Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 9. Solo una vida
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9. Solo una vida

Solo una vida

—¿Cómo puedes ser tan necia? ¡El futuro de Gaia depende de tu supervivencia!

Respiraba entrecortadamente, con los ojos fijos en una chica rubia sentada delante de él. A su alrededor, la tierra estaba revuelta y había gotas de sangre, signos claros de que había tenido lugar un enfrentamiento.

Taiyo alzó la vista. Sus ojos azules no mostraban arrepentimiento, como él había esperado. En vez de eso, relampagueaban con furia.

—¡No tienes ningún derecho a darme órdenes solo porque seas un dragón, Aridam! —espetó con aspereza. En sus brazos acunaba un polluelo de águila al que ya le estaba saliendo su plumaje de adulto.

La sorpresa le hizo retroceder un paso. Apretó los dientes.

—¡Has puesto tu vida en peligro por proteger a un pájaro! —prosiguió, ignorándola—. ¿Acaso no eres consciente...?

—¡Sí que lo soy! —lo interrumpió ella. Arash calló, gruñendo—.

Pero no te imaginas... ¡No te imaginas lo duro que es esto para mí también!

—Taiyo parpadeó para contener las lágrimas—.

Siento que me he convertido en una herramienta.

Una imprescindible para la supervivencia de Gaia, sí, pero un objeto, de todas formas.

Ya no importa lo que yo quiera o desee. ¡Mi vida ha dejado de ser mía!

Solo puedo pensar en el papel que tengo que cumplir.

Taiyo agachó la cabeza y se mordió el labio inferior. Le temblaron los hombros y el polluelo pio, consternado.

Arash endureció la mirada.

—La vida no es siempre como queremos, Tai. Esperaba más de ti.

Ella no se amedrentó.

—Para ti es muy fácil decirlo, dragón —siseó con desprecio, haciendo énfasis en su especie—.

Has vivido durante miles de años. Vivirás durante miles de años más.

Tendrás tiempo para hacer todo lo que quieras.

Yo, en cambio, solo tengo una vida. —Clavó sus ojos en él.

Estaban ensombrecidos por la ira—. Y es esta.

Se puso en pie. Sus rodillas sangraban, pero lo ignoró. Le dio la espalda y se alejó por el campo devastado.

Una brisa de aire le acariciaba la piel, moviendo unos cuantos mechones encima de sus mejillas. No recordaba haberse dormido en el exterior y levantó ligeramente los párpados, confusa.

Su cabeza reposaba sobre la manta que solía poner en el suelo. Olía la tierra húmeda junto a su rostro. Divisó unos árboles, cuyas hojas susurraban al compás del viento, rodeando la explanada rocosa en la que se encontraba. El cielo estaba nublado, pero la luz del sol se filtraba a través de él.

Ya era de día.

Thaydra frunció el ceño y se sentó.

Arash estaba acomodado a su derecha, con la espalda apoyada en una roca. Tenía los brazos cruzados y la cabeza agachada. Sus ojos permanecían cerrados mientras respiraba de forma lenta y pausada.

«¿Qué hace todavía dormido?», pensó ella, extrañada y un poco preocupada.

Tampoco recordaba haber salido del túnel. A juzgar por el paisaje, se hallaban al otro lado de la montaña, en la ladera que daba al reino de Adruste. Abajo, en la distancia, se apreciaban las manchas naranjas y azules de la arquitectura de la ciudad.

Se fijó más en Arash. Distinguía las vendas blancas a través de su camisa negra rasgada por el costado.

Lo sucedido la noche anterior regresó por fin a su mente.

Thaydra hundió los hombros, dejando escapar un triste suspiro.

Echó un vistazo a la bola apretujada contra sus piernas.

Azer dormía con su ala rota extendida. Esbozó una sonrisa cansada y desplazó la mano para acariciarlo.

El cuervo infló un poco las plumas, pero no se despertó.

Sabía que había decepcionado a Arash. La culpabilidad era una capa difícil de desprender, pero no se arrepentía de su decisión respecto al animal.

Desvió la atención de nuevo hacia el hombre. Los mechones de pelo negro que quedaban sueltos de su coleta le caían sobre los ojos, ocultando la cicatriz del izquierdo.

Se estremeció al evocar el recuerdo que se había manifestado en su sueño. Su situación y la de Taiyo eran demasiado similares. Arash se había sentido igual de molesto con ella. La diferencia era que Taiyo se había enfadado también y le había plantado cara.

Thaydra no conseguía descifrar lo que significaba la agonía que había encogido el corazón del dragón en aquel recuerdo. Cuando Taiyo le había dicho que él viviría miles de años más, mientras que ella solo viviría una corta vida humana, ¿por qué le habría dolido tanto a Arash la idea?

Y él la había llamado...

«Tai», pensó, llevándose una mano a la barbilla. Tai. Thay. Los dos hipocorísticos sonaban igual.

Sacudió la cabeza. No tenía importancia, si bien era una curiosa coincidencia. ¿Quizá también por eso le había costado animarse a llamarla «Thay»?

Se le escapó un bostezo. Estaba fatigada; su cuerpo no se había recuperado del combate. Todavía notaba cierto dolor en el abdomen. Y en su boca permanecía el regusto metálico de la sangre.

Thaydra cogió la cantimplora de agua del bolso y bebió un poco, tratando de limpiar el desagradable sabor. Algo más tranquila, la guardó de nuevo y se tumbó con las manos en la tripa y la vista fija en el cielo gris.

¿Se sentía ella como Taiyo? Las dos habían cometido la misma temeridad, ganándose el enfado de Arash. A cambio, habían salvado una vida inocente.

Suspiró y cerró los ojos. El cansancio le impedía reflexionar.

Lanzó a un chico al fondo de la celda con un simple movimiento de su brazo. Este cayó con un quejido y se incorporó sobre las rodillas y las palmas de las manos, temblando. Giró la cabeza para mirarlo con los dientes apretados y los ojos inyectados en sangre.

—¡¿Quién te crees que eres?!

Arash irguió la barbilla en un gesto despectivo. Cruzó los brazos.

—Aridam, tu dios de las tormentas. El dragón de la voluntad —espetó con voz gélida—. Creo que necesitabas un pequeño recordatorio, humano.

—¡Mi nombre es Deher! —replicó el chico, indignado.

Arash caminó hacia él. El chico se sentó y retrocedió, aterrado, hasta que su espalda chocó con la pared. Arash inclinó la cabeza para mirarlo como si no fuera más que un insecto.

—Te llamaré como a mí me dé la gana, humano.

—¡S-soy tu enlace! —exclamó Deher, interponiendo los brazos delante de su rostro—. ¡No puedes matarme!

Arash esbozó una sonrisa condescendiente.

—Quizá. Pero eso no significa que no pueda castigarte.

La mueca de Deher fue de horror.

—¡¿Por qué?!

—Has abusado de mi poder —sentenció—. Al final, sois todos iguales. ¿Crees que comparto mis poderes con mi enlace para que estos sometan a los humanos que los rodean? Me voy una temporada para cumplir con mi deber, ya que tú no estás por la labor...

—¡No iba a acompañarte en ese viaje suicida! —lo cortó Deher. Su respiración se desbocaba y el sudor le empapaba la camisa.

Arash entornó los ojos.

—Y a mi regreso me encuentro con que has destruido una ciudad —continuó, ignorándolo—. ¿Todo porque se negaban a someterse a tu reino? Has asesinado a miles.

—¡Soy libre de hacer lo que me plazca!

El chasquido de las chispas de electricidad llenó la celda, iluminando cada rincón. El rostro de Deher se tornó blanco; la danza errática de los rayos se reflejaba en sus ojos desorbitados.

Arash alzó el puño.

—¿Sabes? A lo mejor no es mala idea que los enlaces dejéis de ser tan «libres» —dijo en tono bajo, pero amenazante—. ¿Queréis utilizar mi poder, pero renegáis de vuestras responsabilidades? Quizá sea hora de que empiece a utilizaros yo a vosotros como las simples herramientas que sois.

Y bajó el brazo.

Deher gritó.

Thaydra abrió los ojos de golpe, jadeando.

—Cualquiera diría que has tenido una pesadilla, princesa —comentó la voz sarcástica de Arash junto a ella.

Giró la cabeza. Arash seguía acomodado con la espalda apoyada contra la roca, pero había algo en su regazo. La joven arqueó las cejas.

—¿Qué...?

—No se callaba, ¿vale? —gruñó Arash, tendiéndole otro trozo de carne a Azer—. Me estaba dando dolor de cabeza con sus graznidos insoportables.

Thaydra contuvo la risa a duras penas y se sentó. El cielo continuaba nublado y el aire mecía las hojas de las ramas con suavidad.

—Se nos ha hecho un poco tarde —señaló ella.

Limpió de tierra las mangas de su camisa. Arash resopló.

—Ya me he dado cuenta. Pero alguien decidió complicarnos ayer las cosas con su estupidez.

Thaydra se llevó las manos a las mejillas. Estaban ardiendo.

—¿Sigues enfadado?

Arash entornó los ojos.

—¿A ti qué te parece?

La tristeza se coló en el suspiro de Thaydra. Trató de ignorar el nudo en el estómago.

—Ya. Supongo que me lo merezco.

Arash frunció el ceño. Por un instante, había aguardado que discutiera con él. Pero Thaydra no era Taiyo. Thaydra bajó la vista a su regazo, apretando los labios. Lo observó de soslayo.

—¿Estás bien? —le preguntó, fijándose de nuevo en sus vendajes.

Arash siguió la dirección de su mirada: sus heridas. En concreto, la herida del arma imbuida con oscuridad. Puso los ojos en blanco.

—No es nada.

—Pero te oí gritar...

—Serían imaginaciones tuyas —masculló Arash.

«Malditos xieri y sus espadas de drialita oscura», pensó, recordando la cara arrogante de Graialan. No había conseguido acabar con él durante la guerra del Alzamiento, pero esta vez no se iba a librar. Lo borraría de la faz de Gaia, costara lo que costara.

Thaydra aventuró una pequeña sonrisa, divertida.

—Si tú lo dices.

—Además, no fui yo el que recibió un puñetazo por insensato —añadió Arash, dedicándole una sonrisa burlona.

Thaydra se tragó la protesta y agachó la cabeza en un intento de ocultar el sonrojo; la vergüenza prácticamente manaba de ella. Estaba claro que él no le dejaría olvidarlo con facilidad.

Y levantó la vista de nuevo, perpleja, al escuchar a su compañero soltar un quejido.

—¡Maldito cuervo hijo de...!

—¡Arash! —lo cortó ella, indignada.

—¡Me ha picado! ¡Es un auténtico cabrón!

Thaydra rio a carcajada limpia, llevándose las manos a la tripa por los pinchazos en el vientre. Azer graznó e infló las plumas, estirando el cuello, muy digno, y Arash gruñó, reprimiendo su impulso de electrocutarlo.