5. Paso conflictivo
Paso conflictivo
El choque de dos titanes sacudió la montaña. Las piedras rodaron por las paredes rocosas. El viento se levantó, arremolinando gravilla a su alrededor a la vez que la temperatura descendía en picado. Las dragonas, una blanca y otra gris, rugían, enseñando los colmillos.
En un instante, sin embargo, la blanca tumbó a la otra. Se alzó sobre ella, clavando las garras en sus escamas.
«Jamás te atrevas a desafiarme de nuevo, Biastria —susurró la dragona blanca; su voz arrastraba la fuerza y la crueldad de una ventisca—. No eres rival para mí».
La gris gruñó con ferocidad, pero permaneció en el suelo, sometida. Empezaron a llover delicados copos de nieve.
La dragona blanca giró la cabeza hacia él, buscando su aprobación.
Cyal levantó los párpados con brusquedad, recuperando el equilibrio en el último momento y evitando caer entre las brumas. Jadeó y necesitó un par de segundos para recomponerse. Por suerte, Estrella Brillante lo ayudó a mantenerse en pie.
Eira lo observaba de reojo, muy seria. Su reacción esta vez no le había pasado desapercibida, y Cyal se petrificó. Lo último que necesitaba era que ella lo tomara por loco.
Por el momento, sin embargo, ambos debían atender otro asunto más urgente.
—¿Qué haces aquí, Biastria? —siseó Eira.
Biastria resopló.
—Trabajo de campo —protestó, como si la idea le resultara tediosa—. Detecté tu presencia y consideré adecuado pasarme a saludar, por los viejos tiempos. Además, tengo órdenes de matarte, ¿sabías?
Eira no se amedrentó.
—Puedes intentarlo.
Se levantó un fuerte vendaval y Cyal hundió la espada en el suelo para no salir volando. Comprobó por el rabillo del ojo que Estrella Radiante había apostado por huir al galope esta vez y profirió una maldición.
El relincho del caballo se perdió en la distancia.
Un rugido sacudió las brumas. Cyal alzó la vista y palideció. Una dragona de escamas grises, como la de su extraña y borrosa visión, se erguía frente a ellos, con una corona de cuernos afilados en su cabeza y grandes alas membranosas.
Eira se transformó también. Era más grande que Biastria, pero cuando las dos chocaron, intentando clavarse las garras y los colmillos, el resultado fue distinto al que había presenciado segundos antes en su mente. Esta vez, Biastria logró oponer resistencia.
Cyal tensó los músculos al oír la respiración pesada de Eira. Era imposible que se hubiera agotado en su breve enfrentamiento contra los nephrores, ¿verdad?
«¿Con dificultades para usar tu forma de dragón, Eira? —se mofó Biastria—. Me habían contado que estabas cada día más débil, pero necesitaba verlo con mis propios ojos para creerlo».
—¿Se puede saber qué queréis decir con eso? —bramó Cyal, irritado.
Empuñaba la espada, listo para atacar en el primer hueco que encontrara. Biastria arqueó una ceja al reparar en él. Retrocedió batiendo las alas hacia atrás y esquivó las estacas de hielo que Eira hizo brotar a través de la niebla en el suelo.
«¿Te acompaña un humano, Granizo? ¿Por qué no me sorprende?», dijo Biastria gruñendo.
Eira sacudió la cabeza y apretó los dientes. Era cierto que le había supuesto un tremendo esfuerzo transformarse en dragón y múltiples punzadas acometían sus pulmones. ¿Qué le estaba pasando? Graialan también había mencionado algo al respecto en su último enfrentamiento.
Biastria voló hacia Cyal.
«Ni se te ocurra acercarte a él», espetó Eira.
La embistió por el costado y las dos rodaron entre la niebla. Al ponerse en pie, sus patas se hundieron. Varias gotas se deslizaron por sus escamas.
Cyal reparó en este detalle. Extendió los brazos y levantó columnas de agua alrededor de Biastria, que irguió el cuello, rugiendo.
Las hizo descender hacia ella a gran velocidad y, aunque sus escamas la protegieron, el gesto sirvió de distracción para que Eira deslizara las garras envueltas en hielo por el hombro de su oponente.
«¿Os gusta jugar sucio?», escupió Biastria, y se disolvió en sombras.
Cyal ya se había dado la vuelta cuando ella reapareció. Saltó hacia atrás impulsándose con el agua y dio una voltereta en el aire. Aterrizó derrapando y deslizó la espada en diagonal, mandando una onda de agua hacia la dragona.
Un sonido cavernoso reverberó en el pecho de Biastria. Con un movimiento de cabeza, una ráfaga de aire destruyó el ataque. Pero solo era, una vez más, una distracción. Cyal extendió el brazo hacia ella.
La xieri aulló cuando las diminutas esferas de agua a presión estallaron contra su hombro herido, provocando que más sangre brotara de este.
«¿Qué ocurre, Biastria? —dijo Eira con frialdad, acercándose—. ¿Acaso nos has subestimado?».
Biastria giró el cuello hacia ella y le mostró los colmillos.
«¡No esperaba que tuvieras un acompañante! —espetó. Clavó las garras en el suelo—. Eso no quita que ahora seas más débil. ¿Cómo te sientes al estar por debajo del nivel de los comandantes a los que mirabas con tanta arrogancia en el pasado?».
«No soy más débil», gruñó Eira, erizando las plumas.
Biastria rio.
«¿Ah, no? ¿Y por qué no has usado tus poderes de oscuridad todavía en este combate? —cuestionó. Se inclinó, amenazante—. Es porque sabes que ahora te afecta utilizarlos, ¿verdad?».
Cyal apretó la mandíbula. Casi por desquite, disparó un torrente de agua hacia ella y Biastria se irguió, desvaneciéndose en sombras.
Reapareció detrás de Eira. Y Eira fue la que se desvaneció esta vez, para materializarse junto a Cyal.
Él la miró por el rabillo del ojo con el ceño fruncido. Se fijó en que sus patas temblaron.
El aire silbaba en intervalos demasiado cortos entre sus colmillos.
—¿Eira?
Ella no apartó la atención de su enemiga. Biastria soltó una carcajada cargada de sorna.
«¿Ves a lo que me refiero?».
Eira rugió y se abalanzó sobre ella en un parpadeo. Biastria no tuvo tiempo de reaccionar y fue derribada, salpicando agua en todas las direcciones y dispersando la niebla donde cayó.
«Ahora estás en mi terreno», siseó Eira.
Biastria se petrificó, poseída por el pánico. Los colmillos de Eira estaban demasiado cerca de su rostro y la temperatura descendía sin control. El agua a su alrededor se congeló, convirtiéndose en hielo. Sus alas quedaron atrapadas y la escarcha se extendió por sus escamas.
Eira alzó las garras, con la mirada inyectada en sangre y fija en el cuello de Biastria. Su enemiga se retorció, desesperada.
«¡Tuila sabrá que eres una asesina, que no te detienes ni con tus propios compañeros!», gritó Biastria, con los ojos a punto de salirse de sus órbitas.
«Bien. Es en lo que me convertisteis —contestó Eira, gélida. Se había puesto la piel del lobo tantas veces que ya no le afectaba tener que matar—. Debería haber acabado contigo hace mucho tiempo; no eres mi compañera. No eres nada para mí».
Bajó las garras. Y Biastria las transportó a las dos con las sombras.
Reaparecieron unos metros más a la derecha. La caída al suelo resquebrajó el hielo que aprisionaba las alas de Biastria. Esta aprovechó el segundo de confusión de Eira para empujarla y batir las alas. Eira se vio forzada a retroceder ante el vendaval que se levantó.
Para cuando pudo alzar la vista de nuevo, Biastria había desaparecido. Apretó los dientes. Había estado tan cerca de conseguirlo...
Sacudió la cabeza. Durante la guerra del Alzamiento habría podido matar a Biastria de un golpe. Se había tenido que enzarzar con ella en un combate cuerpo a cuerpo, y Biastria habría logrado herirla de no haber sido por la intervención de Cyal.
—¡Eira!
Escuchó a Cyal. Se envolvió en un brillo blanco y regresó a su forma humana.
Se tambaleó y jadeó. Los árboles daban vueltas a su alrededor, difuminados por una neblina difusa. La energía la abandonó de repente, despojando a su cuerpo de fuerzas en las que sostenerse.
No se dio cuenta de que estaba cayendo hacia atrás hasta que Cyal la atrapó en sus brazos. Él inclinó la cabeza para mirarla, muy serio.
—Te tengo.
—¿Cyal? —murmuró, alzando la mano. Se le estaba durmiendo.
Él descendió con ella al suelo para sentarla entre las brumas del pantano.
La sostuvo en sus brazos, acunándola. Se negaba a soltarla en ese estado, y Eira, si bien no lo admitiría en voz alta, agradeció su calidez.
Cerró los ojos con fuerza, mareada. Se encontraba revuelta y cada bocanada de aire era como un martilleo para sus pulmones.
—¿Qué me está pasando?
Cyal tensó la mandíbula.
—Eso me gustaría saber a mí. —Le apartó el pelo de la cara con cuidado—. Me he fijado en que a tus enemigos no les cuesta transportarse con las sombras como a ti. Tampoco tienen problemas con su forma de dragón.
«¿Por qué habrían de hallar dificultad en adoptar aquello que no es verdadero?», cuestionó el oscuro murmullo.
Eira rechinó los dientes. Levantó apenas los párpados para mirar a Cyal, buscando la seguridad que le transmitía su iris dorado.
El dolor reflejado en los ojos de Eira desgarró el alma de Cyal. En ese momento parecía tan humana, tan vulnerable...
—Es solo porque estuve atrapada en el hielo —dijo ella, convencida.
Su respiración había empezado a acompasarse y ya casi parecía haber recuperado la sensibilidad en las manos. El mundo a su alrededor se iba asentando.
Cyal frunció el ceño.
—No lo creo, Eira. Ya han pasado más de cinco meses y no solo no has mejorado, sino que has empeorado.
—Eso no lo puedes saber a ciencia cierta —masculló ella, intentando incorporarse.
Cyal, aunque reacio a soltarla, la ayudó empujando con suavidad su espalda. Eira se sentó, apartada de él. Se llevó una mano a la frente, encorvada.
—Lo sé porque lo veo —replicó él con dureza, sin apartar la mirada de ella, pendiente por si caía de nuevo—. Tenemos que investigar qué sucede.
Eira gruñó.
—No. No me pasa nada.
Cyal entornó los ojos.
—Tanto Rayo como Viento lo han dicho, Eira. Han dejado muy claro que te está pasando algo y piensan aprovecharse de ello.
—Lo dicen solo para intimidarme. —Eira sacudió la cabeza—. No lo van a conseguir.
Cyal se inclinó hacia ella y puso la mano en su mejilla. Eira contuvo la respiración, recorrida por una súbita corriente eléctrica provocada por su tacto. Sus ojos dorados estaban tan cerca que distinguía cada tono de amarillo en ellos.
El corazón se le desbocó. ¿Qué eran esas mariposas que revoloteaban en su estómago?
—Por favor, Eira —murmuró él—. Si te pasa algo, yo...
No fue capaz de acabar la frase en voz alta, pero lo tenía claro: no soportaría perderla a ella también.
—Cyal, no... —Eira también vaciló.
Estuvo a punto de ceder ante la súplica en su mirada, pero endureció la expresión y recuperó la frialdad.
—No me va a pasar nada —aseveró—. Estoy bien.
Queriendo demostrarlo, se puso en pie. Respiró hondo y se aseguró de ocultar la fatiga que todavía pesaba sobre ella, buscando devolverla al suelo.
Cyal también se incorporó. Sombras de rabia oscurecían su semblante.
—No estás bien, Eira —dijo con gesto airado—. De ninguna manera me quedaré de brazos cruzados viendo cómo te marchitas. Me niego a ser un mero espectador mientras tu vida se apaga poco a poco.
No esperó su respuesta, demasiado alterado por la cólera que bullía en sus entrañas, y echó a andar.
La presión que sentía en el pecho era peor que si le hubieran clavado un puñal.
De hecho, era como si le hubieran clavado un puñal e insistieran en retorcerlo.
Aborrecía discutir con Eira, pero estaba casi tan enfadado con ella por no aceptar lo que le sucedía como con el mundo por atacarla de esa forma y amenazar con arrebatársela.
Estaba descubriendo que Eira era importante, demasiado importante para él, y la preocupación que lo atenazaba por su estado le impedía controlar sus emociones.
Además, habían perdido a Estrella Radiante. A esas alturas, el caballo sería imposible de localizar en medio de la niebla del pantano. Y Cyal ya lo echaba de menos; se había encariñado con él.
Eira lo observó con unas finas líneas marcadas entre las cejas, clavando sus ojos rojos en la espalda del chico.
Sabía que tenía razón, pero no iba a admitirlo.
No estaba preparada para asumir que ahora era más débil que los comandantes por encima de los cuales se alzó en el pasado.
No quería reconocer que le afectaba, o que estaba asustada, como si hacerlo fuera a acelerar el proceso que la estaba destruyendo.
No lo entendía. Bajó la vista a las palmas de las manos. ¿Y si era algo irreversible?
«La degradación siempre lo es».
Un gélido y ancestral escalofrío la recorrió. La voz del General permanecía en su mente, incluso siglos después, atormentándola con palabras que escuchó en la era de sombras como su mano derecha.