7. Entre sombras
Entre sombras
La situación no pintaba bien. Arash y Thaydra estaban espalda contra espalda, con enemigos a ambos lados.
El túnel era amplio y ancho, pero no lo suficiente para que él pudiera transformarse en dragón sin desestabilizar las paredes.
Si esperaban a que sus contrincantes lanzaran el primer ataque, estos los obligarían a no moverse ya de su sitio y a contrarrestarlos para evitar que el ataque alcanzara al otro.
Thaydra respiró hondo y decidió lanzarse.
Saltó, propulsada por el fuego, por encima de los dos xieri.
En el aire, disparó una enorme llamarada sobre ellos con la mano que tenía libre.
La temperatura subió con brusquedad, pero ninguno de los xieri salió escaldado por el gesto.
La chica cayó al otro lado, asegurándose de tener bien sujeto a Azer, que había inflado las plumas, asustado.
Los xieri corrieron hacia ella, uno blandiendo una espada y el otro envolviendo su puño en fuego.
«Puedo con esto», se dijo, tragándose los nervios.
Nunca antes se había enfrentado a dos oponentes a la vez, y Arash no podría ayudarla. Lo divisó en la distancia, enzarzado en una serie de golpes eléctricos con Graialan.
Dio una voltereta en el aire para esquivar el corte de la espada. Tenía un problema añadido: seguía sumida en la más completa oscuridad. Mientras sus enemigos veían sin problema, ella no poseía esa habilidad. Por suerte, el fuego le permitía iluminar su entorno.
Frenó las llamas de su oponente y las devolvió contra él. Extrajo el puñal de su cinto y apretó los dientes.
Era demasiado complicado luchar sujetando a Azer.
—¿Se puede saber qué llevas ahí, humana? —se mofó uno de los xieri.
Thaydra gruñó.
No se iba a molestar en responder.
Arash echaba un vistazo por encima del hombro siempre que le era posible, comprobando que Thaydra aguantaba bien. Confiaba en cómo la había entrenado, pero sabía que un enfrentamiento en la oscuridad no era el más favorable para ella, y dos enemigos la hostigaban a la vez.
«Por no hablar del estúpido cuervo», pensó, irritado.
—No me habías dicho que teníais una nueva mascota, Arash —ironizó Graialan, haciendo referencia al pájaro—. ¿Tan valioso es? Es una seria desventaja para tu enlace.
«Ya lo sé».
Arash disparó un rayo. Graialan lo frenó y, en vez de devolverlo hacia él, lo envió al techo encima de Arash.
Eso lo forzó a correr entre las rocas que cayeron para esquivarlas.
En lugar de retirarse, se lanzó como un relámpago hacia Graialan, blandiendo la hoz.
Él lo recibió con su espada hecha de drialita.
El choque metálico resonó de forma estridente en sus oídos.
Graialan se desvaneció. Arash giró y se echó hacia atrás. La hoja de metal rasgó su camisa.
—¿Has perdido reflejos? —se burló Graialan.
—Tú vas a perder la cabeza —gruñó Arash.
Graialan soltó una risa socarrona. Encadenaron una serie de golpes con la espada y la hoz, bloqueándose el uno al otro con maestría. Saltaban chispas que los iluminaban con cada impacto.
—Serás un dragón, Aridam —dijo Graialan, pronunciando su nombre de dios con desdén—, pero yo soy un xieri. Y los dos sabemos cuál es superior.
Se desvaneció. Arash lo esperaba ya cuando hizo descender su espada por la derecha. Bloqueó el golpe, pero apretó los dientes, ejerciendo presión con la hoz. Sus nudillos estaban blancos de la fuerza que aplicaba.
—Los xieri no deberíais existir —espetó. Sus pupilas se habían reducido a meras rendijas—. Vuestra presencia me da asco.
—Ya está el dragón con su superioridad moral —bufó Graialan. Le dio una patada en el pecho que lo echó hacia atrás.
Arash se recuperó con rapidez. Movió el brazo y una cuchilla salió despedida de su cinto. Graialan se agachó en el último momento para esquivarla. Pero Arash cerró el puño y el arma cambió de rumbo, regresando repentinamente.
Graialan ahogó una exclamación cuando rasgó su hombro.
—Los xieri sois despreciables —sentenció Arash. Recuperó la cuchilla en su mano izquierda, la que no empuñaba la hoz—. Lo único a lo que os impulsa la oscuridad en vuestra esencia es a la destrucción. Debéis ser erradicados.
—Nos impulsa a vengarnos y a obtener lo que nos merecemos —lo corrigió Graialan, irguiéndose—. Lo que siempre ha sido nuestro.
Arash entornó los ojos.
—Ya va siendo hora de que desaparezcas.
Hizo levitar el par de puñales que llevaba enganchados en la pierna, además de las otras tres cuchillas de su cinto. Envolvió el puño derecho en electricidad y sonrió de forma un tanto siniestra.
Graialan flexionó las piernas, listo para esquivar su ataque, pero Arash salió disparado en la dirección contraria.
Graialan se quedó con la boca abierta. Rugió y fue tras él.
Thaydra se agachó, sintiendo el calor de las llamas encima de la cabeza. Ladeó el cuerpo y estiró la pierna, dándole una patada en el abdomen al xieri que había tratado de asestarle el puñetazo.
Azer graznó.
El segundo xieri se materializó a sus espaldas. Thaydra giró sobre los talones, detectando su presencia demasiado tarde. Se le escapó una exclamación de dolor cuando la espada le rasgó el brazo derecho. Si no se hubiera apartado, la habría atravesado.
Jadeó. La energía se le escapaba como arena entre los dedos; no podía hacer frente a ambos mientras cuidaba de Azer. Pero no iba a abandonarlo.
Extendió el brazo y logró clavarle el puñal a su enemigo en el hombro con el que manejaba la espada.
Lo forzó a echarse hacia atrás mientras giraba de nuevo, moviendo la mano en círculo por encima de ella para controlar el metal.
Arrancó el puñal del xieri, haciéndole soltar un quejido, y lo lanzó hacia su otro oponente.
Este se agachó. Thaydra intentó modificar la trayectoria del puñal para traerlo de vuelta, pero escuchó el sonido de la espada cortando el viento en su dirección.
Se impulsó hacia arriba con el fuego en los pies y el xieri trastabilló.
Thaydra abrió los ojos como platos cuando el otro xieri se materializó delante de ella, en pleno salto. Estaba completamente expuesta.
El espacio a su alrededor se iluminó. Con el chasquido de mil chispas eléctricas, Arash también apareció ahí. Agarró al xieri del cuello de su túnica y lo lanzó al suelo. Le clavó varias cuchillas en el cuerpo, sin miramiento. Este dejó de moverse.
Thaydra aterrizó detrás de Arash, respirando entrecortadamente.
—¡Si tuvieras ambos brazos libres, no habría tenido que venir a salvarte! —bramó Arash.
Su tono era tan sombrío como nubes negras de tormenta.
Se le marcaban las venas en las sienes. Thaydra se mordió el labio.
Sabía que no había tiempo para discutir.
Arash recibió a Graialan y sus armas chocaron.
Ella se dio la vuelta y proyectó una bola de fuego, forzando al otro xieri a modificar su trayectoria.
El xieri la sorprendió al cortar el aire con la espada. Porque mostró al fin su elemento: una afilada corriente de viento salió despedida hacia ella.
—¡Arash! —gritó, consciente de que él estaba detrás.
Saltó por encima y comprobó por el rabillo del ojo que Arash y Graialan también habían sido capaces de esquivar la cuchilla de viento.
—¿Cómo puede ser una simple humana semejante incordio? —ladró el xieri. Disparó una bola de sombras, con rabia.
Thaydra contraatacó con una esfera de llamas. Los dos ataques chocaron y hubo una pequeña explosión que cubrió todo de humo negro.
La chica miró a un lado y a otro, con el corazón latiendo a mil por hora.
—¿Está ciega la pobre humana? —susurró una tétrica voz en su oído.
Thaydra chilló y se giró. Se topó con los ojos rojos de Graialan. Saltó hacia atrás, propulsada con el fuego, y el puño envuelto en electricidad de su enemigo solo la rozó. Pero fue incapaz de calcular bien en medio de la oscuridad. Gimió de dolor cuando su espalda chocó contra las rocas.
El graznido de Azer le preocupó más.
—¡Tu pelea es conmigo, Rayo! —vociferó Arash, con voz encendida por la furia.
Descendió sobre él con su hoz. Logró cortarle en el pecho antes de que terminara de desvanecerse. Graialan gruñó al reaparecer detrás de él.
—Solo te he devuelto la de antes —replicó—. Tú atacas a mis compañeros; yo ataco a tu enlace.
Expulsó una onda de sombras de su cuerpo. Arash se envolvió en un escudo de electricidad para bloquearla.
—¿Compañeros? —repitió Arash con desdén—. No finjas que te importan. No eres más que un rastrero xieri.
Graialan apretó los dientes, mostrando los colmillos.
Thaydra se estaba incorporando sobre piernas temblorosas cuando la electricidad de Arash iluminó el lugar. Palideció al ver a su oponente xieri descendiendo sobre ella con la espada, silencioso.
Al comprobar que ella lo había avistado, cambió con rapidez de estrategia. Deslizó la hoja de metal y creó una corriente de viento cortante. Thaydra, con apenas un segundo para reaccionar, se lanzó a su izquierda. La roca que había tras ella fue partida por la mitad.
Thaydra cayó con un quejido al suelo. Azer se retorció en sus brazos, asustado.
El xieri saltaba de nuevo sobre ella. Esbozó una sonrisa triunfal, convencido de que ya no podría esquivarlo. Pero Thaydra captó un destello por el rabillo del ojo. Deslizó el brazo izquierdo hacia su oponente con rapidez y el puñal voló en el aire.
El xieri se quedó rígido. La cuchilla le había atravesado el cuello. Thaydra chilló cuando se estrelló de cara a su lado. Se sentó y se arrastró hacia atrás por el suelo.
Lo había conseguido.
Lo había matado.
Jadeando y con el corazón en la garganta, giró la cabeza con brusquedad a la derecha ante el aullido de dolor que retumbó en el túnel. Arash acababa de salir lanzado hacia atrás por una patada envuelta en sombras de Graialan. ¿Qué le habría hecho gritar de esa manera?
Sin embargo, no contó ni con un instante para preocuparse por él. En un escaso parpadeo, Graialan apareció delante de ella.
—¿Has osado matar a mi compañero? —gruñó él.
Su expresión de rabia descolocó a Thaydra.
¿Era la ira ante la inconveniencia de perder a un súbdito o el pesar por la pérdida de un amigo?
Graialan ladeó la cabeza y entornó los ojos—.
No te importará si le devuelvo el favor a Arash, ¿no?
Aprovechando ahora que está un poco... indispuesto.
¿Sabías que a los dragones no les sienta nada bien el corte de una espada de drialita con oscuridad?
Es una debilidad tan patética, ¡pero tan práctica!
Thaydra lo observó con los ojos muy abiertos, a punto de ceder ante el terror. Sin embargo, no se dejaría ganar: estiró el brazo hacia él y disparó una bola de fuego. Por desgracia, no fue lo bastante rápida y las llamas se estrellaron contra el techo.
Se levantó, buscando a Arash en la oscuridad. ¿Dónde estaba? Necesitaba ayuda. Debía haber algo que ella pudiera hacer.
La tétrica risa de Graialan retumbó a sus espaldas. Se giró con tanta rapidez, presa de los nervios, que se desequilibró. Graialan impactó el puño envuelto en electricidad en el vientre de Thaydra y ella se dobló hacia delante, escupiendo sangre.
Se le cortó la respiración; ni siquiera fue capaz de gritar.
«No lo he podido bloquear», pensó paralizada.
Y no había podido porque hacerlo hubiera supuesto sacrificar a Azer.
Cayó sobre la espalda, con su cuerpo rígido como la piedra y el fuego estallando en sus entrañas. La fuerza del golpe hizo que el cuervo se le escapara de los brazos. Lo escuchó graznar a su derecha, intentando moverse, alejarse del peligro.
—Qué triste —dijo Graialan, contemplándola con desdén—. ¿Ves por qué...?
No fue capaz de terminar. Arash lo embistió envuelto en electricidad y lo lanzó contra la pared.
—He dicho que tu pelea es conmigo —bramó con la furia de un huracán.