3. Capítulo 2
Colombia, Sudamérica
—No es para tanto; seguro que la mayoría de los colombianos hablan inglés —dijo un hombre que hablaba por el móvil—. Probablemente tengan televisión allí.
—Solo rezo para que no nos secuestren —le dijo una mujer que llevaba un pañuelo con estampado de flores en la cabeza a un hombre que lucía una camisa hawaiana—. ¿Por qué no pudimos ir a Dollywood como George y Alma este año?
—Catorce, excelente —le dijo un hombre rotundo de mediana edad a su compañero de viaje, igual de gordo. Esa es la edad de consentimiento en Colombia. Lo pone aquí mismo, en la Wikipedia.
—Se lo preguntamos al conserje del hotel y ya está —le dijo un joven con la cara llena de acné a su novia—. Es Colombia. Cualquiera debería saber decirnos dónde comprar cocaína.
Algunos comentarios eran inofensivos, cosa que Josh achacó a la ignorancia, pero otros apuntaban a problemas crecientes en Colombia.
Atrás quedaban los días en que a los colombianos les preocupaba que los extranjeros escribieran mal el nombre de su país, Columbia, con u.
Ahora, algunos turistas extranjeros —y algunos expatriados norteamericanos y europeos— suponían un riesgo real.
Masas de expatriados habían disparado los precios inmobiliarios en algunas ciudades y convertido pueblos y aldeas pintorescos y tradicionales en zonas turísticas.
Pero los turistas sexuales y de drogas eran la mayor amenaza.
En Medellín, los llamados «tours de Pablo Escobar» —que incluían paradas en la tumba del narco, durante las cuales los turistas solían hacerse selfies mientras esnifaban cocaína sobre la lápida del líder del cártel— se habían convertido en una moda popular.
En los últimos años, la policía colombiana había detenido a varios extranjeros que habían cometido actos violentos o delitos sexuales contra menores.
En un caso, la policía detuvo a un farmacéutico de Miami por su presunta implicación en una red de tráfico sexual infantil que explotaba a niños de hasta diez años.
En otro, un hombre de Wisconsin presuntamente mató a su novia colombiana, una popular disyóquey de Bogotá, antes de meter su cuerpo en una maleta y tirarlo a un contenedor de basura.
Josh agradecía que el vuelo a Bogotá solo durara cuatro horas y se sintió aliviado por haber metido unos auriculares en su equipaje de mano.
Había cogido un vuelo nocturno desde San Francisco, que llegó a Miami a las 3:58 de la madrugada, puntual.
Su itinerario marcaba una salida a las 5:05 para su segundo vuelo a Colombia, pero un problema con el equipamiento del avión había provocado un retraso.
A los treinta minutos de espera, Josh cabeceaba, a pesar de las dos tazas de café que se había bebido para intentar mantenerse despierto.
Cuando se le cerraban los ojos, el anuncio por megafonía señaló el final de su espera: «El vuelo seis-seis-nueve-dos de United Airlines con destino a Bogotá está embarcando por la puerta tres».
Josh se acomodó en su asiento en el avión y se puso los auriculares para escuchar un audiolibro, Cuento de Hadas , de Stephen King.
Mientras la aeronave despegaba de la pista, miró por la ventanilla y vio unas nubes algodonosas que pasaban a toda velocidad.
Contempló el profundo océano azul bajo él mientras su mente regresaba a la playa de Asilomar y a Sofía.
Él y Sofía se habían conocido durante el verano posterior a su último año de instituto.
Josh acababa de cumplir dieciocho años, un hito que Sofía alcanzaría un mes después.
Su relación había florecido rápidamente durante el verano y continuó a lo largo de sus años universitarios.
Los fines de semana, Josh hacía el corto trayecto desde la Universidad Estatal de San José hasta el apartamento de Sofía, cerca de Stanford, donde ella se graduó con una doble titulación.
La pasión de Sofía por la pintura y la ilustración gobernaba su corazón, lo que la llevó a estudiar arte.
Pero también era pragmática, así que se curó en salud con una licenciatura en desarrollo empresarial.
Antes de la muerte de sus padres, Josh tenía la mira puesta en el programa de fotografía del Instituto de Arte de Chicago.
Su interés por la fotografía había comenzado en la adolescencia, después de entrar por casualidad en la Galería Wellington de Carmel-by-the-Sea, un pintoresco pueblo costero en la península de Monterey.
Mary Wellington, la dueña de la galería, había saludado a Josh como si fuera un cliente adinerado.
—El día ha estado muy flojo. ¿Quiere pasar a la trastienda a ver algunas copias?
—le dijo. Después de cerrar la puerta principal, ella y Josh pasaron una hora mirando fotos clásicas de maestros de la fotografía como Ansel Adams, Edward Weston, Tina Modotti y Eliot Porter.
El abuelo de Josh le había regalado una vieja cámara Leica, poniéndolo en un camino que sabía que definiría su futuro.
Había destacado, primero emulando el trabajo de los fotógrafos que estudiaba, antes de encontrar su propia visión.
Mary Wellington lo había guiado en cada paso del camino, prometiéndole una futura exposición individual en la galería cuando considerara que su trabajo era digno de sus paredes.
Pero la muerte de sus padres había hecho añicos el buen momento de Josh.
Su relación con Sofía le impulsó a asistir a una universidad cercana, pero el dolor de perder a su madre y a su padre había minado su confianza.
En lugar de dedicarse a la fotografía, optó por la relativa seguridad de una licenciatura en márquetin.
Josh y Sofía habían puesto sus miras en unirse a la explosión de internet en San Francisco, donde abundaban los empleos en empresas emergentes de la red.
Ambos consiguieron trabajo en el sector tecnológico inmediatamente después de graduarse en la universidad.
Pero tras instalarse en un estudio en el barrio de Noe Valley en San Francisco, el boom de las puntocom se convirtió en el crac de las puntocom, mandando a decenas de miles de trabajadores a la oficina del paro, incluidos Sofía y Josh.
Tras el desplome económico, dividieron su tiempo entre trabajos temporales en San Francisco y empleos por contrato en Monterey; Josh enseñando fotografía a estudiantes de secundaria y Sofía gestionando proyectos para complejos turísticos y hoteles de Monterey.
Después de unos años buscándose la vida para llegar a fin de mes, montaron su propio negocio, desarrollando una aplicación de software que permitía a los hospitales rastrear el origen y la propagación de los virus.
—¿Café, señor? —preguntó la azafata, sacando a Josh de su ensoñación de un sobresalto.
—No, gracias. —Josh miró por la ventanilla y vio un espeso manto de nubes debajo de él. Metió la mano en su maleta de mano, sacó una chaqueta, se la echó por la cabeza y se quedó dormido enseguida.
***
Cuando Josh bajó del avión en Bogotá, encendió su móvil. Casi al instante, vibró mientras los mensajes de texto aparecían en la pantalla, todos de Delia Ramírez.
Tío, ¿dónde coño estás?
Voy a la terminal a por un café.
En el baño, a punto de explotar.
Acaban de decir que tu vuelo se retrasa ¡CAbrONES!
Esperando.
Sigo esperando.
Joder, tío.
Delia era la socia y amiga más cercana de Josh.
Era colombiana, pero había pasado gran parte de su juventud en Monterey.
A los diez años, se había mudado a California para vivir con sus tíos después de que los paramilitares hubieran expulsado a su familia de su finca cafetera colombiana para apropiarse de sus tierras.
De pequeña, fue una niña traviesa. A los doce años, ya había dejado claro que le gustaban las chicas, no los chicos.
La programación informática era algo natural para Delia.
Se propuso obtener un título en ingeniería informática en la Universidad Estatal de San José, pero abandonó después de un par de semestres porque sabía más que sus profesores.
Cuando Josh y Sofía montaron su propio negocio, contrataron a Delia para dirigir el desarrollo de software.
Delia había regresado a Colombia cinco años antes para cuidar de su madre, que se estaba muriendo de cáncer.
Dos años después de su regreso, convenció a Josh y Sofía para que trasladaran su negocio a Colombia, donde podían contratar mano de obra por tarifas mucho más bajas que en San Francisco.
Les había ayudado a alquilar una pequeña casa en el pueblo de su región cafetera, El Tisbe, y luego los convenció para que compraran un terreno en el campo, junto a una parcela que ella poseía, donde planeaba construir una casa.
*
Josh avanzó con dificultad hacia la salida de inmigración, atrapado detrás de más turistas. Estaba deseando escapar de su cháchara ignorante, que le resultaba irritante, pero a veces hilarante.
—No puedo evitarlo, Louise —le dijo un hombre a su mujer—. Volar siempre me da gases.
—Me muero de hambre. ¿Dónde hay un McDonald’s? Un Burger King también me vale —dijo una mujer mayor.
—No, no tengo miedo de que nos maten en un tiroteo desde un coche. Ya te dije que no vieras toda esa mierda de cárteles en Netflix —le dijo una joven a su novio.
—Mi inglés es muy guapo, ¿no crees? —le dijo un adolescente colombiano a una chica sueca rubia, esbozando su mejor sonrisa de Casanova.
Al salir de aduanas, Josh se detuvo para buscar a Delia con la mirada en la zona de llegadas.
Las familias esperaban en pequeños grupos con expresión expectante.
Un cura católico pasó junto a Josh para reunirse con una monja.
Los maleteros empujaban a los viajeros en sillas de ruedas hacia los emotivos saludos de sus familiares.
En todas direcciones veía a conductores sosteniendo carteles mientras esperaban a sus pasajeros.
Paola Cruz
Sr. y Sra. Thompson
Juan Carlos Santos