Vengando a Sofía (Valle de Cortés 1) 7. Capítulo 6
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7. Capítulo 6

Valle de Cortés, El Tisbe, Colombia

A solas en su casa, Josh hizo entrar a Bowie y a Charlie justo cuando el cielo se abrió y empezó a diluviar.

Accionó el interruptor que había junto a la puerta principal y se encendieron los focos exteriores.

Se quedó un momento de pie, observando cómo las gotas de lluvia se precipitaban a través de los haces de luz, como láseres caídos del cielo.

Aún era temprano, no daban las siete de la tarde, pero no demasiado pronto para inspeccionar la nevera y ver qué podía haber para cenar.

Blondie se sentó delante de la ventana, hipnotizada por las gotas de lluvia que chapoteaban frente a ella.

Bowie y Charlie se acurrucaron en sus camas, adormilados tras zamparse la cena, ajenos ahora al tiempo que hacía fuera.

Josh entró en el salón y colocó un plato con los restos del pollo al curry con coco en la mesa de centro; el intenso aroma inundó la habitación.

Se acercó al mueble de la televisión —una antigüedad de estilo moderno de mediados de siglo que Sofía había comprado en El Tisbe— y abrió la puerta del armario.

Dentro, ojeó una pequeña colección de vinilos y seleccionó un álbum de Sarah Vaughan.

Abrió el compartimento superior del mueble, que ocultaba un viejo tocadiscos.

Josh había heredado los álbumes y el tocadiscos de su abuelo y los había transportado a Colombia poco a poco.

Los conmovedores sones de Vaughan y su trío interpretando September In The Rain llenaron el salón.

La música sacó a Blondie de su hipnosis, y levantó la cabeza para aspirar una bocanada de aire húmedo.

Al mirar a Josh, parpadeó dos veces y luego cerró los ojos, deleitada.

La gatita sentía afinidad por la música jazz, la antigua, no las melodías contemporáneas, y solía mostrar su aprobación quedándose dormida.

A Josh también le encantaba. Le recordaba a su infancia y a su familia.

Sofía había comentado una vez que prefería escuchar vinilos viejos por cómo los chasquidos causados por el polvo y los arañazos enriquecían la experiencia.

Pero a menudo se burlaba de Josh, diciéndole que su gusto musical estaba atrapado en un túnel del tiempo.

Josh se sentó en el suelo, frente a la mesa de centro.

Con una mano empuñaba una cuchara —con la que recogía el sabroso pollo con arroz— y con la otra sostenía la carátula del álbum mientras leía la lista de canciones de la contraportada.

Sofía le había enseñado a Josh a preparar pollo al curry con coco.

Era fácil, sobre todo su versión americanizada, que utilizaba curry en polvo, el único tipo que encontraban en El Tisbe.

Con un poco de sal y pimienta, el sabor te explotaba en la boca, y siempre estaba más bueno después de reposar uno o dos días en la nevera.

La lluvia caía de forma intermitente. Ahora que el sistema de recogida de agua de lluvia estaba terminado, a Josh le entusiasmaba la idea de someterlo a una prueba rigurosa.

Estuvo tentado de accionar el interruptor de la bomba de agua para ver si funcionaba, pero sabía que debía esperar a la mañana siguiente para dar tiempo a que el depósito recogiera más agua.

Josh se metió en la boca la última cucharada de pollo al curry y se acomodó en su sillón favorito.

El sonido de la lluvia lo sumió en un agradable estado de relajación.

Necesitaba algo para aliviar el estrés que se había acumulado desde que había regresado de California.

Esparcir las cenizas de Sofía había completado su vínculo terrenal con ella, algo que nunca soñó que tendría que hacer.

*

El primer relámpago y el primer trueno llegaron sobre las nueve.

El lejano espectáculo de fuegos artificiales dibujó una sonrisa en el rostro de Josh mientras miraba a través de las ventanas que se alzaban hasta el techo.

Parecía tan mágico… Blondie, Bowie y Charlie se despertaron parpadeando, pero se quedaron en sus camas, relajados con los sones de la música y el chapoteo de las gotas de lluvia.

En cuestión de minutos, la tormenta se acercó.

Un rayo surcó el cielo y cayó en el campo que había frente a la casa.

Blondie subió corriendo las escaleras, dirigiéndose a su lugar seguro bajo la cama de Josh.

Charlie y Bowie se retiraron al cuarto de la colada, donde se acurrucaron en un rincón bajo el fregadero.

Un trueno rugió sobre sus cabezas e hizo temblar las ventanas del salón mientras la lluvia golpeaba el tejado metálico.

Otro relámpago surcó el cielo, seguido de un estruendoso trueno, y entonces la casa se sumió en la oscuridad.

No era la primera vez que Josh se enfrentaba a un apagón en Colombia.

Sofía y él habían soportado muchos cuando vivían en El Tisbe, algunos de pocos minutos, otros de varias horas o más de un día.

Josh se puso en pie y esperó a que otro relámpago le iluminara el camino hacia la cocina, donde guardaba una linterna recargable.

Cuando llegó el destello, dio unos pasos antes de que la oscuridad volviera a engullirlo.

En la negrura absoluta, Josh avanzó arrastrando los pies hacia la cocina hasta que la puntera de su zapato tropezó con la base de un armario.

Apoyó las manos en la encimera y las deslizó por su superficie.

Cuando sus dedos rozaron el taco de cuchillos de madera, supo que encontraría la linterna en el cajón de debajo.

El brillante haz de la linterna lo guio hasta su despacho.

Cogió el móvil y un pequeño altavoz Bluetooth.

El apagón había inutilizado su equipo de música, pero aún podía capear el temporal con parte del contenido de audio que había descargado en su teléfono.

De la mesa que había junto a la puerta del despacho, cogió una pequeña lámpara de mesa recargable que Sofía había comprado para emergencias.

—Si vamos a estar a oscuras durante una tormenta, más vale que tengamos una iluminación bonita —había dicho ella.

La lámpara era muy atractiva. Y también práctica.

Josh podía recargar la lámpara de escritorio con una de sus baterías externas y ahorrar la batería de la linterna, que tendría que enchufar a una toma de pared para recargarla.

Al volver a la cocina, Josh encendió el altavoz Bluetooth y se desplazó por el archivo de audio de su teléfono.

Más vale que lo disfrute , pensó mientras seleccionaba un episodio de un viejo programa de radio de terror que había descargado de internet.

¡Perfecto! Con todos los traumas que había experimentado en su vida, Josh se preguntaba cómo podía seguir disfrutando de la ficción de terror.

Después de toda una vida leyendo a autores como Stephen King, Anne Rice y Clive Barker, seguía enganchado a las emociones fuertes y los escalofríos.

Josh cogió una cerveza de la nevera y una bolsa de platanitos fritos caseros de la señora Sierra y regresó al salón.

Mientras se sentaba en el sofá, se preguntó si debería haber traído las otras cuatro latas de cerveza que había en la nevera.

No hay por qué dejar que la cerveza fría se caliente.

Un apagón inesperado era una excusa tan buena como cualquier otra para pillar un puntillo.

Josh se dejó caer en el sofá y se colocó la bolsa de platanitos en el regazo.

Abrió la anilla de la lata de cerveza Club Colombia y bebió un trago largo y lento.

Metió la mano en la bolsa de papel, que tenía unas cuantas manchas de grasa, y sacó un platanito.

Alternar el crujido de un platanito con un sorbo de cerveza producía una combinación perfecta de sabores salados, dulces e intensos.

La música siniestra que acompañaba a los créditos iniciales del programa de radio pasó a un segundo plano cuando el narrador comenzó el relato.

«Era una noche oscura y de tormenta. John mira bajo el capó de su coche averiado mientras Betty, a su lado, le recrimina no haber cogido la autopista en lugar de aquella desolada carretera comarcal.

Más adelante, Betty ve el resplandor de una luz procedente de una granja en la colina… ».

Nunca cojas las carreteras secundarias en una noche oscura y de tormenta.

¡Idiotas! Josh rebuscó en el fondo de la bolsa y sacó el último platanito.

Bebió las últimas gotas de cerveza y agitó la lata, con la esperanza de encontrar más.

Volvió a la cocina y sacó el resto de las cervezas de la nevera.

Cuando se disponía a volver al salón, se detuvo, preguntándose si debía continuar su atracón haciendo palomitas en la cocina de gas.

Un relámpago iluminó las colinas lejanas y pintó de un inquietante tono azul el campo más allá del jardín.

Contempló el horizonte, maravillado por la fuerza de la tormenta, antes de verter aceite vegetal en una sartén.

Mientras buscaba las palomitas en un armario, otro rayo se extendió por el cielo como ramas que brotan de un árbol.

El granizo golpeaba el tejado metálico mientras las palomitas se hacían en los fogones.

Desde el salón, Josh oía los gritos de los actores que interpretaban a John y Betty al enfrentarse a un asesino enloquecido que se dirigía hacia ellos.

Josh rio y agitó la sartén para evitar que las palomitas se quemaran.

Mientras los granos reventados repiqueteaban contra la tapa metálica, se inclinó sobre la cocina para saborear el olor fresco del aceite vegetal caliente y el maíz terroso.