Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 8. Cuestión de responsabilidad
12%

8. Cuestión de responsabilidad

Cuestión de responsabilidad

Arash miraba a su enemigo con la mandíbula desencajada; las pupilas, finas rendijas sumidas en un mar de ardiente ira. Sus cejas habían bajado sobre los ojos, ensombreciéndolos con la promesa de desatar la tempestad.

—No te atrevas a tocar a Thaydra.

Graialan gruñó. Arash lo mantenía sujeto por el cuello de la camisa.

Tenía las marcas del último ataque que había recibido: un corte en el costado que manchaba su camiseta de rojo y unas cuantas rocas clavadas en la espalda.

Pero ignoraba el dolor, alterado y sostenido por la adrenalina tras haber visto caer a Thaydra a la que hubiera sido una muerte segura de no haber intervenido él.

—Es un poco tarde para eso, ¿no? —se burló el comandante, a pesar de su situación.

Silbaba con cada bocanada de aire; el golpe de Arash le había astillado las costillas. Le atravesaban los pulmones. Aun así, siendo xieri, sobreviviría si alguien utilizaba sus poderes de curación pronto en él. Sonrió con apatía.

—¿No vas a comprobar si tu enlace todavía respira?

Arash tensó la mandíbula. Y Graialan utilizó ese instante de duda para deshacerse de su agarre con una patada en el abdomen.

Se desvaneció en un cúmulo de sombras, retirándose de la batalla.

Arash maldijo entre dientes. Podría haberlo matado de haber sido más práctico, pero sus sentimientos se habían interpuesto.

La única oportunidad que se le había presentado de eliminar al comandante en siglos, hecha añicos.

La posibilidad de que volviera a pillar a Graialan desprevenido de esa manera era casi nula, pero le dio igual.

El túnel quedó a oscuras.

Arash, sin embargo, era capaz de ver. Con el frenético latido del corazón retumbándole en los oídos, se giró y corrió hacia donde estaba Thaydra. Se dejó caer de rodillas junto a ella. Estaba tirada en el suelo, inmóvil. Pero escuchaba su laboriosa respiración.

—Thaydra, ¿me oyes? —le preguntó, inclinándose sobre ella con urgencia. No fue capaz de ocultar la angustia en su voz.

Ella levantó ligeramente los párpados y lo miró.

—¿A... rash...?

Le costaba hablar. Si lo hacía, le faltaba el aire.

Se sentía revuelta por dentro, con un fuerte ardor en la zona donde terminaban las costillas.

Tosió y resolló, ahogándose. Arash pasó la mano por su espalda y la incorporó para sostenerla.

Thaydra escupió sangre y dejó caer la cabeza hacia delante, mareada. Arash clavó los dedos en su piel.

—¿Puedes respirar? —quiso saber, muy serio.

Le preocupaba la sangre que se había deslizado por las comisuras de los labios de la chica, pero por el momento parecía que no había más.

—Sí, pero...

Era difícil. Arash lo entendió de inmediato.

—Relájate —le pidió con suavidad.

La obligó a recostarse en él y mantuvo un brazo alrededor de sus hombros. Llevó su otra mano a la cabeza de Thaydra cuando esta se fue hacia atrás.

Frunció el ceño y la observó durante varios segundos, asegurándose de que su respiración se iba normalizando poco a poco. Thaydra había cerrado los ojos, exhausta.

—¿Estás enfadado? —preguntó ella con un hilo de voz.

Arash se quedó rígido. Inquieta ante su silencio, Thaydra levantó de nuevo los párpados para mirarlo. Él siguió a lo suyo: movió la mano de la cabeza de Thaydra a su abdomen, estoico. Presionó ligeramente y ella apretó los dientes. Se le escapó un quejido.

Pasaron los segundos mientras él la examinaba, comprobando qué zonas la hacían reaccionar y cuáles no. Al final, respiró hondo.

Y estalló.

—¡¿En qué estabas pensando, Thaydra?!

Thaydra se encogió.

—Yo...

—¡Has arriesgado tu vida por un maldito cuervo!

—siguió, dejando que el enfado tomara las riendas—.

Si hubieras recibido el puñetazo un poco más arriba, te habría destrozado las costillas y los pulmones.

Si lo hubieras recibido un poco más abajo, los demás órganos estarían aplastados.

—Gruñó con la ferocidad del dragón que albergaba en su interior, incapaz de controlar su acelerada respiración—.

Sabes... ¿Sabes cómo me habría sentido si... ?

Arash calló y giró la cabeza con brusquedad, intentando controlarse. Cerró los ojos. En su posición, Thaydra notaba lo tensos que tenía los músculos. Con la oreja pegada a su pecho, escuchaba el latido desbocado de su corazón.

Los ojos de la chica brillaron con lágrimas.

—No podía abandonarlo —balbuceó ella, clavando la vista en sus manos—. Lo siento, Arash, yo... —Parpadeó varias veces. La presión en su cabeza aumentaba y se le estaba formando un nudo en la garganta—. Soy una estúpida.

La ira de Arash centelleaba en su iris de plata.

—¿Preferías salvar la vida de un cuervo a la vida de millones?

Ella alzó ligeramente las cejas, aturdida.

—¿Qué...?

Arash exhaló con forzada lentitud. Debía apagar las llamas de su enfado; lo último que deseaba era gritarle a Thaydra.

—No puedo permitirme perderte —le reprochó. Iba controlando su respiración. Llevó la mano al rostro de Thaydra y empezó a limpiar la sangre de sus labios—. Eres mi enlace. Si tú no sobrevives, la energía de Gaia jamás será restaurada. Todos morirían.

Thaydra se quedó helada. Agachó la cabeza y dejó al fin que las lágrimas rodaran por las mejillas. Arash, con la mano todavía en su barbilla, se tensó al notarlas.

—Soy el peor enlace que habrías podido tener, ¿no? —murmuró ella. Se le escapó un sollozo.

Escuchar su voz tan apagada hizo que a Arash se le revolviera el estómago.

—No —dijo de inmediato. Presionó con los dedos debajo de su mentón para hacerla levantar la vista.

Sus ojos estaban nublados por las lágrimas.

Verlos así fue como un puñetazo—. Thaydra, no.

Eres la primera persona que considero digna desde Taiyo.

Eres, junto a ella, la única que se ha convertido en alguien tan importante para mí.

Tu problema... —suspiró y le acarició la mejilla.

Ella sintió el hormigueo nervioso que siempre acompañaba a su contacto— es que eres demasiado generosa.

Puede parecer algo bueno, pero, créeme, es peligroso.

Porque te hace más vulnerable, y eso hoy podría haberte costado la vida.

El corazón de Thaydra danzaba tras las palabras de Arash. Asintió, más tranquila, y se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. Respiró hondo, pero acabó tosiendo. Arash inclinó la cabeza para observarla, con el ceño fruncido.

—Vas a tener que tomártelo con calma estos días —insistió él—. Te has llevado un buen golpe.

—¿Y tú? —preguntó ella.

Todavía la atormentaba el grito que había escuchado. ¿Acaso no había sido él herido con drialita oscura?

Arash recordó el corte en el costado y los trozos de piedra incrustados que aún tenía en la espalda. En su preocupación por Thaydra, se había olvidado.

Hizo una mueca.

—He estado peor en otras ocasiones.

Thaydra lo miró. Sus ojos se habían ido acostumbrando a la oscuridad y ya podía verlo. Alzó una mano y la posó en su mejilla. Arash la miró con las cejas arqueadas, pero enseguida relajó la expresión.

Thaydra se había sentido como la chica más desgraciada del mundo cuando lo perdió todo aquella noche en Drethol.

Pero aquella había sido también la noche en la que había conocido a Arash.

Había pasado de odiarlo a apreciarlo más que a nadie, aunque supiera que él nunca la vería de la misma forma.

Él siempre estaba pendiente de ella, cuidándola.

A pesar de que la regañara, la hacía sentirse como la chica más afortunada de toda Gaia por tener la oportunidad de estar a su lado.

—¿En qué piensas? —le preguntó Arash con suavidad.

Las mariposas revolotearon en el estómago de Thaydra cuando Arash puso su mano sobre la que ella tenía en su mejilla. La mano de Arash era casi el doble de grande que la suya y mucho más áspera, fruto de las miles de batallas en las que había participado.

—En... ti —admitió ella sin darse cuenta.

Cuando lo hizo, abrió los ojos como platos. Su cara se coloreó de rojo. Arash soltó una pequeña carcajada.

—Me alegro de ser tan fascinante —bromeó—. Pero creo que ya va siendo hora de que nos marchemos de aquí.

Thaydra frunció el ceño. Respiró hondo. Esta vez consiguió no toser y se atrevió a hacer la pregunta:

—Azer. ¿Está bien?

Arash perdió la sonrisa al instante. Dejó caer la mano.

—Ni lo sé, ni me importa.

—Arash —suplicó ella. Apartó la mano también, pero lo miró con las cejas muy juntas—. Por favor.

Él gruñó.

—Lo que no haga por ti...

Bajó la mano a su espalda y pasó la otra por debajo de sus rodillas, levantándola con facilidad en sus brazos. Thaydra ahogó una exclamación y se llevó los puños apretados al pecho, notando el suelo desaparecer bajo sus pies.

Arash dio un par de pasos a la derecha. Se escuchó un graznido que llenó el corazón de Thaydra.

—Aquí lo tienes, princesa —masculló él, agachándose con ella.

Azer se había quedado tirado en el suelo, graznando con indignación. Por suerte, su ala rota no había sufrido daño alguno. Thaydra estiró las manos para recuperarlo. Arash la movió hacia él para que lo alcanzara y ella al fin lo recogió.

—¡Azer!

Lo abrazó y lo apretó contra su pecho, riendo de la alegría. Arash se levantó de nuevo con ella en los brazos. Inclinó la cabeza y la observó, relajando su expresión severa. Thaydra sonreía, dándole besos a Azer. El cuervo había inflado las plumas y emitía un sonido muy bajo.

—Gracias, Arash —dijo ella, echando la cara hacia atrás y alzando la vista—. Eres... —calló al advertir lo cerca que estaban sus rostros— el mejor.

Terminó sus palabras a duras penas, acalorada.

¿Por qué Arash no se movía? Él también se había quedado rígido, pero no se apartaba. Thaydra temía que le explotara el pecho de los nervios. Hundió los dedos en las plumas de Azer, tratando de reprimir su temblor. Notaba las mejillas arder y supo que estarían completamente rojas.

Luchó, en vano, por controlar su respiración, cada vez más acelerada. Arash examinaba sus ojos y se acercaba más; casi sentía su aliento de ceniza y tormenta en la cara.

Cuando Thaydra estaba a punto de desmayarse por la tensión, Azer graznó. Arash se echó hacia atrás con brusquedad, con un gruñido.

Sacudió la cabeza, como si acabara de despertar de un sueño.

—Será mejor que nos vayamos —dijo con tono ronco y seco.

—S-sí —balbuceó ella, centrando su atención de nuevo en Azer.

¿Qué acababa de pasar? ¿Acaso había estado Arash a punto de besarla? No. Habrían sido imaginaciones suyas. Para Arash nunca sería más que una compañera. ¿O sí?

«No te hagas ilusiones —se dijo. Arash echó a andar, y ella reposó la cabeza en su pecho, agotada—. No eres más que una humana. Él es un dragón. Y es inmortal».

Le costaba mantener los párpados levantados. El dolor en el abdomen había cedido; notaba la zona adormecida.

Cerró los ojos. Suspiró, feliz a pesar de todo. Arash la llevaba en brazos y tenía a Azer contra su pecho.

«No pasa nada —pensó—. Soy importante para él. Con eso me basta».

Ya era mala suerte coincidir en el monte Nimer con los xieri. Arash sabía que había herido a Graialan de gravedad y que tardaría en regresar, pero, por si acaso, prefirió alejarse de la zona cuanto antes.

Por eso seguía caminando por el túnel incluso horas después, dispuesto a llegar al otro lado.

Estaba exhausto y todavía tenía que tratar sus heridas, pero se obligó a continuar cargando con la joven.

Al menos, Thaydra era ligera como una pluma.

Bajó la vista para asegurarse de que continuaba durmiendo. Su respiración era lenta y pausada.

Observó sus labios, todavía con algún resto de sangre seca, y frunció el ceño. Antes se había dejado hipnotizar por sus ojos verdes. ¿En qué tonterías estaba pensando?

«No puedes volver a enamorarte de una mortal», se regañó, frustrado.

Ya había sufrido una vez. Había conseguido recuperarse de la pérdida acercándose a Zheitszoh; se había enamorado de nuevo. De una dragona. Alguien con quien podría compartir el tiempo, su vida. Había creído que sería mucho mejor. Y, aun así, ella desapareció.

Había pasado siglos odiándola, convencido de que lo había abandonado.

Pero después de las palabras del oráculo, no sabía qué pensar. Sus sentimientos por Zheitszoh permanecían ahí, enterrados, latentes. Estaba decidido a encontrarla. Pero cuando lo hiciera, ¿volvería a amarla? ¿Continuaría resentido con ella?

Para hacerlo todo más difícil, en medio del desconcierto, Thaydra se estaba apoderando de su corazón. No podía permitirlo.

Tensó la mandíbula al recordar el momento en el que había visto a Graialan asestarle aquel puñetazo eléctrico en el abdomen, cuando él todavía se estaba incorporando después de impactar contra las rocas. Su sangre había hervido; su visión se había teñido de rojo.

Se había lanzado a por el xieri del todo cegado por la furia, fruto de su preocupación por ella. De la angustia que le provocaba la idea de perderla.

Jamás habría sospechado que podría volver a enamorarse.

Mucho menos de aquella princesa tan frágil y perdida que había rescatado del palacio.

Pero al destino le encantaban las ironías.

Tampoco había pensado gran cosa de Taiyo cuando la había conocido y, sin embargo, incluso milenios después de su muerte, lloraba su ausencia.

«¿Por qué tenías que parecerte tanto a Taiyo?», pensó mientras la tristeza empañaba su visión.

Por suerte, también tenían sus diferencias. Taiyo había sido siempre más enérgica, más confiada. Pero las dos compartían el sentido de la responsabilidad, su preocupación por los demás y esa excesiva generosidad que podía ser tan perjudicial.

No podía volver a pasar por lo mismo, pero tampoco poseía el control total de sus sentimientos.

Gruñó. Comprobó que no había despertado a Thaydra: ella mantenía los ojos cerrados, relajada al fin después de la horrible experiencia que habían vivido.

Había decidido permanecer solo el resto de la eternidad. Había sufrido suficiente. La distancia era más llevadera. Y estaba convencido de que era lo mejor para ambas partes. O lo había estado. Al menos hasta que Thaydra había aparecido.

«No puedo hacerle esto».

Porque advertía también el creciente cariño de Thaydra hacia él.

Los dos se estaban acercando demasiado. Los hilos del destino tiraban del uno hacia el otro, enredándose cada vez más.

Pero Thaydra se merecía estar con alguien que pudiera envejecer con ella.

No alguien como él, marcado por las sombras del pasado, con la carga de miles de años.

«Ari, prométeme que volverás a amar».

Aquellas habían sido las últimas palabras de Taiyo, pero no estaba seguro de poder cumplir esa promesa después de lo ocurrido con Zheitszoh.

Arash endureció la mirada. Tanto por su bien como por el de Thaydra, sería mejor que se controlara. Gaia no necesitaba un dragón inmerso en sus propios asuntos. La prioridad era reparar el núcleo. Debía centrarse en eso.

Cualquier distracción sería fatal.