Venganza de dragones (La orden de Hereshia 2) Epílogo
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Epílogo

Veshier acababa de dejarlos en la orilla del río Thíbano, en la parte donde el agua fluía con más rapidez y furia: la frontera entre Auria y Adruste.

Habían estado un tiempo con la dragona en las cataratas Lavanda, recuperándose.

Veshier debía regresar a Namhad para intentar convencer a sus compañeros de unirse contra Hereshia, aunque los tres sabían que sería inútil.

Los dragones, temiendo al General, se mantendrían apartados.

Algunos, incluso, se unirían a Hereshia y Eyvel en la conquista de más territorio para ellos, creyendo fervientemente en su dragona de luz.

Thaydra lloraba solo por las noches.

Todas las noches.

Cyal no había vuelto a llorar desde aquel fatídico día. Habían pasado cincuenta y una noches desde aquella. Permanecía en un silencio casi total. Por más que intentaba hablar con él, no conseguía sacarlo de su letargo.

Thaydra tomó aire al poner un pie en tierra firme de nuevo. Era un alivio ver que los reinos todavía no habían sido atacados, aunque era lógico. Hereshia y Eyvel tendrían que organizarse primero.

—Bueno, pues... —Thaydra miró a Cyal y se estremeció.

Los ojos dorados del joven, tan luminosos cuando lo había conocido, estaban ahora vacíos, sin brillo.

Thaydra hizo un esfuerzo para continuar—: Vayamos a Adruste.

He estado pensando y, si podemos contactar con Thora, que era la primera esposa de mi padre, ella...

—No voy a acompañarte, Thaydra.

Las palabras de Cyal la dejaron helada. Él había hablado sin emoción alguna.

—¿Q-qué? —balbuceó ella. Sacudió la cabeza—. Cyal, es importante que sigamos juntos, solo nosotros podemos...

Cyal le dio la espalda.

—No cuentes conmigo. Mi mundo murió con Eira, y yo con ella. No me queda nada por lo que luchar. Y no pienso luchar por nada más.

Thaydra parpadeó varias veces. Azer, en su hombro, graznó al sentir que los latidos del corazón de la chica se aceleraban.

—Pero... —Eso sí que no lo había esperado. ¿Qué iba a hacer ella sola?—. Cyal, nuestro deber...

—¿Deber? —interrumpió él con frialdad, sin mirarla—. No me hables de deber, Thaydra. No cuando Eira ya no respira. Mi único deber era protegerla, ¡y fallé!

Echó a andar. Thaydra lo observó, con los ojos como platos.

—¡Cyal! —lo llamó, corriendo hacia él. Lo agarró de la muñeca y él se detuvo, rígido—. Por favor. ¡No podemos rendirnos ahora! Los xieri van a atacar y...

—Que ataquen —la cortó Cyal, gélido. La oscuridad se arremolinó en su iris dorado, opacándolo—. Ya no es asunto mío. No tengo nada que agradecerle a estas tierras.

«Líbrate de ella. No la necesitas».

Él no dudó en obedecer. Se zafó de su agarre y siguió andando. Thaydra se quedó congelada en el sitio, sin poder creer lo que estaba pasando. Cyal se adentró en el bosque de robles y helechos.

Pronto, lo perdió de vista.

No supo cuánto tiempo estuvo así, observando el punto por el que Cyal se había marchado. El viento le revolvió el cabello y cayó de rodillas al suelo, derrotada.

—Arash —susurró, llevándose las manos al rostro al notar que los ojos le ardían. Le costaba respirar—. Ojalá estuvieras aquí.

Azer le dio un par de toques con el pico en la mejilla, tratando de animarla. Ella sollozó. Se sentía terriblemente sola. Al final, solo quedaba ella. Ella, que era la más débil. Veshier la había ayudado a entrenar esos meses, pero, aun así, no sabía si sería suficiente.

«Confío en ti para que vivas por los dos».

La voz de Arash retumbó en su mente. Thaydra tomó aire. No podía enfadarse con el mundo y renunciar, como había hecho Cyal, aunque no iba a culparlo.

«Sé que seguirás haciéndote más fuerte. Sé que podrás con los xieri y con todo. Lo dejo en tus manos».

Arash contaba con ella para acabar lo que habían empezado. Los xieri, liderados por Eyvel y Hereshia, iban a declarar la guerra a los reinos humanos. Arrasarían con toda la vida en el continente.

No podía permitirlo.

Si Arash confiaba en ella, Thaydra seguiría adelante. No le fallaría. No iba a decepcionarlo. No sabía cómo, pero encontraría la manera. No se rendiría. Se haría más fuerte y se enfrentaría a los xieri. Derrotaría a Eyvel y a Hereshia.

Devolvería la paz al mundo.

Se limpió las lágrimas de la cara con el brazo. Respiró hondo y alzó la vista al cielo, gris y nublado.

No iba a llorar más. Era hora de dejar de lamentarse y pasar a la acción.

Encaró el río Thíbano. Enterrando su miedo, saltó por las rocas para cruzar a la otra orilla. Estaba decidida a superar todos los obstáculos. Estaba decidida a conseguir la victoria.

Avanzó hacia Adruste, sin detenerse. Su intención era localizar a Thora, por mucho que esta la odiara.

Había sido la primera esposa del rey de Drethol y ella sabría cómo navegar la situación.

Tendría contactos. Si la convencía de que los necesitaba para organizar una ofensiva contra los xieri, que también amenazaban su vida, se los daría.

Lo que vio al acercarse a Adruste, sin embargo, la hizo pararse en seco, ojiplática.

La muralla ardía.

Una cacofonía de gritos desesperados se elevaba desde el interior de la ciudad.

Varias sombras aladas la sobrevolaban, escupiendo fuego y oscuridad.

—Han empezado —murmuró para sí. Azer graznó, inquieto.

Escuchó el ruido de pasos. Aquellos que habían logrado huir corrían con la desesperación de una estampida en su dirección.

—¡Thaydra!

Divisó a la familiar mujer de piel oscura entre la multitud. Mientras los demás continuaron la carrera hacia el río, Thora se detuvo para agarrarla de las manos. Respiraba entrecortadamente, con los ojos a punto de salirse de sus órbitas por el terror.

—¡Thora! Tranquila, estoy aquí... —empezó Thaydra, tratando de calmarla.

—¡Es el General! ¡Ha vuelto! —la interrumpió ella, mirando por encima del hombro.

El xieri volaba hacia ellas, rugiendo. No era el General, pero sí un enemigo, igualmente. Sus alas membranosas despedían una bruma negra y sus ojos rojos refulgían con sed de sangre, decidido a que no escapara nadie.

Thaydra empujó a Thora detrás de ella y endureció la mirada. Hizo flotar a su alrededor su puñal y cuchillas, envolviendo un puño en fuego y el otro en electricidad. Las exclamaciones de asombro se sucedieron a sus espaldas e inspiró con lentitud.

«Arash, dame fuerzas».

No sabía dónde estaba. Al principio, la confusión era tan grande que no recordaba ni lo que había pasado. Todo lo que veía a su alrededor era roca negra. Gruñó al tratar de moverse, pues todos sus músculos, entumecidos, protestaron. Logró sentarse y se llevó una mano a la frente.

Captó movimiento por el rabillo del ojo y giró la cabeza de golpe, con el corazón desbocado. Por suerte, descubrió que solo se trataba de una fina capa de sombras disolviéndose.

Su mente era una maraña de niebla. Le costaba procesar la información. Siempre sucedía cuando salía de un letargo, y era muy molesto. Tomó aire con brusquedad.

El núcleo. Los xieri. Hereshia. Eyvel.

Thaydra.

Escrutó su entorno, sin reconocer nada en absoluto. ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba? ¿Por qué no había muerto? ¿O sí? ¿Era aquello, acaso, el más allá?

No, no era posible. Sentía con total claridad el dolor en el cuerpo.

Bajó la vista. Divisó a una mujer tirada en el suelo junto a él, desnuda, con su largo pelo blanco desparramado en la roca.

Un latigazo de pánico alteró su respiración. Se inclinó sobre ella y buscó su pulso con urgencia desesperada.

Débil. Frágil. Se desvanecería en cualquier momento.

Estaba viva, pero inconsciente y en grave peligro. Tenía el ceño fruncido y los ojos apretados. Su esencia de luz estaba en conflicto con la oscuridad, expulsándola y destrozándola por dentro.

—¿Qué has hecho? —le susurró con voz ronca. No había reproche, solo un miedo que lo calaba hasta los huesos.

Su mente era un caos, pero sus manos actuaron por instinto. La levantó en brazos. El peso de la mujer era demasiado liviano; le habían arrancado toda la fuerza.

Obligó a su propio cuerpo a obedecer, por mucho que este clamara por volver al suelo. Reconoció al fin el espacio a su alrededor: era la cordillera en la que se hallaba el núcleo. ¿Por qué estaban ahí? ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Y qué había hecho Eira para que se salvaran, exactamente?

Ella gimió de dolor. La estrechó contra sí mientras avanzaba y apretó los dientes. Tendría que dejar las preguntas para más tarde. Eira había pagado un precio muy alto y debía encontrarle la ayuda necesaria.

—Te prometo que te sacaré de esta, ¿me oyes?

—gruñó con fiereza—. No volveré a fallarte.

Nunca más. —El viento levantó polvo y le golpeó la cara.

Él solo veía el rostro de Eira contra su hombro, demasiado pálido incluso para su piel de hielo.

Dependía por completo de él. Aceleró el paso—.

Estoy contigo, Eira. Esta vez estoy contigo. Siempre lo estaré.

Su misión no había acabado. Debía llevarla hasta Veshier y después reunirse con Cyal y con Thaydra. Arash estaba decidido a salvar a su compañera y a terminar lo que habían empezado.

Era hora de destruir a los xieri.