Vengando a Sofía (Valle de Cortés 1) 2. Capítulo 1 #4
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2. Capítulo 1 #4

—Te hemos pedido un capuchino, Joshua —dijo Kurt, empujando un vaso de cartón por la mesa.

—Sé que vamos a comer más tarde, después de... bueno, ya sabes —dijo Anna, bajando la mirada hacia un platito lleno de migas—, pero no he podido resistirme a las magdalenas de arándanos. —Josh esbozó una cálida sonrisa. Pero mi fuerza de voluntad es mayor que la de Kurt, él ha pedido quiche.

—¿Estáis seguros de que no podéis quedaros unos días? —preguntó Josh—. Hay mucho sitio en la casa.

—Ojalá pudiéramos —dijo Anna—, pero estamos más o menos de guardia. En cuanto Chloé se ponga de parto, me voy a Dallas.

—¿Vas a quedarte allí un tiempo?

—Estaré allí el primer mes para dar un respiro a Chloé mientras se recupera. Kurt irá un par de semanas después de que nazca el bebé. Quiere estar presente para el cierre de la casa de Tahoe.

—¿La vais a vender, entonces? —preguntó Josh.

—Sí —dijo ella—. Ahora casi no vamos, y los recuerdos de la casa han cambiado desde que…

—¿Es esa Sofía? —preguntó Kurt, señalando la bolsa de lona a los pies de Josh.

—Sí —dijo él mientras se agachaba, cogía la bolsa y la colocaba en su regazo. La abrió, sacó el joyero antiguo y lo puso sobre la mesa. Anna sonrió mientras se le llenaban los ojos de lágrimas.

Ella pasó la mano por la tapa de la caja, sintiendo el suntuoso terciopelo. —Qué preciosidad —dijo—. Estaba con Sofía ese día; el día que compró esto. —Josh observó el rostro de Anna mientras ella disfrutaba de su recuerdo.

Él miró al cielo y entrecerró los ojos. —Se está quedando un día precioso, no hace ni demasiado calor ni demasiado frío. Quizá deberíamos ir andando a la playa.

Anna asintió. —¿Te parece bien, cariño? —preguntó, volviéndose hacia Kurt.

—Espléndido —dijo Kurt con una cálida sonrisa—. La manera perfecta de pasar un día hermoso, con dos personas hermosas.

*

Mientras el trío cruzaba la avenida Lighthouse, una gaviota solitaria pasó volando justo por encima de sus cabezas.

Al bajar por la calle Diecisiete, se sintieron vigorizados cuando la fresca brisa marina les dio la bienvenida.

Justo antes de llegar al parque de Lover’s Point, pasaron por el parque de caravanas Monarch Pines.

Con su ubicación privilegiada, definida por hermosas vistas al mar y cipreses de Monterey, era un lugar peculiar en los tiempos que corrían, una de las pocas comunidades del país donde los propietarios vendían casas móviles por más de un millón de dólares.

Al girar hacia Ocean View Boulevard, se apartaron de la carretera y tomaron un sendero de tierra que bordeaba la costa.

Algunos residentes pasaron junto a ellos en sus coches, pero la mayoría de los vehículos estaban ocupados por turistas.

Las olas rompían suavemente contra las escarpadas formaciones rocosas a nivel del mar y, a lo largo del sendero, unas brillantes plantas de hielo de color púrpura formaban lo que los lugareños llamaban la «alfombra mágica de Pacific Grove».

Cuando llegaron a Esplanade Park, se detuvieron para maravillarse ante una manada de ciervos de cola negra: los adultos pastaban a la sombra bajo los árboles y los cervatillos mamaban de sus madres.

—La fauna de aquí siempre me sorprende —dijo Anna.

—Ya lo sé —dijo Josh—. Crecí aquí, pero todavía me asombra lo que veo.

—La última vez que nos quedamos en vuestra casa contigo y Sofía, un búho ululó fuera de la ventana de nuestro dormitorio hasta bien entrada la noche —dijo Kurt.

—Mi abuela solía poner comida por la noche para los mapaches. Dejó de hacerlo cuando atrajo a una familia de mofetas —dijo Josh con una sonrisa—. El año antes de morir, me llamó una mañana, muy emocionada, después de ver a un puma cruzando su jardín.

El sol pegaba con toda su fuerza cuando llegaron a la playa de Anchors Away.

Bandadas de gaviotas graznaban sobre sus cabezas y la bruma del oleaje les salpicaba la cara.

El tiempo en la bahía de Monterey solía pillar desprevenidos a los turistas.

Llegaban esperando temperaturas cálidas —como las que encontrarían en el sur de California—, pero a menudo tenían que ir a una tienda de regalos para turistas a comprar una sudadera o un jersey.

Una espesa niebla matutina solía cubrir Pacific Grove por la mañana, y densas nubes a menudo se quedaban todo el día a lo largo de la costa.

Algunos años, los meses de verano eran los más fríos del año.

Pero las agradables condiciones de hoy hacían su misión más llevadera.

—¿Qué es eso de allí? —preguntó Kurt, señalando una placa de latón desgastada sujeta a una gran roca.

—Es el monumento a John Denver —dijo Josh.

—Ah, es verdad —dijo Anna—. ¿No se estrelló con su avión por aquí?

—Justo ahí —dijo Josh, señalando hacia el mar.

—¿Y tu padre lo conocía? —preguntó Anna.

—Sí. Mi padre le hacía todos los trabajos de carpintería. Un verano, le ayudé a cambiar la terraza de madera de John. Era un buen tipo; incluso vino a los funerales de mis padres.

La sinuosa carretera giraba bruscamente a la izquierda al llegar a su destino, la playa de Asilomar.

Aquel panorama, a menudo pasado por alto, era el lugar favorito de Josh antes de convertirse en el lugar especial de él y Sofía.

Asilomar no presenta los imponentes acantilados rocosos y el fuerte oleaje que a menudo definen la costa del norte de California, sino que emana una belleza sobria y elegante.

Permanecieron en silencio, absorbiendo el glorioso entorno.

Una flora de colores pastel cubría la costa, salpicada por manchas de dunas de arena brillante.

Rocas oscuras y escarpadas rodeaban la playa de arena blanca, y capas y capas de olas espumosas se deslizaban suavemente sobre la orilla.

De pie en el polvoriento sendero, podían ver todo el espectro de tonos azules, desde la orilla del agua hasta el lejano horizonte.

Josh le entregó el joyero antiguo que contenía las cenizas de Sofía a Anna, que lo aceptó como si fuera una delicada baratija. —Llévate tú la caja a casa y yo me quedaré con la bolsa dorada —dijo Josh.

—¿Estás seguro? —dijo Anna. Se le llenaron los ojos de lágrimas y respiró hondo para no llorar.

Josh miró a Anna a los ojos y asintió con convicción. —Por supuesto, Sofía querría que la tuvieras.