Refriega
RABADÁN, CON ESFUERZO, alcanzó a terminar de pronunciar unas palabras mágicas cuando ya tenían a los enemigos prácticamente encima.
El extremo superior del báculo brilló, hubo un tronar del aire que dejó a Alana aturdida, y los dos engendros más cercanos estallaron en llamas, un aullido de terror saliendo de sus bocas.
Anur el Segundo no se unió al ataque, sino que supervisaba, de pie. Akal, el traidor siervo de Rabadán, seguía unos cinco pasos atrás de Anur, una sonrisa burlona en el rostro.
Siete contra cuatro, pensó al momento que trababa su espada con la lanza de uno de los dos enemigos que la atacaban.
Escuchó el clang metálico a su alrededor y los gritos de combate.
A pesar de su aspecto demacrado, los engendros peleaban con sorprendente destreza, y uno de ellos por poco le clavó la lanza entre las costillas.
Le dio una patada fuerte al que tenía cerca y lo mandó al suelo.
El otro atacó inmediatamente, pero ella se defendió con una estocada diagonal ascendente, para luego enterrarle la espada a su oponente, atravesándole el pecho, la punta saliendo por detrás.
Teniéndolo tan cerca, percibió el fétido olor de su boca.
—Muérete —le dijo ella, crujiendo los dientes.
Para su sorpresa, el engendro sonrió.
No estaba muerto. Dio dos pasos hacia atrás, desenterrando la hoja de la espada, y adoptó, de nuevo, posición de defensa. El otro, que había mandado al suelo, estaba ya de pie y listo para atacar.
—¡Hay que cortarles o partirles la cabeza, solo así mueren! —gritó Eladán, que se había deshecho de uno de esa manera.
Alana maldijo en la lengua de Umán:
— ¡Verjen shejata!
El mago Rabadán temblaba y se sostenía aferrado a su báculo, respirando entre dientes. Parecía haber envejecido tanto que su piel era similar a la de los siervos del Nigromante.
—¡Te pudrirás en los infiernos, viejo loco! —le gritó Akal, riéndose.
Rabadán maldijo, se irguió, musitó algo entre dientes, apuntó el bastón en dirección a su siervo, y un relámpago azul salió del extremo superior del báculo, zigzagueando por el aire.
Akal levantó las cejas, espantado. De tener un segundo más habría logrado esquivar el rayo que le pegó justo entre los ojos.
Le sacudió la cabeza y la frente se le abrió, el rayo perforando los huesos del cráneo.
Los ojos saltaron de las cuencas, la piel del rostro se ennegreció, y se fue al suelo, dando un par de espasmos, humo brotando de la mortal herida.
Al mago Rabadán se le resbalaron los dedos del cayado, las rodillas se le doblaron y se fue al suelo, sentado, respirando con mucha fuerza, los hombros caídos y la mirada perdida.
Anur el Segundo se acercó, caminando con tranquilidad, y tomó el báculo.
Alana intentó evitarlo, pero no pudo. Era embestida por dos, quienes atacaban con destreza y cuidaban su cuello.
Anur alzó el báculo con ambas manos y, con un movimiento brusco, lo estrelló contra el muslo.
La madera cedió, un sonido seco, partiéndose en dos.
El mago ni siquiera se percató. Seguía en el suelo, desorientado, aferrándose a duras penas al libro que llevaba debajo de la axila.
Anur se lo arrebató, y Rabadán solo gimió.
—¡No! —gritó Alana. Desarmó a uno de los engendros y, con todas sus fuerzas, le cortó la cabeza. El cuerpo se desplomó.
Anur se alejó, de nuevo, de la pelea. Llamó a uno de los engendros, que había estado peleando contra Órnel, y este abandonó la refriega para unirse a Anur. Le dio el libro y le susurró algo. El engendro se alejó corriendo.
Hemos perdido el libro, pensó Alana.
Entonces se escuchó la voz de Eladán:
—¡Por acá, sargento, vamos !
Miró por encima de su hombro. Para su sorpresa, Eladán, Órnel y Desani emprendían la huida.
No tiene sentido morir aquí , pensó ella. Y no sabemos si vendrán más engendros infernales.
Así que se puso a correr, dando un último vistazo rápido a Rabadán, en el suelo, la mirada perdida.
Lo siento, mago, ¡lo siento!
Un enemigo, al verla, le arrojó una lanza que pasó peligrosamente cerca de su hombro.
Por la manera en que se había desarrollado la refriega, no pudieron escapar por el camino principal, sino en dirección a la ciudad abandonada, a las ruinas.
Cuatro engendros los perseguían. Anur no se veía por ningún lado.
Eladán y Desani llevaban la delantera, Órnel detrás de ellos. Alana, por su parte, iba unos quince pasos largos detrás.
Llegó hasta la ciudad en ruinas, donde la esperaba su auxiliar, con la espada en la mano y el rostro lleno de temor:
—¡Sargento, están justo detrás!
Apretó el paso. Llegó hasta su auxiliar y siguieron corriendo por una calle estrecha, con edificios semidestruidos a ambos lados.
—¿Dónde están? —preguntó Alana, sintiendo una punzada de terror.
—¡Deben estar por aquí! —respondió su auxiliar.
Pero no veían a Eladán ni a Desani. Puesto que la calle conectaba con otras, lo más probable era que los dos soldados hubieran tomado algún callejón alternativo.
Puede que no los encontremos. La ciudad es grande. Si se escondieron, ¡menos posibilidad de hallarlos!
Los cuatro enemigos seguían persiguiéndolos.
—Hay que perderlos —dijo Órnel.
—¡Por aquí!
Tomaron una calle a la izquierda, la recorrieron, tomaron otra a la derecha, después a la izquierda de nuevo y continuaron en diagonal.
Sería fácil perderse, pero tenía una buena noción de su localización e intentaba irse acercando cada vez más a la salida.
Esperaba hallarla. Pero incluso si lo hacían, todavía tendrían que cruzar el bosque hacia el sur.
Anur podría esperarlos ya allí, y quién sabe si tenía más espectros en su tropa.
¿Escondernos en las ruinas…?
¿Pero por cuánto tiempo? Sin agua mas que la que llevaban en los odres y sin comida excepto lo poco que traían en las cartucheras de los cintos.
Le empezaban a flaquear las piernas. Imposible seguir a ese paso.
Tendremos que enfrentarnos a ellos. Cuatro contra dos.
Pero entonces se percataron de que habían perdido a sus perseguidores. Se detuvieron para recuperar el aliento y para escuchar.
Sí, se oían, pero no tan cerca.
—Tomaron una calle equivocada —susurró Órnel.
Ella asintió con la cabeza. Le escurría el sudor por la frente, el cuello, el pecho. Respiró hondo varias veces, el corazón palpitando con tremenda fuerza.
—¿Perdimos al mago?
—Sí —respondió Alana.
—Profetas —murmuró Órnel.
—Vamos. Sigamos. No hemos escapado todavía.
Continuaron. Sin correr, pero tampoco caminando. Iban a paso veloz, mirando a ambos lados, con los ojos y oídos alerta, temiendo una emboscada en cualquier momento.
Minutos después llegaron a los escombros del estadio semicircular.
—¡Ya estamos cerca de la salida! —dijo Órnel, sonriendo.
Sin embargo, la sonrisa desapareció de su rostro cuando vio que allí, en la arena del anfiteatro, los esperaba Anur el Segundo.
Se quedaron petrificados.
—La única manera de escapar será enfrentándoos a mí —les gritó.
Alana maldijo.
Sabía que tenía razón.