Vengando a Sofía (Valle de Cortés 1) 13. Capítulo 12 #3
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13. Capítulo 12 #3

El pastor asintió mientras la mujer sonreía y se alejaba.—Cree que soy tu hija —dijo Libby con una risita—. Qué gracioso.

—Entonces, cuéntame tu vida, Libby.

Se encogió de hombros.—Solo voy al cole. Me encanta mi cole.

—¿Cuál es tu asignatura favorita?

Puso los ojos en el techo.—No lo sé. Probablemente Inglés.

El pastor se echó a reír.—¿De veras? Esa era la que menos me gustaba.

—Ay, te encantaría Inglés como lo da la señorita Jackson. Nos pone buenos libros para leer.

—¿Como cuáles? —preguntó.

Miró hacia un lado, sopesando la mejor respuesta.—Acabamos de leer Mujercitas . Me encantó, pero era demasiado largo. La señorita Jackson nos lo mandó para las vacaciones de invierno para que nos diera tiempo a terminarlo.

Una lectora, pensó él. Para Satanás, los libros son como una puerta abierta.

—También leímos El Diario de Ana Frank . Estaba bien, pero me hizo llorar —dijo, dejando caer la mirada.

—¿Por qué? ¿Porque tuvo que esconderse en el desván?

—Sí —dijo con autoridad—. Eso está mal, como estar encerrada en una cárcel. Luego de verdad tuvo que ir a prisión cuando los nazis encontraron a su familia.

—Ya, pero ¿no crees que el desván la liberó en cierto modo? —preguntó.

—¿Qué significa eso?

—Liberar. Significa dejar en libertad. ¿No crees que esconderse en el desván liberó a Ana? Al menos la liberó para convertirse en escritora.

—¡No! —dijo Libby, enderezando la espalda y cuadrando los hombros—. No era libre. Era como una presa. Además, no escribió un libro, solo un diario. No fue un libro hasta después de que ella muriera.

—Hola —dijo una mujer, dejando dos flotadores de Coca-Cola y dos menús sobre la mesa—.

Soy Darla, y seré vuestra camarera. El pastor alzó la vista y esbozó una sonrisa mientras Libby se quedaba mirando al tablero de la mesa.

—¿No eres tú la cosita más guapa? —dijo Darla, mirando a Libby—.

Me gusta tu vestido. Queda precioso con ese pelo rojo tan bonito.

Libby ladeó la cabeza y alzó la mirada, esbozando una sonrisa tímida.—Gracias, señora.

—Ay, cielo, yo soy la Darla de toda la vida —dijo con una sonrisa llena de dientes—. Puedes guardar eso de señora para otra persona. —Echó un vistazo hacia el pastor—. Acaban de recibir los menús; ¿quieren que les deje unos minutos para decidir?

—Yo ya sé lo que quiero —dijo él—. Lo supe en cuanto lo vi. Doble hamburguesa con queso y una ración grande de patatas fritas. ¿Tienen té dulce?

—Por supuesto. Y con rellenado gratis. ¿Y tú, mi amor?

—No sé. A lo mejor solo una hamburguesa pequeña —dijo Libby.

—Pide lo que quieras —dijo él—. Te invito yo. —Alzando la vista hacia Darla, añadió—: Ponle también una ración grande de patatas. Libby se inclinó y sorbió su flotador de Coca-Cola mientras Darla recogía los menús y se dirigía a una puerta con un cartel que decía —Solo personal—.

*

—Ay, qué rico —dijo Libby, aspirando la cremosidad por una pajita—. ¿Cómo dijiste que se llamaba esto?

—Flotador de Coca-Cola. Háblame de tu mamá.

El cuerpo de Libby se tensó, el rostro inmutable, y luego sonrió.—Ay, es tan buena, la mejor madre del mundo entero.

—¿A qué se dedica? Supongo que tiene que trabajar si no hay un papá en casa.

Los engranajes en la cabeza de Libby giraron con facilidad para urdir una historia, como tantas otras veces.—Ay, es contable en un supermercado. No sé exactamente qué hace. Solo sé que tuvo que ir mucho tiempo a la universidad para ser contable.

—¿Tu mamá te lleva a la iglesia? —preguntó el pastor.

Libby se encogió de hombros.—No, la verdad es que no. Está cansada los fines de semana. Ya sabe, con todo el trabajo de contabilidad que hace. Hablaba algo de la Biblia cuando yo era pequeña. Me dijo algo de que los padres tienen que dar azotes a los niños para que no se echen a perder.

—Conozco ese versículo de la Biblia —dijo. “‘ El que detiene el castigo, a su hijo aborrece; Mas el que lo ama, desde temprano lo corrige. ’ Así lo dice la Nueva Versión Internacional. Pero apuesto a que tú necesitas poca disciplina, siendo una muchachita tan mona como tú.

—No sé qué significa, eso de lo “nueva internacional”, pero nunca me meto en problemas.

A medida que la conversación avanzaba y sus patatas fritas menguaban, Libby bajó la guardia.

Seguía pensando que detrás de la fachada del hombre podía esconderse un pederasta, pero, conforme pasaban los minutos, su preocupación se desvanecía.

—Toma, quédate con el resto de mis patatas —dijo, tras comerse el último bocado de su hamburguesa doble con queso. Libby aceptó encantada, asintiendo de placer mientras daba otro sorbo a su Coca-Cola con helado.

—No sé por qué tengo tanta hambre —mintió. En realidad, sabía perfectamente por qué: era su primera comida del día. Llevaba meses sobreviviendo a base de fideos ramen, hamburguesas con queso del menú de un dólar de McDonald’s y lo que pudiera pescar de un cubo de basura de restaurante.

—Cómetelo todo, y si quieres más, no tengas miedo de pedir.

Mientras mojaba la última patata en el charco de kétchup que había escanciado del bote de condimentos, agachó la cabeza. El cuerpo le temblaba mientras sollozaba y, a ratos, parecía que se quedaba sin aire. El hombre se inclinó sobre la mesa y le cogió la mano.

—Eh, no pasa nada. ¿Por qué lloras? ¿He dicho algo que te haya molestado?

—No —dijo, alzando la cabeza mientras un río de lágrimas le surcaba la cara—. Eres tan amable conmigo. Nadie ha sido nunca tan amable conmigo, y yo no he hecho más que mentirte.

—No, no —dijo el pastor, apretándole la mano para consolarla—. No tienes por qué avergonzarte. Ninguno dice la verdad todo el tiempo, sobre todo si teme meterse en un lío. Tú cuéntame lo que te pasa, pero solo si quieres.

Libby echó la cabeza hacia atrás y respiró hondo.

Casi nunca lloraba. Ese era un lujo que una chica como ella no podía permitirse: alguien que vivía siempre en guardia, siempre en modo supervivencia, una chica que tenía que hacer de sus propios padres y hacer lo imposible por mantener unida a su familia de dos.

Pero, en un solo día, había abandonado esa lucha interminable.

—Mi mamá no es contable. Ni siquiera trabaja. Al menos, ahora mismo no. La mayor parte del tiempo se queda tirada en nuestra caravana, drogándose con gente que no conozco. Ni creo que ella los conozca; solo tienen lo que quiere. Más drogas.

Es perfecta, pensó el pastor. Es una bendición del Señor.

—Respira hondo otra vez y relájate —dijo—. Nos sentamos aquí y lo resolvemos juntos.

—No puedo volver allí. No puedo —suplicó, con el rostro empapado en lágrimas y enrojecido de pena.

Libby le relató su vida reciente mientras el pastor escuchaba con paciencia.

La adicción de su madre y su puerta giratoria de novios.

Acostarse con hambre, hurgar en cubos de basura cuando el ansia se hacía insoportable y mirar con envidia a sus compañeros devorar bocadillos de mantequilla de cacahuete y mermelada preparados por sus madres.

Escapadas nocturnas de un pueblo a otro para evitar los golpes de caseros furiosos.

Fiestas hasta el amanecer, gente abarrotando cada rincón de su pequeña caravana, y ella refugiándose bajo la tarima para huir de todo.

Terminó su relato con los hechos de la noche anterior, omitiendo lo de la ducha de orina al amanecer.

Hay cosas demasiado embarazosas como para contárselas a nadie.

La cabeza de Libby volvió a caer. El pastor se inclinó sobre la mesa, con el pecho casi rozando la superficie.

Le cogió la otra mano y la miró directamente a los ojos.

—No te preocupes, Libby. El Señor te quiere, y yo te quiero.

Voy a ayudarte. No te voy a devolver con tu mamá, y no voy a llamar a la policía.

—Gracias —dijo, casi en un susurro. Se sentía agotada mental, emocional y físicamente.

Necesitaba rendirse con desesperación, dejar que otra persona tomara las riendas de su vida, aunque fuera por un momento.

Ahora, tenía la certeza de que alguien que se preocupaba por ella había entrado en su vida, alguien que nunca la haría daño ni la trataría como si fuera un mueble.

—¿Por qué vas a Birmingham? —preguntó él.

—No voy. Necesito ir a Columbus, Ohio, o cerca. Mi abuela vive allí.

—¿Sabe que vas? ¿La has llamado ya?

Libby miró fijamente la mesa, con el labio inferior temblándole.—No, no tengo su número. No la he visto ni he hablado con ella desde que era pequeña. Pero sé dónde encontrarla.

Alabado sea el Señor, una bendición de verdad, pensó, casi incapaz de disimular su satisfacción.

—Bueno —dijo—, voy a liberarte, señorita Libby.

Soy tu libertador, enviado por el buen Señor del cielo.

He liberado a niños como tú por todo Alabama, hasta en Tallahassee.

Es parte de mi misión, la misión del Señor.

Pero, cariño, no tienes dinero y necesitas un plan.

Libby asintió sin decir una palabra, agradecida de dejar que otra persona tomara las riendas de su vida por un rato. Al menos hasta poder llegar a Circleville, Ohio, y reunirse con su abuela.

—Mira, ya sé cómo hacerlo. Te llevaré a Birmingham.

Así puedes coger un autobús directo a Columbus sin tener que hacer transbordo.

Incluso haré todo lo posible por encontrar el número de tu abuela para que puedas avisarla de que vas.

A Libby volvieron a llenársele los ojos de lágrimas, esta vez de alegría.

El pastor se inclinó por encima de la mesa y le posó suavemente la mano en la mejilla.

—Escucha, tengo que ir a Birmingham a primera hora de la mañana a una conferencia del clero.

¿Qué te parece quedarte esta noche en mi casa, darte una buena cena caliente —mi mujer cocina de maravilla— y mañana, después del desayuno, nos ponemos en marcha?