acaso no respetan nada? —comentó Cyal, con una mueca de disgusto.
—Como la mayoría de los humanos, no —dijo Eira en tono seco.
En uno de los bancos había una mujer. Estaba postrada con una jarra de madera en la mano y las piernas cruzadas.
Bebía la cerveza sin preocuparse por lo que sucedía a su alrededor.
Vestía con tonos oscuros, como la mayoría de las personas en Umbría, y poseía un generoso cinto de cuchillos cruzado en el pecho.
Eira se acercó.
—¿Sabes dónde podemos encontrar a Lluvia? —le preguntó a la mujer, con su habitual porte gélido, omitiendo cualquier saludo.
Cyal se tensó. ¿Consideraría la mujer que sería más sencillo clavarles los cuchillos que responderles? Aunque sabía que Eira no tendría problema para matarla antes de que eso sucediera.
La mujer rio por lo bajo.
—Ah, otra xieri —dijo, fijándose en la mirada de sangre de Eira—. ¿Vais a empezar a aparecer con frecuencia por aquí?
—Responde —ordenó Eira, cortante.
—Tranquila, a eso voy. No tengo ningún deseo de acabar con la cabeza rajada como mis compañeros —masculló la mujer. Extendió el brazo con la jarra en dirección al centro de la ciudad, derramando algo de cerveza—. Hablad con Harkan. Él os llevará hasta ella.
Cyal se quedó rígido. ¿Harkan? ¿El mismo que lo había atormentado durante todos sus años en Drethol? ¿El que alegaba que no lo mataba en sus nefastos encuentros solo para que algún día se arrastrara hacia él y le diera la razón sobre lo injusta que era la vida?
«Será una coincidencia», se dijo, ignorando la punzada de angustia. Muchas personas en el mundo compartían ese nombre. Pero recordó el lugar en el que se hallaban. Umbría sería el reino ideal para alguien tan rastrero y cruel como él.
—A estas horas seguro que lo encontráis en su mansión —concluyó la mujer y le dio otro trago a su jarra.
Eira echó a andar en dirección al castillo que habían visto en la distancia, sin pensarlo dos veces. Cyal fue tras ella, recuperándose de la sorpresa.
—Harkan —dijo Eira, con hielo en la mirada. Ella también había reparado en el nombre—. ¿El que intentó mataros a ti y a Jarah?
Cyal apretó los puños.
—Espero que no. Lo último que me apetece es cruzarme con él de nuevo.
Llegaron a la verja de entrada. Los barrotes de metal se extendían hacia arriba, rematados en afiladas puntas.
—Y ahora ¿qué? —dijo Cyal, con las manos en las caderas.
Eira desenvainó una cimitarra y golpeó tres veces el metal de la valla, desatando un estridente sonido.
La puerta del castillo, de madera más cuidada que el resto de lo que abundaba en Umbría, se abrió. Salió un hombre, robusto y vestido de cuero, a recibirlos. Portaba una espada y varios puñales a la vista.
—¿Quiénes sois y qué queréis? —bramó el hombre, con voz rasposa.
—Venimos a hablar con Harkan —dijo Eira, sin mostrarse intimidada en lo más mínimo y clavando en él los ojos rojos.
Su mirada de sangre enderezó al hombre de inmediato. Se aclaró la garganta y cuadró los hombros.
—Por supuesto. Venid conmigo.
Abrió la verja, que chirrió al moverse, y les permitió el paso. Caminaron sobre las baldosas de piedra, entre el jardín marchito y podrido, hasta llegar a la entrada.
Retumbó otro trueno, muy corto, y el cielo se iluminó con un rayo. Al fin, la lluvia empezó a caer.
Cyal lo vio por encima del hombro y se alegró de no haber tardado dos segundos más en refugiarse en el edificio. Habría acabado calado por completo.
El interior del castillo estaba mal iluminado por antorchas situadas en las paredes. Subieron por una escalera ancha que llevaba al segundo piso. La cubría una alfombra roja algo desgastada por los extremos.
El gobierno en Umbría cambiaba con tanta frecuencia que era difícil que alguien consiguiera aportarle su toque personal al castillo. Para cuando quisiera empezar a decorarlo, probablemente ya habría sido asesinado.
Las alianzas en Umbría eran frágiles y lo que abundaba eran los juegos de traiciones. Solo los que confiaban mucho en sus habilidades, buscaban dinero fácil o no tenían ninguna otra salida acababan viviendo en la zona.
El hombre los llevó hasta el fondo del pasillo, ignorando las múltiples puertas por las que pasaron. Custodiando el portón al final había un hombre y una mujer con cara de pocos amigos. Iban igual de armados que el que los guiaba.
—Desean hablar con Harkan —les informó este.
La mujer se preparó para replicar. Los ojos de Eira brillaron en la oscuridad.
—Ahora mismo —dijo, amilanada.
Abrió la puerta y se echó a un lado, al igual que su compañero. El hombre entró, seguido por Eira y Cyal.
Para Cyal era curiosa la sensación que experimentaba.
Antes de conocer a Eira, habría entrado con pies de plomo, cauteloso, analizándolo todo y planeando siempre una ruta para escapar.
Ahora que había entrenado sus poderes y sabía esgrimir la espada, sin embargo, confiaba en su habilidad para hacer frente a cualquiera.
Por no decir que tenía a su lado a la intimidante Eira, a la mismísima Muerte Escarlata.
Caminaba con precaución, pero también con serenidad, la espalda recta y la mirada al frente.
Al entrar en la sala y comprobar a quién pertenecía el trono, sin embargo, hizo una mueca.
Harkan. El mismo Harkan que él recordaba, junto al que había crecido desde pequeños en los suburbios de Drethol.
El mismo Harkan que se había dejado influir por los ladrones y mercenarios que los rodeaban, que había terminado por imitarlos y que había arrastrado al resto de sus amigos con él, excepto a Cyal.
El mismo Harkan que había acabado por ejercer el control casi absoluto de lo que pasaba en los suburbios, y cuya red de influencias era tan grande que a Cyal le había costado vender la drialita que conseguía.
El mismo Harkan que había intentado matarlo en el monte Ishtar.
Y el mismo Harkan que había tratado de asesinar a su abuela, también.
Aquel despreciable espectro de su pasado se sentaba en el trono de acero de Umbría, hecho del mismo metal que las armas que tarde o temprano acababan con todos sus reyes. Un macabro recordatorio de que ninguno llegaría jamás a establecer una línea de sucesión, por más que todos lo intentaran.
Cyal tensó la mandíbula. Eira, a su lado, no varió su expresión, pero sí habló con espeluznante frialdad:
—Dije que te mataría si te veía de nuevo, humano.
Harkan echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada. Conservaba la robustez y se había dejado crecer el pelo oscuro para atarlo en una coleta. Iba ataviado con una lujosa capa roja, a juego con el color de su atuendo. Destacaba entre los tonos oscuros de los demás.
—Eso no ha sido un saludo muy cortés —comentó Harkan, sarcástico—. Si habéis venido a hablar conmigo es porque necesitáis información, ¿no? No te convendría matarme, xieri.
Cyal analizó su entorno. Varios hombres se apoyaban en una pared y en otra contra las ventanas de cristal sucio. A través de ellas se veía que la tormenta había cobrado todavía más intensidad. Las calles acabarían inundadas.
Los hombres estaban todos armados hasta los dientes. Permanecían en silencio, contemplando todos y cada uno de sus movimientos. Pero a Eira le dieron igual.
Harkan se irguió en el trono. Fijó sus afilados ojos en Cyal y esbozó una pícara sonrisa.
—¡Cyal! —exclamó, dando una palmada—. Mi viejo amigo.
—Sí, el mejor amigo que nunca he tenido —respondió Cyal, conteniéndose para no insultarlo—. ¿Cómo has acabado aquí?
Harkan traqueteó con sus dedos, rematados en uñas de metal, en el reposabrazos del trono. Cruzó las piernas y reposó la mejilla en la palma de la otra mano.
—Después de que tu compañera xieri me obligara a marcharme de Drethol, vine directo a Umbría —explicó Harkan en tono aburrido—. Y he ido subiendo en la jerarquía hasta acabar aquí, donde me ves. ¿No te parece poético? Está claro que al destino le gusta que yo tenga el control.
—Habría preferido no volver a verte la cara —gruñó Cyal.
Harkan soltó una carcajada. Pero su mirada se ensombreció.
—No olvides con quién estás hablando, Cyal. Ahora soy el rey de Umbría.
—¿Por cuánto tiempo? —replicó él. La confianza en su posición no se redujo en lo más mínimo.
Harkan cesó el tamborileo de sus uñas y apretó el puño. Los hombres a su alrededor se irguieron, con las manos prestas a empuñar las armas.
Eira los ignoró e interrumpió la conversación:
—¿Dónde está Lluvia?
—¿Por qué iba a darte esa información después de que me desterraras de Drethol, xieri? —señaló Harkan.
Eira entornó los ojos.
—Siempre puedo obligarte a que me la des —dijo, amenazante.
—Acércate a mí y mis hombres rodearán de inmediato a Cyal —siseó Harkan—. ¿Crees que él podrá contra todos?
Cyal, sin embargo, no se mostró preocupado, lo cual desconcertó a Harkan. Eira, aunque lo ocultó, se alegró de que Cyal confiara en ella.
—¿Qué quieres a cambio de la información, Harkan? —preguntó Cyal, cruzando los brazos.
Harkan arrugó la frente. Después de medio año alejado de Cyal, era capaz de ver la diferencia.
Estaba irreconocible. A su altura, ahora se le sumaba el músculo que se entreveía a través de las mangas de su camisa, acentuando su complexión atlética.
Mantenía la barbilla erguida y lo observaba con el resentimiento que albergaba específicamente hacia él, sí, pero también con cierta... condescendencia.
Era evidente que ya no le generaba temor alguno. El chico al que había atormentado mientras crecían ya no estaba, reemplazado por un hombre joven seguro de sí mismo y de sus habilidades. Eso le disgustó en gran medida.
Fuera del desierto, todo había cambiado. Sus papeles no eran los mismos; las leyes y el terreno de juego eran distintos. La arrogancia de Harkan, no obstante, sí sería siempre la misma.
—El dinero me sobra, pero ese traje que lleva tu compañera xieri... —Sonrió—. Está hecho con escamas de dragón, ¿no es así?
Eira le enseñó los colmillos.
—De ninguna manera.
Harkan se encogió de hombros.
—Entonces, no hay trato. Podéis amenazarme de muerte; no os daré la información.
Cyal torció el gesto.
«No sabe que ha firmado su propia sentencia».
—No es una amenaza —dijo Eira con engañosa parsimonia. Sus ojos rojos relucieron con un destello salvaje—. Es lo que voy a hacer.
La temperatura en la sala descendió en picado.
Cyal se tensó cuando Eira se disolvió en un cúmulo de sombras.
La oscura estela trazó un círculo por toda la sala.
Un parpadeo después, la xieri reapareció junto a él.
Cyal comprobó de reojo que se tenía en pie, aunque jadeaba.
Las hojas de sus cimitarras goteaban sangre.
Todos los hombres de Harkan se desplomaron con gritos ahogados, agarrándose las gargantas cortadas. Habían sido más de diez y ahora estaban todos muertos, pisoteados como simples hormigas.
Harkan palideció y se incorporó de un salto.
—Me temo que no me has tomado en serio, humano —espetó Eira, gélida. Dio un paso hacia él—. Dime dónde está Lluvia.
—No te acerques a mí, xieri —ladró Harkan y extrajo un puñal de su cinto.
Eira se paralizó con repentina brusquedad. Cyal enseguida averiguó por qué: la cuchilla del puñal era roja y brillaba tenuemente.
Drialita imbuida con luz.