Vengando a Sofía (Valle de Cortés 1) 3. Capítulo 2 #3
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3. Capítulo 2 #3

El contratista había levantado la valla durante la construcción de la casa para proteger los materiales de obra.

Josh la consideraba un adefesio innecesario que obstruía la vista desde su cenador, pero el contratista no había vuelto para retirarla.

Él y Sofía habían planeado el sistema de recogida de agua como parte de la segunda fase del proyecto de construcción.

El valle recibía abundantes lluvias —todas las noches durante ciertas épocas del año—, lo suficiente como para abastecerlos de agua todo el año.

La idea era evitar el uso del agua municipal, que tenía un fuerte olor a cloro y a menudo salía con un color marrón oxidado por un sistema de acueductos anticuado.

Si Josh conseguía poner en marcha el sistema de recogida antes de que el Nevado del Ruiz entrara en erupción, podría recoger suficiente agua de lluvia para un par de meses.

Josh atravesó la cocina, entró en la despensa y salió con dos premios para perros.

Lanzó uno a Bowie y otro a Charlie, que saltaron para cogerlos en el aire.

—Con esto tendréis que conformaros hasta la hora de la cena, monstruitos.

—Volviéndose hacia Delia, que estaba sentada en el sofá con los pies apoyados en la mesa de centro, dijo—: ¿Dónde está la reina de palacio?

Delia señaló hacia la ventana, a lo alto de un gran rascador para gatos, donde Blondie holgazaneaba al sol, aparentemente ajena al regreso de su padre. —Yo también te he echado de menos, Alteza —dijo Josh con ironía.

—¡Regalos! ¡Es la hora de los regalos! ¡Venga, venga, Joshy! —dijo Delia, levantando el brazo y chasqueando los dedos.

—Supongo que es lo menos que puedo hacer, ya que me has cuidado tan bien de los niños.

—Ya te digo, tío.

Josh cogió su bolsa de lona del suelo, junto a la puerta principal.

Se acomodó en un sillón de cuero negro en el salón mientras Delia se sentaba en el borde del sofá, esperando los regalos que le había traído.

Josh abrió la cremallera de la bolsa lentamente, arqueando las cejas para tomarle el pelo a Delia.

—Venga, dale —exigió ella.

—Caray, tranquila, mandona.

—¿Caray? ¿Qué te pasa, Josh? ¿Por qué ya no dices palabrotas?

—Supongo que ya dije bastantes en el pasado.

—Echo de menos al Joshy descarado.

—Vale, te presento tu primer regalo —dijo, sacando un paquete de colores de la bolsa de lona—.

Una caja extragrande de bombones de la Ghirardelli Chocolate Company.

Con extra de chocolatinas de chocolate negro y frambuesa.

—Sostuvo la caja junto a su cabeza, con una sonrisa exageradamente entusiasta, como el azafato de un concurso de televisión.

—¡Bravo! ¡Te has portado! —dijo Delia mientras aplaudía y saltaba en el sofá.

—No me des las gracias a mí. Esto es de parte de Anna y Kurt.

—Ay, los quiero mucho. Los echo de menos —dijo ella, con una lágrima asomando por el rabillo del ojo.

—Ellos también te echan de menos. Pero recuerda que vendrán por Navidad. —Volvió a meter la mano en la bolsa mientras Delia, sentada en el borde del sofá, esperaba expectante—. Y te han comprado dos hogazas de pan de masa madre de medio kilo de Boudin Bakery.

Delia se puso en pie de un salto y aplaudió. —¡Excelente!

—Puedes guardarlas para una ocasión especial si quieres, pero Kurt y Anna traerán más cuando vengan de visita. Anna me dijo que tiene una nueva receta de sopa de almejas, así que podremos tomarla en cuencos de pan.

—¡Ay, qué ganas! —dijo Delia—. ¿Y tú qué, tacaño? ¿No me has comprado nada?

—Siéntate y para el carro. Yo también te he traído algo.

Delia se dejó caer en el borde del sofá; sus ojos estaban fijos en la bolsa de lona.

Josh hurgó en el fondo de la bolsa y sacó dos botellas de vino. —Un detallito de la bodega Bernardus: un cabernet sauvignon para ti y un pinot noir para mí.

—Mi favorito —dijo Delia, ladeando la cabeza y asintiendo con aprobación.

—Por supuesto. Tenía que traer algo de nuestra tierra.

—Dios, me muero de hambre. Dame una de esas hogazas y abre mi botella de vino —dijo.

—¿Ya? Pero si son solo… —Josh cogió su móvil para mirar la hora—. Caray, ya son las cuatro. Yo también tengo hambre.

—Tío, deja ya el caray . Aprende a maldecir como un hombre de verdad.

*

A las ocho, Delia y Josh se habían pulido una hogaza de pan y una botella de vino.

Estaban sentados en el salón, mirando el cielo nocturno, sopesando si abrir la otra botella de Bernardus.

Josh estaba recostado en el sillón, con los párpados caídos por el cansancio.

—¿Te quedas a dormir, no? Seguro que el cuarto de invitados ya es como tu casa.

—No, tengo que desayunar con la abuela a las seis de la mañana. No quiero quedarme dormida. —Delia sacó su móvil de sus pantalones de camuflaje—. Joder, tío, será mejor que me vaya. ¿Puedo coger tu coche?

—¿Mi coche? Pensaba que era tuyo —desde que había comprado el Willys, Delia se lo había agenciado a la menor oportunidad—. Sí, claro que puedes cogerlo.

—Mañana por la mañana volveré, justo después de desayunar. Tenemos que volver a repasar el presupuesto para el lanzamiento del producto.

—Sin problema —dijo él mientras Delia se levantaba de un salto y se dirigía hacia la puerta, con Josh detrás. Delia se colocó la caja de bombones bajo el brazo y abrió la puerta—. Ah, por cierto, tienes un vecino nuevo.

—¿Qué, te has construido la casa mientras no estaba? —dijo en broma. Delia era dueña del terreno de al lado, pero aún no había empezado a construir su propia casa.

—No, tío. Santiago se ha ido —dijo.

—¿Cómo es posible? Pensaba que formaba parte del paisaje del valle.

—Se ha ido, es todo lo que sé. Ahora vive un anciano en su cabaña. Alguien del pueblo dijo que es extranjero, pero nadie sabe nada de él.

Santiago era uno de los residentes más misteriosos de la zona.

Durante décadas, trabajó como jornalero, cuidando los cafetales de un viejo agricultor.

Cuando el agricultor murió, legó todas sus tierras a la señora Sierra —su única hija—, a excepción de una pequeña parcela que le cedió a Santiago.

Ya en el ocaso de su vida, con sus hijos ya mayores y viviendo en grandes ciudades, la señora Sierra y su devoto marido vivían una vida tranquila en la antigua hacienda familiar.