16. Capítulo 15
Valle de Cortés, El Tisbe, Colombia
Al acercarse a la puerta de entrada, Josh se detuvo a recuperar el aliento.
Levantó la vista hacia lo alto de la colina y vio a Walter abrir las contraventanas de la cocina.
Recorrió el jardín con la mirada, pero no vio a los perros.
Se coló por la verja y bajó corriendo por el camino de entrada.
Cuando abrió la puerta principal de una sacudida, Bowie y Charlie se abalanzaron sobre él, lamiéndole la cara y mordisqueándole el brazo, ansiosos por jugar.
—¿Por qué has tardado tanto? —preguntó Delia mientras vertía agua caliente en la cafetera de émbolo.
—¡Walter ha vuelto! —exclamó él, manteniendo la puerta abierta mientras los perros salían disparados al jardín.
—Ya te digo. Por poco me pilla al salir —dijo ella, con una fingida expresión de enfado.
—Gracias a Dios. He intentado mandarte un mensaje, pero no tenía cobertura. —Su rostro mostraba angustia, lleno de culpa.
—No te preocupes, no me ha pasado nada.
—¿Has instalado la cámara? —preguntó él.
—Por supuesto —respondió ella, con aire de confianza.
—Vale, déjame que me relaje un minuto y luego veré si puedo conectarla al sistema. —Inspiró hondo y exhaló para liberar la tensión de su cuerpo.
—Siéntate y tómatelo con calma —le dijo mientras Josh se dejaba caer en un taburete frente a ella.
Mientras Delia servía café en la taza de Josh, él sacó el móvil del bolsillo trasero. Con un par de toques, la aplicación de seguridad apareció en su pantalla. Tocó Conectar dispositivo y esperó mientras un circulito giraba.
—Casi me echo a llorar —dijo Delia.
—¿Por qué? ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? —preguntó Josh, levantando la vista del teléfono.
—Sí, estoy bien, pero creo que ese capullo ha destrozado todo lo que era de Santiago —dijo, negando con la cabeza.
—¡Maldita sea!
—Has soltado un taco. Estás progresando. —Delia le sonrió a Josh, como una madre orgullosa.
—Bueno, cuéntame lo que has visto.
—Hay una hoguera enorme delante de la cabaña —dijo—. Ahora es casi todo cenizas, pero parece que quemó los libros, las pinturas y las esculturas de Santiago.
—Me lo temía. No funciona —dijo, mirando el mensaje de Error al conectar el dispositivo en la pantalla de su móvil.
Delia cogió el concentrador del sistema de seguridad y lo movió al otro extremo de la encimera. —Prueba ahora.
Josh volvió a tocar el icono Conectar dispositivo mientras Delia y él miraban la pantalla. Un minuto después, apareció un mensaje: Dispositivo conectado .
—¡Sí! —exclamó Josh alzando los brazos en señal de victoria—. ¡A ver qué tenemos por aquí! —La imagen en directo apareció en la pantalla del móvil. Mostraba la esquina de la cabaña, con el camino de entrada, la puerta principal y la ventana de la cocina visibles, pero no había ni rastro de Walter.
—Vaya, qué buena imagen —dijo Delia, contemplando el teléfono.
Josh le dio una palmadita en la espalda. —Es perfecta. Buen trabajo, 007.
—Ah, una cosa más. —Delia se llevó la mano a la espalda y sacó un cepillo de dientes del bolsillo de sus vaqueros mientras una amplia sonrisa se dibujaba en su rostro—. He conseguido esto.
—¡¿Pero qué…?! ¡¿Es el cepillo de dientes de Walter?! —Los ojos de Josh se abrieron como platos y su rostro se inclinó hacia delante. Su ansiedad había disminuido, pero de repente la cabeza le empezó a martillear y todos los músculos de su cuerpo se tensaron.
—Lo es. Así que ahora tenemos su ADN —dijo ella, sonriendo de oreja a oreja.
—¿Estaba en el jardín?
—No, tonto, estaba en el baño. —Delia se acercó a la nevera, la abrió y miró dentro para evitar el contacto visual con Josh.
Josh lanzó las manos al aire. —¿¡Entraste en la cabaña!? ¿¡Te has vuelto loca!?
—Tranquilo, tío. Relájate —dijo ella, cerrando la puerta de la nevera y volviéndose hacia él—. Está todo bien. He salido sana y salva. Pero por los pelos.
—¿Qué quieres decir con «por los pelos»?
—Walter estaba entrando por la puerta principal mientras yo me escabullía por la de atrás. —Era verdad, pero solo lo reveló para chinchar a Josh. Disfrutaba viéndolo retorcerse.
—¡Joder, Delia! Podría haberte matado.
—Ahí está. Has vuelto a soltar un taco —dijo, dando una palmada—. Estoy orgullosa de ti, Joshy.
Josh respiró hondo y se quedó en silencio un momento. —Me da miedo preguntarte esto, pero ¿cómo entraste en la cabaña? ¿Estaba la puerta abierta?
—Claro que no, estaba cerrada con llave —dijo ella, con aire de suficiencia.
—Entonces, ¿cómo entraste? —preguntó, mirando a Delia intensamente.
—Forcé la cerradura —dijo, irguiéndose y mostrando una amplia sonrisa. —¿Cómo lo hiciste?
—Una espía nunca revela sus secretos profesionales —sentenció, extendiendo la mano y mirándose las uñas.
—¿Secretos profesionales? —dijo él poniendo los ojos en blanco—. Por favor, no me digas que te dedicas al robo por las noches.
—No —dijo ella—. Hacía tiempo que no tenía que forzar una cerradura.
—¿Tiempo? ¿Qué significa eso? ¿Cuándo fue la última vez que forzaste una cerradura? —Josh se removió, nervioso, y a Delia le encantó.
Se encogió de hombros. —En Monterey, hace mucho tiempo.
—Vale, pues cuéntamelo.
—¿Te acuerdas de cuando alguien robó el coche del señor Booker? —dijo, con aire avergonzado.
—¿El señor Booker, el profesor de ciencias? —Delia asintió—. ¿El coche que encontraron quemado en el río Carmel?
—Sí, ese mismo —dijo ella asintiendo.
—¡Hostia puta, Delia! ¿¡Hiciste tú eso!? —exclamó Josh, caminando en círculos.
Delia levantó los brazos al aire. —Tres palabrotas. Ahora eres imparable, Joshy. —Suspiró y respiró hondo—. Fue así. Me cabreé con el señor Booker porque no paraba de mandarme al castigo del sábado. ¿Qué quieres que te diga? Solo era una adolescente impulsiva.
—¿Te lo merecías? —preguntó Josh en tono paternal.
—¡Ni de coña! Solo le estaba pasando notas a Janice Carruthers. Era monísima, pero siempre me ignoraba. —Delia inclinó la cabeza y miró hacia otro lado.
—Vale, vale, ve al grano sobre cómo le robaste el coche —dijo mientras se dejaba caer en un taburete y se cruzaba de brazos.
—Pues eso, que le robé el coche y le prendí fuego en el río Carmel. El río estaba seco, así que técnicamente fue en el lecho del río —dijo con indiferencia.
—¿Cómo lo arrancaste?
—Le hice un puente —dijo Delia.
—¿Y cómo aprendiste a forzar una cerradura y a hacerle un puente a un coche? —Josh se reclinó en el taburete, intentando distanciarse del relato delictivo de Delia.
—Mi primo, Bruno.
Josh frunció el ceño y ladeó la cabeza. —¿Un momento? ¿No es Bruno el orientador del instituto de Monterey ahora?
Delia se llevó el índice a los labios. —Shhhhhh.
—No se lo diré a nadie. No te preocupes —dijo, negando con la cabeza—. Bruno. Un ladrón de coches. Nunca lo habría imaginado.
—Al final, salió bien parado —dijo ella.
—Vale, basta ya de esto —dijo Josh—. Tenemos que pensar qué hacer con ese cepillo de dientes.
***
Sentado en su despacho de Montgomery, Alabama, el marshal Damon Jenkins levantó la tapa del recipiente de poliestireno y contempló la delicia de siluro que había dentro.
Había elegido dos guarniciones —aros de cebolla y hojas de nabo— para acompañar el panecillo de maíz de cortesía.
Cogió el tenedor y el cuchillo de plástico, pero esperó, saboreando el aroma un momento más antes de empezar.
Hacía meses que no pedía comida de Mrs. B’s Home Cooking.
Toda la mañana había soñado con hincar el diente en el pescado frito fresco, hacer crujir los aros de cebolla extra crujientes y empapar un trozo de pan de maíz en el jugo de las hojas de nabo.
Normalmente pedía la comida a domicilio, pero esta vez la había traído él mismo, porque unos aros de cebolla blandos y un pescado frío arruinarían la experiencia Mrs. B’s.
Jenkins había pasado la mañana escribiendo y presentando su informe de campo.
Había sido un buen mes. El día anterior había detenido y procesado a un atracador de bancos, y esperaba pasar una tarde tranquila en la oficina.
Pero primero, tenía que saborear la cena de siluro en la que había pensado durante semanas.
El aro de cebolla crujió ruidosamente cuando sus dientes rompieron el rebozado frito.
Entonces sonó el teléfono. Consideró dejar que la llamada saltara al buzón de voz, pero con su trabajo, sabía que cada segundo contaba cuando se trataba de perseguir a criminales a la fuga.
—Jenkins —dijo, todavía masticando el aro de cebolla.
—Hola, marshal Jenkins… Digo, Damon… Soy Josh Geary, desde Colombia. Hablé con usted hace poco sobre mi vecino —dijo mirando por la ventana hacia la cabaña de Walter.
—Hola, Josh. Sí, me acuerdo de usted; una foto de su vecino coincidía parcialmente con Raymond Tilley, uno de mis fugitivos. Siento no haber podido ayudarle más, pero la burocracia es lo que es. —La llamada irritaba a Damon, y esperaba terminarla rápidamente.
—Lo llamo porque tengo algo que ofrecerle —dijo Josh.
—De acuerdo, lo escucho.
—Creo que tengo el ADN de Walter Parrish, su cepillo de dientes. —Al otro lado de la línea, Damon dejó su tenedor de plástico.
—¿Cómo lo ha conseguido? —murmuró Damon—. ¡Le dije que nada de hacerse el héroe, ese tipo podría ser peligroso!
—Oh, no. Nadie ha hecho nada peligroso —mintió Josh—. A Walter se le cayó una bolsa de basura del camión delante de mi casa. Supongo que la llevaba al vertedero.
—¿Está seguro de que fue así como ocurrió? —preguntó Damon.
—Por supuesto —dijo Josh—. Si se lo envío, ¿puede analizarlo para obtener ADN?
—Dado que obtuvimos una coincidencia en el reconocimiento facial con las fotos que envió, probablemente pueda conseguir la aprobación para una prueba de ADN. Pero es mejor que lo envíe a la embajada de Estados Unidos en Bogotá. Puede dirigirlo a Mónica López. Es la agregada jurídica de Bogotá.
—¿Qué es una agregada jurídica? —preguntó Josh, confundido.
—Es solo un título elegante para una agente del FBI que dirige una oficina internacional. López decidirá si ordena una prueba de ADN allí mismo en Colombia o si lo envía al laboratorio de Quantico.