17. Capítulo 16
Valle de Cortés, El Tisbe, Colombia
Josh se desplazó por la página, observando las fotos que acompañaban al artículo.
El diseño incluía una vieja foto en blanco y negro de un bar de bloques de hormigón junto a una foto más reciente del mismo edificio.
Un cartel frente a este último rezaba: «Casa de la Liberación».
En el centro de la página, vio la fotografía de una pequeña casa de ladrillo y tablillas de madera, rodeada de campos de algodón, junto con un retrato de estudio de Raymond y Martha Tilley.
El artículo contaba la desgarradora historia de Libby Motson, de cómo Tilley la secuestró en la estación de autobuses de Montgomery, la mantuvo cautiva en un refugio subterráneo para tormentas y la agredió sexualmente.
A primera vista, parecía el mismo tipo de historia que Josh ya había encontrado en internet, de esas que a muchos periodistas les gusta contar, destacando el dramatismo y revelando escasos detalles sobre los protagonistas.
Pero a medida que seguía leyendo, llegó al meollo del artículo: la saga de Martha y Raymond Tilley.
Martha Tilley era oriunda de Virginia Occidental, hija de un ama de casa y un predicador pentecostal. Martha tenía solo diez años cuando su madre sucumbió a un cáncer de mama, dejándola sola con su desconsolado padre, quien más tarde abandonó su iglesia y se refugió en el alcohol.
Raymond conoció a Martha apenas cinco años antes de quitarle la vida con un hacha. Los feligreses de la iglesia de Raymond describían a Martha como una buena mujer cristiana, temerosa de Dios, totalmente entregada a su marido y al servicio de la iglesia.
Poco se sabe del pasado de Raymond Tilley.
Nació en Birmingham —según documentos de nacimiento obtenidos a través de registros públicos—, hijo de una camarera y un delincuente.
Sus padres nunca se casaron, pero vivieron juntos hasta que el niño cumplió siete años, cuando el padre de Raymond mató a su madre con una escopeta.
El estado envió al joven Raymond a un centro de acogida, donde fue saltando de una familia a otra.
Las pocas personas dispuestas a hacer declaraciones informaron de que Raymond sufrió abusos sexuales de niño, infligidos primero por su madre —a quien la policía describió como una enferma mental, posiblemente esquizofrénica— y más tarde por al menos un padre de acogida.
Tras salir del sistema de acogida por haber cumplido la mayoría de edad, Raymond desempeñó diversos trabajos —vendedor de coches de segunda mano, teleoperador, vendedor de enciclopedias a domicilio, por nombrar algunos— antes de convertirse en predicador callejero y, más tarde, fundar su propia iglesia.
Josh hizo clic en el icono de imprimir y la impresora se puso en marcha con un zumbido.
Se quedó mirando la máquina con la vista perdida mientras escupía la última página del reportaje de The Atlanta Journal-Constitution .
Alargó la mano y cogió el papel, golpeándolo contra el escritorio para asegurarse de que todas las páginas estaban alineadas, antes de coger la grapadora.
Mientras clavaba una grapa, oyó un ruido en la puerta de entrada.
Acercó la silla a la ventana para ver a Delia metiendo una llave en la cerradura, mientras se defendía de los afectuosos lametones de Bowie y Charlie en la cara.
—¡Abajo, cabrones! —exigió—. No, no podéis entrar, salidos de mierda.
—Estoy en el despacho —gritó Josh al oír cerrarse la puerta del salón.
—Hola, tío, ¿qué pasa? —dijo Delia, irrumpiendo en el despacho con una bolsa de lona colgada al hombro.
—Estoy investigando un poco más sobre Raymond Tilley. He encontrado algo. Siéntate y lee esto.
Delia dejó la bolsa de lona en el suelo y se sentó en el borde del escritorio.
Josh observó el rostro de Delia mientras leía el artículo de The Atlanta Journal-Constitution .
Permaneció impasible hasta que llegó al final de la historia.
Dejó la copia sobre el escritorio y miró a Josh con los ojos como platos y la boca abierta.
—Joder, tío, menuda locura —dijo—. Pero no sabemos si Walter es Raymond Tilley. No empieces a emparanoiarte.
—Para ti es fácil decirlo. No vives a dos pasos de un posible asesino del hacha.
—Era solo un hacha pequeña. Tío, eres un dramático.
Josh abrió la boca para protestar, pero Delia lo interrumpió. —Te he traído algo para que te quedes más tranquilo —dijo, abriendo la cremallera de la bolsa de lona. Metió la mano dentro y sacó un fusil automático AK-47 de época—. Con esto deberías estar a salvo.
Josh se echó hacia atrás en la silla, haciendo que Blondie saliera corriendo de la habitación asustada. —¿De dónde has sacado eso? Cuando dijiste una pistola, pensaba que te referías a una de verdad o algo así.
—De mi tío Carlos. Se la quitó a un guerrillero muerto unos meses antes de que los rebeldes lo mataran.
Esto tiene una potencia de fuego considerable.
Si el vejestorio de Walter intenta hacerte daño, puedes mandarlo al infierno de un disparo, que es donde debe estar —dijo ella, sosteniendo el arma sobre el pecho y sonriendo.
Levantó el arma y se apoyó la culata en el hombro, como si estuviera apuntando a un enemigo.
—¡Guárdala ya! —gritó Josh, levantándose de un salto de la silla y retrocediendo asustado hacia la ventana—.
¡No la quiero! No quiero un arma. —Tío, no te me vuelvas loco ahora.
Pensaba que estabas exagerando la amenaza hasta que vi la cara de Walter después de que talara los cafetos.
Tenía una cara malévola, como si quisiera cortarte por la mitad con la motosierra.
—Tengo a los perros y tengo una cocina llena de cuchillos.
Con eso me basta —dijo Josh, dándole la espalda a Delia y mirando por la ventana.
A Josh le temblaban los hombros. Delia dejó el fusil en una esquina y se acercó a él.
—Mira, Josh, has pasado por mucho. Primero con tus padres, luego con Sofía.
No me di cuenta de que tenías miedo a las armas después de lo que pasó en Sacramento.
—No es eso —dijo él, volviéndose hacia ella.
Las lágrimas le corrían por la cara y bajó la cabeza, con el cuerpo temblando.
Delia le puso una mano en el hombro y lo condujo hasta el escritorio, sentándolo suavemente en la silla.
—Quizá sea hora de que me cuentes lo que pasó.
La historia completa esta vez. Josh se quedó desplomado en la silla, con la cabeza inclinada.
—Quizá tengas razón. Quizá necesite contárselo a alguien.
Solo se lo he contado a la policía y a nadie más.
Y no les conté todo. No les conté lo que hice.
—¿Lo que hiciste? Tío, me estás asustando un poco.
Josh vaciló. —No, no es nada de eso. Te lo contaré —dijo, levantando la cabeza y respirando hondo.
—Vale, cuéntame —dijo ella mientras se sentaba en una silla junto al escritorio.
Josh tomó otra respiración profunda y miró al techo.
Exhaló, bajó lentamente la cabeza y miró a Delia.
—De acuerdo, allá voy. Fuimos al lago Tahoe, a la cabaña de Anna y Kurt, por Thanksgiving.
Lo pasamos de maravilla, pero el viernes, Sofía dijo que teníamos que ir a Sacramento a comprarle el regalo de Navidad a su padre…
***
Sacramento, California, Estados Unidos, el año pasado
Las cadenas de los neumáticos de la vieja camioneta Ford de Josh tintineaban mientras se abrían paso por la nieve en la Interestatal 80.
Al pasar por Kingvale, California, unos copos de nieve del tamaño de pelotas de golf se estrellaban contra el parabrisas.
—Está empezando otra vez —dijo, mirando de reojo a Sofía mientras ella miraba por la ventanilla del copiloto.
—Qué bonito. Pero no creo que escuchar a The Pretenders cantar «Precious» pegue con el ambiente —dijo ella, estirando el brazo por el salpicadero para bajar el volumen del equipo de música—. ¿No tienes otro CD?
—No, solo ese. Es todo lo que necesito. Podemos escuchar la radio —dijo, riendo, a sabiendas de que la cobertura era inexistente en las montañas. Alargó la mano y apagó el equipo de música, provocando una sonrisa en el rostro de Sofía.
—Gracias.
—Será mejor que volvamos lo antes posible, antes de que la nieve empeore —dijo él. La nieve había empezado a caer el día antes de Thanksgiving. Ahora, dos días después, los copos seguían apareciendo y desapareciendo, dejando hasta treinta centímetros de nieve con cada nuevo ciclo.
—No tardaremos mucho. Solo tengo que ir a la librería, encontrar al tipo de Craigslist y comprar el libro.
—Sofía había estado buscando un libro para añadir a la colección de autores sureños de su padre.
El día antes de viajar de Colombia a California, había encontrado lo que buscaba en internet. —¿Cuál era el libro? —preguntó Josh.
— Muerte al Alba , de Robert McCammon. Primera edición firmada. Es uno de los favoritos de papá.
Josh asintió mientras la nieve amainaba.
En el arcén, algunos conductores se habían detenido para quitar las cadenas de los neumáticos, algo que Josh había planeado evitar hasta el final de su viaje.
Miró a Sofía y esbozó una sonrisa traviesa.
—Creo que necesitamos un burrito antes de ir a la librería. ¿Taqueria La Perla Tapatia?
Sofía arrugó la cara y cerró los ojos. —Maldita sea, odio que me hagas esto. Probablemente ya he ganado cinco kilos en este viaje. Y ahora tienes que tentarme con la Taqueria La Perla Tapatia. Vale, pero tenemos que controlarnos. Todavía tenemos la nevera llena de sobras de Thanksgiving.
—El control es inútil frente a un burrito —dijo él, sonriendo con antelación mientras se le hacía la boca agua—. Dejaremos ese capricho para más tarde. Vayamos primero a por el libro.
*