10. Una lágrima fugaz
Una lágrima fugaz
El abismo entre Eira y él angustiaba a Cyal. Eira había permanecido en silencio desde el enfrentamiento con Biastria, y Cyal, todavía molesto por su actitud, tampoco había hablado. Pero deseaba cerrar de alguna manera esa brecha que, con cada minuto, parecía crecer más y más.
Continuaba su travesía entre la bruma blanca del pantano. La luz disminuía; la noche se cernía sobre el lugar. No habían visto ni rastro de Estrella Radiante y tampoco habían encontrado la salida.
—¿Seguro que no nos hemos perdido? —preguntó Cyal, iniciando al fin una conversación.
Se detuvo y puso las manos en las caderas, mirando en derredor. El laberinto de ramas secas opacaba el cielo.
—Yo nunca me pierdo —dijo Eira con frialdad, sin dejar de andar.
Cyal bufó y fue tras ella.
—Siempre hay una primera vez, incluso para las estatuas de hielo —masculló.
—No es la primera vez que paso por aquí.
Sorprendido, Cyal la alcanzó con un par de zancadas y giró la cabeza hacia ella.
—¿En serio?
Eira entornó los ojos.
—Sabes que yo no bromeo.
Cyal resopló, exasperado.
—Sí, lo sé.
—Hace más de trescientos años, este era un pantano normal, rebosante de vida y sin niebla alguna —explicó ella—. Hasta que fue arrasado en una de las batallas de la guerra. —Hizo una mueca—. Después, en algún momento, los nephrores se instalarían aquí.
—¿Así que más o menos sabes por dónde vamos?
—Sé por dónde vamos. Con total seguridad —aclaró ella, alzando la barbilla.
Cyal desvió la vista a la derecha.
—¿Crees que Estrella Radiante estará bien?
—No.
—Gracias por tu optimismo, Eira —replicó él.
—Se ha perdido en un pantano con nephrores al acecho —subrayó ella en tono seco, como si eso fuera suficiente sentencia.
—Ya... —Cyal tensó las comisuras de los labios—. Pero a veces lo que necesitan los demás no es oír la verdad precisamente, ¿sabes?
—¿A qué te refieres? ¿Acaso preferirías que mintiera?
Él esbozó una sonrisa cansada.
—No. Tan solo... es mejor no ser tan directos. Por no hacer más daño del imprescindible, ¿entiendes?
Hubo un breve lapso de silencio.
—Supongo —murmuró Eira. Pero las finas líneas marcadas entre sus cejas le indicaron a Cyal que en realidad no lo comprendía. Ella lo observó de reojo—. ¿Te he hecho daño con mis palabras?
La preocupación en su voz invernal lo sorprendió.
—No, tranquila. —Él ya la conocía, al fin y al cabo, y la apreciaba tal como era—. Lo comentaba para que lo tuvieras en cuenta, de cara a otros.
—El resto de las personas me dan igual —zanjó ella al instante, y a Cyal se le escapó una carcajada. Eira lo pilló desprevenido de nuevo al permitirle vislumbrar el comienzo de una sonrisa—. ¿Ha sido demasiado directo?
—Quizá —asintió él, divertido—. Pero es parte de tu encanto.
Eira giró la cabeza en la dirección contraria al notar el ardor en las mejillas. Por suerte, Cyal no lo advirtió. ¿Por qué le provocaba ese tipo de reacciones?
Transcurrieron unos segundos antes de que Cyal añadiera, con la seriedad recuperada:
—Le prometí a Blanche que le devolvería a Estrella Radiante...
También le había cogido cariño al caballo. La culpabilidad por haber fallado protegiéndolo pesaba sobre él. Eira lo contempló. La afligía verlo con esa desazón, pero ¿cómo animarlo?
—No hay nada que puedas hacer. No le des más vueltas, Blanche lo entenderá.
Cyal levantó la vista.
—¿Has intentado consolarme? —soltó con media sonrisa incrédula.
—No te acostumbres.
—Ni falta que hace. Pero admito que te sienta bien preocuparte por un pobre chico como yo.
Un leve rubor surcó el rostro de Eira.
—Estás delirando.
Por desgracia para ella, Cyal esta vez sí se fijó en sus mejillas rosas. Su sonrisa se tornó pícara.
—Tal vez. O a lo mejor es que es difícil no derretirse un poco cuando bajas la guardia. Mírate, hasta te sonrojas.
Los hombros de Eira estaban rígidos.
—No me he sonrojado.
—¿Ah, no? —Cyal rio—. Vaya, no recordaba que el hielo tuviera un tono rosa.
—Deja de decir tonterías.
—Tranquila, no me lo tomaré como una declaración.
—No tendrías motivos para hacerlo —espetó ella, pero el ligero temblor en la voz reveló su nerviosismo. Cyal decidió que ya la había provocado suficiente y se limitó a contemplarla con una suave sonrisa. Eira gruñó—. ¿Por qué me miras así?
—Nada, nada —contestó él, divertido.
No deseaba acabar atravesado por estacas de hielo si se atrevía a decir que era adorable cuando intentaba ocultar su rubor.
Parecía imposible, pero, con la desaparición del sol por la línea del horizonte, dejaron atrás el pantano de los Lamentos y sus cúmulos de brumas.
Cyal alzó los brazos, celebrándolo con la alegría de quien había logrado lo impensable.
—¡Por fin!
Eira pasó una mano por su pálido cabello, húmedo por toda la niebla del pantano, y lo sacudió.
—Solo ha sido un día.
Cyal resopló.
—¿Ah, sí? Pues yo he tenido suficiente para el resto de mi existencia. Creo que prefiero incluso el infierno del desierto.
Todavía les quedaba un pequeño camino hasta Umbría, por lo que, tras alejarse un poco más del pantano, se acomodaron entre unas rocas en la vasta llanura que se extendía a continuación.
Cyal recogió hojas y ramas para la yesca. Cuando encendió la hoguera, Eira ya había vuelto de cazar un par de conejos. Soltó uno junto a Cyal, que estaba sentado en el suelo, y se acomodó a su lado. Los dos se centraron en despellejar los animales.
Realizaron el trabajo en silencio. Cortaron la carne y clavaron las tiras en palos que pincharon en la tierra alrededor de las llamas, dejando que se tostara. El estómago de Cyal emitió un sonido de protesta cuando le llegó el aroma a asado.
—No hemos comido en todo el día —se defendió él, avergonzado.
Eira arqueó una ceja.
—No he dicho nada.
Cyal se echó hacia atrás, apoyando las palmas de las manos en la tierra y alzando la vista al cielo nocturno. Era reconfortante ver de nuevo las estrellas, aunque las ramas del enorme árbol que crecía al lado las ocultaran en parte.
Cuando se terminó de asar la carne, Cyal envolvió todos los pedazos en un trozo de tela. Eira lo observó con mirada interrogante.
Cyal señaló el árbol detrás de él con el pulgar.
—¿Te vienes a ver las vistas desde arriba?
—¿Con qué propósito? —quiso saber ella.
Cyal soltó una pequeña carcajada.
—No todo tiene que tener un propósito práctico, Eira. Simplemente me ha apetecido.
Ella se mantuvo inexpresiva.
—Está bien —dijo, levantándose.
Treparon por el tronco sin mucha dificultad; era robusto y de madera gruesa y áspera. Se acomodaron en una de las ramas más altas.
Cyal sonrió cuando la brisa nocturna le revolvió el pelo. Con las piernas colgando, extendió la tela en su regazo y destapó los trozos de carne. Le ofreció uno a Eira y ella lo aceptó en sus manos, en silencio.
—¿A que se está de maravilla aquí arriba?
Las estrellas ardían con su esplendoroso fulgor, tan cercanas que parecía que podrían rozarlas. En la línea del horizonte se recortaba la silueta negra de una cadena de montañas y, delante de ellas, titilaban diminutos puntos naranjas esparcidos con generosidad: las luces de Umbría.
—Sí —admitió Eira por lo bajo.
Mordió la carne y masticó con lentitud. Había quedado bastante jugosa.
Cyal, que iba mucho más rápido, ya había terminado su segundo trozo. Aunque había intentado adaptarse a la etiqueta del castillo en Auria, era imposible borrar lo aprendido en los suburbios de Drethol.
Cenaron en silencio, disfrutando del paisaje. Vieron pasar algún que otro murciélago y a un conejo entrar frenético en su madriguera para escapar de un búho. El ave arañó la tierra con las patas y se alzó en el aire tras su intento frustrado de atrapar una presa.
Al terminar la comida, Eira cruzó las piernas sobre la ancha rama y reposó las manos en las botas. Contempló el cielo nocturno.
—Gaia es mucho más bonita ahora —murmuró.
Cyal ladeó la cabeza para mirarla.
—¿En qué sentido?
Eira suspiró.
—Lo único que yo conocía antes de salir del hielo era un mundo en guerra. Esta naturaleza en calma, los poblados y ciudades llenos de gente que viven sus vidas de forma tranquila, las casas íntegras y cuidadas... Es algo a lo que yo no estaba acostumbrada.
Cyal la observó durante varios segundos. Había nostalgia mezclada con angustia en sus ojos rojos.
—Temes que los xieri destruyan todo otra vez —adivinó él.
Eira asintió.
—Ya viste lo que sucedió en Drethol, y eso no fue nada. —Tensó los hombros—. Si despiertan al General...
—No lo harán —dijo Cyal con firmeza—. Su cuerpo es imposible de encontrar.
—Aun así, ellos no se detendrán —musitó. Frunció el ceño—. Espero que Tuila esté dispuesta a escucharme.
Cyal posó una mano en su espalda, entre los hombros. Eira se quedó rígida durante un instante, pero enseguida se relajó de nuevo. Su tacto era cálido y agradable, como tumbarse en la arena tostada por el sol en un día de invierno.
—Lo hará. Y si no, la obligaremos a que te escuche —dijo él, solo medio en broma.
Eira lo contempló. Los ojos dorados de Cyal destacaban en la oscuridad: dos esferas de luz en un mar de sombras.
Tenía el pelo un poco más largo que cuando lo había conocido y le reposaba sobre los hombros.
Había ganado músculo en el cuerpo, acentuando su complexión atlética.
Sus pómulos estaban quizá más definidos.
El sol del desierto se aferraría siempre a su tez broncínea.
Bajó la vista. ¿Por qué se fijaba en eso? Había empezado a dedicar demasiado tiempo a estudiar los rasgos de Cyal.
—Hubo una cosa que me extrañó mucho cuando estábamos en Auria —empezó ella.
—¿Más que el imbécil del Paladín? —refunfuño él, pronunciando el nombre con ira contenida.
Se recostó en el tronco y la miró con los brazos cruzados. Eira gruñó, pero se encontró con que echaba de menos la calidez de la mano de Cyal en la espalda.
—Aparte. —Eira respiró hondo y recuperó su semblante de piedra—. Hablaban sin cesar de que Otar fundó la Orden de Hereshia.
Cyal asintió.
—En teoría, era mi antepasado, ¿no?
Eira formó una fina línea con los labios.
—Otar era el nombre del hijo más pequeño de Khait —reveló.
—Pero... —Cyal se irguió—. ¿No se supone que murió cuando era un bebé?
Eira tensó la mandíbula. Recordaba a la perfección la habitación de Otar calcinada por completo; el olor a humo, madera y carne chamuscada estaba grabado a fuego en su mente. El General se aseguró de no dejar restos...
O eso había creído ella.
—No lo sé —masculló. Clavó las uñas en la piel de las botas—. Es demasiada coincidencia que la Orden de Hereshia fuera fundada poco después del final de la guerra por alguien llamado Otar y que este, a su vez, tuviera los ojos dorados, el rasgo que permite reconocerte como su descendiente.
Cyal se llevó una mano a la barbilla, pensativo.
—Es cierto —admitió—. Nunca he visto a nadie más con los ojos dorados.
Alguna vez, incluso, alguien había asegurado que Cyal tenía que ser un draconiano por ese color de ojos. Lo gritó en medio del mercadillo de Drethol cuando Cyal era más pequeño, y él, avergonzado y asustado ante todas las miradas que recibió, se escabulló con rapidez.
—Son únicos —afirmó Eira—. Pero, si Otar sobrevivió, ¿cómo lo hizo? No era más que un bebé cuando el General mató a la familia de Khait y ellos vivían en una casa en la costa. No podría haber escapado por su cuenta, ni había nadie más para salvarlo.
—En eso me temo que no puedo ayudarte —dijo Cyal y frunció el ceño—. ¿Significaría eso que también soy descendiente de Khait?
Eira clavó sus ojos rojos en él. El corazón de Cyal se aceleró ante la intensidad de su mirada.
—Así es —asintió ella, esbozando una casi imperceptible sonrisa.
—Si fuera así, el destino sería muy irónico por hacer que fuera yo el que te encontrara en el hielo —comentó Cyal, divertido.
Eira dejó escapar una pequeña carcajada alegre. Cyal sintió los hombros más ligeros al escucharla. ¿Cómo habría sido Eira antes de renacer como xieri? ¿Habría reído de esa manera a menudo?
Los dos alzaron la vista al cielo. La brisa sopló de nuevo, echándoles el pelo hacia atrás con suavidad.
Una estela de luz se desprendió debajo de la luna.
—¡Eira! —exclamó Cyal, emocionado, señalándola con el dedo índice—. ¿La has visto?
Ella lo observó de reojo.
—¿El qué? ¿La estrella fugaz?
—La lágrima de Eyvel —la corrigió Cyal—. Mi abuela me contó cuando era pequeño que si ves una cuando estás con alguien, significa que te encuentras en buena compañía. —Le regaló una cálida sonrisa—. Yo creo que ha acertado.
Eira subió ligeramente las cejas. Un sutil rubor coloreó sus mejillas.
—¿Y qué pasa si estás solo?
Cyal rio por lo bajo.
—Ah, ¿por qué siempre te pones en lo peor? Si estás solo, quiere decir que pronto encontrarás a la persona adecuada.
—Hmm. —Eira entornó los ojos, repitiendo en su mente las palabras anteriores de Cyal—. ¿Eyvel?
El nombre le resultaba familiar.
—Es nuestra diosa de la luna —dijo él. Antes de la muerte de su abuela, trataba todas esas leyendas con desdén, pues se negaba a creer en su existencia. Ahora, sin embargo, lo relataba con cariño—. La hermana gemela de Hereshia, que también es la diosa del sol.
—Ya veo.
Eira escudriñó la luna, que arrojaba su pálida luz por toda la llanura. Esa noche estaba en fase menguante.
—Disfruto mucho viajando contigo, Eira —prosiguió Cyal, sorprendiéndola. Ella lo observó con atención. Él sonreía—. Estos pequeños momentos de tranquilidad en los que nos podemos olvidar de todo son mis favoritos, ¿sabes?
Eira cerró los ojos y dejó que el viento le acariciara el rostro. Aunque trató de mantenerse seria, las comisuras de los labios se le curvaron hacia arriba.
—Los míos también, Cyal.