2. Capítulo 1 #5
Se salieron del sendero y se quitaron los zapatos antes de meterse en el agua. Anna abrió la caja y sacó la bolsa bordada que contenía las cenizas. —Tú primero —dijo, entregándole la bolsa a Josh.
—¿Deberíamos decir algo? —preguntó Kurt.
—No, no lo haremos —protestó Anna—. Ya hablamos de esto. Nada de panegíricos lacrimógenos ni de historias tristes. Hoy no. En vez de eso, Joshua, cuéntanos el día que te conociste tú y Sofía.
Imágenes de Sofía danzaron en la mente de Josh, que se sintió reacio —temeroso incluso de decir su nombre—, por miedo a que un torrente de emociones se derramara en el mar. —¿No la habéis oído ya mil veces?
—Claro que sí —dijo Kurt—, pero siempre por boca de Sofía. Nunca hemos oído tu versión.
Josh vertió algunas cenizas en la espuma y observó cómo el agua se las llevaba mar adentro antes de entregarle la bolsa a Kurt.
Respiró hondo mientras el recuerdo se reproducía en su mente.
—Todavía era solo un crío, en realidad. Solía aparcar mi camioneta justo ahí cada tarde —dijo, alzando el brazo y señalando el lugar donde la curva de la carretera se encontraba con la playa—.
Este tramo de playa es el lugar más tranquilo del mundo para mí.
Es donde me recuperé después de la muerte de mis padres.
No volví a sentirme yo mismo hasta el día que conocí a Sofía. —Josh se secó una lágrima de la cara.
—En fin —dijo, tomando aliento—, el caso es que yo siempre me sentaba aquí, mirando las olas y el horizonte.
Casi nunca salía de la camioneta. Pero el día que conocí a Sofía, estaba allí sentado y me di la vuelta para ver qué había en la caja de la camioneta.
Mi longboard estaba allí, pero no sirve de mucho, porque las olas no son muy altas aquí.
Pero entonces vi mi Boogie Board cerca de la cabina.
Me puse el neopreno, cogí la tabla y me metí en el agua.
Anna y Kurt miraron a Josh con cariño. Se había convertido para ellos en un segundo hijo, y disfrutaban con la idea de Sofía paseando por la playa de Asilomar.
—Cuando me metí en el agua, la playa estaba casi vacía, quizá un par de parejas paseando por la arena.
No había olas. No pude coger nada en más de una hora.
Pero me fijé en una chica, probablemente de mi edad, que se había instalado en una roca al borde de la playa.
La observé desde la distancia, apartando la vista cada vez que creía que estaba mirando hacia mí.
—Cuando por fin me di por vencido con el Boogie Board, caminé por la playa y me acerqué intencionadamente a la chica para ver qué aspecto tenía.
Por supuesto, era preciosa. Llevaba un vestido de lino teñido de blanco y azul, y su larga melena castaña rojiza le caía por la espalda.
Al acercarme, me di cuenta de que tenía un bloc de dibujo y estaba dibujando con un trozo de carboncillo.
—No creí que se hubiera fijado en mí. Me sentía muy tímido, más de lo normal.
Pero me acerqué a ella de todos modos. Le dije algo como: «¿Qué estás dibujando?
». Ella levantó la vista, giró el bloc de dibujo y dijo: «Un monstruo marino».
Era un dibujo de mí, con el torso desnudo y pies y manos palmeados.
Tenía una tabla de surf bajo el brazo y algas colgando del hombro.
—Aquel día del año pasado en Sacramento, cuando la miré, pensé en Sofía paseando por la playa de Asilomar con su vestido de lino azul y blanco.
—Oh, ya basta —dijo Anna—. Recuerda, hemos dicho que nada de cosas tristes hoy. —Josh levantó la vista hacia Kurt y Anna mientras las lágrimas corrían por sus rostros.
Anna no estaba desviando el dolor de Josh.
Ella y Kurt lo habían mantenido entero tras la muerte de Sofía.
Lloraron juntos y recordaron juntos, incluso rieron juntos.
Se habían unido hasta estar aún más unidos que antes.
Compartían el mismo dolor, pero de formas diferentes.
Josh había perdido a su amante, a su socia y a su mejor amiga.
Kurt había perdido a su niñita. Y Anna lloraba la pérdida de una parte de sí misma que había llevado en su vientre durante nueve meses.
Pero el dolor de Josh era más profundo: también lloraba la ausencia de estabilidad.
La gente había dicho todo tipo de cosas sobre las pérdidas que había experimentado.
Decían que la tragedia había definido su vida, que la suya era una pérdida que nadie más podía imaginar, que a sus poco más de cuarenta años ya había sufrido toda una vida de dolor.
Pero los clichés no se acercaban ni de lejos a definir el horror que había experimentado.
La suya era una pérdida compuesta, una agonía que solo se sufre a través de la violencia.
Había sido testigo de la muerte de sus padres en un incendio y de la de su mujer a manos de un loco.
Kurt y Anna habían visto cómo Josh se replegaba en sí mismo, casi desapareciendo en un estupor silencioso.
Luego lo vieron regresar al mundo, al menos parcialmente, para convertirse en un frágil superviviente que intentaba seguir adelante.
Pero no sabían nada de sus pesadillas ni de los oscuros pensamientos que lo atormentaban.