Vengando a Sofía (Valle de Cortés 1) 14. Capítulo 13 #2
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14. Capítulo 13 #2

Mientras volvía a colocar el candado en la puerta del trastero, miró hacia el campo en dirección al bosque del fondo del solar.

Alzando la vista al cielo, vio densas nubes negras que se acercaban y supo que venía tormenta.

Perfecto: un poco de lluvia ablandaría la tierra para la tarea de mañana por la mañana.

Tras echar la pala y el machete en el maletero del Taurus, se deslizó tras el volante y puso el dinero en el asiento del acompañante, junto a una bolsa de plástico que contenía la cena de la chica.

*

Libby había pasado el día haciendo lo de siempre: intentando zafarse de la cinta americana que le ataba las muñecas.

Claro que fracasó. El hombre usaba siempre una cantidad generosa de cinta, dándole vueltas con fuerza para asegurarse de que no pudiera escapar.

Necesitaba romperla por completo. Si fallaba pero dañaba la cinta en el intento, él se daría cuenta y la azotaría con su cinturón de cuero.

Ya había tenido suficiente de ese maltrato en los primeros días de cautiverio.

Todo parecía un esfuerzo estéril, que la llenaba de dudas, pero sabía que tenía que seguir intentándolo.

Estaba segura de que era la única manera de salir con vida de aquel agujero húmedo que era su prisión.

Libby se encogió, y cucarachas cruzaron el suelo a toda prisa cuando Raymond abrió las puertas del refugio contra tormentas.

Bajó con zancadas los peldaños de madera y tiró una bolsa de plástico al suelo, aún con su ropa de los domingos, tal como Libby lo recordaba vestido en la estación de tren.

—Inclínate hacia delante —dijo mientras sacaba una navaja Buck plegable del bolsillo del pantalón.

Libby obedeció, como siempre hacía. Alargando la mano hacia la cintura de la chica, pasó el filo de la navaja por la cinta americana.

Las manos de ella se separaron de golpe y se las llevó al regazo.

La cinta chirrió al despegarla de las muñecas, con la piel en carne viva y pequeñas llagas formándose.

—Incorpórate —dijo con el ceño fruncido. Libby hizo lo indicado y se quedó inmóvil mientras Raymond le retiraba la mordaza de la boca. Pasó el pie por el suelo de tierra, arrastrando la bolsa de plástico hasta sus pies—. Cena. No tengo mucho tiempo esta noche, así que come deprisa.

Libby abrió la bolsa para ver qué delicias le aguardaban aquella noche.

Una lata de sardinas, una bolsa de patatas fritas y una Coca-Cola.

Nada mal, si consideraba lo que le tocaba algunos días.

Una mañana él le había traído un paquete de galletas rancias, que probablemente había cogido de su despensa en casa.

Al menos las sardinas le proporcionarían algo de proteína.

Necesitaba mantener las fuerzas. Libby abrió la lata de Coca-Cola y dio un gran trago.

Estaba caliente, pero no importaba. Cualquier líquido era bienvenido después de pasar todo el día sin beber nada.

Abrió las sardinas y bebió el aceite de la lata antes de sacar con cuidado un trozo de pescado y llevárselo a la boca.

—Muchachita, has recorrido un largo camino desde el día en que nos conocimos —dijo él, mirándola desde arriba, con el rostro impasible—.

Has aprendido mucho y te has portado bien durante tu programa conmigo.

¿No dirías que sí? —Libby alzó la vista, forzó una sonrisa y asintió, como si estuviera de acuerdo—.

Y tengo una gran sorpresa para ti. Mañana es tu día de liberación.

El ácido le subió del estómago y se le quedó atascado en la garganta.

Su mente le ordenó reprimir toda emoción, ocultar el pavor que sentía por dentro.

Desde que había conocido al hombre, no había parado de darle la tabarra con la liberación.

Liberar a otros niños. Liberarla a ella.

No sabía exactamente qué quería decir con aquello, pero sabía que no era nada bueno.

En sus horas más oscuras, suponía que liberación significaba muerte.

Sonrió al hombre, cogiendo otra sardina entre los dedos, intentando disimular los pensamientos horribles que le rugían en la cabeza.

Sabía que solo le quedaban unas horas de vida.

Aquella noche era el único tiempo que le quedaba; tenía que romper sus ataduras y salir de allí.

—Ya basta —murmuró Raymond mientras empujaba el muslo de Libby con la punta del zapato—.

Tengo que irme ya. —Se agachó, sosteniendo la bolsa de plástico abierta frente a ella.

Ella tiró dentro la lata de sardinas a medio comer y la bolsa de patatas fritas, que no había tenido tiempo de abrir—.

Inclínate hacia delante. Las manos a la espalda.

Raymond le envolvió las muñecas con cinta americana.

Al entrar en contacto con las llagas abiertas, ella hizo una mueca y apretó los labios con fuerza para contener un grito.

Le colocó la mordaza de bola en la boca, abrochando los dos extremos de la correa de cuero detrás de su cabeza.

Al incorporarse, Libby alcanzó a ver algo caer al suelo —algo de vidrio o metal—, un diminuto destello de reflejo que duró una fracción de segundo.

Deslizó el pie por encima del objeto antes de que él pudiera verlo.

Sus pisadas sonaron con un golpe sordo mientras subía los peldaños de madera. Libby clavó la vista en el suelo, tal y como él le había ordenado. Como un carcelero maniático, Raymond la fulminó desde su elevada posición. —Duerme bien —dijo mientras cerraba las puertas del refugio.

El espacio se sumió en sombras, pero eso no era un problema.

Libby se había acostumbrado a la oscuridad.

De hecho, se preguntaba si la luz del día, tan dura, la dejaría ciega.

Por un momento, se quedó sentada en silencio, permitiendo que su mente asimilara lo que el hombre le había dicho.

Quería llorar, pero no podía. Un buen llanto le habría venido bien, pero ya no era capaz de sacar ese tipo de emoción.

Oyó el contacto del coche y luego giró la cabeza hacia la puerta para escucharlo alejarse.

Cuando supo que se había ido, se incorporó con cuidado y movió el pie hacia atrás, arrastrando con él aquello que el hombre había perdido. Libby volvió a sentarse, casi encima del objeto. Tanteando la tierra con la mano, lo encontró, y después lo hizo girar entre los dedos.

Es el alfiler de corbata del hombre. La cruz, pensó.

Sabía que no era gran cosa, pero era una herramienta, algo de lo que no había dispuesto hasta ahora.

Quizá pudiera usar la cruz para cortar la cinta americana.

Si lograba liberar las manos, podría quitarse la cinta que le ataba los tobillos y la soga del cuello y salir de allí.

Era un plan con pocas probabilidades de éxito, pero tenía que intentarlo.

Durante años, Libby había vivido en un estado constante de modo supervivencia.

El consumo de drogas de su madre y su crianza negligente habían hecho madurar a Libby antes de tiempo.

Solo podía depender de una persona: de sí misma.

El modo supervivencia tenía ahora un significado nuevo. Ahora era vida o muerte, literalmente.

***

El olor del beicon chisporroteando se extendía por la casa de los Tilley.

Eran las siete de la mañana, un poco más tarde de lo que Martha solía hacer el desayuno, pero eso no importaba; hoy empezaban unas vacaciones de una semana.

Clavó un tenedor en la parte grasa de una tira de beicon y le dio la vuelta.

Otras mujeres quizá usarían pinzas —las cocineras profesionales, desde luego—, pero Martha prefería usar un tenedor, como le había enseñado su madre.

Se inclinó hacia delante e inhaló el aroma tentador. ¡Mmmmmm!

Los panecillos necesitaban unos minutos más de horno y, si había calculado bien los tiempos, como siempre, el beicon estaría listo a la vez.

Luego podría hacer los huevos revueltos, que solo tardaban unos minutos, lo que tardaba el beicon en escurrir el exceso de grasa sobre un papel de cocina, mientras los panecillos se enfriaban hasta una temperatura que no le quemara el paladar a Raymond.

El desayuno era una de las especialidades de Martha.

Claro que también lo eran la comida y la cena.

Mientras otras esposas habían sucumbido a la comodidad de la masa de pan comprada —la que venía en un tubo de cartón que había que golpear contra el borde de la encimera para abrir—, Martha la hacía desde cero.

Era la dueña y señora de todo en la casa.

Su cuarto de baño estaba tan limpio y esterilizado que un cirujano podría operar en el suelo, y sabía quitar las manchas de cualquier prenda.

De hecho, Raymond había llegado a casa unas cuantas veces con una camisa manchada de sangre, que ella limpiaba por completo.

A veces volvía con algún tipo de lesión después de una jornada de pesca o de atender las necesidades de mantenimiento de la iglesia, eso decía él.

También se había ofrecido a curarle las heridas, pero a él le bastaba con su magia quitamanchas y nunca quería disgustarla con lo desagradable de un raspón o un corte.

Raymond estaba de pie en el banco de trabajo del garaje, repasando su colección de herramientas para decidir qué más podía necesitar.

El machete y la pala ya estaban en el maletero del coche.

Ah, bolsas de basura y un poco de cuerda, pensó.

Siempre es mejor envolverlo antes de intentar que quepa en el agujero.

De verdad necesitaba preparar un kit de desecho.

Unas cuantas veces se había olvidado de una cosa u otra y había tenido que ir a la ferretería, por lo general ya cubierto de barro o tierra.

Tenía tiempo de sobra, pero la eliminación le llevaría buena parte de la mañana.