Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 6. Túneles
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6. Túneles

Túneles

Al abrir los ojos y comprobar que se había dormido sentada, Thaydra frunció el ceño. Su cabeza estaba apoyada en algo, su cuerpo recostado en alguien...

Se tensó de inmediato y le ardió el rostro.

«Oh, dioses».

—Buenos días, princesa. Pensaba que no iba a poder moverme nunca —sonrió Arash.

Thaydra se retiró para mirarlo con la boca abierta. A Arash se le escapó una carcajada al ver el rubor en sus mejillas.

El graznido del cuervo le dio a Thaydra la excusa perfecta para apartar la vista y agachar la cabeza.

—B-buenos días —musitó ella, acariciando al ave.

La hoguera se había apagado durante la noche; solo sobrevivían las cenizas de la madera quemada sobre la tierra. En el exterior, el viento soplaba con fuerza.

Arash se levantó y estiró los brazos. Desvió la atención hacia la entrada de la grieta y entornó los ojos, escuchando. Puso las manos en las caderas y ladeó la cabeza hacia Thaydra.

—Será mejor que nos vayamos cuanto antes. Esto no pinta bien.

—Pero... tiene hambre —protestó Thaydra, señalando al cuervo.

Arash suspiró con exasperación. Se agachó para colocarse el bolso, se incorporó de nuevo y le lanzó un trozo de pan a Thaydra.

Ella lo atrapó al vuelo, perpleja.

—Son omnívoros —explicó Arash—. Que se conforme con eso.

Thaydra le ofreció unas migas al cuervo y este las picoteó de la palma de su mano. La chica sonrió.

—Debería darle un nombre.

Arash gruñó.

—No nos lo vamos a quedar.

—No lo pienso abandonar —repitió Thaydra con firmeza. Observó detenidamente al cuervo en su regazo y se llevó una mano a la barbilla, pensativa—. Bueno, de entrada... ¿Es macho o hembra?

—Macho —respondió Arash, en tono seco.

Pasaron unos segundos. Arash se cruzó de brazos y dio varios toques al suelo con el pie, impaciente.

El cuervo miró a Thaydra con grandes ojos de iris casi blanco. El rostro de la chica se iluminó.

—Te llamaré Azer.

—¿Azer? —repitió Arash, arqueando una ceja.

Thaydra se levantó y ajustó la capa que envolvía al cuervo. Asintió.

—Sí, en honor a mi hermana.

Arash suavizó la mirada, ablandándose en contra de su voluntad.

—Está bien.

Era complicado andar con el vendaval azotándolos sin cesar. A veces recibían el viento de frente; a veces, de lado. Ascendían por el monte Nimer, lo que les permitía de vez en cuando refugiarse detrás de alguna pared rocosa por el camino.

Thaydra avanzaba con dificultad, encorvada.

Sostenía a Azer en sus brazos, contra el pecho.

Iba con los ojos entrecerrados para evitar que entrara arena.

Su pelo corto era una constante molestia, interponiéndose en su rostro.

Sacudía la cabeza con frecuencia para echarlo hacia atrás, sin demasiado triunfo.

Arash, más alto y fuerte, marchaba con más facilidad.

Al cabo de un par de horas, miró por encima del hombro, pues Thaydra se quedaba atrás constantemente. Puso los brazos en jarras, irritado.

—Te sería mucho más fácil caminar sin ese cuervo que llevas —señaló, alzando la voz para que lo escuchara por encima del viento.

Se detuvo, esperando a que Thaydra lo alcanzara.

—Se llama Azer —fue todo lo que dijo ella, con la vista clavada en el suelo, centrada en no tropezar.

El cuervo graznó.

Un músculo se crispó bajo el ojo de Arash.

Atardecía cuando por fin llegaron a una zona en la que el viento había amainado. Los golpeaba alguna que otra ráfaga más intensa, pero ya se habían alejado del punto más crítico.

A pesar de llevar un ritmo más lento, no pararon para descansar y subieron bastante por la ladera del monte. Estaban a punto de entrar en un pasadizo que los llevaría por el interior hasta el otro lado, donde iniciarían el descenso.

Thaydra se detuvo para tomar una amplia bocanada de aire. Sus pulmones protestaban por el esfuerzo de todo el día y el estómago vacío aumentaba la sensación de debilidad. La animó saber que no tardarían mucho en sentarse a cenar.

Giró la cabeza, viendo el camino por el que habían ascendido. El bosque destrozado donde habían encontrado a Azer no era más que una mancha abajo en la distancia. Thaydra ahogó una exclamación ante lo que divisó algo más lejos: un tornado.

—Tal y como temía —dijo Arash con el ceño fruncido, analizando el mismo punto que ella.

—Pero... —Thaydra sacudió la cabeza—. ¡Allí había un poblado!

Arash endureció la mirada.

—No hay nada que podamos hacer por ellos ahora.

Thaydra se quedó observándolo, con las cejas muy juntas y el labio inferior temblando. No le salían las palabras. Arash dio media vuelta, forzándose a ignorar la turbación de la chica. Sin mediar palabra, echó a andar hacia la abertura en la pared de roca que llevaba al pasadizo.

Thaydra dedicó un último vistazo al tornado. Se le aceleró el pulso. Ascendía como una inmensa columna en espiral desde el suelo hasta las nubes grises del cielo. El sol apenas filtraba algunos de sus rayos naranjas por la línea del horizonte.

Ella era insignificante en comparación con la monstruosa fuerza de la naturaleza.

Si querían ayudar a los habitantes de Gaia, debían encontrar a Zheitszoh cuanto antes.

El pasadizo era ancho y alto. Por él se habría propagado la luz del sol de no ser porque ya era de noche. Aun así, eran capaces de avanzar gracias a la llama que Thaydra sostenía en la palma de la mano.

Llevaba a Azer recogido contra su costado en el otro brazo. El cuervo dormitaba, aunque de vez en cuando graznaba para protestar por la falta de comida.

—Es un quejica —gruñó Arash la décima vez que el cuervo chilló.

Thaydra contuvo la risa.

—No sé quién se queja más, si él o tú de él —bromeó.

Arash la miró con una ceja arqueada.

—Eso me ofende.

A Thaydra se le escapó una pequeña carcajada.

El túnel era en su mayoría de roca, aunque presentaba zonas de tierra. Abundaban las estalagmitas a los lados y había alguna que otra estalactita en el techo. Se escuchaba el agua gotear en la lejanía; probablemente un río fluyera entre la piedra.

El camino se mantenía llano y recto, dejando a los lados algunas aberturas en las paredes que conducían a otros túneles.

Arash decidió que se adentrarían en uno de ellos para buscar un lugar donde acomodarse para pasar la noche.

No tardaron en encontrar una grieta lo bastante amplia y se instalaron.

Arash extrajo algunas ramas de su bolso para alimentar el fuego y Thaydra dejó caer la llama de su mano sobre ellas.

Se sentó junto a la hoguera y depositó a Azer en su regazo.

El cuervo graznó y aleteó.

—Ya voy, ya voy —dijo ella, riendo.

Sacó un trozo de pan del bolsillo y se lo ofreció. Azer comenzó a picotearlo de inmediato. Arash resopló, pero no comentó nada. Se quedó de pie, con las manos en la cintura.

—Voy a ver si alguno de estos túneles secundarios da al exterior —comunicó—. Estaría bien cazar algo para no cenar pan. Ya que tu cuervo ha acabado con nuestras reservas de carne —añadió con cierto fastidio.

—¿Me vas a dejar aquí sola? —protestó Thaydra, irguiéndose.

Arash esbozó una sonrisa pícara y la miró por encima del hombro.

—¿Acaso tienes miedo, princesa?

Thaydra infló las mejillas.

—No, pero ¿y si te pierdes?

—Puedo detectar dónde estás, así que no te preocupes por eso —contestó él.

Sin más dilación, se fue.

Thaydra suspiró y se recostó en la pared de roca. Los pasos de Arash se perdieron en la lejanía, dejando como único sonido el crepitar de las llamas y el incesante goteo de agua en algún punto cerca de donde estaban.

Al otro lado del monte Nimer se hallaba el reino de Adruste, que explotaba las minas en busca constante de metal con el que comerciar. Thaydra supuso que escucharían o verían algo relacionado con ello al día siguiente, cuando descendieran por el otro lado de la montaña.

¿Cómo sería Adruste? Thaydra tenía curiosidad por visitarlo, incluso cuando sabía que solo estaban de paso.

Al fin y al cabo, iban directos a retomar su ruta por la orilla del río Thíbano.

Aunque posiblemente Zheitszoh ya se hubiera desplazado en ese par de meses que habían transcurrido desde su visita al oráculo, era la única pista sobre su paradero, y no podían abandonar la búsqueda.

Thaydra recordó a la dragona blanca y de ojos verdes de su sueño. ¿Qué la habría llevado a separarse de Arash? La habían atacado, pero ¿por qué no había vuelto? En el recuerdo de Arash, Thaydra había experimentado con claridad el amor de Zheitszoh por él: cálido, envolvente y, sobre todo, sincero.

La situación era confusa.

Una extraña opresión se estaba asentando en su pecho, y no le gustaba. Sabía que era por la angustia. Empezaba a sospechar la razón por la que los nervios la ataban con sus cuerdas de espinas ante la proximidad de Arash, con cada roce. Pero no había forma de que eso terminara bien.

«Él es un dragón —se dijo, hundiendo los hombros—. Jamás se fijaría en ti de esa manera».

Bajó la vista y acarició las plumas de Azer, que ya había terminado de comer.

La verdadera naturaleza de Arash a veces resultaba demasiado obvia.

Con su conocimiento en apariencia infinito de todo lo que lo rodeaba, su extraordinaria fuerza y habilidad en combate, y aquel brillo viejo en su mirada de ojos plateados, Arash era un dragón.

Sin embargo, en otras ocasiones, era casi igual de fácil olvidarse de ello: su actitud tan sarcástica, provocadora y, cuando lo había conocido, distante y despectiva.

Después de todo lo ocurrido se mostraba más abierto y cercano: se preocupaba por ella, e incluso dejaba ver su alegría a ratos.

Por no hablar de que se pasaba la mayor parte del tiempo en su forma humana.

Eso era lo que más despistaba.

Thaydra deslizó la espalda en la pared, hasta que acabó casi tumbada sobre la tierra. Abrazó a Azer contra su pecho y le llegó su olor a pájaro, con una mezcla de resina y tierra.