10. Capítulo 9
Valle de Cortés, El Tisbe, Colombia
Charlie y Bowie corrían a lo largo de la valla, ladrando de alegría mientras la camioneta pick-up roja del señor Sierra se detenía con un derrape delante de la casa.
Montones de suministros agrícolas, provisiones y artículos para el hogar llenaban la caja del vehículo.
Un paquete de varios rollos de papel higiénico coronaba la montaña de compras, y una escoba y una fregona colgaban del portón trasero.
Los Sierra podían ir al pueblo cuando quisieran, pero tenían la costumbre de esperar a haberse quedado sin lo esencial para luego comprar toda una camioneta de productos.
—Ya estás en casa, mi amor —anunció la señora Sierra desde el asiento del copiloto, agitando la mano por la ventanilla.
Josh saltó de la caja de la camioneta, donde había estado sentado en un pequeño espacio que, por lo demás, estaba desocupado, dando tumbos de un lado a otro durante el viaje desde El Tisbe hasta el valle de Cortés.
—Muchas gracias —dijo Josh, acercándose a la ventanilla del lado del copiloto—. Me alegro mucho de haberme encontrado con ustedes. Me han ahorrado una larga caminata a casa.
—Siempre es un placer —dijo el señor Sierra, inclinándose hacia la ventanilla del copiloto—.
Hoy no es un buen día para caminar. Se acerca la tormenta —afirmó, señalando al cielo.
Josh miró hacia arriba y vio un cielo azul y despejado.
Pero sabía que no debía discutirle al señor Sierra sus pronósticos meteorológicos.
—Le tomo la palabra —dijo Josh con una sonrisa.
El señor Sierra asintió.
—Créame, Joshua, lloverá antes de que pase una hora.
—Mañana tendré un pollo para usted, si lo necesita —dijo la señora Sierra.
—Desde luego —respondió Josh—. Todavía quiero aprender a preparar su sancocho.
—Eso es fácil. Pásese un día por mi cocina y le enseño. Nos vemos por la mañana.
—¿Le has hablado del precio? —dijo el señor Sierra.
—Ah, el precio del pollo será un poco más alto —dijo ella—. El coste del pienso casi se ha duplicado este año. —No hay problema —dijo Josh—. Espero verlos mañana.
Bowie y Charlie saltaban de alegría mientras Josh cruzaba la verja con una mochila cargada.
—Un momento, chicos. ¡Tranquilos! Aquí no hay chuches para vosotros.
Bowie se abalanzó por detrás, posando las patas en la espalda de Josh, mientras Charlie se acercaba por delante, saltando y lamiendo a su humano en la boca.
Josh agitó los brazos para defenderse, pero fue en vano, y se rio mientras se dirigía a la puerta principal.
Al mirar por la ventana del salón, vio a Blondie tumbada en un lugar soleado del sofá, contenta de dejar todo el esfuerzo a sus hermanos caninos.
En cuanto abrió la puerta, Charlie y Bowie entraron corriendo.
Charlie siguió a Josh hasta la cocina, con la vana esperanza de descubrir una chuche en el fondo de la mochila de Josh.
Bowie saltó al sofá con la intención de ocupar el sitio soleado, pero cambió bruscamente de dirección cuando Blondie le enseñó los dientes y le bufó.
Así que se dirigió sin prisa a la siguiente mejor alternativa: un charco de luz solar que caía sobre su cama junto a la ventana.
Josh abrió su mochila y volcó la compra en la isla de la cocina.
Mientras clasificaba los productos, decidiendo cuáles debían quedarse en la cocina y cuáles llevar a los baños y al lavadero, un estruendoso trueno le alteró la calma.
Mirando por la ventana de la cocina, vio un espeso nubarrón negro que avanzaba sobre la cordillera oriental.
El señor Sierra tenía razón, como siempre.
Cuando un relámpago brilló en la distancia, Josh se puso en marcha.
—Hay que sacar las plantas, chicos —exclamó, esperando obtener respuesta de al menos uno de sus animales.
Pero no estaban a la vista. Por muy duros y temibles que fueran todos, los truenos y los relámpagos los aterrorizaban.
Empezó su tarea en el segundo piso, reuniendo todas las plantas de interior y llevándolas a la terraza.
Las grandes plantas de la planta baja estaban sobre bases con ruedas, lo que facilitaba su traslado al patio.
Josh siempre evitaba regar sus plantas con el agua dura que suministraba la compañía municipal, porque su alto contenido en minerales nutría a algunas plantas, pero mataba a otras.
Y regar sus plantas con el agua que caía del cielo le permitía conservar las reservas que había recogido en su depósito de recolección.
Justo cuando sacaba la última areca, llegó un torrente de lluvia que empapó el bosque de plantas de interior, ansiosas por refrescarse.
Josh odiaba ver a sus mascotas asustadas, pero sabía que si estaban acurrucadas en sus escondites, podría trabajar en el ordenador sin interrupciones.
Tras coger la cámara de su mochila, se dirigió a su despacho, donde encontró a Charlie y a Bowie acurrucados juntos debajo de su escritorio.
Se dejó caer con un golpe seco en la silla y se detuvo un momento a observar las gotas de lluvia que resbalaban por la ventana.
Era una grata visión. Josh siempre podía contar con los paisajes y los refrescantes fenómenos de la naturaleza para reajustar su psique cuando la tristeza envolvía su vida o la ira destrozaba sus nervios.
Abrió la ranura de la tarjeta de memoria de la cámara y la extrajo.
Tras encender el ordenador, insertó la tarjeta en una ranura del concentrador USB y esperó a que el sistema reconociera los datos.
Seleccionó el contenido de la tarjeta de memoria, lo arrastró a una nueva carpeta en su ordenador y luego esperó pacientemente a que terminara la transferencia.
Unos minutos más tarde, abrió el nuevo archivo en su programa de edición de fotos.
Sus ojos recorrieron rápidamente la colección de más de ciento cincuenta tomas.
Josh estaba ansioso por ver y editar las fotos del funeral y unos cuantos planos abstractos de escaparates que había tomado, pero eso tendría que esperar.
Desplazándose hasta el final de la carpeta, encontró lo que buscaba.
Hizo doble clic en la imagen y esta cobró vida, llenando la mayor parte del monitor de su ordenador.
Era una composición interesante, un plano general que mostraba la vida cotidiana de la calle en los alrededores del mercado, pero el sujeto principal de la foto, Walter Parrish, solo mostraba un perfil de su rostro.
Josh cerró la imagen e hizo clic en la siguiente. Buena, perfecta.
La foto era otro plano general, pero la alta resolución del archivo de imagen le permitiría a Josh ampliarla con una mínima pérdida de calidad de impresión.
Después de hacer zoom para recortar la toma a un tamaño de retrato, se quedó mirando el rostro de Walter Parrish, que le devolvía la mirada, sosteniendo burlonamente la mano en forma de pistola.
Un escalofrío recorrió la espalda de Josh, y se le erizó el vello del brazo. Se agarró las manos mientras le temblaban.
—Ahora la amenaza es real —dijo en voz alta.
Josh se dio la vuelta y miró por la ventana, con la esperanza de despejar su mente y calmar su espíritu cansado.
Una llovizna suave había reemplazado al fuerte aguacero, pero el cielo permanecía oscuro con nubes espesas mientras la última luz del día retrocedía tras el manto de humedad.
Sus ojos se desviaron colina arriba, hacia la cabaña.
A través del espeso follaje de los cafetos, Josh vio diminutos retazos de luz. Walter estaba en casa.
***
Josh se despertó de un sobresalto por un fuerte arañazo que subía desde el piso de abajo hasta su dormitorio.
Mirando por la ventana, vio un tenue tono anaranjado en el horizonte que se fundía con un cielo azul más oscuro por encima.
Cogió el móvil de la mesita de noche y pulsó el botón de encendido para ver la hora.
5:45 de la mañana. Desviando la mirada hacia la derecha, Blondie seguía dormida, acurrucada sobre una manta doblada que siempre le servía de cama de noche.
¡RAS, RAS, RAS! Luego oyó un débil gañido.
Josh saltó de la cama y caminó descalzo hasta la escalera.
Para cuando llegó al último peldaño, se dio cuenta de la causa probable del ruido.
La noche anterior, todavía nervioso por el encuentro con Walter, Josh había encerrado a los perros dentro de casa, por su protección y la suya propia.
Al llegar al último escalón, miró al otro lado del salón y vio a Charlie y a Bowie sentados junto a la puerta, gimiendo y temblando de emoción e incomodidad.
—Lo siento, chicos —dijo, de pie junto a la puerta.
Pero cuando intentó abrirla, no se movió.
Entonces recordó que la noche anterior había echado el cerrojo con la llave, algo que rara vez hacía.
Subió corriendo las escaleras, de dos en dos peldaños, y se detuvo derrapando en su dormitorio.
Cogió los pantalones de una silla, rebuscó en los bolsillos, encontró las llaves y bajó de nuevo la escalera a toda prisa.
Tras abrir el cerrojo, la puerta se abrió de golpe.
—¡Vamos, vamos, vamos!
La pareja salió disparada, Bowie se detuvo a pocos metros de la puerta principal para levantar la pata contra una palma de cera.
Charlie corrió hasta la esquina más alejada del terreno para hacer sus necesidades en un poste de la valla, mientras Bowie bajaba la pata y se ponía en cuclillas para empezar lo que prometía ser una caca de tamaño récord.