3. Paralelismo
Paralelismo
Se refugiaron en una grieta de la pared rocosa del monte Nimer. Aunque no hacía tanto viento como en el bosque destrozado, el aire seguía soplando con fuerza, entonando una tétrica melodía en el exterior.
Con la llegada de la noche cayeron también las temperaturas.
Thaydra había envuelto al cuervo en su capa para que no tuviera frío. Se sentó con las piernas cruzadas y la espalda apoyada en una roca. El cuervo reposaba en su regazo y ella estaba pendiente de él, sujetando contra su pico una bellota que había encontrado en la mochila.
Pero el cuervo la rechazaba una y otra vez.
El gesto de la chica era de desconcierto.
—¿Cómo es posible que no tenga hambre? Lleva todo el día sin comer.
Arash estaba sentado frente a ella, al otro lado de la hoguera, afilando la cuchilla de su hoz. Se detuvo un instante para observarla y enarcó una ceja. Sin decir nada, enganchó el arma a su cinto y se levantó. Rebuscó lo que había sobrado de la cena en su bolso y fue hacia Thaydra.
Se acomodó junto a ella y desenvolvió los trozos de carne seca. Acercó uno al pico del cuervo y este se lo arrebató de inmediato.
A Thaydra le ardió el rostro.
—Oh.
—Vas a tener que aprender más sobre los cuervos si quieres cuidar bien de él, princesa —comentó, no sin cierta ironía, Arash.
Ella agachó la cabeza, avergonzada.
—Ya.
Arash le tendió el pañuelo con la carne y ella lo aceptó. El cuervo empezó a comer con ganas. Intentó incluso mover las alas. Una sonrisa iluminó la cara de Thaydra al ver su renovada energía, y Arash suavizó la mirada, volviendo a sentarse tras la hoguera.
El aguacero había arrasado por completo las montañas. Para haber sufrido una tormenta tan corta, la cantidad de agua que había caído había sido brutal y con una intensidad devastadora. La zona estaba inundada.
Taiyo y él habían logrado refugiarse en una cueva. Era agotador tener que atravesar aquella cordillera que ya llevaba unos días siendo azotada por las lluvias torrenciales. Solo podían avanzar unas horas antes de verse forzados a parar.
—La climatología es cada vez más inestable —masculló él cuando salieron de nuevo al exterior.
La roca del suelo brillaba, empapada. Los charcos proliferaban creando zonas empantanadas. El cielo permanecía negro y se respiraba el olor a humedad de la lluvia.
Taiyo se mordió el labio inferior.
—Nos estamos quedando sin tiempo, ¿verdad?
Arash endureció la mirada.
—Esto no será lo peor que nos encontremos.
Ella divisó algo en la distancia.
—Oye, Ari, ¿qué es...? —empezó, pero salió corriendo antes de terminar la pregunta.
Arash gruñó.
—Te he dicho mil veces que me llames Aridam, Taiyo, ¿qué clase de apodo es Ari para un dragón? —protestó mientras iba tras ella.
La alcanzó con solo unas zancadas. La chica estaba inclinada sobre un nido destrozado entre unas rocas. Había varias cáscaras de huevos rotos esparcidas entre las ramas. Y, de repente, se escuchó un pequeño sonido. ¿Podían las ramas piar?
Taiyo extendió los brazos, recogiendo algo del suelo. Giró la cabeza para mirar a Arash. Su larga melena rubia cayó como una cascada por encima del hombro.
—¿Nos lo podemos llevar con nosotros?
Se irguió y se dio la vuelta hacia él, mostrándole lo que ahora acunaba: un polluelo. Gris, blanquecino, empapado. Tenía los ojos cerrados y mantenía el pico abierto, pidiendo comida.
Arash cruzó los brazos, impertérrito.
—De ninguna manera.
Taiyo hizo un mohín. La súplica reverberaba en sus grandes ojos azules.
—Ari... ¡Es un bebé indefenso!
Arash apartó la mirada. Apretó los dientes.
—¿Acaso sabes lo que es? —cuestionó.
Taiyo tensó la espalda. Sostuvo el polluelo en una mano y la otra la llevó a la boca, mordiéndose las uñas. Pasaron los segundos, mientras la joven deliberaba.
—No —admitió al final, con un ligero rubor.
—Es un águila.
Taiyo acercó el polluelo a su mejilla, frotándolo con ella, y el animal se pegó en busca de calor. Arash puso los ojos en blanco, fastidiado.
Sabía exactamente lo que iba a suceder.
Hasta en eso se parecían Thaydra y Taiyo.
—¡Sí que tenía hambre! —comentó Thaydra con una carcajada, encantada.
Cuando el cuervo terminó de devorar todos los trozos de carne, miró a su compañero y ladeó la cabeza al captar el brillo nostálgico en sus ojos.
—¿Arash?
Él parpadeó, volviendo en sí mismo. El aire que expulsó de sus labios portaba una tristeza que Thaydra no comprendió.
La sorprendió al levantarse y encaminarse hacia el exterior.
—¡Arash! —lo llamó, irguiéndose—. ¿A dónde vas?
Él se perdió en la oscuridad de la noche. Thaydra frunció el ceño, consternada. ¿Qué le ocurría?
El cuervo graznó. Thaydra le acarició la cabeza, con los ojos fijos en la entrada a la gruta en la que se habían refugiado. Se coló una corriente de aire que le echó el pelo hacia atrás e hizo temblar el fuego de la hoguera, esparciendo ascuas rojas por el lugar.
Transcurrieron los minutos. Thaydra esperó, en tensión. Y, al fin, liberó un suspiro de alivio al divisar la silueta de Arash regresando.
Él se sentó junto a ella y pasó una mano por los mechones que quedaban libres de su coleta, sacudiéndolos. Thaydra se recostó en la roca. Perpleja, se percató de que Arash había traído un palo.
—¿Eso para qué es?
—¿Pretendes dejarlo con el ala rota, así tal cual? —dijo él. Su sonrisa era sarcástica.
—Y-yo... —balbuceó Thaydra. Le ardían las orejas—. ¡Es que no sé qué es lo que tengo que hacer!
—Ya me lo temía —contestó Arash y rio ante el rojo fuego que había adquirido su rostro. Le dio un toque en la mejilla y Thaydra se quedó con la boca abierta—. Tienes buenas intenciones, pero has de aprender primero.
Extendió las manos hacia ella. Thaydra, con el corazón latiendo a mil por hora, reaccionó y le pasó el cuervo, envuelto en su capa.
Arash lo acomodó en su regazo y destapó lo suficiente para estirar el ala rota. El cuervo graznó y trató de alzar el vuelo, asustado, pero Arash lo retuvo con maestría.
Thaydra estudió cómo alineaba el palo que había traído con los huesos del ala. Arash empezó a vendarla con cuidado y, al terminar, tiró para asegurarse de que la presión era suficiente. Hizo un nudo y asintió para sí, casi orgulloso.
Le devolvió el cuervo. Ahora este mantenía el ala izquierda, blanca por los vendajes, extendida. Parecía incómodo, pero no dolorido.
—Así se curará el hueso —explicó Arash.
Acto seguido, se recostó también en la roca, dobló una pierna y apoyó el brazo en la rodilla.
Thaydra no fue capaz de decir nada durante unos segundos. Una agradable calidez se asentó en su pecho.
—Gracias, Arash —murmuró con una pequeña sonrisa.
Él echó la cabeza hacia atrás y la miró de reojo.
—Así que te ibas a encargar tú, ¿eh, Thay? —le reprochó, pero sonreía también.
Thaydra emitió una pequeña carcajada. Acarició al cuervo, que, más tranquilo, se acurrucó sobre sus piernas.
—No pensaba que fueras a ayudarme —reconoció por lo bajo. La molestia se había reflejado en Arash como una densa nube de tormenta.
Arash bufó. Cerró los ojos.
—Lo he hecho solo por lo que te importa el estúpido cuervo.
Thaydra infló las mejillas.
—No es estúpido —replicó, indignada.
Arash rio. Mantuvo los ojos cerrados. Thaydra lo contempló, incapaz de contener la sonrisa. Su relación con él había cambiado tanto desde que se habían conocido...
El viento seguía silbando en el exterior; era una constante cacofonía que le ponía los pelos de punta.
Según Arash, tanto la sequía como ese vendaval, o incluso un pequeño terremoto que habían sufrido de camino a Drethol, no eran más que el comienzo del fin.
Después de más de doscientos años sin que se hubiera renovado la energía del núcleo de Gaia, era entonces cuando se empezaba a notar la inestabilidad.
Pero, una vez se iniciaba el proceso, el deterioro sería exponencial.
De hecho, ya había nephrores en distintas partes del continente, lo que indicaba que la energía estaba cerca de explotar.
Eso incrementaba su nerviosismo. Mientras el resto del mundo temblaba ante la creciente amenaza xieri, sin imaginar siquiera que otro gran peligro los amenazaba, Arash y ella tenían que intentar restaurar el equilibrio de Gaia antes de que fuera demasiado tarde.
Todo, mientras albergaban la remota esperanza de que los xieri no lograran despertar al General durante ese periodo, porque no podrían ocuparse de las dos cosas a la vez.
Suspiró hondo. Pese a todo, se sentía a gusto en aquel rinconcito escondido del exterior, sentada junto a Arash, descansando tras andar todo el día. Las llamas de la hoguera llamaban al sosiego con su lento crepitar, aportando su calidez al ambiente.
El cuervo se infló y bajó los párpados. Thaydra reposó una mano en su espalda, apreciando la textura sedosa de las plumas.
—Si no te duermes ya, mañana te va a costar levantarte —comentó Arash, todavía con los ojos cerrados.
Thaydra alzó las cejas.
—¿Cómo sabes...?
—Me guío también por el sonido —explicó él, divertido—. Oigo tu respiración. Sé si estás despierta o dormida, o si tienes pesadillas.
Thaydra se sorprendió y, azorada, se recolocó en su sitio.
—Ya. Lo siento.
—¿Por qué te disculpas?
—Lo si...
Dándose cuenta de lo que acababa de hacer, Thaydra calló de golpe y agachó la cabeza para ocultar el sonrojo. Arash sonrió. No dijo nada más.
Thaydra respiró hondo. Echó la cabeza hacia atrás en la roca, imitando la postura de Arash, pero al pasar los segundos se dio cuenta de que era una superficie demasiado dura para ella. Probó a hundirse un poco, deslizando la espalda, y a pegar la barbilla al pecho. Tampoco era cómodo.
Frustrada, se irguió de nuevo. Suspiró y miró al cuervo, que dormía con placidez. Necesitaría tumbarse sobre su manta para dormir bien, pero no quería molestar al pájaro.
Arash gruñó.
—Mira que eres exigente y delicada. Hasta para dormir, ¿eh?
Pasó un brazo por los hombros de Thaydra, pegándola a él. Ella se quedó rígida por completo, con el rostro a punto de expulsar vapor.
—Tu corazón está exagerando un poco —susurró Arash—. Relájate.
«Dioses», pensó Thaydra y cerró los ojos.
Era muy agradable descansar recostada en Arash, pero los nervios la atacaban como molestas agujas que se clavaban una y otra vez. ¿Por qué reaccionaba así su cuerpo con la proximidad de su compañero? Un incesante cosquilleo le recorría las manos y el ardor persistía en las mejillas.
Tomó una profunda bocanada de aire. Apoyó la cabeza en su hombro. Arash olía a una mezcla de cuero y tierra, junto a algo más que no sabía identificar. ¿Ceniza, quizá? ¿Tendría algo que ver con que era un dragón?
Sonrió sin darse cuenta y se relajó al fin.
—¿Arash?
—¿Hmm?
—Gracias.
Los labios de Arash también se alzaron en una sutil sonrisa.
—Descansa, princesa.