Vengadora del rey (Vengadora del rey 1) Rendirse o morir
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Rendirse o morir

ÓRNEL ESTABA POR salir corriendo. Alana lo detuvo, con la mano sobre su hombro.

—Pero, mi sargento…

—Tiene razón. La única manera es enfrentarnos a él. No podremos salir de otro modo.

—¡Pero es un hechicero engendrado por el mismo Doriatán!

—No tenemos otra opción.

—¡Por supuesto que sí, sargento! Hay muchos lugares para esconderse en las ruinas.

—Nos quedaríamos sin comida. Tendríamos que salir. O nos encontraría.

—Si nos adentramos en el bosque, jamás nos hallará. No dudo que Eladán y Doriani hayan hecho eso, precisamente.

Es verdad que era una opción. Adentrarse en el bosque, andar hacia el sur. Eventualmente saldrían de regreso a la ciudad.

Pero ¿serían capaces de perder a Anur el Segundo, andando tan lento, abriéndose paso?

No tenía idea de si los «revividos», como los llamó Rabadán, eran buenos rastreadores.

Si lo eran, podrían emboscarlos con más facilidad entre la maleza.

Además, escucharlo acercarse sería más difícil en medio de un bosque tan espeso.

No, lo mejor era enfrentarse a él y terminar con esto de una vez.

—Espérame aquí —le dijo a su auxiliar—. Yo… me encargo.

Caminó hacia Anur. Órnel, con la espada en la mano, la acompañó.

Se detuvieron a unos diez pasos de distancia.

Anur el Segundo estaba envuelto en un capote gris, con la capucha hacia atrás, dejando ver su horroroso semblante. Los miraba atentamente, con un extraño destello en el ojo.

—¿Qué deseas de nosotros? —le dijo Alana—. Tienes el libro. Te deshiciste del mago. Déjanos ir.

El hombre —si podía llamársele así— guardó silencio por un momento.

—Estoy dispuesto a dejaros vivir si rendís vuestras armas —dijo—. Os llevaré directamente ante el Nigromante y dejaré que sea él quien decida vuestro destino.

—¿Es cierto lo que dijo el mago? ¿Que vosotros sois… creaciones del Nigromante?

—Mi nombre es Anur, el Segundo de los Diez. Parte de los supervivientes, servidores del gran Nigromante.

—¿Cuántos sois?

—Tres primeros. Uno muerto. Pero otros de mis nuevos hermanos viven.

Alana pensaba en lo que escuchaba. No estaba segura de si hacía las inferencias correctas, pero le parecía que Anur era el segundo de los primeros tres «renacidos».

De esos tres, uno estaba muerto. No sabía si el primero o el tercero.

Sin embargo, al parecer, había ahora otros más, el resto de los «supervivientes», sus «nuevos hermanos».

¿Cuántos serían? No sabía. Si tuviera que adivinar, los engendros de hoy no eran la totalidad de los supervivientes.

—¿Cuántos de vosotros sois? —insistió.

—Rinde tu arma y se lo preguntarás tú misma. Quizás te deje vivir.

—¿Cómo sé si no nos matarás inmediatamente al soltar nuestras armas?

Al escuchar eso, Órnel susurró:

—Sargento, no estamos pensando rendirnos, ¿o sí?

No alcanzó a responderle, pues Anur les dijo:

—No lo puedes saber. Pero es tu única opción, o enfrentarte a mí.

—Eres difícil de matar. Pero no inmortal —dijo ella.

—Eso es cierto, humana.

—¿Para qué queréis el libro?

Anur hizo una mueca de sonrisa:

—Para cambiar el mundo.

¿De qué demonios estará hablando?, se preguntó.

Sí, quizás la mejor manera de conseguir respuestas era directamente del Nigromante.

Pero si se rendían, jamás la dejarían viva.

Aunque no sabía mucho y tenía varias incógnitas dándole vueltas en la cabeza, sabía lo suficiente. Lo suficiente para que la asesinaran.

—¿Por qué matasteis a Zadán Zekse y a su trabajador?

—¿No lo sabes? Es evidente.

Alana pensó en voz alta:

—Zekse era mercader y orfebre. Ilda Kladán lo reclutó para algo especial… ¡para hacer una copia del Ojo Sagrado! Por eso lo mataron. Tenían que hacerlo. El trabajador probablemente sabía demasiado, también. Los mataron para que no hablaran.

—El Nigromante no deja cabos sueltos. Murieron, pero revivirán.

—¿Y por qué estafar a Lahuale Jiranda?

—Se necesita dinero para lo que viene.

¿Sería tan fácil la respuesta; que, simplemente, Jiranda fue estafado por Kladán para tener más recursos? ¿Recursos para que? ¡Para cualquier cosa! Para seguir estafando, para sobornos, armas, para vivir la vida llena de lujos… quién sabe.

—¿Qué tiene que ver Ilda Kladán con el Nigromante?

Pero Anur dijo que no con la cabeza:

—Se agotó mi paciencia, humana. —Echó hacia atrás su capote, dejando ver una espada al cinto. La desenvainó. La hoja, en lugar de metal, parecía hecha de obsidiana, difícil de ver en la oscuridad, aunque reflejaba pálidamente la luz de la luna—. Te cortaré en pedazos, los recogeré y te unirás a mí.

Siete Profetas, pensó. Matan a personas y usan sus cuerpos para revivirlas por medio de magia negra. ¡Podría yo convertirme en otra renacida!

Sintió un escalofrío al considerar esa posibilidad.

Anur el Segundo se precipitó hacia ellos.

Órnel soltó una colorida maldición que, de no ser por la situación en la que se encontraban, habría merecido una reprimenda.

Ambos adoptaron posición de defensa y, cuando el enemigo estaba a unos cinco pasos de distancia, se agachó y saltó.

Alana contempló con asombro. Era como si el engendro se convirtiera en un títere, cuyo titiritero invisible lo hacía flotar por medio de cuerdas invisibles.

Cayó detrás de ellos y se fue contra Órnel, que tenía más cerca. Dio dos espadazos que Órnel defendió valientemente.

Alana, con un grito de guerra, se lanzó al ataque, pero el monstruo semihumano le dio una patada con el talón que le acertó justo en la boca del estómago, sacándole el aire y mandándola pesadamente al suelo.

Se puso de rodillas.

¡No puedo respirar! ¡No puedo respirar!

El golpe había sido repentino y duro.

Escuchaba los golpes de las espadas y a Órnel gritando las maldiciones más creativas que había escuchado en su vida.

Anur saltó en arco hacia atrás, flotando y cayendo como a diez pasos de distancia. Envainó su espada. Hizo extraños gestos con ambas manos, moviéndolas rápidamente, símbolos formándose con los dedos. Su ojo se tornó azulado, murmuró algo y hubo un trueno.

Una especie de relámpago verde se formó unas diez varas por encima de Órnel y descendió sobre él, envolviéndolo.

El muchacho lanzó un alarido de dolor mientras giraba violentamente en el aire. Repentinamente el relámpago desapareció, y él se desplomó en el suelo, sin moverse, jirones de humo formándose en diversas partes de su cuerpo.

—¡Nooooooo! —gritó Alana, lanzándose al ataque.

Anur parecía ebrio, pues se balanceaba con dificultad sobre sus pies.

Los hechizos lo debilitan, pensó Alana. Es ahora o nunca.

Pero el engendro se recuperó lo suficiente para bloquear el filo de su espada.

Alana lanzó una patada a la rodilla, pensando que quizás podría quebrársela, pero Anur la esquivó. Sin embargo, ella sentía que ganaba terreno sobre él, pues el maldito retrocedía ante sus mandobles.

—¡Te mandaré al infierno por segunda vez! —le gritó Alana.

Anur saltó hacia atrás, un salto más alto que el que acababa de hacer.

—¡No! ¡Cobarde!

Su enemigo estaba ahora como a treinta pasos, cerca del extremo del estadio, cerca de las gradas. Por un momento se preguntó si huiría. Pero no.

Regresó su espada a la vaina y comenzó el ritual mágico.

Va a lanzarme el rayo , pensó horrorizada. ¿Cómo se huye de algo así?

Pero antes de que eso sucediera, de detrás de las gradas salieron corriendo Eladán y Desani, con las espadas en la mano, gritando y acercándose a Anur el Segundo.