Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) 2. Nuevo desino
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2. Nuevo desino

Nuevo destino

Cyal miró a Eira, inquieto. Era capaz de reconocer las emociones de su rostro, pero desconocía qué podía causarlas.

—Estoy seguro de que era ella —insistió el hombre—. Esa presencia... ¡Mató a dos de mis compañeros atravesándoles el corazón con una simple aguja de agua!

—¿Y dices que está reclutando gente?

—No alcancé a escuchar detalles de su propósito, pero sí. Parece que necesitan gente para algo.

—Pues entre los Caballeros de Hereshia y los xieri, me quedo con los xieri —declaró otro.

—Pero ¿qué dices?

El hombre resopló.

—Piénsalo. ¿En serio crees que alguien va a poder hacer frente a los xieri? Me gustaría ver a los Caballeros de Hereshia blandiendo sus palitos de luz frente a un dragón oscuro.

—Hereshia aparecerá para salvarnos.

—Sí, tú sigue pensando eso —se mofó él. Sacudió la mano—. En fin. Dime, ¿dónde está?

—En Umbría.

Eira echó a andar, considerando que había escuchado suficiente. El corazón le martilleaba el pecho, pero su semblante era de piedra.

Cyal la siguió, confuso.

Salieron del pueblo y caminaron entre las viñas. Los campos de vides se extendían en largas hileras. Los arbustos, de tronco retorcido, mostraban sus hojas palmeadas al cielo, ávidos por recibir la luz del sol de mediodía.

—¿Y bien? ¿Qué ha pasado ahí atrás? —quiso saber Cyal.

Las riendas de Estrella Radiante colgaban de su mano, dando cierto margen de movilidad al caballo. Eso le permitió al animal estirar el cuello y enganchar un par de uvas de un racimo con los dientes. Cyal miró por encima del hombro al escucharlo. Tiró de él.

—¡Eh, deja eso!

Estrella Radiante masticó con expresión inocente. Cyal lo observó con una ceja arqueada, cansado de aleccionar al caballo.

—Esos hombres tenían información de Lluvia —contestó Eira. Mantenía sus ojos rojos en la línea del horizonte.

—¿Lluvia? —repitió Cyal, confuso.

—Tuila.

La estupefacción se apoderó del joven.

—¿Qué? —soltó y sacudió la cabeza—. ¿En serio?

Eira nunca había especificado si Tuila era Lluvia o Viento. Estrella Radiante estiró de nuevo el cuello. Sacudió las hojas al tirar de otro racimo. Cyal lo ignoró esta vez.

—Parece que ya ha despertado —asintió Eira. Cyal se fijó en las finas líneas que aparecieron entre sus pálidas cejas, mostrando su preocupación—. Dicen que se encuentra en Umbría, pero desconozco con qué propósito.

El frío recorrió la columna de Cyal.

—¿En Umbría? —musitó.

Eira le lanzó una mirada de soslayo.

—¿Cuál es el problema?

Cyal se pasó una mano por los revueltos mechones rubios. El aire se le escapó en un suspiro cargado de fastidio.

—Umbría es un reino sin ley. El rey es el más fuerte, pero cambia constantemente; se asesinan unos a otros. —Hizo una mueca—. Es decir, tiene un gobierno inestable. Ahí viven todos los marginados de la sociedad. Está infestado de ladrones y asesinos.

Eira no se inmutó.

—Comprendo.

Cyal puso los ojos en blanco al ver que ella no se mostraba intimidada en absoluto. Tendría que haberlo supuesto: ¿a qué podía temerle Eira?

Estrella Radiante arrancó otro racimo de uvas.

—Bueno, pues supongo que si Tuila está allí, habrá que ir, ¿no? —cedió el joven, resignado.

Eira asintió de manera un tanto rígida. Cyal analizó sus facciones durante unos segundos.

—¿Qué es lo que te preocupa, Eira?

Lo lógico habría sido que expresara alegría; tenían al fin información sobre la ubicación de Tuila, a quien Eira buscaba desde que había despertado. En vez de eso, lo que percibía en ella era cierta angustia.

Eira exhaló con lentitud.

—Si Tuila está despierta, significa que esa Emperatriz se nos ha adelantado.

Cyal se rascó la barbilla, pensativo. Seguían sin saber quién era la tal Emperatriz.

—Pero podrás hablar con ella de todos modos, ¿no?

—No sé lo que le habrá contado la Emperatriz —murmuró Eira. Sus hombros se hundieron.

—¿Qué más da? ¿No irá contigo si se lo pides?

Eira negó con la cabeza.

—Tuila también ansiaba vengarse de los humanos. Ella y yo discutíamos con frecuencia sobre si mantenernos leales al General o no, y...

Cyal frunció el ceño. Como Eira le había contado que Tuila había sido su única amiga entre los comandantes, había tenido la impresión de que compartiría los ideales de Eira.

—Tranquila. Seguro que logras convencerla cuando hables con ella —dijo.

Se esforzó por sonar alentador, por complicada que fuera la situación. No soportaba ver a su compañera abatida por la idea de perder a Tuila de nuevo.

Ella permaneció en silencio.

El ruido de la sacudida de las hojas de las parras hizo a Cyal mirar detrás de él otra vez. Bufó, exasperado, ante la imagen de Estrella Radiante masticando.

—¿En serio? —dijo Cyal, girándose hacia el animal con los brazos en jarras, como si este lo fuera a entender—. Esto no es un campo de pasto para caballos, ¿sabes?

Estrella Radiante lo contempló. Crispó una oreja y, tras un par de segundos de silencio, estiró el cuello para comer más uvas. Cyal se llevó una mano a la cara. Sin embargo, tras comprobar que no había nadie a la vista, cambió de opinión.

—En realidad eres un genio, Estrella —declaró Cyal con una sonrisa pícara y procedió a arrancar un par de racimos.

Aceleró el paso para alcanzar a Eira, que continuaba andando. Le tendió las uvas y ella arqueó las cejas.

—¿Y esto?

—¿Comida? —ironizó Cyal. Depositó un racimo en las manos de Eira y se llevó una uva a la boca—. Están muy ricas. Ahora entiendo a Estrella Radiante.

Eira contempló la fruta con desconfianza.

—¿No es propiedad de nadie?

Cyal se encogió de hombros. Estaba acostumbrado a aprovechar cualquier oportunidad para sobrevivir; era la ley del desierto.

—Quizá, pero aquí hay uvas de sobra; por unas pocas no pasa nada. —Gruñó y le disparó una mirada asesina a su caballo—. Siempre y cuando Estrella Radiante deje de pegarse un festín.

El animal relinchó. Eira probó una uva, con cuidado. La masticó con lentitud.

—Posee una textura curiosa —comentó.

Una liebre pasó corriendo delante de ellos, levantando polvo a su paso. Se perdió con rapidez entre las vides. Era cierto que su abundancia era excesiva; aquel lugar era como un mar de viñedos.

Al terminar los racimos, montaron en Estrella Radiante. El caballo arañó la tierra con una pata. Cyal ajustó las riendas y se irguió.

—¿A Umbría, pues?

Eira reposó las manos en su cintura y respiró hondo. Cuadró los hombros, decidida.

—Sí.

Thaydra se agachó y cogió un trozo de rama partida para examinarlo.

El paisaje a su alrededor era un caos. El suelo estaba completamente cubierto por hojas, ramas aplastadas y hasta algún que otro tronco caído.

—¿Qué ha pasado aquí? —inquirió, perpleja.

El viento soplaba sin parar, revolviéndole el pelo. Thaydra soltó el palo y se colocó los mechones detrás de las orejas, aunque sabía que no serviría de mucho.

Habían continuado su descenso siguiendo el curso del río hasta toparse con aquel tramo arrasado. Pero Arash no había dejado de andar y Thaydra corrió para alcanzarlo, inquieta.

Sus pasos crujían sobre las ramas.

—La sequía en Drethol persistía —dijo Arash, con los hombros tensos—. El agua ya era casi inexistente. Fue el primer lugar en el que se notó el efecto de la inestabilidad del núcleo de Gaia. —Frunció el ceño y bajó la vista—. Ahora se está extendiendo a otros lugares.

Una ráfaga de aire todavía más fuerte hizo a Thaydra trastabillar. La chica extendió los brazos y ahogó una exclamación.

Arash la agarró de la mano y la miró con una sonrisa pícara. Thaydra jadeó.

—Princesa —dijo, con una carcajada—, eres tan ligera que, como me descuide, sales volando.

Thaydra se ruborizó. Bastaba un roce de Arash para que los nervios le encendieran la piel y su corazón latiera veloz como el rayo.

—Y-ya —balbuceó ella. Recuperó el equilibrio y Arash la soltó. Thaydra se llevó las manos al pecho, avergonzada—. ¿Por qué hace tanto viento?

No paraba de soplar. Se hallaban en la base del monte Nimer, que se alzaba frente a ellos como una mole de roca oscura y con el pico raspando las nubes.

Arash recuperó la seriedad. Subió la vista al cielo gris y entornó los ojos.

—Este vendaval no es propio de la zona, así que...

—¿Es por la inestabilidad de la energía?

Él asintió.

—Sospecho que un huracán pasó por aquí poco antes de que llegáramos nosotros.

El graznido de un pájaro hizo que Thaydra diera un respingo y se detuviera. Lo buscó con la mirada, sin éxito. ¿De dónde venía el sonido? Se desplazó a la derecha sin pensarlo. Y Arash, curioso, arqueó una ceja al verla alejarse.

Thaydra bajó la vista al oírlo a sus pies.

Se agachó, con el viento agitándole el pelo en todas las direcciones, y rebuscó entre las ramas.

La sorpresa le arrebató el aliento al destapar el ala rota de un ave de plumas negras.

El cuervo graznó, asustado. Trató de moverse, pero estaba atrapado entre los escombros.

Thaydra apartó las ramas y palos que se apilaban sobre él, parpadeando repetidamente para que no le entrara arena en los ojos. Arash fue junto a ella e inclinó la cabeza para observarla.

—Es inútil —dijo—. Tiene el ala rota; no sobrevivirá.

Thaydra recogió al cuervo en sus brazos. Este se retorció, pero ella lo sostuvo con cuidado.

—¿No podemos ayudarlo? —preguntó, esperanzada.

Arash gruñó y cruzó los brazos.

—¿Qué esperas que hagamos? No tenemos poderes de curación.

Thaydra lo apretó contra el pecho. Juntó las cejas.

—Pero... —Vaciló. Los vientos soplaron con más fuerza aún—. No podemos dejarlo aquí, Arash.

Él se pellizcó el puente de la nariz y cerró los ojos, exasperado. Thaydra acarició la cabeza al cuervo y este se petrificó.

Arash la miró de nuevo. Maldijo para sí mismo.

—¿Acaso sabes cómo cuidarlo?

Thaydra mantenía su atención en el cuervo. Otra potente ráfaga arrastró ramas y piedras. Arash se situó a la izquierda de la chica para cubrirla.

—No —admitió ella en tono bajo. El cuervo infló su plumaje y graznó—. Pero puedo aprender.

Fijó sus grandes ojos verdes en Arash y él se quedó rígido.

—¿Por favor?

Arash se forzó a darle la espalda. Esa mirada le habría hecho ceder sin pensarlo. Parte de él pensó que era injusto que la usara de esa manera.

—No puedo impedírtelo. Mas no esperes que te ayude —declaró con dureza y echó a andar.

Thaydra se mordió el labio inferior. La asaltó una desagradable presión en el pecho, temiendo que se hubiera enfadado con ella.

Fue tras él.

—Yo me ocuparé, no te preocupes —aseguró.

Bajó la vista al ave en sus brazos y sonrió. No habría sido capaz de dejarlo a su suerte después de verlo. O de oírlo. Solo, en medio del desastre.

Arash la observó de reojo y resopló, tan entusiasmado como si se hubieran encontrado a una criatura de las sombras.

Al cabo de unos segundos, sin embargo, las comisuras de sus labios se curvaron un poco hacia arriba.

Por supuesto que Thaydra no habría estado dispuesta a abandonar ni siquiera a un cuervo indefenso.

Thaydra, por su parte, solo podía pensar en que eso era justo lo que Arash había hecho con ella: sacarla de los escombros.