Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 4. Lamentos
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4. Lamentos

Lamentos

Una capa de bruma blanca danzaba entre las patas de Estrella Radiante. Los cascos del caballo, al igual que la hierba que pisaba, quedaban ocultos en ella. Las nubes cerradas completaban el lúgubre ambiente.

En la distancia se vislumbraba una línea de árboles altos y finos, de troncos oscuros y retorcidos. Sus ramas se extendían erráticamente en una dirección y en otra, secas, sin hojas salvo por algunas lianas que colgaban.

Cyal entrecerró los ojos.

—Ese debe de ser el pantano de los Lamentos —dijo, irguiéndose.

Eira se inclinó a un lado para asomarse desde detrás de su espalda.

—En efecto. ¿Por qué se llama así?

Cyal sostuvo las riendas de Estrella Radiante con una mano, llevándose la otra a los mechones rubios que le caían sobre la frente para echarlos hacia atrás.

—Bueno... Además de su aspecto, hay ciertas leyendas —dijo—. Se rumorea que es un lugar maldito.

Sintió la brusca espiración de aire gélido de Eira en el cuello.

—¿Como el monte Ishtar?

Cyal ladeó la cabeza, pensativo.

—Algo así. Pero va más allá. La gente sí atraviesa el pantano de los Lamentos; rodearlo llevaría meses, por lo extenso que es. Y hay historias sobre lo que ocurre en él.

—¿De qué tipo?

—Los que pasan por el pantano dicen que escuchan sin cesar sollozos y lamentos, de ahí el nombre —explicó—.

Como si alguien estuviera llorando. También gritos estridentes, aunque no haya nadie más.

Y se dice que sientes que alguien te está observando, acechando, todo el rato.

Ves sombras por el rabillo del ojo que, en cuanto te giras, han desaparecido.

—Hmm.

Cyal la miró por encima del hombro. Eira mantenía su semblante de piedra y él resopló.

—¿Eso es todo lo que tienes que decir?

—Los humanos lo atravesáis, ¿no?

—Así es, pero... No lo sé. Quiero decir que solo sé lo que oía por el mercadillo de Drethol —aclaró él, devolviendo la vista al frente. Se enderezó—. En cualquier caso, supongo que no serán más que historias inventadas, o exageraciones.

—Bien.

Estrella Radiante, sin embargo, frenó al llegar a la linde del pantano y relinchó, nervioso. Tenía las orejas pegadas a la cabeza.

Cyal se inclinó hacia delante y le puso una mano en el cuello.

—¿Qué pasa, Estrella? Hay que seguir por aquí.

El caballo retrocedió un paso. Cyal tiró de las riendas y lo obligó a detenerse.

—Quizá será mejor que vayamos a pie —dijo, y los dos desmontaron.

Cyal ahogó una exclamación cuando le dio la sensación de que se le hundían los pies. Al pisar de nuevo, sin embargo, confirmó que la tierra era firme.

Eira había erguido la barbilla. Miraba a un lado y a otro.

—Algo en este pantano no responde al orden natural —sentenció—. Percibo una anomalía sospechosa.

Sus palabras erizaron el vello de Cyal.

—Eira, no tiene gracia.

—¿Acaso yo bromeo? —replicó ella, taladrándolo con los ojos.

Él alzó las palmas de las manos.

—Ya sé que no.

Agarró las riendas de Estrella Radiante y se decidió a seguirla. Al principio, el silencio resultó espeluznante. La niebla ocupaba cada rincón, ascendiendo en remolinos por los troncos de los árboles como humo.

—Los mercenarios lo atraviesan para acceder a Umbría o para salir de ella —dijo Cyal, manteniendo un paso firme—. Así que no creo que tengamos por qué preocuparnos.

Además, su extraño miedo tenía poco fundamento. A su manera, él mismo había sido un ladrón y un mercenario. También había sobrevivido a las historias del monte Ishtar, ¿no? Sin embargo, justo cuando empezaba a sentirse más tranquilo, soltó una exclamación al notar que su pie se hundía.

Retrocedió de inmediato. La espesa capa de bruma blanca ocultaba las marismas del pantano. Había enormes charcas de agua y barro, a la espera de atrapar a sus próximas presas, y él tenía el aspecto de una.

—Es extraño —comentó Eira, de pie a su lado—. No hay animales.

Cyal entornó los ojos.

Un grito atravesó la distancia, profundo y prolongado. Estrella Radiante subió y bajó las patas delanteras, nervioso. Cyal y Eira se giraron de inmediato, alerta.

Pero el pantano seguía en calma.

La niebla se deslizaba con suavidad por el suelo. Las ramas no se movían. El cielo permanecía nublado. Los hombros de Cyal estaban tan rígidos que le dolían.

El silencio era sepulcral.

—Será mejor que continuemos —dijo él, y echó a andar, tragándose la inquietud.

Iba más despacio, para cerciorarse de que el suelo era firme antes de apoyar el pie del todo.

Pronto, ambos empezaron a oír sollozos por todas las direcciones.

También algún que otro chillido. Alaridos.

Gemidos. Era como si una horda de fantasmas que escapaban a su visión estuviera entonando una lúgubre melodía de lamentos.

—Vale, ahora entiendo las historias —masculló Cyal, apretando las riendas en la mano—. Por suerte solo es el ruido, ¿no? Aunque no entiendo qué lo produce. ¿Tú qué crees que es?

Cyal pensó que la conversación lo haría todo más llevadero, pero Eira se mantuvo en silencio.

—¿Qué harás si encontramos a Tuila en Umbría? —preguntó él al cabo de unos segundos.

—Hablar con ella.

Cyal puso los ojos en blanco.

—Oh, ¿en serio? —dijo, con ironía—. Pero ¿tienes alguna idea sobre cómo convencerla de que venga con nosotros?

—Es algo que decidiré en el momento, cuando haya evaluado la situación —respondió Eira. Su tono era frío.

Cyal gruñó, pero no insistió más.

Estrella Radiante intentaba de vez en cuando parar y quedarse clavado en el sitio. Cyal conseguía que reanudara la marcha con un par de tirones. Eira no parecía prestar atención a ninguno de los dos.

Perdieron la noción del tiempo. El paisaje a su alrededor era monótono, apagado e idéntico en todas las direcciones. De no ser porque Cyal veía a Eira avanzar con decisión y confiaba en su sentido de la orientación, se habría temido que estuvieran andando en círculos.

—Cyal.

La gélida voz de Eira le hizo detenerse de inmediato. La miró, expectante. Ella desenvainó las cimitarras. En respuesta, él empuñó también la espada, en tensión. Le echó un vistazo al paraje, pero no divisó nada. Se percató de que los lamentos habían cesado.

Reinaba, una vez más, el silencio absoluto.

Eso le puso los pelos de punta.

De repente, un chirrido estridente estalló a sus espaldas. Cyal se giró de un salto, deslizando la espada envuelta en agua por el aire. La criatura de sombras chilló y se disolvió antes de llegar a atacar.

Un nephror.

Cyal apretó los dientes.

—Ahora lo entiendo todo.

Eran los nephrores los que le habían dado esa mala fama, y su nombre, al pantano.

La zona era uno de sus territorios.

Estrella Radiante relinchó y se alzó sobre las patas traseras.

Cyal se apartó, ahogando una exclamación, para que no lo golpeara.

A pesar de que él soltó las riendas para centrarse en el combate, el caballo no huyó.

Los nephrores descendían de las copas de los árboles y de la propia bruma.

No había ningún sitio por el que escapar.

—No son muchos —dijo Eira, extendiendo las cimitarras.

Cyal asintió con decisión. Flexionó las piernas y cruzó la espada delante de él.

—Podremos con ellos.

Su primer encuentro con los nephrores había sido la noche del ataque a Drethol. Era donde había recibido las cicatrices de los cortes en su espalda, un amargo y permanente recordatorio de lo que había perdido.

El segundo había sido paseando a caballo con su padre por las afueras de Auria. Les había pillado del todo desprevenidos y fue Eira la que se encargó de dispersar a los nephrores.

Ahora Cyal estaba decidido a ser él mismo el que acabara con ellos. Iba a borrar ese brillo de burla de sus tétricos ojos rojos, que destacaban en medio de sus cuerpos de sombras, amorfos salvo por sus afiladas garras.

«No son más que patéticos espectros de Gaia, listos para ceder ante tu poder —ronroneó el oscuro murmullo en su mente—. Aniquílalos».

La voz había regresado.

Lo hacía en ocasiones. Y aunque Cyal habría querido comentárselo a Eira, le angustiaba que ella pensara que estaba perdiendo la cordura. En especial porque, en parte, era lo que se temía él mismo. Por el momento, había aprendido a ignorarla.

Con un grito de guerra, se abalanzó sobre la sombra que se acercaba por la derecha. El nephror ascendió para esquivarlo, pero Cyal giró sobre un talón con rapidez y rotó a su espalda. Se impulsó con un chorro de agua en las botas y lo cortó por la mitad en el aire.

Antes de poder celebrarlo, escuchó a Estrella Radiante relinchar, aterrado. Lo buscó con la mirada. Dos nephrores descendían sobre él.

—¡Eh, Estrella no es vuestra comida! —vociferó, corriendo hacia ellos.

Deslizó el acero en horizontal delante de él y liberó una ola de agua que impactó contra las criaturas. Estas chillaron y se retorcieron, desapareciendo.

Era su única ventaja contra ellos. Aunque los nephrores eran terriblemente peligrosos con sus afiladas garras y gran movilidad por sus cuerpos de sombras, un golpe certero era suficiente para dispersarlos.

Incluso sabiendo que volverían a recomponerse, Cyal confiaba en que, para cuando lo hicieran, ellos ya se hubieran alejado del pantano.

Captó por el rabillo del ojo a Eira desplazándose con rapidez de un nephror a otro. Atravesó a uno con una lanza de hielo. Saltó y giró en el aire, desgarrando a tres con sus cimitarras. Aterrizó y rotó, extendiendo el brazo y disparando carámbanos que destrozaron a otro.

Cyal sacudió la cabeza. Siempre que presenciaba el espectáculo de Eira luchando con su elegancia y precisión se quedaba hipnotizado.

Clavó la espada en el último nephror. Este chilló, taladrándole los oídos, y, tras estirarse, se disolvió en sombras.

El silencio regresó.

Cyal esperó un momento antes de envainar el arma y apretó los labios. Por suerte, no aparecieron más. De lo contrario, habrían tenido problemas, más que nada porque terminarían por sufrir la fatiga de un combate largo.

Fue hacia Estrella Radiante y recuperó las riendas. Le acarició el hocico.

—Buen chico —lo felicitó con una sonrisa—. Ya está. ¿A que no era para tanto?

Eira puso los ojos en blanco al ver a Cyal hablando con el caballo y se dirigió hacia él.

Abrió la boca para decir algo. Pero la cerró y alzó la vista, frunciendo el ceño. Bajó los párpados, centrándose en la esencia que detectaba en el ambiente...

—¿Eira? —Cyal la llamó, preocupado.

Eira no había envainado las cimitarras.

—No estamos solos —dijo ella.

Cyal siguió la dirección de su mirada hacia un punto a la izquierda.

Pasaron los segundos. Todo lo que Cyal escuchaba era el latido de su propio corazón, retumbando en los oídos. Al fin, divisó una esbelta silueta entre la niebla, acercándose. Inspiró aire con brusquedad al reconocer el brillo de sus ojos rojos.

Una xieri.

—Vaya, vaya, pero qué tenemos aquí —ronroneó una voz de mujer, suave y aterciopelada—. Ni más ni menos que a la traidora Granizo.

—Muéstrate, Viento —exigió Eira con frialdad.

Una siniestra risa se expandió por el lugar. Estrella Radiante pegó las orejas a la cabeza, como si quisiera escapar del estruendo. Cyal compartía el nerviosismo del animal.

—Muy bien, Eira —sonrió ella—. Como desees.

Biastria se mostró ante ellos, casi tan alta como Eira, pero mucho más amenazadora. Sacudió su corta melena gris y esbozó una sonrisa altanera.

—Qué agradable sorpresa —bromeó.

Un certero pinchazo acometió la mente de Cyal, que retrocedió un paso y se llevó una mano a la frente. Ahogó un quejido, cerrando los ojos con fuerza.