1. Pistas
Pistas
«¿Crees que recordaremos estos momentos cuando hayan pasado diez mil años?».
Alzó la vista al escuchar la suave y melodiosa voz en su mente. Una preciosa dragona blanca como la nieve, con elegantes alas de plumas, lo observaba con una sonrisa en su hocico fino y alargado.
Nunca se cansaba de mirarla. Para él, su belleza destacaba por encima de la de aquel campo de lavanda.
«¿Por qué no íbamos a recordarlo? —replicó, ladeando la cabeza y frunciendo el ceño—. Somos dragones. Somos inmortales. Nuestra mente está preparada para ello».
Zheitszoh torció el gesto. Fijó sus ojos de jade en la vasta llanura lila que se extendía frente a ellos.
La brisa arrastraba el aroma de las flores.
«Nuestra mente no es perfecta, Aridam —dijo ella con suavidad—. Algunos recuerdos se desvanecerán. —Lo miró y sonrió de nuevo—. Si tan solo hubiera una manera de tallar en mi corazón todos mis momentos contigo...».
Thaydra despertó. El eco de las palabras susurradas por Zheitszoh retumbó en su mente.
Las primeras pinceladas del amanecer salpicaban de naranja el cielo oscuro. Habían pasado cinco meses desde el inicio de su viaje con Arash y su cuerpo parecía haber interiorizado que debía despertar a esa hora.
Arash, como de costumbre, ya se había levantado.
—Buenos días, princesa —la saludó. Estaba sentado junto a los restos de la hoguera apagada.
De la madera quemada subía un pequeño hilo de humo oscuro. Su olor era más fuerte que el de la resina de los árboles.
Se escuchaba en la cercanía el arrullo del río Thíbano, que en esa zona fluía con calma entre las rocas. Las montañas de la cordillera de Gihash se percibían en la distancia; las habían dejado atrás hacía un par de semanas. En ese momento volvían a estar rodeados por las coníferas de aquella zona.
Habían tardado casi un mes en regresar a Drethol.
Después de lo ocurrido en Erom, habían adoptado un ritmo más lento.
Así, mientras viajaban, Arash había continuado entrenando a Thaydra.
Al llegar al desierto, Arash se había asomado a la ciudad solo para comprobar que, tal y como era de esperar, seguía bajo el control de los xieri.
Tras eso, habían tardado otro mes en cubrir el terreno de búsqueda. Habían recorrido ambas orillas del río Thíbano, desde el punto en el que nacía en la cordillera de Gihash hasta donde se encontraban, en las inmediaciones del monte Nimer.
No había ni rastro de Zheitszoh.
Thaydra temía que Arash manifestara en cualquier momento su frustración, pero él no se mostraba desanimado por eso en absoluto.
¿Qué eran unas semanas en la vida de un dragón con más de dos mil años?
Además, el Thíbano atravesaba prácticamente el continente entero.
Era lógico que no hubieran tenido suerte.
—He soñado con ella —confesó Thaydra, sentándose.
Era la primera vez que lo hacía. No vislumbraba recuerdos de la vida de Arash con tanta frecuencia como le habría gustado y, hasta el momento, la dragona blanca no había aparecido en ninguno de ellos. Era elusiva hasta para eso.
Aun así, el corazón de Thaydra dio un brinco al recordar su mirada de ojos verdes, tan profunda y enigmática, pero, a la vez, pacífica y acogedora. Su mera presencia transmitía calma; un rayo de luz en medio de la tempestad.
Thaydra podía entender por qué Arash se había enamorado de ella.
—Es... muy bonita —añadió en tono bajo, pues él no decía nada.
Azorada, la joven se llevó las manos a sus cortos mechones en un intento de peinarlos un poco.
Arash se había sumido en el silencio, mirando los restos de la hoguera. Tenía una pierna doblada y el brazo apoyado en la rodilla.
—Siempre llamaba la atención allá donde iba —dijo él, al fin—. Yo sueño con ella a menudo.
—¿Y qué aspecto tiene como humana? —preguntó Thaydra, curiosa—. Me gustaría reconocerla si nos cruzamos con ella.
Para su sorpresa, Arash se encogió de hombros.
—Nunca la llegué a ver en forma humana. Zheit no se sentía cómoda entre los humanos; prefería mantener las distancias.
—Pero... —Thaydra parpadeó varias veces—. ¿Cómo vas a reconocerla si la vemos y está en forma humana?
Porque, si Zheit quería pasar desapercibida, ¿qué mejor manera había que mezclarse entre la gente?
—La reconoceré —declaró él sin dudarlo—. Será una mujer de pelo blanco como la nieve y ojos de un verde tan pálido como los tuyos. —Sonrió—. No creo que haya muchas mujeres con esas características.
Thaydra ignoró el latido acelerado de su corazón ante la sonrisa de Arash.
—¿Y si lleva el pelo tapado y no alcanzas a ver sus ojos? —insistió.
Arash soltó una risa, divertido.
—No te preocupes tanto por eso, Thay. Detectaré la esencia de luz de Zheit incluso antes de verla. Es inconfundible.
Thaydra asintió, más tranquila. Se levantó, estiró los brazos y alisó las arrugas de su camisa gris. Se agachó para coger la manta sobre la que había dormido y sacudirla de las agujas de los pinos clavadas en la tela.
—Yo he soñado con un recuerdo de tu hermana —dijo Arash mientras Thaydra enrollaba la manta.
Ella se quedó quieta. La nostalgia se reflejó en sus ojos.
—¿Azra?
—Se nota lo mucho que te quería —comentó. Torció el gesto—. Siento no haber llegado un poco antes aquella noche.
Thaydra tensó los hombros. Si tan solo Arash hubiera aparecido unos segundos antes, quizá Azra...
Sacudió la cabeza.
No hallaría consuelo alguno pensando en ello.
—No fue tu culpa, Arash —dijo ella, reanudando la tarea de enrollar la manta. Se giró y la guardó en su mochila de cuero—. Y la responsable de lo que sucedió ya está muerta. Espero que, al menos, eso ayude a Azra a descansar en paz.
Era otra de las cosas que Arash había comprobado en su visita oculta a Drethol. Lo que Lluvia les había contado era cierto: no había ni rastro de Karima.
Permanecieron en silencio mientras desayunaban. El cielo se fue aclarando. El graznido de un ave entre las ramas de los árboles interrumpió el silencio.
—Hay algo que me gusta mucho —admitió Thaydra, cuando terminaron de recoger todo.
Se disponían a continuar con su viaje.
—¿El qué?
Ella giró el cuello hacia él, con una sonrisa plasmada en los labios. Ajustó las correas de su mochila.
—Que me llames Thay —dijo—. Azra también me llamaba así.
Arash suavizó la mirada.
—Eso he oído —sonrió.
Echaron a andar. Arash observó a Thaydra de reojo. La chica tenía las manos a los lados, relajadas. Si se hubiera encontrado angustiada, las habría apretado contra el pecho.
Thaydra había crecido con Azra siempre presente; era el segundo latido de su corazón, quien marcaba el norte. El vacío provocado no solo por su ausencia, sino también por su asesinato, no era fácil de llenar.
Seguir adelante sin su hermana suponía un nuevo esfuerzo cada día, pero iba aprendiendo.
La tensión había marcado los dos meses después de la huida de Auria.
Eira y Cyal se preocupaban de borrar su rastro a cada momento.
En más de una ocasión, se habían ocultado con urgencia cuando Eira detectaba un dragón violeta acercarse volando: Saskia, el draconiano del rey, supervisaba el reino casi de forma constante.
Afortunadamente, a pesar de que era afín a la psiquis, no podría localizarlos jamás si no era a través de la vista, pues la esencia oscura de Eira bloqueaba sus habilidades.
El draconiano se había rendido al cabo de unas semanas.
Eso les permitió relajarse y retomar el entrenamiento de Cyal a tiempo completo a lo largo de su viaje. Eira quería centrarse en que perfeccionara su técnica antes de continuar con la búsqueda de Tuila, por si volvían a encontrarse en la posición de enfrentarse a alguien.
Tras tanto tiempo entrenando desde el amanecer al anochecer, Cyal ya dominaba su elemento. Cinco meses atrás, no había sido capaz ni de crear una pequeña bola de agua, pero ya podía controlar corrientes si así lo deseaba.
Continuaba practicando con la espada. No llegaba todavía al nivel de Eira, pero ahora ya intercambiaba varios golpes seguidos con ella sin perderse. A pesar de que Eira no se contenía y usaba sus cimitarras, había conseguido mantenerse en pie durante casi un minuto.
En general, Cyal estaba contento con su progreso. No todos podían decir que habían sido entrenados por la Muerte Escarlata.
En ese momento atravesaban un pequeño poblado de calles empedradas que estaba más allá de Auria, hacia el sur. Los cascos de Estrella Radiante resonaban al caminar. Por suerte, el animal no destacaba, pues pasaban también varios carros de madera, cargados de paja, tirados por mulas y burros.
Cyal sostenía las riendas de Estrella Radiante en la mano. El caballo caminaba detrás de él, dócil. Eira iba junto a Cyal, pero ya habían aprendido que los humanos no se fiarían de ella si veían sus ojos. Por eso, a disgusto, mantenía la vista fija en el suelo.
La capa marrón que llevaba ocultaba en gran medida su traje blanco, por lo que no llamaba la atención.
Sí lo hacía, sin embargo, su tez de alabastro, en medio de un pueblo de campesinos donde todos trabajaban expuestos a la luz del sol.
Escucharon algún que otro comentario al respecto, pero nada más.
Pasaron junto a un establo de cerdos y les llegó el olor a barro y a estiércol. Estrella Radiante relinchó y sacudió la cabeza en un intento de librarse de las moscas.
Cyal arrugó la nariz.
—Siempre pensé que apenas había ganadería en Drethol por la escasez de agua —comentó por lo bajo—. Ahora me pregunto si no querrían evitar este aroma.
Eira sonrió para sus adentros, divertida.
—¿Desde cuándo eres tan delicado, Cyal?
Él se limitó a reír.
Estaban solo de paso, por lo que no tardaron en atravesar el pueblo.
Poco antes de salir había un grupo de hombres charlando de espaldas a ellos.
Desentonaban en aquel poblado de campesinos, pues vestían completamente de negro, portaban espadas y varios puñales.
Eira distinguió un par de cuchillos en sus cintos.
—... mujer muy extraña, en serio.
Frunció el ceño al captar un fragmento de su conversación. Hablaban bajo, por lo que Cyal no escuchó nada. Aun así, Eira agarró a Cyal del brazo. Cuando él giró la cabeza para mirarla, expectante, ella se llevó el dedo índice a los labios, indicándole que guardara silencio.
Él enarcó una ceja, pero obedeció.
Se detuvieron. Viendo que Eira estudiaba de reojo a aquel grupo de hombres, Cyal dedujo que estaba espiando su conversación. Se centró en aparentar que ajustaba las correas de la silla de cuero de Estrella Radiante.
—Tenía el pelo azul —aseguró uno de ellos en un susurro—. ¡Y los ojos rojos! Sabéis lo que eso significa.
—¿Y se hacía llamar Lluvia, dices? ¿Como la comandante xieri de la leyenda?
Eira tomó aire con brusquedad.