15. Capítulo 14
Valle de Cortés, El Tisbe, Colombia
Josh se puso en cuclillas y fijó el sensor de seguridad en la parte inferior del marco de la puerta. A continuación, agarró el pomo y abrió y cerró la puerta para asegurarse de que el sensor estaba bien alineado. Instalación completada.
—¿Estás rezando o se te ha caído una lentilla? —preguntó Delia, cerniéndose sobre él.
Josh dio un respingo sin haberse dado cuenta de que había llegado.—¡Quieres dejar de hacer eso! —gruñó—. ¿Es que quieres matarme de un susto? Y ya sabes que no uso lentillas. —Se puso en pie y la fulminó con la mirada.
—Entonces ¿qué haces? —preguntó ella con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Instalando sensores en la puerta, ¿qué te parece que hago?
—Ya te lo he dicho, rezar o buscar una lentilla —dijo ella mientras sacaba un taburete de la isla de la cocina.
—Vale, listilla. No te parecerá tan gracioso cuando te enseñe una cosa —dijo él, mirándola de reojo.
—Venga, pues, enséñamela.
—Espera un momento, tengo que terminar esto —dijo mientras se acercaba a la central del sistema de seguridad, que estaba en la parte de atrás de la encimera de la cocina.
Delia cogió la caja del producto y se puso a leer las especificaciones del reverso.—¿Dónde has conseguido esto? Nadie vende estas cosas en El Tisbe.
—Lo compré en Monterey, en Best Buy, cuando volví para esparcir las cenizas de Sofía. Lo estoy instalando ahora —dijo, sin apartar la vista de la central.
—A ver si adivino: fuiste a Best Buy después de ir a Ross Dress for Less a comprar ropa —dijo ella con una sonrisita burlona.
—Sí, compré unas camisetas y unas zapatillas. ¿Y qué?
—¡Lo sabía! Qué cabrón más tacaño —dijo, riéndose—. Seguro que más ropa de skater cincuentón.
—Oye, que encuentro buenas ofertas ahí y me gusta cómo visto —dijo, mirándose la camiseta.
—Olvídalo —dijo Delia, abriendo la tapa de la caja del sistema de seguridad para mirar dentro—. ¿Dónde vas a poner las dos cámaras?
—Todavía no lo he decidido. Aún tengo que averiguar cómo funciona la detección de mascotas. No quiero recibir notificaciones en el móvil cada dos por tres con vídeos de Bowie y Charlie meando en los postes de la valla.
Josh se inclinó sobre la isla de la cocina y tocó la pantalla de su móvil.—Un segundo. Tengo que añadir el último sensor al sistema. —Bajó la vista hacia el teléfono y esperó, observando cómo giraba un circulito. Entonces apareció un cuadro de diálogo que decía «Dispositivo añadido».
—Sabes que hay sistemas mucho mejores que este, ¿verdad? —dijo Delia.
—Sí, pero pensé que este serviría. El sistema venía con dos cámaras y tres sensores, pero compré algunos sensores extra para cubrir todas las puertas y ventanas de la planta baja —dijo, señalando hacia el salón con la mano.
—¿Puedes ver el vídeo en directo?
—Sí, puedo ver el vídeo en directo y grabado a través de la aplicación —dijo Josh, enseñando el móvil.
—¿Por qué lo estás instalando ahora? —preguntó ella, dejando la caja del producto en la encimera.
—¿Tú por qué crees? —dijo él, inclinando la cabeza hacia la cabaña de Santiago.
—Ah, sí, Walter el acosador. ¿Dónde está? No lo he visto acechando en lo alto de la colina, mirando tu casa —dijo, echando un vistazo por la ventana hacia el jardín.
—Se ha ido.
—¿Cómo lo sabes?
—Cuando cortó esos cafetos para espiarme, también dejó a la vista parte de la cabaña. Ven aquí —dijo Josh mientras se dirigía a la puerta y la abría.
Cuando salieron, señaló hacia la cabaña en lo alto de la colina.—¿Ves?
Unos tocones irregulares sobresalían del suelo en lo alto de la pendiente, creando un hueco peculiar en una hilera de cafetos por lo demás frondosa.—Ah, sí, no me había fijado. Estaba demasiado ocupada mirando al psicópata que había delante de ellos.
—Y mira. ¿Ves esa ventana, la de la cocina? —dijo, señalando hacia la cabaña.
—Sí —dijo ella.
—Fíjate en que las contraventanas de madera están cerradas. Solo las cierra cuando está a punto de irse. En cuanto vuelve, abre las contraventanas otra vez, y se quedan abiertas toda la noche.
Delia se encogió de hombros y luego se volvió hacia Josh.—Que las contraventanas estén abiertas no me parece un sistema de alerta a prueba de fallos.
Josh suspiró.—No lo es. Un día, pensé que se había ido y salí a estirar las piernas. Walter estaba en mi puerta, mirando la casa. Y luego, mirándome a mí .
—Tío, eso es espeluznante de cojones —dijo ella mientras se le tensaban los hombros y se le abrían los ojos como platos—. Supongo que es mejor conocer a tus enemigos. Y él cumple todos los requisitos para serlo.
—La cosa empeora. Sígueme —dijo, haciéndole un gesto para que entrara.
El sol entraba a raudales por las ventanas mientras Josh guiaba a Delia por el salón hasta su despacho.
A ella se le abrieron los ojos como platos al entrar por la puerta.
—Has estado ocupado —dijo, recorriendo la habitación con la mirada.
Montones de papeles se apilaban sobre el escritorio de Josh, en su mayoría noticias de periódico sobre Raymond Tilley que había encontrado en internet e impreso.
En la pared, Josh había pegado una foto de baja resolución de Raymond y Martha, que había ampliado de un artículo de periódico, y una impresión en alta resolución de un cartel de «Se busca» del FBI—.
¿Qué es todo esto? —preguntó, señalando la pared.
—Delia, te presento a Raymond Tilley, también conocido como Walter Parrish. Al menos, yo creo que son la misma persona —dijo Josh, cruzándose de brazos.
Delia miró a Josh y luego volvió a mirar el cartel de «Se busca». Inclinándose sobre el escritorio, se quedó mirando la cara de Tilley.—Es difícil de decir, ya que este tipo tiene el pelo rapado y no lleva barba, pero este tal Tilley se parece mucho a Walter. ¿Cómo has encontrado esto?
—Tuve un poco de ayuda del Cuerpo de Alguaciles de Estados Unidos.
Delia se quedó boquiabierta y sus ojos se abrieron como platos.—Tío, cuéntamelo todo.
Josh le resumió su conversación con el alguacil Damon Jenkins y le explicó que, treinta años antes, el estado de Alabama había acusado a Raymond Tilley de secuestrar y violar a una niña y de asesinar a su esposa.
—Las fechas coinciden —dijo Delia, asintiendo—. Walter tiene unos sesenta años, o eso calculo. Y si los crímenes ocurrieron hace treinta años, Walter tendría treinta, la misma edad que tenía Raymond Tilley.
—A mí también me cuadra todo —dijo él, sonriendo, satisfecho de que él y Delia hubieran llegado a la misma conclusión.
—¿Y ha dicho ese tal Jenkins que no pueden intervenir? —preguntó ella, mirando a Josh.
—No, dijo que no pueden actuar ahora, porque la policía colombiana tendría que realizar el arresto. Dijo que no es probable que hagan nada a menos que tengan una coincidencia de ADN.
—¿Y tienen ADN de Raymond Tilley? —preguntó Delia.
—Probablemente. Tienen sus efectos personales, cosas como su peine y algo de ropa. Si tuvieran el ADN de Walter, probablemente también harían pruebas de ADN en los objetos personales de Tilley.
—Entonces la solución es simple. Tenemos que conseguirles el ADN de Walter —dijo ella, arqueando las cejas, decidida.
—¡No, Delia! —dijo Josh, poniéndose rígido—. ¿Has perdido la cabeza? Si Walter es Raymond Tilley, es un hombre extremadamente peligroso. No tienes más que ver los artículos del periódico.
Delia ojeó los recortes de periódico que Josh había impreso, leyendo los macabros titulares: «Predicador carnicero descuartiza a su esposa», «Pastor pedófilo trocea a su mujer», «Santo destripador se fuga».
—¿Me puedo quedar con estos? —preguntó Delia, agitando las hojas.
—He hecho dos copias, una para mí y otra para ti. Prométeme que no harás ninguna estupidez —dijo, con cara de preocupación—. Aunque Walter no sea Raymond Tilley, creo que es peligroso.
—Vale, pero si fuéramos los dos juntos, uno podría entrar en la cabaña y el otro podría esperar fuera —razonó ella, ladeando la cabeza y levantando las cejas.
—¡No! —dijo Josh, negando con la cabeza—. Eso no funcionaría porque no lo veríamos llegar hasta que estuviera delante de la cabaña con el coche.
—Entonces podrías esperar aquí abajo y avisarme si lo ves subir con su camioneta. Podría llevarme a Machete Man para que se quede fuera vigilando —dijo ella, segura de sí misma.
—¡No! —protestó Josh—. No sabemos con certeza que Walter sea Tilley. No quiero que nadie más que tú y yo sepa nada de lo que hemos descubierto. Además, ya sabes lo inestable que está Machete Man a veces.
—Lleva un tiempo bien.
—¿No te acuerdas de cómo estaba justo antes de que Sofía y yo nos mudáramos de El Tisbe? —preguntó él, con el rostro desencajado.
—Sí, me acuerdo. ¿Qué decía, que el hijo del alcalde lo había violado y que la policía quería matarlo?
—Entre otras cosas. Prométemelo, Delia, que no intentarás hacer ninguna estupidez —dijo Josh, suplicando que entrara en razón.
—Vale, vale, no lo haré. Oye, me tengo que ir —dijo, echando un vistazo a su móvil—. Ya casi es hora de llevar a mi abuela al médico, pero volveré por la mañana.
Josh y Delia salieron del despacho y cruzaron el salón. Al acercarse a la puerta principal, Delia se detuvo.—Eh, eh, eh, espera un momento —dijo emocionada—. ¿Qué alcance tiene tu equipo? —preguntó, señalando la caja del sistema de seguridad que había en la encimera de la cocina.
—Según las instrucciones, los sensores deberían funcionar si están a un máximo de ciento cincuenta metros de la central y las cámaras hasta a noventa metros.
—¡Perfecto! —dijo Delia con una sonrisa maliciosa—. Tío, tengo una idea. Creo que te va a gustar.
***
—Pásame un rotulador negro —dijo Delia, sosteniendo una de las pequeñas cámaras de seguridad en la mano.