Vengando a Sofía (Valle de Cortés 1) 5. Capítulo 4 #2
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5. Capítulo 4 #2

La bolsa de la cámara de Josh rebotaba contra su costado mientras caminaba levantando mucho las piernas entre la hierba alta del prado.

En la mano derecha llevaba algunos trozos de basura que había recogido junto al río y el sendero, sobre todo bolsas de plástico que probablemente habían llegado volando desde El Tisbe o las granjas cercanas.

En la mano izquierda, aferraba la sandalia de cuero embarrada.

Vislumbró brevemente a Bowie y a Charlie mientras saltaban por la hierba antes de detenerse en una pendiente frente a su casa.

Los perros sacaban la lengua, jadeando, y Josh notó su respiración agitada.

Charlie ladraba continuamente antes de que Bowie se uniera.

Detrás de él, Josh oyó un crujido en la hierba.

Se giró y vio a Rafi ganando terreno tras él, con un palo del tamaño del mango de una escoba en la boca.

Josh se detuvo y se rio. ¿Cómo habrá subido eso por el sendero?

Charlie bajó corriendo la colina y saltó por la hierba.

Josh esperaba otra lucha de poder por el palo de Rafi, pero se sorprendió cuando Charlie agarró el extremo para ayudar a su amigo a llevar la carga.

Josh y los chuchos llegaron al borde de su jardín al mismo tiempo. Se detuvo para recuperar el aliento y contempló el terreno que acababa de recorrer. Charlie y Rafi se pavonearon delante de él, uno a cada extremo del palo. Josh bajó la vista y se rio. —¿Piensas redecorar mi casa, Rafi?

Al mirar más de cerca, se fijó en la forma de sacacorchos del palo y luego vio hebras de lana multicolor colgando de un extremo.

El bastón de Santiago. Josh bajó la vista hacia la sandalia que aferraba.

Liberó la otra mano y limpió el barro ya seco de la parte superior de la sandalia para revelar las lanas multicolores que la adornaban. La sandalia de Santiago.

Josh respiró hondo y casi se quedó sin aliento.

Sabía que Santiago nunca habría dejado atrás a Rafi, y las sandalias y el bastón eran como apéndices extra que definían al viejo ermitaño.

La historia de Walter de que Santiago se había ido a vivir con su hija nunca había tenido sentido para Josh, ya que Santiago siempre había afirmado no tener hijos ni parientes vivos.

—¿Qué le ha pasado a Santiago, Rafi? —dijo, mirando al chucho—. ¿Dónde está Santiago? —Rafi se volvió hacia la arboleda de bambú, gañó y luego ladró, con los ojos desconcertados y anhelantes.

***

Delia se quedó mirando el bastón y la sandalia que Josh había colocado en el suelo de su salón.

Sentada en una silla junto a las ventanas, cogió el bastón y lo estudió con atención.

Las marcas de los mordiscos de Rafi habían creado profundas muescas en la sandalia, que Josh había limpiado con esmero.

Una vez que quitó el barro apelmazado, las lanas que adornaban el calzado habían vuelto a la vida, conservando sus brillantes colores.

—Las fibras probablemente sean de lana de alpaca —dijo Delia—. No hay nada que pueda manchar eso permanentemente.

—¿No crees que es todo muy sospechoso? —dijo Josh desde la cocina mientras deslizaba un huevo frito de una sartén a un plato ya ocupado por una arepa a la plancha y rodajas de papaya.

—Sí, es sospechoso. ¿Y qué? Un montón de cosas son sospechosas.

Josh cruzó la habitación y dejó el plato en la mesa de centro frente a Delia. —¿Seguro que solo quieres un huevo?

—Sí, tío, así está bien. —Delia echó un vistazo al plato y luego a Josh, que se había colocado en el sofá, inclinado hacia delante—. Entonces, ¿qué sugieres que hagamos con estas cosas?

—Mira, tú y yo sabemos que Santiago nunca dejaría a Rafi a su suerte. ¿Y cuándo lo has visto sin su bastón o sin llevar esas sandalias? —dijo, señalando los objetos del suelo.

—Estoy de acuerdo con todo eso. Es sospechoso, pero ¿qué se supone que debemos hacer al respecto? —dijo, antes de morder la arepa.

Josh miró por la ventana unos segundos y luego de nuevo a Delia. —Tenemos que ir a la comisaría de El Tisbe y contarles lo que sospechamos.

Delia se rio y luego se atragantó con los trozos de arepa que aún tenía en la boca. Se le enrojeció la cara antes de recuperar la compostura. Sacudió la cabeza y miró a Josh. —No estás en Monterey, California. ¿Cuánto tiempo vivisteis tú y Sofía en el pueblo antes de mudaros a esta casa?

Josh ladeó la cabeza, confundido por la respuesta de Delia. —Unos dos años.

—¿Y cuántas veces has visto a la policía patrullando por el barrio? ¿Recuerdas que yo sigo viviendo en ese barrio, verdad? ¿Cuántas veces has visto a la policía en nuestro barrio o respondiendo a una llamada en nuestro barrio? ¿respondiendo a una llamada en cualquier parte del pueblo, ya puestos?

Josh se recostó en el sofá y exhaló. —Ninguna. Pero esto es diferente. Esto es un asesinato.

—Presunto asesinato —lo corrigió ella, arqueando las cejas y señalando a Josh con la arepa que tenía en la mano.

—Vale, presunto asesinato. Pero sigue siendo un posible homicidio. ¿Qué mal haría contarle a la policía nuestras sospechas?

—No se lo diremos a la policía —dijo, abandonando su desayuno y dejando el plato en la mesa de centro, antes de recostarse en la silla con expresión desafiante.

—¿Por qué no?

—Tío, todo el mundo en El Tisbe piensa que Santiago es un bicho raro. Algunos incluso creen que es un monstruo mítico.

—¿Y qué? Nosotros sabemos que Santiago es un buen tipo. Y los bichos raros y los monstruos míticos también merecen justicia. —Josh se inclinó hacia delante, tratando de discernir el razonamiento de Delia.

—Aquí no existe el mandato de proteger y servir .

La Policía Nacional está entrenada para erradicar y matar a los rebeldes.

Y punto. Y la razón por la que nunca los veías en el barrio es que la mitad de ellos están holgazaneando en la comisaría.

La otra mitad está vigilando los bancos, porque los bancos les pagan por debajo de la mesa por un trato especial.

—Entonces, ¿estás diciendo que si se lo decimos a la policía, simplemente lo ignorarán? ¿Nunca investigarán dónde está Santiago o por qué Walter vive en su cabaña?

—Sí, tío, pero eso no es lo peor que puede pasar. No es lo peor que probablemente pasaría. —Delia cogió el tenedor y cortó tranquilamente su huevo frito, la yema derramándose por el plato.

—¿Cómo que qué? ¿Qué crees que pasaría? —la expresión de confusión de Josh se transformó en una mueca casi desesperada.

—Hablas de justicia, pero la gente de aquí tiene sus propias ideas al respecto.

Si la gente cree que alguien es un problema, se encargan ellos mismos.

Así son las cosas en las zonas rurales y los pueblos pequeños.

¿Ves todas esas selvas en las laderas de las montañas?

Tío, están plagadas de esqueletos de gente a la que consideraban un problema.

Hay aún más cuerpos en el fondo del río Magdalena.

Los que no están bien lastrados salen a flote y bajan por el río… y acaban siendo comida para cocodrilos.

—Pero ¿la policía le haría eso a Walter? —dijo él, con una mirada de preocupación escéptica.

—Quizá. No me sorprendería que hicieran algo así. Pero también tienes que preocuparte de que los civiles de la zona se tomen la justicia por su mano. —Delia rebañó el charco de yema de huevo con su arepa, se la metió en la boca y se recostó en la silla.

—¿No crees que es un riesgo que debemos correr? Has dicho que la policía probablemente ni siquiera investigaría —dijo Josh.

—La policía no me preocupa, porque no vamos a contarles nada de esto.

Si fuéramos a la policía, la historia se sabría en cuestión de horas.

Ya sabes cómo funciona la rumorología en El Tisbe.

La gente empezaría a llamar y a mandar mensajes a los de aquí del valle, y al final del día se enteraría todo el mundo.

—Creo que lo entiendo —dijo Josh con tono desolado—.

Pasaba lo mismo en las zonas remotas del valle de Carmel cuando yo era pequeño…

Probablemente siga pasando. Sobre todo en lo más profundo del valle, por la carretera de Tassajara.

Justicia por mano propia.—Eso pasa en todo el mundo en las regiones remotas.

Y no es justicia por mano propia cuando los ciudadanos tienen que procurarse su propia protección.

El peligro es que, si suficiente gente piensa que Walter es una amenaza, se acabó Walter…

haya matado o no a Santiago. Los buitres dejarán sus huesos limpios en menos de una semana.

—Entiendo —dijo, resignado a la desesperanza de la situación.

—Mira, Walter es un gilipollas, pero no quiero que lo maten.

—A lo mejor podríamos ir a hablar con él —dijo Josh—. Enfrentarnos a él con lo que he encontrado.

—Podemos hacerlo —dijo Delia—. Y ahora es nuestra oportunidad. —Giró en la silla para ver la camioneta de Walter pasar zumbando junto a la casa de Josh, en dirección a la cabaña de Santiago.

***

Delia y Josh estaban de pie en el estrecho y improvisado camino de entrada de Santiago, con altos cafetos a cada lado, mientras contemplaban el pequeño césped que se extendía ante ellos.

Bowie y Charlie estaban sentados obedientemente al principio del camino mientras Rafi olisqueaba los alrededores.

Según los cálculos de Josh y Delia, Santiago solo llevaba unas semanas ausente, pero su ausencia ya había hecho mella.

La hierba les llegaba a los tobillos. El pequeño huerto, normalmente cuidado de forma impoluta, con plantas vibrantes y coloridas y una tierra negra y rica, ahora parecía invadido por las malas hierbas.

Los tomates se pudrían en la mata, y las plantas rastreras de fresa y sandía parecían marchitas, asfixiadas por las malas hierbas invasoras.

—Joder, tío, esto es un desastre.

—Ya te digo —dijo Josh—. ¿Estás lista?

—Pues claro. No le tengo miedo a ningún mujeriego santurrón.

Josh miró a Delia, que tenía el ceño fruncido. —Quizá a un mujeriego que además es un asesino, sí —dijo él.