Vengando a Sofía (Valle de Cortés 1) 13. Capítulo 12 #4
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13. Capítulo 12 #4

Libby asintió conforme.—Tengo dos niñas —dijo él—. Marybeth y Anna Michelle. Son más pequeñas que tú, solo tienen seis años, pero estarán encantadas de compartir su cuarto contigo.

Una sonrisa se dibujó en la cara de Libby. Siempre había querido una hermana pequeña; dos sería todavía mejor.—¿Son gemelas?

—Claro que sí. Las niñas más guapas que conocerás. Se parecen a su madre; no son tan poco agraciadas como yo —dijo con una risita—. Espero que te gusten las muñecas, porque tienen una habitación llena.

***

El pastor se abrochó el cinturón.—Ponte el tuyo también. No quiero que te pase nada antes de llegar a casa.

—Ah, sí, casi se me olvida —dijo mientras se pasaba la banda por el pecho—, porque el coche de mi madre ya no tiene cinturones. Solo pagó doscientos dólares por él. Creo que ya faltaban cuando lo compró.

—No deberíamos tardar más de hora y media; menos, si no hay mucho tráfico —dijo el pastor—. Tú relájate; echa una cabezada si quieres.

—Estoy bien. Me quedaré mirando por la ventana. Me gusta ir por el campo de día.

El hombre metió la mano bajo el asiento del conductor y sacó un termo rojo y negro.—Toma, coge. Es té dulce. Mi mujer me lo ha preparado; siempre me manda a mis viajes de misión con el termo lleno. Pero hoy no he bebido nada.

—Gracias —dijo Libby—. No sé por qué tengo tanta sed ahora mismo. Alzó el termo y bebió a grandes tragos, como si se estuviera muriendo de sed.

El pastor sonrió.—Has tenido un día difícil, por eso. Y todas esas patatas no ayudan, tampoco. Con tanta sal…

—Comí mucho, ¿verdad? —dijo, y ambos se echaron a reír.

*

A media hora de Montgomery, el pastor redujo la marcha de su Ford Taurus, se metió por un camino de grava y se detuvo.

Se bajó del coche y caminó unos metros para desenganchar la cadena metálica que cerraba la entrada a la propiedad.

Al avanzar, pensó en volver a ponerla, pero sabía que no hacía falta; no iba a tardar.

Los pedruscos de grava crujían y estallaban bajo el peso del vehículo al pasar junto a un anodino edificio de bloques de hormigón.

Había comprado el edificio cinco años atrás por cuatro perras, después de que el dueño anterior muriera de un infarto.

Delante de la construcción había un pequeño cartel pintado a mano que decía: “Casa de Liberación, Raymond Tilley, Pastor”.

Todavía tengo que encargar un cartel mejor, pensó.

Tine que decir Raymond J. Tilley , con mi inicial del segundo nombre. Eso suena más profesional.

Al llegar el coche al final del camino, siguió adelante, hacia un campo abierto.

La hierba estaba alta —como a él le gustaba—, lo suficiente para ocultar lo que había a lo lejos.

A unos cien metros, un bosque denso marcaba el final del prado y el límite de la propiedad de la iglesia.

Cerca de la línea de árboles, una pequeña zapata de hormigón señalaba el lugar de una casa ahora calcinada.

Y, a pocos metros de la zapata, unas puertas dobles de madera de un refugio contra tormentas se alzaban en ángulo.

Raymond aparcó el coche a unos pasos de las puertas del refugio y apagó el contacto.

Al bajarse, escudriñó la zona en todas direcciones.

No había nadie a la vista. No era de extrañar.

La vieja cimentación y el refugio se encontraban al fondo de un solar enorme, junto a una carretera rural desierta.

Los letreros de “Propiedad privada” y “Prohibido el paso” habían cumplido su función.

Tampoco había motivo para que nadie fuera allí.

No había mucho que ver entre la hierba alta, salvo que uno quisiera cazar ratas, y la mayoría tomaba la iglesia por un edificio abandonado.

Claro que a los adolescentes podía apetecerles pasar el rato en la losa de hormigón, fumando marihuana y magreándose, pero tenían opciones mucho mejores.

Podían conseguir carnés falsos e irse a una discoteca de Montgomery o colocarse en las orillas de alguno de los arroyos y ríos de la zona.

El pastor abrió la puerta del copiloto y miró hacia abajo, a Libby.

Dormía como un tronco. La droga que había mezclado con el té helado había hecho efecto.

Era perfecta para un día caluroso como este, mucho más tentadora que una Coca-Cola.

Se acercó al refugio y, agachándose, agarró el aro metálico que hacía de tirador.

Las puertas no tenían cerradura para asegurarlas.

Al fin y al cabo, él era el único en la iglesia que sabía que el refugio existía, y siempre aseguraba el contenido que a veces guardaba allí.

Raymond se inclinó sobre el asiento del pasajero y tomó a Libby en brazos.

Es ligera como una pluma; esta vez ni me fastidiaré la espalda.

Con cuidado, bajó por los peldaños de madera, avanzando despacio para evitar un traspié y una caída.

El rostro de Libby parecía sereno, en paz, mientras Raymond depositaba su cuerpo en el fresco suelo de tierra y la inmovilizaba.

—Duerme bien, señorita Libby. Mañana te pondremos en camino hacia la liberación.