Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 6. Túneles #2
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6. Túneles #2

Por muy bien que Arash la tratara, por muy bien que ella se sintiera a su lado, tenía que recordarse que él nunca la vería como algo más que una amiga.

Y Thaydra se conformaba con eso, claro, pues había encontrado en él su refugio tras lo sucedido en Drethol y le había concedido una nueva oportunidad en la vida.

Pero no podía controlar sus sentimientos.

—Soy una estúpida —murmuró para sí.

—Puede que en ocasiones lo seas, no lo niego —respondió Arash—. Como cuando decidiste llevarte a ese cuervo.

Dio un respingo al oír su voz y se sentó de golpe. Azer graznó, indignado, al caer sobre su regazo.

Arash había regresado. La observaba desde la entrada de la grieta con un hombro apoyado en la pared y los brazos cruzados. Una liebre muerta colgaba de su mano. ¿Cómo era tan silencioso? ¿O había estado ella demasiado sumida en sus pensamientos?

—C-Cuánto... —Thaydra sacudió la cabeza y lo miró con los ojos muy abiertos—. ¿Cuánto tiempo llevas ahí?

—El suficiente para contemplarte en el suelo lamentándote por algo —contestó él. Enarcó una ceja al ver que el rostro de la chica se coloreaba de rojo—. ¿Y bien? ¿Qué te pasa?

Thaydra bajó la vista a su regazo. Acarició a Azer, que ya se había calmado.

—Nada.

Se reiría de ella si se lo contaba.

Arash frunció el ceño. No iba a presionarla si no quería decírselo, pero le desconcertaba no ser capaz, siquiera, de sospechar lo que le ocurría. La conocía bastante bien después de todos esos meses con ella y siempre estaba pendiente. ¿Qué se le había escapado?

Suspiró para sus adentros. Se encogió de hombros.

—Como quieras.

Fue hacia ella y dejó caer la liebre junto a la hoguera. Thaydra se echó hacia atrás cuando Azer graznó, moviendo las alas en un intento de ir hacia la carne.

—Tú te esperas —lo regañó Arash, sentándose—. Pequeño impaciente.

Thaydra esbozó una leve sonrisa, divertida. Arash la estudió de reojo mientras despellejaba la liebre con un cuchillo. La chica había centrado su atención en el cuervo, aparentemente más relajada, pero las comisuras de sus labios volvían a estar inclinadas hacia abajo. ¿En qué estaría pensando?

—No sé si te preocupa que cocine a ese cuervo mientras duermes... —empezó, sarcástico.

Ella lo miró con la boca abierta, escandalizada.

—¡Arash!

Él resopló y continuó:

—Pero, aunque admito que lo he pensado, te aseguro que no lo haría. Aunque solo sea para no tener que soportar tus llantos luego.

—Eres... Eres... —balbuceó ella, incapaz de formular una respuesta. Sus mejillas se fueron ruborizando—. ¡No lloro tanto!

Arash soltó una carcajada.

—¿Qué pasa? —protestó Thaydra. Su rostro entero estaba ya rojo.

—Nada, princesa, que estás adorable siempre que te sonrojas —dijo él, con más calma, mirándola con una chispa de diversión en los ojos—. Y lo haces con demasiada facilidad.

El corazón de Thaydra galopó a la vez que un agradable cosquilleo le recorría los dedos. Se mordió el labio, pero se le escapó una pequeña sonrisa. ¿Por qué tenía que hacer Arash esos comentarios?

Arash se centró en su tarea de despellejar la liebre, satisfecho al haber conseguido que se animara un poco. Thaydra lo miró de reojo, a escondidas.

No debía olvidar que Arash era, en realidad, Aridam, el dios de las tormentas, un dragón milenario. La vida de una humana, para él, no sería más que un parpadeo.

Frunció el ceño. El destino del mundo entero estaba en juego y ahí estaba ella, dando vueltas a algo tan banal como sus sentimientos no correspondidos.

«Realmente soy una estúpida», se dijo una vez más, experimentando de nuevo aquella desagradable presión en el pecho.

Una explosión en la distancia sacudió la tierra y el techo.

Thaydra soltó una exclamación, abrazando a Azer, y miró a un lado y a otro, con los ojos muy abiertos.

Cayeron varios hilos de polvo a su alrededor.

Azer graznó y aleteó, asustado. Arash se puso en pie, abandonando la liebre en el suelo, con los hombros tensos.

Irguió la barbilla y escuchó, entornando los ojos.

—Será mejor que nos vayamos de aquí —dijo por lo bajo, muy serio.

El ritmo cardíaco de Thaydra fue en aumento. ¿Significaba eso que estaban en peligro?

Apagó la hoguera y siguió a Arash, en silencio.

Regresaron al túnel principal y caminaron con rapidez pero sin hacer ruido.

Thaydra apenas veía en la oscuridad, por lo que se limitaba a ir detrás de Arash, pegada a él.

Por un instante, a Thaydra le preocupó que Azer graznara y delatara su presencia.

El cuervo, por suerte, se mantuvo callado, como si percibiera su nerviosismo.

—Por fin nos volvemos a ver.

Thaydra se quedó rígida, con los pelos de punta al oír esa voz. Arash apretó los dientes.

Una nube de humo oscuro brotó delante de ellos. El hombre de pelo negro y ojos rojos que se materializó de ella sonrió con burla.

—Qué gran casualidad —prosiguió Graialan—. ¿Vosotros también estáis aquí buscando al General?

—Apártate, Rayo, si no quieres que te abra en canal —gruñó Arash. Se situó delante de Thaydra.

—Llevo esperando mi revancha todos estos meses, Arash —declaró Graialan, extendiendo los brazos—. Esta vez estás perdido.

Otras dos sombras aparecieron detrás de ellos. Thaydra se giró con una exclamación, viendo los ojos rojos de los dos xieri brillando en la oscuridad. Apretó a Azer contra el pecho.

Arash desenganchó la hoz de su cinto. Clavó una mirada llena de humeante odio en el comandante.

—Déjame que te demuestre lo contrario, Rayo.

¿Quería guerra? Se la concedería encantado.