Vengando a Sofía (Valle de Cortés 1) 8. Capítulo 7 #3
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8. Capítulo 7 #3

—¿Por qué venderla? Este sitio es excepcional —dijo Josh.

—Porque ya es demasiado mayor para disfrutarla —dijo Simon—. Ya no puede bajar las escaleras. Desde que murió su mujer, y como no tiene hijos, no tiene a nadie a quien dejársela. También va a vender su casa de Carmel y piensa mudarse a un apartamento en una residencia de la tercera edad.

Josh miró por encima del hombro al clan Grafton.

Aunque los Geary ya habían visitado la cabaña una vez, era la primera para Sean y su familia.

Llamarla cabaña era exagerado. En realidad, no era más que una casucha, con agua corriente de manantial, sin electricidad, una letrina y dos pequeños dormitorios.

Los Grafton parecían sobrecogidos por el paisaje, probablemente sintiendo envidia de la buena suerte que le había caído en gracia a la familia Geary.

—Cuando la compre… si es que la compro, tendrás que ayudarme a arreglarla —dijo Simon con expresión severa mientras se volvía hacia su hijo.

—Sin problema, papá, porque esta va a ser una casa genial para fiestas.

—¡Ni hablar, Joshua! —protestó Janet—. Y ni se te ocurra traer a tu novia aquí.

No estoy preparada para tener nietos, y sus padres tampoco.

—Janet no conseguía recordar el nombre de la última novia de Josh.

Era el donjuán de la familia Geary; cambiaba de amada cada semana.

Su actitud poco comprometida cambiaría unos años más tarde, cuando pusiera los ojos en Sofía, la única mujer que lo dejaría prendado a primera vista.

—Madre mía —dijo Sean cuando el grupo puso el pie a nivel de la playa.

—Ya te lo dije —replicó Josh.

—¿Construyó la cabaña el señor Miles? —preguntó Sean.

—No, si te crees lo que dice Miles, la ganó en una partida de cartas en la Mansión Playboy —dijo Janet—. Siempre está contando trolas y verdades a medias. Quizá deberías investigar el título de propiedad antes de soltar nuestro dinero, cariño.

Simon se rio y señaló un lugar en la playa. —Ese probablemente sea un buen sitio para montar las tiendas, hijo. ¿Te acuerdas de hasta dónde llega la marea alta?

—Sí, papá, no te preocupes.

La playa era más profunda de lo que parecía desde lo alto de la escalera.

Se extendía a lo largo de unos cien metros de ancho, pero la base del acantilado se encontraba a más de cincuenta metros de las espumosas olas.

Miles había erigido un cartel de «Propiedad privada.

Prohibido el paso» al principio del camino de tierra, pero Simon dudaba que nadie supiera que la playa y la casucha existían, porque no se veían desde la autopista.

Caminar por la arena seca no era tarea fácil, sobre todo para los padres de Sean, que cargaban con dos neveras Coleman llenas de hielo, fiambre, pollo, perritos calientes y filetes. —Me apetece una cerveza fría —dijo Simon, lanzándole a Josh una mirada para advertirle que no dijera yo también .

—Todavía no tenemos —dijo Janet—. Compraremos cerveza y refrescos cuando vayamos al pueblo. Ya que estamos, podríamos coger un par de bolsas más de hielo.

—¿Alguien quiere que compremos vino cuando vayamos a la tienda? —preguntó Simon, esperando la aprobación de los padres de los Grafton. Ambos asintieron, dibujando una sonrisa en la cara de Simon.

Al rodear una formación rocosa que se elevaba al menos nueve metros hacia el cielo, vieron por primera vez la cabaña revestida de secuoya, pintada de un gris apagado con molduras blancas para camuflarse con el acantilado.

—¡Hala! —dijo toda la familia Grafton al unísono.

—No os emocionéis demasiado —dijo Janet—. Aún no la habéis visto por dentro. Es muy rústica, solo con lo básico. Más bien como ir de acampada que estar en un complejo turístico en primera línea de playa.

—Vamos a necesitar una escoba —dijo Simon, mirando los montones de arena que se habían acumulado en el porche.

—Más bien una pala —dijo Janet.

—No te preocupes —dijo él—. Tenemos ambas cosas en el cobertizo.

Simon giró la llave y el gran candado se abrió de golpe.

Pero, al empujar, la puerta no se movió.

Se inclinó, apoyó el hombro en el centro de la puerta y flexionó las piernas para hacer palanca.

Tras empujar unos segundos, la puerta seguía sin abrirse.

—Acuérdate de lo que hiciste la última vez —dijo Janet—. Eso funcionó.

Simon levantó el dedo índice como si hubiera tenido una gran idea.

En realidad, simplemente se acordó de a qué se refería su mujer.

Agarró el candado con la mano derecha, tirando hacia abajo, mientras empujaba el borde de la puerta con la izquierda.

Se abrió con facilidad, revelando una habitación oscura con las siluetas de algunos muebles.

Janet entró y empezó a abrir las contraventanas que cubrían las ventanas del salón.

A medida que la luz entraba a raudales, millones de partículas de polvo se arremolinaban en el aire.

—Nada que un poco de aceite de codo no pueda solucionar —dijo ella.

Daniel y Rhonda entraron y se quedaron clavados en el sitio, contemplando estupefactos una pared a su izquierda. —Madre mía —dijo Rhonda—. ¿Todas estas fotos están incluidas en la venta?

—Eso espero —dijo Simon—. Miles no tiene a nadie más a quien dejárselas. A no ser que las done al Sindicato de Actores de Cine o a algún museo.

Los Grafton se quedaron boquiabiertos, mirando de un lado a otro, de arriba abajo, las docenas de marcos de fotos baratos que contenían instantáneas de muchos de los reyes y reinas de Hollywood. —¿Es quien yo creo que es? —preguntó Rhonda, emocionada, señalando una foto.

—Lauren Bacall —dijo Janet—, y aquí están Kirk Douglas, Lee Remick, Paul Newman, Audrey Hepburn, Ben Gazzara y Robert Redford. Miles solía dar fiestas de fin de semana aquí. Hay una caja entera con otras fotos en el armario de vuestro dormitorio. Podemos verlas esta noche.

Como la cabaña no tenía electricidad, para mirar las fotos o leer un libro o una revista después del anochecer, necesitarían una buena linterna, algo que ambas familias habían metido en el equipaje.

Por suerte, la cabaña venía equipada con quinqués en todas las habitaciones.

La prioridad de Simon tras comprar la casucha sería instalar un pequeño sistema eléctrico solar, un proyecto que requeriría bajar pesadas baterías y paneles por la ruinosa escalera.

Pero sabía que el esfuerzo valdría la pena, un pequeño precio a pagar por un pedacito de paraíso escondido.

Rhonda cogió una escoba y empezó a barrer el suelo mientras Janet limpiaba las polvorientas ventanas con hojas de periódico viejo y vinagre.

Al mirar por la ventana de la cocina, vio cómo Josh y Sean montaban sus tiendas.

El pequeño Sammy estaba cerca, observando y hablando sin parar.

Recordó cuando Joshua tenía esa edad y se preguntó si Sammy estaría parloteando sobre alguna aventura imaginaria que planeaba emprender por la costa.

*

—¡Cállate ya! —le gruñó Sean a su hermano pequeño, frunciendo las cejas con fastidio—. No, no vamos a ver a Las Tortugas Ninja aquí, porque no existen de verdad.

—¡Que sí existen! —protestó Sammy.

—¡Que no! Eso son cosas de críos.

—No te preocupes, aquí estamos a salvo, Sammy —dijo Josh—. No necesitamos superhéroes, pero debemos tener cuidado por la noche, cuando los simios gigantes deambulan por la playa.

—¡No me digas! —gritó Sammy. Josh le guiñó un ojo al pequeño y miró a Sean, todavía irritado, mientras clavaba una pica de la tienda en la arena.

*

—Probablemente esté bastante limpia —le dijo Simon a Daniel mientras los dos hombres estaban a un lado de la casucha—. La fregamos la última vez que la usamos, pero compruébala de todos modos. —Daniel quitó la lona de la barbacoa de carbón Weber y levantó la tapa.

—Limpia está, sí, pero hay una telaraña gigante aquí dentro —dijo Daniel—. La limpiaré antes de que la encendamos, a no ser que quieras un poco de proteína extra con tu solomillo.

—Paso. Será mejor que abra el gas para que las chicas puedan cocinar las patatas y los macarrones con queso.

—Rodeando la cabaña, Simon se dirigió a la bombona de propano, que llegaba a la altura de la cintura y descansaba sobre un bloque de hormigón justo debajo de la ventana de la cocina.

Giró la llave de la válvula en la parte superior y la agitó un poco. Todavía estaba a más de la mitad.

—Vale, ya podéis empezar —le dijo Simon a Janet, que estaba al otro lado de la ventana de la cocina, ahora abierta—.

Enciende el fogón para ver si funciona. —Mientras Janet se apartaba de la ventana, Simon oyó rascar una cerilla y le llegó un ligero olor a fósforo.

Janet se asomó a la ventana y le hizo a su marido una seña con el pulgar hacia arriba.

Simon regresó al frente de la cabaña cargando con dos tumbonas de playa antiguas de madera y lona. —Siéntate —le dijo, entregándole una silla a Daniel—. Nos hemos ganado un descanso.

Daniel se rio y dijo: —Apenas hemos hecho nada, mientras que nuestras mujeres están currando un montón dentro.

—Por mí no te preocupes.

—Entonces, ¿de verdad vas a comprar esta cabaña?

—Ya la he comprado —dijo Simon.

—¿En serio? ¿Piensas decírselo a Josh pronto?

—Se lo diré cuando volvamos a casa; solo intento generar un poco de expectación —dijo Simon con un brillo malicioso en los ojos—.

Creo que deberíamos convertir esto en un viaje anual de los Geary y los Grafton.

Y podéis usarla los fines de semana siempre que queráis.

—Nosotros también tenemos noticias —dijo Daniel. Miró hacia el mar con una expresión vacía en el rostro.

—¿Ah, sí? Buenas noticias, espero.

—Agridulces, supongo. Nos vamos de Monterey —dijo Daniel.

Simon se quedó de piedra y se revolvió en la silla, pero sonrió para disimular sus sentimientos. —¿Ah, sí? ¿Adónde vais?

—A Orlando. Solicité un puesto de censor jurado de cuentas en Disney World, nivel de vicepresidente, y me han dado el contrato.—Vicepresidente, eso es fantástico —dijo Simon—. Supongo que Rhonda lo sabe, pero ¿se lo habéis dicho a Sean y a Sammy?