Vengando a Sofía (Valle de Cortés 1) 13. Capítulo 12
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13. Capítulo 12

Con la intensidad de una leona acechando a su presa, Libby Motson miraba el rayo de luz que se colaba por una rendija estrecha entre las puertas.

Pero Libby no era una cazadora. Era la última víctima de su depredador.

La luz era el único sistema de alerta temprana en el refugio subterráneo contra tormentas.

Una interrupción de la luz podía significar que el hombre se acercaba, o que un perro o un animal salvaje husmeaba a ras de suelo.

Un torrente de luz siempre precedía su llegada, cuando abría las trampillas y bajaba por los escalones de madera.

La mordaza de bola en la boca le amortiguaba los gritos.

Al principio de su cautiverio había intentado gritar de todos modos, pero sus esfuerzos solo le dejaron la garganta en carne viva y le acrecentaron la sed.

La gruesa soga corrediza en torno al cuello le impedía alcanzar la salida, y las ataduras de las muñecas —a la espalda— le volvían las manos inútiles para defenderse o preservarse.

Su captor había utilizado un método simple, pero eficaz, para mantenerla en su sitio.

Con las manos y los tobillos fuertemente sujetos con varias capas de cinta americana y el lazo anclado a la pared, si conseguía ponerse en pie y arrastrarse por el suelo de tierra, se estrangularía antes de llegar a los peldaños.

Y una caída podría partirle el cuello como una ramita.

No fue difícil inmovilizar a Libby. Apenas medía ciento cincuenta centímetros y era de complexión menuda.

Su rebelde melena pelirroja, larga, solía abombarse en la coronilla, algo que detestaba pero que nunca lograba domar.

Solía llevarla recogida en una coleta, porque cuando la dejaba caer sobre los hombros resaltaba las pecas que le cubrían el rostro.

Era joven, pero sus rasgos la hacían parecer aún más aniñada.

No estaba segura de cuánto tiempo llevaba allí abajo.

Dos semanas, quizá más. Había perdido la cuenta tras los primeros días, cuando él le inyectaba algo cada noche.

Cada día era igual. Llegaba antes del anochecer y le desencadenaba las manos el tiempo justo para que bebiera y comiera.

Era lo bastante amable como para dejarla mear y cagar en un cubo en la esquina.

Al menos así describía él sus actos: amabilidad .

Volvía de madrugada, cuando las otras indignidades —las agresiones— eran más brutales.

Sabía lo que era el sexo; lo había aprendido el año anterior en el colegio, cuando estaba en octavo curso.

La profesora de gimnasia les explicó a las chicas de qué iba.

También les enseñó a reconocer una amenaza y cómo evitarla.

Sabía decir que no. Pero ¿cómo iba a decir que no cuando estaba sujeta a una pared bajo tierra, con las manos atadas y la boca amordazada?

Nunca había tenido sexo, ni siquiera había besado a un chico.

Pero ahora sabía cómo se sentía una violación.

*

El hombre era su salvación; al menos eso creyó.

Le había prometido protección, ayudarla a escapar del infierno de su vida familiar de pesadilla.

Su madre era su única pariente cercana, cercana en distancia, no en afecto.

En los últimos meses habían vivido en un parque de caravanas de Montgomery: Libby, Mamá y el novio de Mamá.

Libby no sabía el nombre real del novio; todo el mundo le llamaba CP, diminutivo de crack pipe, por su idilio con el crack.

CP nunca había puesto una mano encima a Libby, ni con rabia ni con agresividad sexual.

Era bastante agradable, cuando no estaba inconsciente en el sofá o en el suelo del salón, pero la mayoría de las veces no era más que un obstáculo que había que esquivar.

Luego, los fiesteros indeseados se multiplicaron.

Empezó cuando la madre de Libby y CP organizaron una fiesta improvisada entre semana.

Desconocidos ocupaban cada rincón de la caravana estrecha, bebían bourbon barato y cerveza y se pasaban pipas de crack.

Libby reaccionó como siempre ante los invitados indeseados: cogió una manta y se acurrucó fuera, bajo la tarima del patio trasero.

Horas antes de conocer al hombre, se había retirado a su escondite secreto para escapar de la bacanal drogadicta de una caravana llena de extraños.

Se despertó justo después del amanecer, quitándose telarañas y polvo del pelo.

Luego llegó la lluvia. Mientras yacía bajo la tarima, un torrente de agua se coló por el hueco entre dos tablas podridas.

Cambió de posición, intentando salir de aquel espacio angosto, pero el agua seguía corriendo, empapándole el pelo, la camiseta y los vaqueros.

Al arrastrarse hasta el césped, alzó la vista y vio a un hombre orinando sobre la tarima, justo encima del sitio donde ella había estado tumbada.

La humillación y la rabia le inundaron la mente.

Sentía físicamente la furia mientras se alejaba corriendo de la caravana, por la carretera, fuera de la verja del parque y hasta la autopista.

Las lágrimas le corrían por la cara —lágrimas de ira, de pena, de desesperación—.

Vagueaba por el arcén, temblando de furia, boqueando cuando la emoción la desbordaba.

No podía volver a casa; eso al menos lo tenía claro.

Durante años, la adicción a las drogas de su madre había marcado el rumbo de la vida de ambas.

Las relaciones sentimentales de su madre rara vez duraban más de unos meses.

Un hombre la dejó cuando él dejó las drogas, algo que ella no pensaba hacer —jamás—.

Otro la usaba de saco de boxeo, y la gota que colmó el vaso llegó el día en que volcó su rabia contra Libby.

Conservar un empleo resultaba igual de esquivo para la madre de Libby.

Normalmente trabajaba en bares de mala muerte, sirviendo copas, pero de vez en cuando, cuando no tenía un aspecto demasiado ajado, aceptaba un trabajo como bailarina exótica.

Pero los tugurios funcionaban como los negocios respetables.

Les importaban los beneficios, tenían facturas que pagar y dependían de trabajadores fiables.

Ella solo sabía asumir un compromiso: era fiel únicamente a sus drogas.

Libby se había acostumbrado a rebuscar la cena en cubos de basura y a huir de casa cuando tocaba pagar el alquiler, cargando el maletero de su ranchera de los setenta en mitad de la noche y conduciendo hasta que se quedaban sin gasolina.

Tengo que irme de aquí. No puedo volver, pensó. No volver nunca.

Sopesó ir a casa de alguna amiga del colegio, aunque solo las conocía desde hacía unos meses.

Quizá los padres de una compañera la invitaran a vivir con ellos.

Era una idea absurda, lo sabía, porque nadie del colegio la había invitado jamás a su casa.

No puedo volver, no puedo. Imágenes de gente de su pasado le cruzaron la mente mientras pensaba desesperadamente a quién podía acudir en busca de ayuda.

Su madre tenía un solo hermano, pero había muerto de una sobredosis de heroína antes de que Libby naciera.

Entonces se acordó de su abuela, Granny Gin.

Libby no había hablado con ella desde los seis años y no la veía desde los cinco.

Pero seguro que tendría compasión de mí, su única nieta.

No tenía número de teléfono ni dirección de Granny Gin.

¿Dónde vivía? Columbus, Ohio? No, no es eso.

Cerca de Columbus, eso sí. Circustown, Centerville, South Columbus? ¡No!

A medida que la desesperanza se asentaba, Libby escudriñó el paisaje urbano en busca de un teléfono público, aunque no tenía a nadie a quien llamar.

Más adelante, en la esquina de un cruce, había un centro comercial alargado, con una peluquería, una tienda de recambios, un estanco, un local de tatuajes, una licorería y una aseguradora.

Pero ni rastro de teléfono público. Examinó los alrededores y vio una tienda Circle K.

Eso es; la tienda tendrá un teléfono público; todas lo tienen.

Caminó con cuidado, intentando no pisar los cristales rotos que sembraban el arcén de la autopista.

El sol estaba ya más alto en el cielo, y el hedor a pis caliente empapando su ropa casi le hacía arcadas.

Al acercarse a la tienda, de pronto afloró el recuerdo huidizo.

Circleland. Circletown. No. Circleville.

Circleville, Ohio. Ahí es donde vive Granny Gin —Circleville, Ohio, en una casita amarilla, con molduras blancas, enfrente de la planta de DuPont donde trabaja.

Exhausta, se metió tambaleándose en un autolavado que había detrás de Circle K.

Hurgó en el bolsillo de los vaqueros y encontró un puñado de monedas de veinticinco centavos.

Sin teléfono en casa, el alijo de cuartos de dólar de Libby y un teléfono público habían sido su salvavidas con el mundo.

De pie en el box del autolavado, Libby echó dos monedas en la máquina.

La manguera larga que colgaba del techo se retorció y vibró a medida que aumentaba la presión del agua.

El empuñamiento de la lanza de agua se le antojó un arma en la mano, lista para apuntar y disparar.

Cuando apretó el gatillo, el agua salió a borbotones con una fuerza tremenda.

Ninguna fuerza era suficiente para lavar el hedor que la vida le había echado encima.

El agua helada le atravesó el pelo, le bajó por el pecho y los muslos.

Sentía el peso de los zapatos, tan cargados de agua que parecían anclados al suelo para siempre.