Vengando a Sofía (Valle de Cortés 1) 3. Capítulo 2 #2
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3. Capítulo 2 #2

Su mirada recorrió el lugar de un lado a otro, y entonces vio a Delia, que sostenía un cartel hecho a mano que decía «JOSHY EL TÍO».

Tenía un rostro que podría aparecer en la portada de una revista de moda y un cuerpo esbelto, vestida con pantalones cargo de camuflaje y una camiseta de los Dead Kennedys, con el pelo de un rosa brillante que la hacía fácil de localizar, a pesar de su baja estatura.

—Tío, pensaba que no llegarías nunca —dijo ella cuando Josh se le acercó.

Josh sonrió y dijo:

—¿Pelo nuevo? ¿No era verde cuando me fui?

—Sí, me apetecía un cambio. Además, quería darte una alegría cuando volvieras.

La extraña pareja atravesó las puertas de salida y entró en el aparcamiento. Josh arrastraba una maleta con ruedas y llevaba una bolsa de lona colgada del hombro.

—Deja que te eche una mano con eso —dijo Delia, quitándole la bolsa del hombro y colgándosela en el suyo.

—Esa es la bolsa de los regalos y las chuches —dijo él.

—Genial, tío. ¿Qué me has traído? —Un conductor arrancó su coche cuando Delia y Josh pasaban a su lado, lanzando una nube de gases de escape en su dirección. Corrieron hacia un lado para evitar atragantarse.

—No. No cotillees —dijo Josh con una tos—. Tienes que esperar a que lleguemos a mi casa.

—Joder. Eso no es justo —dijo ella mientras llegaban al vehículo de Josh, un Willys MB de 1945 rojo cereza.

Jeep había diseñado el Willys para el ejército estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial.

Tras el fin del conflicto, miles de estos automóviles acabaron en Colombia, donde se convirtieron en un vehículo de trabajo predilecto en las regiones cafeteras.

Décadas más tarde, muchos Jeep Willys seguían en perfectas condiciones, pasados de generación en generación.

Mientras cargaba las bolsas en la parte trasera del coche, Delia se volvió hacia Josh.

—¿Fuiste a la Galería Wellington a ver a Mary? Por favor, dime que sí.

—Sí, fui el primer día.

—¿Y qué pasó? —preguntó ella, con la expectación dibujada en el rostro.

—Le enseñé algunas de mis fotos. Quiere hacerme una exposición individual el año que viene, a principios de verano.

—Genial, tío. ¡Estoy orgullosa de ti! —dijo, alzando los brazos para abrazar a Josh.

—No estés tan orgullosa de mí —dijo él, encogiéndose de hombros—. Tengo mucho trabajo que hacer antes de tener suficientes imágenes para una exposición.

—Lo conseguirás. Sé que lo harás. Es tu sueño, así que tienes que hacerlo.

*

Con Delia al volante del coche, serpentearon por las calles de Bogotá antes de llegar al límite de la ciudad.

Su viaje a casa los llevaría al fondo de un altiplano andino, bajando una montaña, a través del valle del río Magdalena y a medio camino de otra montaña, con un paisaje espectacular a lo largo del trayecto.

Mientras el Willys serpenteaba por la carretera, Delia le informó del progreso de su último proyecto de desarrollo de software, una aplicación multiplataforma diseñada para ayudar a las fuerzas del orden a llevar un seguimiento de los presos en libertad condicional.

Dos horas después de iniciar el viaje, tras un largo rato de silencio, Delia miró a Josh, que dormía profundamente en el asiento del copiloto.

Desde la muerte de Sofía, a menudo lo había visto hundirse en un lugar en el que nadie más podía habitar: reflexionando en silencio, despiadadamente solo.

A veces solo parecía distraído, pero otras veces sus ojos se perdían con la mirada en el infinito, y ella sabía que se había ido muy, muy lejos.

Delia no era el tipo de persona que entraba en pánico o intentaba sacar a la gente de su dolor.

Sabía por los acontecimientos de su propia vida que a veces hay que vivir el dolor, el miedo y la ira, arrastrando los pies por la mierda que la vida te echa encima.

Pero echaba de menos a su alegre e ingenioso mejor amigo y esperaba que algún día regresara.

*

Delia condujo el Willys por las calles secundarias de El Tisbe, evitando la plaza principal, y se metió en un camino de tierra que salía de nuevo del pueblo.

Una nube de polvo señaló su partida mientras la carretera giraba en una curva.

Unos cientos de metros más adelante, la carretera se convirtió en asfalto, plagado de antiguos baches.

Una espesa selva de ladera ocultaba la vista a la derecha del vehículo, pero a la izquierda, la montaña caía en una profunda cuenca: el valle de Cortés, donde Josh y Sofía habían construido su casa.

Cuando el neumático delantero se hundió en un bache, Josh volvió a la consciencia.

—Lo siento, no quería quedarme dormido.

—Tranquilo, tío. Mejor prepárate para los niños —dijo Delia, refiriéndose a las mascotas de Josh—.

Te han echado de menos. —Josh y Sofía habían adoptado a sus tres compañeros animales cuando vivían en El Tisbe.

Bowie y Charlie eran perros callejeros del barrio que pasaban la mitad del tiempo en casa de Sofía y Josh, sobre todo cuando hacía calor o llovía.

Blondie llegó siendo una gatita diminuta cuando un transeúnte en coche la arrojó a la acera delante de la casa de alquiler de Josh y Sofía.

El desaliñado trío se había transformado rápidamente en hermanos, queriéndose los unos a los otros y a sus humanos, y riñendo por el territorio del sofá y las chuches.

Delia desvió el Jeep de la carretera rural y se metió en un camino de un solo carril que discurría entre dos cafetales.

Conducía a paso de tortuga, hundiéndose en un profundo surco tras otro, sacudiendo el coche de un lado a otro.

Giró bruscamente en un tramo de la carretera que cruzaba un pequeño arroyo y luego atravesó un túnel natural de bambú vivo que se inclinaba sobre la carretera desde ambos lados.

Al llegar a un claro, una moderna casa de dos plantas apareció a unos cien metros.

Una valla de tela metálica de dos metros de altura rodeaba el césped, con una puerta de acceso abierta que daba a la carretera.

Josh y Sofía habían diseñado la casa ellos mismos y habían contratado a un arquitecto de renombre nacional para que hiciera los planos.

Abajo, la casa contaba con una cocina, un comedor y un salón de planta abierta, con ventanales de suelo a techo que daban a unas espectaculares vistas de las montañas y el valle por dos lados.

Las grandes puertas plegables del salón se abrían a un espacioso patio con vistas al jardín vallado, ocupado por grupos de árboles frutales y un cenador con tejado de paja.

La primera planta también albergaba un cuarto de baño, un dormitorio de invitados y un despacho.

La planta de arriba había sido el refugio favorito de Sofía, con un cuarto de baño, un dormitorio y una terraza enorme.

Delia entró en un camino de ladrillos y se detuvo en la puerta principal.

Josh salió del coche, levantó los brazos, arqueó la espalda y se estiró.

Sentía los músculos tensos, como si hubiera estado metido en una caja.

Un ladrido lejano le llamó la atención y, al volverse hacia el campo abierto que bordeaba el jardín, vio a Bowie y a Charlie corriendo hacia él a toda velocidad.

Bowie llegó primero y le saltó al pecho, lamiéndole la cara con entusiasmo.

Charlie se le acercó por detrás, saltándole a la espalda antes de empezar a brincar a su alrededor como un acróbata borracho.

—Hola, chicos, ¿me habéis echado de menos?

—Josh se acuclilló y rodeó a los perros con los brazos, acercándolos a sus costados.

Las lenguas de Bowie y Charlie cubrieron la cara de Josh de babas y cariño mientras él hacía una mueca y levantaba los brazos para defenderse de sus afectos.

—Venga, calmaos. Vamos dentro a ver a vuestra hermana —dijo Josh, irguiéndose.

Delia abrió la puerta de la casa mientras Charlie y Bowie entraban corriendo, abalanzándose sobre sus cuencos de comida vacíos, esperando que les dieran de comer.

Josh se asomó al interior y luego volvió a mirar hacia la lejana cordillera.

El sol brillaba con fuerza, sin una nube en el cielo, una condición poco habitual que le proporcionó una visión clara de una columna de humo blanco que salía del volcán Nevado del Ruiz, a veinticuatro kilómetros de distancia.

—¡Huy! ¿Cuándo ha empezado eso? —preguntó, volviéndose hacia Delia.

—Hace dos o tres días —dijo ella—. Estamos en alerta roja.

Los vulcanólogos dicen que podría entrar en erupción en cualquier momento.

—Así era el ciclo eruptivo, al parecer interminable, del Ruiz.

Las advertencias surgían casi todos los años y podían prolongarse durante meses, a veces teniendo como consecuencia una capa de ceniza, pero a menudo sin desembocar en nada más que ruido mediático.

Sin embargo, los lugareños y el Gobierno colombiano tenían buenas razones para tomarse siempre en serio cualquier amenaza de erupción.

En 1985, el volcán entró en erupción, creando una gigantesca avalancha de lodo que arrasó la localidad de Armero, en el valle del Magdalena, y mató a veinticinco mil de sus habitantes.

Las probabilidades de que una colada de lava o una avalancha de lodo arrasara la casa de Josh eran prácticamente nulas, pero una gruesa capa de ceniza procedente de una erupción podía contaminar el suministro de agua de la zona durante semanas.

—Esta semana pensaba quitar esa valla de tela metálica tan fea, pero supongo que será mejor que termine el sistema de recogida de agua, por si acaso. —dijo.

—Probablemente sea buena idea. La gente del pueblo ya está llenando sus depósitos de reserva de agua —dijo Delia.