Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2)
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Prólogo
Los cristales azules que cubrían la sala iluminaban el lugar. Esa luz, aunque bella al principio, podía resultar irritante. Por suerte para ella, debía mantener los ojos cerrados en todo momento.
Con el paso de los años, eso había provocado que el resto de sus sentidos se agudizaran de forma considerable, incluso más de lo normal para una draconiana.
Frunció el ceño al detectar la presencia de tres mujeres caminando hacia ella sobre el suelo de roca negra. Las tres despedían la marca de la oscuridad. Aunque en una era algo natural, en las otras dos era una marca forzada y artificial.
Sin embargo, no abrió los ojos. Tan solo necesitaba abrirlos cuando invocaba una visión.
«La dragona y la xieri que me consultaron hace unos meses —dijo el oráculo, reconociéndolas al instante a pesar de no poder verlas—. Ya usasteis vuestra oportunidad de hacerme una pregunta».
—Oh, gran oráculo, lo sabemos, no te preocupes —ronroneó Lluvia. Se detuvo y llevó una mano a la cintura—. Pero ella todavía no te ha hecho una consulta.
Con un gesto, señaló a la tercera mujer. El oráculo relajó su expresión.
«Muy bien, xieri. ¿Qué es lo que ansía saber tu corazón?».
—Adelante, Biastria —la animó Lluvia.
Biastria caminó hacia el escenario de piedra. Subió los escalones y dejó una escama negra en el regazo del oráculo.
—Deseo saber la ubicación del General —declaró con firmeza. Dio media vuelta y regresó junto a sus dos compañeras.
El oráculo levantó los párpados para convocar la visión. Sus ojos eran dos faros blancos, vacíos de pupilas y llenos de poder.
Tuvo que ocultar su desasosiego, manteniendo una expresión neutra. Si no deseaba verse en problemas, lo más sabio sería concederles lo que querían. No obstante, se le revolvía el estómago solo de pensar en la posibilidad de que el General regresara.
Cuando el oráculo cerró los ojos de nuevo, la respuesta se hizo eco en la sala de cristales azules.
«El General se halla atrapado en una prisión de nieve, luces y sombras. Es todo cuanto visualizo».
Y así era: por primera vez, su visión era desconcertante y difusa incluso para ella.
Lluvia chasqueó la lengua.