5. Capítulo 4 #3
—Oh, déjalo ya, Joshy. Solo vamos a hacer unas cuantas preguntas y a largarnos. Si intenta hacer algo raro, entre los dos somos lo bastante fuertes para reducirlo.
—Habla por ti —dijo él con una sonrisa.
Atravesaron el descuidado césped mientras los saltamontes saltaban para ponerse a salvo. Josh se encogió cuando una libélula pasó zumbando delante de su cara. Delia le echó un vistazo a su expresión de sorpresa y apretó los labios para reprimir una risita.
Cuando llegaron a la puerta de la cabaña, Delia susurró: —¿Sabes qué vas a decir primero?
—Creo que sí —dijo Josh mientras levantaba el brazo.
Ambos dieron un respingo cuando la puerta de la cabaña se abrió de golpe antes de que Josh pudiera llamar.
Los hombros rígidos de Walter delataban la sonrisa de su cara.
Salió y cerró la puerta tras de sí. —¿No es un día glorioso con el que el Señor nos ha bendecido?
—dijo, extendiendo los brazos y mirando al cielo.
—Supongo que sí —dijo Delia, con una sonrisita, mirando fijamente a la cara de Walter.
—Disculpe que lo moleste, Walter —dijo Josh—. No le robaremos más que un minuto.
Walter cuadró los hombros e inclinó la cabeza. —No hay problema. ¿En qué puedo ayudarles? —dijo, con la boca tensa en una mueca de sonrisa, y los ojos fríos e inexpresivos—. ¿Qué tiene ahí, joven? —preguntó, bajando la vista hacia la sandalia y el bastón que Josh tenía en las manos.
—De esto hemos venido a hablarle hoy —dijo Josh, levantando los objetos a la altura del pecho. Delia miraba al frente, sin apartar los ojos de Walter—. Esto viene de abajo, del río —dijo Josh, señalando a la derecha, usando la sandalia como puntero.
—¿Me permite verlo? —dijo Walter, alargando la mano hacia el bastón.
Lo hizo girar en sus manos, inclinando cada extremo hacia arriba para examinar los detalles de las desastradas hebras de colores—.
Diría que es toda una obra de arte. Estoy muy en forma.
—Levantó el bastón y se lo golpeó en diagonal contra el pecho—.
No necesitaré uno de estos en mucho tiempo, si Dios quiere.
—Ambas cosas pertenecían a Santiago —dijo Josh, enarcando las cejas y buscando en el rostro de Walter un cambio de expresión.
—Nunca veíamos a Santiago sin su bastón o sus sandalias hechas a medida —dijo Delia—.
Ahora, de repente, están tiradas en un lodazal junto al río —su tono se volvió más acusador.
—No necesito estas cosas viejas —dijo Walter, extendiendo el brazo hacia Josh como si el bastón fuera una serpiente—.
No es mi estilo. No lo quiero.—¿Dónde está Santiago? —dijo Delia, tajante.
—Ya os lo he dicho —dijo Walter mientras Josh le quitaba el bastón de la mano—. Se fue a vivir con su hermana.
—¡Eso no fue lo que dijo! —bramó Delia, perdiendo toda pretensión de diplomacia—. Dijo que ahora vive con su hija , pero todo el mundo por aquí pensaba que no tenía familia.
Walter se encogió y arrastró los pies. —Eso es asunto suyo, no mío —dijo, retrocediendo hacia la puerta de la cabaña.
—¿Dónde vivía antes de mudarse aquí, al valle de Cortés? —preguntó Josh, manteniendo la cabeza quieta, mientras desviaba la mirada hacia Delia durante una fracción de segundo.
—Oh, en sitios diferentes, probablemente ninguno del que hayan oído hablar. Me gustan los pueblos pequeños. Las comunidades rurales.
—¿Alguno en particular? —preguntó Josh.
—Eso no es de su incumbencia —dijo Walter con aire desafiante, ahora de espaldas a la puerta.
—¿Y qué hacía en esos otros sitios? —preguntó Delia, con los ojos entornados y las comisuras de los labios hacia abajo.
—Difundir la palabra del Señor —dijo Walter, mostrando una sonrisa que dejaba ver sus dientes, levantando los brazos y mirando hacia arriba—.
Soy uno de los soberanos del Señor aquí en la Tierra.
Devuelvo a los caídos a la luz para que asuman el lugar que les corresponde por derecho en la sociedad. Guío sus almas mortales al cielo…
—Parece que alguien guio el alma mortal de Santiago hasta el río, y nunca regresó —dijo Delia, cortándole a media frase.—¿Cómo encontraron esas cosas exactamente? —preguntó Walter, con una expresión defensiva. —El perro las encontró —dijo Josh, mirando a Rafi.
—Ese es el perro de Santiago, saco de… —empezó Delia.
—Nos gustaría entrar y echar un vistazo, si le parece bien —dijo Josh.
—¡No, no me parece bien! —dijo Walter, buscando algo a su espalda mientras giraba el pomo de la puerta, sin apartar los ojos de Josh—. Creo que ya han abusado bastante de mi hospitalidad hoy.—¿Ah, sí? —dijo Delia mientras Walter entraba de espaldas en la choza.
—¡Sí! Rezaré por su amigo. Ya rezo por usted —dijo, lanzando dagas con la mirada a Delia—. Rezo por tu pureza; bien sabe el Señor que la necesitas. —La puerta se cerró de un portazo en las narices de Josh y Delia.
—¡Gilipollas! —vociferó Delia.
Delia y Josh se alejaron de la choza. Rafi los siguió a regañadientes, con aire abatido. —Ha ido bien —dijo Josh sarcásticamente, rompiendo el silencio mientras se acercaban a su casa.
—A mí también me lo ha parecido —dijo Delia—. Tío, me muero de hambre. ¿Qué tienes en la nevera?
***
El sueño le fue esquivo a Josh durante la mayor parte de la noche.
La difícil situación de Santiago —y el misterio que rodeaba a Walter Parrish— invadió su mente en el momento en que su cabeza tocó la almohada.
No era que esos pensamientos hubieran abandonado su conciencia desde que se enfrentó a Walter, pero la actitud de Delia de ya hemos hecho todo lo que podíamos le había hecho preguntarse si su mente estaba llegando a una conclusión equivocada.
Una conclusión peligrosa, que podría provocar la muerte de otra persona.
Lo último que Josh quería era ver a otra persona masacrada sin sentido.
Ya había visto demasiado de eso en su vida.
Finalmente se quedó dormido, pero los terrores nocturnos plagaron su sueño.
Cuando se levantó de la cama a las 6:00 de la mañana, no recordaba ninguno de los sueños, excepto uno.
En la pesadilla, Sofía corría asustada por un cafetal, con un vestido de verano blanco y zapatos de tacón alto.
El ala de su gran sombrero amarillo y flexible rebotaba al compás de su carrera, ocultándole la vista y haciendo que se cayera al suelo repetidamente.
Tras cada caída, se levantaba de nuevo, con la ropa inmaculadamente limpia, y reanudaba la carrera.
Finalmente, se detuvo y giró, como si se volviera hacia el objetivo de una cámara de cine.
¡Maldita sea! ¡Detenlo, Josh! ¡Detenlo antes de que mate a alguien más!