Vengando a Sofía (Valle de Cortés 1) 4. Capítulo 3
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4. Capítulo 3

Valle de Cortés, El Tisbe, Colombia

Delia estaba en la cocina de Josh, mirando a Rafi, que yacía en el salón, acurrucado como un cruasán en un rincón, dormido, exhausto.

Josh miró a Delia, que parecía haberse quedado sin palabras, algo poco habitual en ella.

—Anoche comió dos cuencos de comida y tres esta mañana —dijo Josh—.

Pobrecillo, debía de estarse muriendo de hambre. Ahora lo único que quiere es dormir.

—¿Y apareció sin más en tu puerta anoche? —preguntó Delia.

—Sí.

—No sé qué decir. Jamás habría pensado que Santiago se marcharía sin llevarse a Rafi. ¿Le has preguntado al señor Sierra si él o la señora Sierra saben algo?

—Se lo he preguntado esta mañana, en cuanto ha llegado —dijo Josh—.

Me ha dicho que no había bajado por aquí desde que me fui a California y que no había visto a Rafi hasta hoy.

La señora Sierra conoció al hombre que vive ahora en la cabaña.

Así es como se enteraron de que Santiago se ha ido.

Al parecer, a la señora Sierra no le cae bien el tipo.

—¿Por qué?

—El señor Sierra no me lo ha explicado. Me ha dicho que se lo preguntara a su mujer.

—Iré a hablar con ella cuando me vaya de aquí —dijo Delia.

—Espera, acaba de llegar el Machete Man. Tengo que decirle una cosa —dijo Josh mientras salía al patio por la puerta abierta.

El Hombre del Machete, o simplemente Machete Man, era una especie de manitas.

Josh y Sofía le habían puesto el apodo de «Machete Man» porque no sabían su verdadero nombre y se ganaba la vida con un gran machete.

Cada vez que le preguntaban, Machete Man daba un nombre diferente.

Un día decía que era Ricky Martin y otro, Julio César.

Josh al final desistió de averiguar cómo llamarlo, así que, a la cara, se refería a él como vecino —una forma habitual de dirigirse a la gente en toda Colombia— y, a sus espaldas, Machete Man.

Machete Man formaba parte de un clan muy unido que vivía en un barrio de chabolas a las afueras de El Tisbe.

Muchos miembros de la tribu trabajaban como recogedores de basura —a los que la gente del pueblo llamaba «recicladores»—, que recogían artículos recuperables de los residentes y de las papeleras públicas.

Otros, entre ellos Machete Man, se ganaban la vida yendo de puerta en puerta buscando chapuzas.

Josh y Sofía conocieron a Machete Man cuando vivían en El Tisbe.

Un día, asomó la cabeza por la ventana abierta del salón y les preguntó si querían que limpiara las malas hierbas de delante de su casa.

Lo contrataron para el trabajo, le pagaron el doble del precio que había pedido y él siguió volviendo para hacerles otros trabajos.

Se podía encontrar a Machete Man por todo El Tisbe, un día cortando la hierba alta junto a un parque y, al siguiente, podando las ramas bajas para el ayuntamiento en la plaza mayor.

La mayoría de la gente en El Tisbe conocía a Machete Man como un tipo de fiar y muy trabajador, siempre dispuesto a echar una mano, por un precio.

Pero a algunos vecinos les daba mala espina por su aspecto.

Medía más de un metro ochenta, con el pelo rizado y descuidado, que a menudo le cubría los ojos.

Nunca llevaba camisa, dejando ver un torso musculoso, y lucía un tosco tatuaje de una araña en el pecho.

Machete Man rara vez llevaba zapatos y hablaba con un acento que nadie podía identificar.

Su buena acogida en El Tisbe se terminó después de que se diera a una juerga de esnifar pegamento que le provocó alucinaciones.

Josh y Sofía dejaron de contratarlo después de que empezara a aparecer en su casa diciendo tonterías.

Primero afirmó que la policía quería asesinarlo y más tarde que el hijo del alcalde lo había secuestrado y violado.

Con el tiempo, Josh y Sofía dejaron de verlo por El Tisbe.

Josh pensó que el Machete Man había desaparecido por completo —o bien había caído muerto, se lo habían llevado a la cárcel o lo habían encerrado en un psiquiátrico— hasta que lo vio caminando por la carretera hacia el valle de Cortés.

Afirmó haber dejado su adicción al pegamento, así que Josh y Sofía empezaron a contratarlo de nuevo tras mudarse a su nueva casa.

—Eh, jefe, voy a ponerme ya a quitar la valla —dijo el Machete Man cuando Josh salió al patio.

Machete Man tenía un carácter práctico, no era de cháchara ni de perder el tiempo.

Era una de las razones por las que a Josh le gustaba tenerlo cerca, siempre ganándose hasta el último peso de su paga.

A Josh le había costado un poco acostumbrarse a la personalidad rígida y huidiza de Machete Man.

Siempre se preguntaba qué misterios se escondían tras los ojos inexpresivos de aquel hombre.

—Hola, vecino, me alegro de verte. Todavía no vamos a quitar la valla por eso —dijo Josh, señalando la columna de humo que se alzaba desde el volcán Nevado del Ruiz—.

Primero tenemos que terminar el sistema de recolección de agua.

El señor Sierra está en la parte de atrás trabajando en las tuberías, si quieres ir a ayudarlo.

—Machete Man apoyó la mano en la empuñadura de su machete envainado, asintió una vez y se fue tranquilamente por la esquina de la casa.

Josh miró hacia el este, hacia el volcán.

Todavía era visible, pero unas nubes grises e hinchadas amenazaban con ocultarlo en cualquier momento.

Miró hacia el sur, donde un banco de amenazadoras nubes negras envolvía otra cordillera.

Era el tiempo típico de Colombia, especialmente en la región de los Andes.

Cualquier día se podía experimentar el frío glacial de una tormenta, seguido de cielos cristalinos y temperaturas sofocantes una hora más tarde.

A lo lejos, Josh vio a Charlie y a Bowie correteando por el campo que se extendía entre su jardín y un espeso bosque. Los perros se detuvieron, se volvieron hacia la casa y echaron a correr a toda velocidad.

—¡Joshua! ¡Cuánto me alegro de que estés en casa!

—exclamó con voz estentórea la señora Sierra, que cruzaba el césped con una bolsa de la compra de tela.

Era una mujer robusta —de unos sesenta y cinco años—, de cara redonda y largo pelo entrecano, que llevaba recogido en un moño en la nuca.

Bowie y Charlie corrieron hacia la vecina y empezaron a saltarle al pecho, lamiéndole la cara con cada brinco.

—Vale, vale, chicos, yo también me alegro de veros —dijo ella, riendo y apartándolos con la mano libre.

—¡Abajo ya! —gritó Josh, cruzando el patio para recibir a la señora Sierra—. Perdona por eso. Parece que eres la vecina favorita de todos.

—No pasa nada, Joshua. Supongo que se alegran de que todo haya vuelto a la normalidad. Tenemos que meter estas cosas en la nevera —dijo, levantando la bolsa de la compra.

—¿Qué traes ahí? —preguntó Josh mientras él y la señora Sierra entraban por la puerta principal.

—Solo un poco de comida para darte la bienvenida a casa.

—Oh, gracias, pero no tenías por qué molestarte.

La señora Sierra le puso la palma de la mano en la mejilla a Josh.

—Lo hago con gusto. No querrás negarle a una viejecita su felicidad, ¿verdad?

—dijo, mirando a Josh a los ojos con una sonrisa maternal—.

Hola, Delia —añadió al ver que Delia se ponía en pie en el salón.

Delia entró en la cocina y le dio a la señora Sierra un beso en la mejilla.

La señora Sierra dejó la bolsa de la compra en la isla de la cocina y empezó a sacar cosas.

—Esto es pollo con arroz. Tiene que ir a la nevera —dijo, entregándole un gran recipiente de plástico a Josh—.

Y te he hecho una macedonia. Con eso deberías tener para unas cuantas comidas.

Todo aguantará unos días en la nevera. Y, por supuesto, te he preparado unos chips de plátano. Sé que son tus favoritos.

—Me mimas demasiado, señora Sierra —dijo Josh, sonrojándose.

—Tengo que cocinar para alguien. Ahora solo estamos el señor Sierra y yo, desde que los niños crecieron y se fueron. Y tú eres muy especial para nosotros, Joshua.

—Gracias. Eres muy amable —dijo Josh, inclinándose sobre la isla de la cocina.

—Oye, señora Sierra, ¿qué sabes del nuevo vecino de Josh? El que se ha mudado a la cabaña de Santiago —dijo Delia.

La señora Sierra frunció los labios e inclinó la cabeza, agitando la mano en el aire como si espantara moscas. —No quiero ni pensar en ese hombre. Es horrible, simplemente horrible.

—¿Qué pasó? —dijo Josh, con los ojos como platos. Nunca había oído a la señora Sierra decir una mala palabra de nadie.

—Sí, cuéntanos —dijo Delia, ansiosa por oír algún cotilleo jugoso.

—Subí a la cabaña de Santiago para llevarle un pollo; le llevo uno cada semana.

Estaba perfectamente fresco, además; acababa de desplumarlo hacía una hora —dijo la señora Sierra, llena de orgullo por su pequeño negocio avícola—.

Bueno, lo primero que vi fue una camioneta en el camino de entrada.

Un Toyota blanco. El hombre va siempre conduciendo esa camioneta demasiado rápido, arriba y abajo por el camino. Siempre levantando polvo.

—¿Estaba Santiago en su cabaña? —preguntó Josh.

La señora Sierra cerró los ojos y negó con la cabeza. —No, no estaba. Llamé a la puerta de Santiago y me abrió el hombre. También es gringo, como tú, Joshua. Me sorprendió. Nunca he sabido que Santiago recibiera visitas. Es como sacarle las palabras con sacacorchos, ¿sabes?

—¿Santiago no estaba por allí? —preguntó Delia.

—No, a eso voy. Bueno, pues pregunté por Santiago, y el hombre me dijo que ya no vivía allí. Dijo que la cabaña ahora era suya . Me quedé confusa, como poco. Pensé que Santiago seguro que me diría si se mudaba.

—¿Adónde fue Santiago? —preguntó Josh.

—El hombre dijo que se había mudado, que se había ido a vivir con su hija —dijo la señora Sierra, mirando al suelo, perpleja, preocupada.

—No sabía que Santiago tuviera una hija. Me dijo que no tenía familia —dijo Josh.