Vengando a Sofía (Valle de Cortés 1) 16. Capítulo 15 #2
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16. Capítulo 15 #2

—Entendido. ¿Y qué hay del ADN de Raymond Tilley? La última vez que hablamos, dijo que no tenía su ADN archivado, pero que probablemente podría analizar uno de los objetos que tiene como prueba.

—Me coordinaré con López —dijo Damon—. Si el laboratorio puede obtener ADN del cepillo de dientes que va a enviar, ordenaremos análisis en algunos de los objetos personales de Tilley.

Cuando terminó la llamada, Josh se levantó y se acercó a la ventana del salón.

Salía humo del jardín de Walter: estaba quemando cosas otra vez.

Tras los acontecimientos del día, Josh sentía una mezcla de emociones.

Si Walter era realmente Tilley, la policía intervendría y lo arrestaría.

Pero Josh no sabía cuánto tardaría eso. Mientras tanto, la tensión entre él y Walter iba en aumento.

***

La mañana de Josh comenzó a las seis, cuando Blondie se le sentó en el pecho, anunciando que era la hora de su desayuno.

A veces, le permitía quedarse en la cama hasta las seis y media, pero su sueño agitado durante la noche probablemente había afectado al sueño profundo habitual de la gata, ya que siempre se acurrucaba a su lado en la cama.

El estrés del día anterior había agotado a Josh, pero le resultó casi imposible dormirse cuando apoyó la cabeza en la almohada.

Cuando se quedó dormido, tuvo otra pesadilla.

Esta vez, una Sofía ensangrentada se encontraba con Josh en la playa de Asilomar, donde se habían conocido en California.

Se quedó quieta frente a él mientras la fresca brisa del océano soplaba a través de su larga melena castaña.

Mirándolo a los ojos, Sofía sonrió cálidamente y dijo: «Véngame, Josh.

¡Véngame!». Cuando se despertó, las secuelas del sueño lo habían dejado intranquilo.

La noche anterior, él y Delia habían planeado los siguientes pasos que debían dar.

No querían arriesgarse a enviar el cepillo de dientes a la embajada de Estados Unidos en Bogotá por mensajero, por miedo a que se perdiera en el camino.

En su lugar, decidieron que Delia conduciría el Jeep Willys de Josh hasta la capital para entregar la muestra de ADN en persona.

Lo más probable era que simplemente le entregara el objeto a la asistente de la agente López y saliera de allí en pocos minutos.

Si tenía tiempo extra más tarde, podría inspeccionar un local de oficinas que estaban considerando alquilar para incorporar a otro equipo de ingenieros.

A las siete de la mañana, Delia ya le había enviado un mensaje de texto a Josh diciendo que estaba en camino.

*

Después de servir el desayuno a Blondie y a los perros, Josh se instaló en su despacho con una taza de café.

Le rugían las tripas de hambre, pero la tensión en su cuerpo se resistía, rechazando el deseo de comer.

En su ordenador, Josh accedió a una hoja de cálculo con el dinero de los inversores, desglosado en los gastos que la financiación debía cubrir durante los siguientes seis meses.

Quería analizar cada gasto para determinar si necesitaba asignar más dinero a ciertas categorías y reasignar fondos de otras.

Pero los pensamientos que corrían por su mente hacían imposible la concentración.

¿Qué haría a continuación si la muestra de ADN de Walter coincidía con la de Raymond Tilley?

Si lo hacía, ¿intervendría la policía de inmediato o tardarían días o semanas en coordinar una redada?

El asunto de Walter era más de lo que su mente podía procesar.

Demasiadas incógnitas nublaban su pensamiento y no existían respuestas sencillas.

Pero el sueño de la noche anterior era igualmente perturbador.

Ver a su esposa mutilada en una playa que había sido su refugio —el lugar que una vez había restaurado su alma— no le sorprendió.

Desde su muerte, Sofía se le había aparecido en innumerables sueños, a veces en gratos recuerdos del pasado, y otras en un grotesco espectáculo de terror.

Pero ¿qué podía haber querido decir cuando dijo «Véngame», ¿y qué se suponía que debía hacer?

Solo era otro estúpido sueño, pensó mientras cerraba la tapa de su portátil.

Josh cogió su móvil y abrió la aplicación del sistema de seguridad.

Accedió a la transmisión en directo de la cámara y miró el vídeo.

El camión de Walter estaba aparcado frente a la cabaña.

La ventana de la cocina estaba abierta, pero no podía verlo en el jardín.

Frustrado por su incapacidad para concentrarse, salió.

Charlie y Bowie lo vieron en cuanto salió por la puerta.

Bowie saltó sobre el pecho de Josh, y Charlie llegó con una pelota de tenis en la boca.

—Ahora no hay tiempo para jugar, chicos, primero tengo que ocuparme del huerto.

Con un cubo de veinte litros en la mano, Josh se puso a recoger tomates, pepinos, judías verdes y calabacines.

Había salido al huerto varias veces por semana para cosechar lo que necesitaba para el almuerzo o la cena, pero no le había prestado la atención que requería.

El abandono era evidente. Tomates podridos y malas hierbas cubrían lo que antes era tierra desnuda entre las hileras de verduras.

Miró su cubo, tan lleno que se estaba quedando sin espacio.

Sofía había planeado el huerto con la intención de cultivar suficiente comida para ella y Josh, los vecinos y la familia de Delia.

Su estrategia había tenido éxito, y Josh sabía que tenía que compartir esta cosecha, de lo contrario la mayor parte se pudriría en su cocina.

Al final de una hilera, Josh usó los brazos para abrirse paso a través del espeso follaje de las imponentes tomateras a un lado y un emparrado de judías al otro.

Miró hacia el jardín. Bowie y Charlie estaban en la verja de entrada, gruñendo.

Al otro lado estaba Walter, mirando más allá de los perros y clavando sus ojos en los de Josh.

—Hora de entrar, chicos —les llamó Josh mientras cogía su cubo de verduras y caminaba hacia la puerta principal.

*

A las tres de la tarde, Josh por fin había encontrado la paz interior que le había eludido todo el día. Estaba tumbado en el sofá del salón, con Blondie ronroneando sobre su pecho y Bowie y Charlie acurrucados en el suelo a su lado. Mientras se adormecía, sonó su móvil.

—Hola, Delia —dijo, somnoliento.

—Hola, tío —dijo ella con un tono animado.

—¿Cómo ha ido? ¿Dejaste el cepillo de dientes en la embajada?

—Claro —dijo—. Lo hice esta mañana.

A través del teléfono, Josh podía oír los típicos sonidos apagados de un lugar público. Se incorporó en el sofá y se estiró con el brazo libre. ¿Y qué hay del local de oficinas? ¿Ya lo has mirado?

—No, eso tendrá que esperar a mañana. He tenido que ir de compras. Por eso te llamaba, para decirte que no volveré hasta mañana.

Josh sonrió y reprimió una risita. —¿De compras? ¿Tú? ¿No estabas ayer mismo dándome la lata con mi vestuario?

—Sí, he tenido que comprarme otra ropa porque tengo una cita esta noche. Me lleva a un restaurante en el barrio de La Candelaria, cerca del palacio presidencial, así que necesito algo bonito que ponerme.

—¿Tus pantalones de camuflaje y tu camiseta de los Ramones no son lo suficientemente buenos para una cita? —dijo, intentando chincharla—. A lo mejor fue eso lo que la impresionó.

—No llevo mi camiseta de los Ramones. —Delia suspiró, ansiosa por colgar—. Hoy llevo la de los Sex Pistols, y para que lo sepas, listillo, mi camiseta es lo que le llamó la atención. Ella también es fan del punk rock.

—Suena a que sois tal para cual —dijo Josh riendo—. ¿Y quién es la afortunada de esta noche?

—La agente del FBI Mónica López —dijo con tono despreocupado.

Josh se puso en pie de un salto. —¿¡Qué!? ¡No puedes salir con ella!

—Claro que puedo —dijo firmemente—. No querrás negarle a una chica el amor que busca y merece, ¿verdad?

Josh caminaba de un lado a otro frente a la ventana, pasándose la mano por el pelo. —Es solo que… no puedes contarle la verdad sobre cómo conseguiste el cepillo de dientes de Walter.

—Claro que no lo haré —gruñó ella—. No soy estúpida, pero tú sí que lo estás siendo ahora mismo.

Josh se encogió. —Vale, vale, perdona. Ten cuidado. Y no dejes que te arresten.

—Vaya, ni se me había ocurrido —dijo, con entusiasmo—. Me pregunto si tendrá esposas. Eso podría ser divertido.