Anur el Segundo
EL ATAQUE DE Eladán y Desani interrumpió el hechizo.
Anur bloqueó un par de espadazos, pero Eladán le metió la punta de la espada por las costillas. Cuando la hoja salió, un líquido negro emanó expulsado de la herida, y nada más.
El engendro, otra vez haciendo uso de sus poderes mágicos, se alejó de ellos haciendo un arco en el aire.
—¡Auxilia al chaval, sargento! —gritó Eladán—. Nosotros nos encargamos.
—¿Vosotros os encargaréis de mí? —preguntó Anur, divertido.
Alana fue hasta su auxiliar. Estaba en el suelo, con sus piernas y brazos en ángulos extraños. Una parte de su piel, por su pómulo izquierdo, estaba en carne viva, lo mismo que parte de su mano izquierda.
Revisó el pulso de vida en el cuello.
¡Está vivo!
Pero el pulso era débil. Podía morir. Necesitaba ver a un médico pronto, ser atendido de sus heridas.
Santos Profetas. Morirá aquí.
¿Qué hacer? Necesitaba aplicarle ungüento y vendar sus heridas.
Pero no mientras Anur siguiera vivo.
Tenemos que matarlo primero.
—No te dejaré morir, Órnel. Lo juro por los cinco espíritus.
Se puso de pie.
Anur luchaba contra Eladán y Desani, moviéndose con destreza, dando giros por el aire, buscando atacarlos por la retaguardia, sorprenderlos, encontrarlos mal parados.
Pero ambos se defendían con destreza, aunque ya mostraban desgaste.
Después de todo, acababan de correr con todas sus fuerzas para tratar de huir de allí, y ahora estaban enfrascados en un combate contra un semihumano con poderes mágicos.
No podrá contra los tres, pensó mientras se acercaba dando zancadas.
Eladán gritó cuando la obsidiana le perforó por debajo del costillar izquierdo. Trastabilló hacia atrás. Anur se deslizó hacia él para terminar de matarlo.
Alana gritó un «no».
Desani levantó su espada para hacerla descender sobre el cráneo de Anur, aprovechando que en ese momento le daba la espalda, un último intento de salvar la vida de Eladán.
Pero el semihumano giró los tobillos, evitó el golpe, y la punta de la espada del cabo se incrustó en el suelo.
Anur se movió con velocidad pasmosa.
Hizo descender su espada sobre los brazos extendidos del cabo Desani, logrando cortar por completo su brazo derecho a la altura del codo.
Desani gritó, se tambaleó hacia atrás, mirando aterrado su brazo mutilado. Anur entonces le enterró la espada en el pecho, a la altura del corazón, la sacó con fuerza y la hizo descender de nuevo en la frente del cabo.
Le partió el cráneo, la hoja descendió hasta la nariz, sangre y materia gris salpicando al engendro, que ni siquiera se inmutó. El cabo Desani se desmoronó en el suelo.
Alana y Eladán se quedaron paralizados al ver la escena.
Incluso Anur miró el cadáver.
—Así no nos servirá —dijo—. Dejaré que se pudra aquí.
Si me mata, que me reviente la cabeza, pensó Alana.
No quería ni siquiera imaginar su cabeza amalgamada a otros pedazos de cuerpos, andando por la ciudad. ¿Y si la veía el capitán Arjen así? ¿Sus padres, sus hermanos? ¿Creerían que era ella, o alguien con semblante similar?
Me reconocerán por mis ojos , se dijo. A menos que, al ser revivida, su ojo izquierdo marrón y el derecho azul se tornaran de un gris desalmado.
¿Sería consciente de su vida pasada? ¿De que había sido Alana Verlán de Anumá, del pueblo de Burdán-Akesh? ¿O estaría en un perpetuo limbo? ¿Qué sería de su espíritu? ¿Moraría en los Portales de Esplendor, mientras su cuerpo —partes de él— seguía en la tierra?
¡Profetas, tened piedad! ¡Interceded por mí ante Eluvá!
—Estoy herido —dijo Eladán, con la palma de la mano izquierda deteniendo la hemorragia. Ya se veía pálido.
—Yo me encargaré de él —dijo Alana.
—No, sargento. Ataquemos juntos. Rodeémoslo y…
De las ruinas emergieron los cuatro siervos del Nigromante que habían perdido previamente. Rodearon rápidamente a Eladán y lo apuntaron con sus lanzas.
El sabueso miró a Alana, y ella vio que él acababa de aceptar su destino.
—¡Está bien! —gritó Alana—. ¡Me rindo! ¡Nos rendimos!
Soltó su espada y la dejó caer al suelo. Levantó las manos.
—¡Piedad, por Eluvá!
—¿Eluvá? —dijo Anur el Segundo, acercándose—. Eluvá nos ha abandonado, sargento. Sus Profetas son herejes que persiguieron a los hechiceros. Si Eluvá existe, hoy lo sabrás.
—¿Me matarás, estando desarmada?
Anur se detuvo a cuatro pasos de ella y guardó su espada negra, palpando la vaina dos veces.
—No será mi espada la que acabe con tu vida.
—¿No?
—No. Será la magia.
Anur entretejió los dedos en una sucesión de gestos extraños. Su ojo se tiñó de azul, pronunció unas palabras en voz baja y un trueno estalló sobre la cabeza de Alana.
Ella cerró los ojos y se preparó para el viaje eterno.
La envolvió el relámpago verde. Repentinamente, todo se tornó lento. Vio cómo las arañas luminosas aparecían y desaparecían alrededor de ella, pero sin hacerle daño. Solamente sentía un escalofrío en todo el cuerpo y un leve dolor en la piel, como si estuviera cerca de una fogata.
Recordó que Órnel había gritado de dolor y girado en el aire, cosa que no sucedía con ella.
Y entonces recordó: la piedrecita roja que pendía de su cuello, el amuleto que le regaló la hermana Zanda. «Es pequeño, pero poderoso», le había dicho.
Alana actuó con un movimiento de la mano izquierda que había ensayado cientos de veces, quizás miles.
Se llevó la palma a la espalda, tomó el pomo de la daga y desenvainó mientras daba dos zancadas hacia Anur.
Aunque la cara del semihombre era cadavérica y desfigurada, su único ojo denotó —si bien por una fracción de segundo— sorpresa, ira y temor.
Alana le enterró la daga en el ojo, la hoja entrando hasta que la guarda pegó en la cara huesuda del engendro. Al momento, el relámpago desapareció.
Alana soltó la daga. Anur gritó de dolor o de enojo, o de ambas cosas, llevándose las manos al rostro.
Ella recogió su espada del suelo y, con un giro certero, le cortó la cabeza.