15. Capítulo 14 #2
Josh le pasó un rotulador y luego volvió a estudiar el tosco dibujo que Delia había hecho de la propiedad de Santiago.
Un cuadrado ocupaba el centro de la página, representando la cabaña, con la puerta principal, la trasera y las ventanas marcadas.
Una línea irregular que rodeaba la vivienda indicaba un murete de piedra que Santiago había construido alrededor de su parcela.
El dibujo mostraba un pequeño cuadrado, que marcaba un cobertizo, y el estrecho camino de grava, que pasaba por delante de la casa de Josh, luego giraba en una curva cerrada y terminaba delante de la cabaña.
—Oye, ¿qué le estás haciendo a mi cámara? —protestó Josh mientras Delia pintaba la carcasa del dispositivo con el rotulador.
Ella siguió pintando y dijo:—Tiene que ser negra. Recuerda, Santiago lo pintó todo de negro ahí arriba: la cabaña, el cobertizo, incluso el muro de piedra. Si la cámara es negra, Walter nunca se dará cuenta. Al menos en teoría.
—¿Dónde la vas a poner?
—Santiago hizo el muro con piedras, cemento y botellas viejas de vino y licor.
Pero no pintó los culos de las botellas, así que es como multicolor.
Además, tiene algunos huecos en la mampostería.
Dejó espacios para que los pájaros pudieran hacer nidos en el muro.
Si consigo encajar la cámara en uno de esos huecos, la lente parecerá una de las botellas, al menos desde lejos.
El disfraz perfecto, ¿no te parece? —dijo, esbozando una sonrisa.
Josh volvió a mirar el mapa y dijo:
—Eso espero. ¿Has llegado a entrar en la cabaña?
—Sí —dijo ella, dejando la cámara en la encimera—. Santiago me la enseñó justo después de que comprara mi parcela. No es lo que me esperaba.
Josh levantó la vista.
—¿Y cómo es?
—Es una única estancia, con cocina, cama y zona de estar, además de un baño anexo.
Dos de las paredes están cubiertas de estanterías del suelo al techo que Santiago hizo con restos de madera.
Tiene libros de todas partes: Colombia, Brasil, Alemania, Italia, España, Estados Unidos…
de donde se te ocurra. No me lo podía creer.
—¡Dios mío! —dijo Josh, asombrado—. ¿Qué tipo de libros?
—De todo tipo. Novelas, poesía, historia y muchos libros de arte y arquitectura. Y se los ha leído todos. Me dijo que solo habla español, pero que, de algún modo, puede leer y entender la mayoría de los idiomas.
Josh negó con la cabeza.
—Jamás me habría imaginado algo así. Sobre todo viniendo de un hombre que todo el mundo cree que está loco.
—Ah, y tiene una bodega —dijo Delia, asintiendo.
—¿En serio? Nunca he visto una bodega en esta parte de Colombia.
Delia negó con la cabeza.
—Yo tampoco. Es pequeña, para guardar comida.
En el suelo de la bodega hay una tapa redonda de madera.
La quitó para enseñarme un foso de casi dos metros de hondo con paredes de piedra.
Santiago dijo que, hace siglos, las granjas italianas tenían fosos así.
Se supone que los roedores no bajan al foso, así que lo cavó para guardar arroz y otros cereales.
—Santiago construyó un sótano de conservación. Es increíble. —A Josh se le abrieron los ojos como platos cuando su propio comentario despertó un pensamiento aterrador—. Oh, no. ¿Sabrá Walter que existe ese sótano?
Delia ladeó la cabeza y entrecerró los ojos.
—Probablemente. Se accede levantando una trampilla en mitad de la cabaña. La trampilla se ve desde la estancia. ¿Por qué?
—Porque Raymond Tilley retuvo a Libby Motson bajo tierra, en un refugio para tormentas —dijo él con expresión de pánico.
A Delia se le desencajó la mandíbula.
—¡Dios mío! —dijo—. Recuerdo haberlo leído en los artículos que me diste. Si Walter es Raymond Tilley, ¿crees que piensa empezar su juego otra vez aquí ?
Josh sopesó la pregunta.
—Quizá ya lo ha hecho y no nos hemos enterado. ¿Has oído algo de niños desaparecidos en los últimos meses?
—No —dijo Delia—. Pero tampoco he prestado atención a las noticias. Cuando instalemos la cámara podremos vigilarlo, ver si mete o saca a alguien de la cabaña.
—Creo que tenemos que seguir adelante con esto.
—Claro que sí —dijo ella, triunfante—. Yo me encargo de lo del espionaje; tú solo tienes que vigilar.
***
Eran casi las tres de la tarde cuando la camioneta de Walter pasó a toda velocidad en dirección a El Tisbe.
«Démosle unos minutos para asegurarnos de que no regresa enseguida», dijo Josh.
El plan era bastante sencillo: instalar una cámara en el jardín de Walter y salir de allí pitando. Pero no sabían cuándo volvería.
—El viejo pervertido seguramente irá al burdel otra vez —dijo Delia mientras empezaban a caminar por el camino de grava.
Habían decidido no ir por la carretera directamente hasta la cabaña de Walter por miedo a que alguien los viera desde lejos.
En su lugar, caminaron en la otra dirección, lo que requeriría que Delia retrocediera, pero así podría permanecer oculta entre los cafetales hasta llegar a la cabaña.
—Puede, o quizá solo vaya al puesto de verduras que hay más adelante. Tenemos que darnos prisa.
— Yo tengo que darme prisa, querrás decir —dijo ella, con una mirada de reproche.
—Y recuerda, solo instala la cámara y vete —dijo con el ceño fruncido por la aprensión—. Que no se te ocurra intentar entrar en la cabaña.
—Ya hemos hablado de eso —dijo Delia, suspirando con exasperación—. Ya te he dicho que no intentaré entrar.
La pareja se detuvo a pocos metros de la casa de Josh. Él miró a ambos lados y luego dijo:
—Vale, despejado.
Observó cómo Delia se colaba por la valla de alambre de espino y se adentraba en el cafetal. Las ramas cargadas de cerezas de café, casi listas para la cosecha, se doblaban hacia el suelo.
Al acercarse a la cima de la colina, Delia se detuvo agitando los brazos, al toparse de cara con la tela de una araña de jardín.
Se tapó la boca para ahogar una risita. Joder, me asusto de mi propia sombra, pensó.
Se giró para ver a Josh al pie de la colina y le levantó el pulgar para indicarle que todo iba bien.
La pendiente se niveló en la cima, donde Delia giró bruscamente a la derecha, en dirección a la cabaña.
— ¿Estás bien ahí arriba? —escribió Josh.
— Todo bien. Me he metido en una telaraña, jajaja —respondió ella—. Ya casi estoy en la cabaña.
Josh se sentía demasiado expuesto de pie en el estrecho camino de grava de un solo sentido.
Quería acercarse a la carretera principal para avisar a Delia con más antelación si veía regresar a Walter.
Y temía que si Walter lo veía en el camino, intentara atropellarlo con la camioneta.
Necesitaba apartarse, ir a un lugar donde pudiera esconderse, pero sin dejar de ver la carretera.
Conocía el sitio perfecto, a unos cien metros más adelante, donde el camino lindaba con un pequeño arroyo rodeado de altos bambúes.
*
Delia se abrió paso entre las ramas de los cafetos.
Atravesar las hileras había ralentizado su avance, pero era la mejor manera de llegar a la cabaña sin ser vista.
Siguió adelante, pisó otro sendero de tierra y luego se detuvo en seco.
A sus pies, una serpiente de coral se deslizaba, casi tocando la puntera de su zapato.
Respiró hondo, esperando que, si mantenía la calma, no asustaría a la serpiente.
Cuando por fin pasó, relajó los hombros y la tensión de su cara al exhalar.
*
El camino bajaba un poco y luego giraba bruscamente.
Josh ladeó los pies, intentando no resbalar y caerse en la grava mientras bajaba la pendiente.
Al final, un arroyo corría embravecido a su lado.
Solo tenía un metro de ancho y sesenta centímetros de profundidad, pero el deshielo de la cordillera cercana había creado un feroz torrente de agua.
Tras saltar el arroyo, Josh se abrió paso hasta un pequeño claro en el bosque de bambú.
El lugar reducía su visión de la carretera, pero le daba una posición ventajosa desde la que podría avisar antes a Delia si Walter regresaba.
Veo el muro y el jardín —escribió Delia—. Voy a entrar.
Josh no respondió. El plan era que Delia llegara al muro, colocara la cámara y saliera lo antes posible.
No quería distraerla enviando un mensaje innecesario.
Levantó la vista y apenas pudo ver las copas de los tallos de bambú que lo rodeaban.
A través de los claros, podía ver el cielo nublado, pero las sombras oscuras ocultaban la vida a ras de suelo.
Los pájaros cantaban a lo lejos, pero el sonido del agua impetuosa ahogaba todos los demás ruidos.
*