Vengadora del rey (Vengadora del rey 1) Los renacidos
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Los renacidos

—¡MALDITO SEAS, AKAL! —gritó Rabadán—. ¡Me has traicionado!

—Púdrete en el infierno, mago desquiciado —respondió el muchacho, blandiendo un puño.

—¡Silencio! —rugió Anur el Segundo—. Salid o morid.

Alana notó que el viejo mago temblaba, no de miedo, sino de ira.

—Ese hijo del infierno —murmuró el viejo—. Ha traicionado la ubicación de Rabadán. Cómo, no lo sé.

Órnel dijo:

—Pues ¿qué está esperando? ¡Haga desaparecer la torre!

—¡Desaparecer la torre, chaval ingenuo, cabeza de gusano! Ese hechizo toma un cuarto de hora solamente para prepararlo. ¿Qué crees, que con el chasquido de los dedos se puede hacer que un edificio como este se esfume?

—Pues… —comenzó Órnel.

—Tendremos que enfrentarnos —dijo Eladán con tranquilidad, acariciando el pomo de la espada con la yema de los dedos.

—Nada de enfrentarse a nadie —dijo el mago—. Y tampoco quiero morir ardiendo. Huiremos por detrás.

—¿Hay otra salida? —preguntó Alana.

—¡Por supuesto! Una puerta secreta. Hay que apresurarnos antes de que se den cuenta. ¡Seguidme!

El mago fue al escritorio, cerró el libro, lo puso bajo su axila, tomó una lámpara encendida, se acercó a un librero y dijo:

—Ayudadme a tumbar esto.

Lo echaron abajo, descubriendo una salida secreta. Rabadán inmediatamente desapareció al bajar unas escaleras de caracol, mientras daba instrucciones:

—Los escalones son angostos. Tened cuidado. Si os caéis, os quebraréis el cuello.

—Sigámoslo —ordenó la sargento, bajando las escaleras también, con Órnel detrás de ella.

Vaya que los escalones eran estrechos, y el espacio sofocante. Tanto que apenas había dado unos cuatro pasos y por poco se resbaló. El espacio era ajustadísimo. Eladán y Desani batallaban para descender. No tenían, sin embargo, otra opción.

Incluso el mago descendía con dificultad, murmurando juramentos.

Si se cae, se romperá algún hueso, pensó Alana.

Le parecieron unas escaleras interminables. Finalmente llegaron abajo, a un cuartito de unos dos pasos de largo y ancho.

Sin puerta de salida.

—¿Cómo va? ¿Cómo va? —decía Rabadán—. A ver… Zarcárate .

Nada sucedió.

—No…, me faltó algo…, hmm…

Nos quedaremos aquí atrapados mientras la torre arde. Moriremos envueltos en llamas , pensó, la respiración agitada.

— Umán et zarcárate —dijo el viejo hechicero y, esta vez, algo sucedió: en la pared de piedra se delineó el marco de una puerta por medio de una raya luminosa.

Rabadán tocó la piedra con su báculo y esta se convirtió en niebla gris, y se difuminó.

Entró la brisa fresca de fuera. Frente a ellos el camino en medio de las ruinas.

Alana se preparó para desenvainar el arma justo al salir. No quería sorpresas. Con la mano izquierda palpó rápidamente la daga que llevaba trabada en la espalda, al cinto. Siempre andaba con ambas armas, pues nunca se sabía.

—Sin hacer ruido —dijo el mago, saliendo.

Por desgracia, apenas dieron unos tres pasos fuera y se detuvieron.

Cinco enemigos resguardaban el camino, los cinco con lanzas en la mano, cubiertos con mantos andrajosos. La pálida luz de la luna los iluminaba.

Alana sintió un escalofrío. Todos tenían la piel gris y el cabello raído. Por lo menos a un par de ellos les faltaba un ojo, y el de la extrema izquierda apenas tenía piel. Más bien era un esqueleto andante.

—Ni un paso más, viejo brujo —dijo uno de los enemigos, con su voz extraña, batallando para formular las palabras.

—Engendros del infierno —dijo el mago—. Rabadán no tiene tiempo para esto. Aunamo niemata, defere ego lause .

Alana vagamente reconoció las palabras en umanata, la lengua de Umán: la «antigua lengua», común antes de la tercera restauración, caída en desuso por miles de años excepto para maldecir… y hechizar.

Rabadán, al terminar la última sílaba, lanzó al frente el brazo que sostenía el bastón, como si fuera a golpear a alguien en la cabeza con el báculo.

Un destello, un tronar del aire y, en un parpadeo, tres de los cinco siervos del Nigromante se encendieron en llamas, lanzando unos alaridos espantosos.

Los otros dos, que estaban uno en la extrema izquierda y el otro en la extrema derecha, fueron expelidos hacia atrás, dando tumbos, y uno de ellos perdió la cabeza.

Literalmente. Su cabeza se desprendió del cuello y rodó hasta perderse en la oscuridad.

Por los espíritus de Eluvá , pensó Alana. Cuando Rabadán nos advirtió que, si dábamos un paso, terminaríamos envueltos en llamas, ¡lo decía en serio!

—¡Vamos! —gritó el mago.

Lo siguieron corriendo, pasando entre los cadáveres que aún ardían y se retorcían en el suelo. El mago, notó Alana, resoplaba con tanta fuerza como si acabara de terminar una carrera.

Miró por encima del hombro para asegurarse de que el resto de su tropa la seguía, pero lo que vio la obligó a detenerse.

La escena a sus espaldas era imposible.

Los siervos del Nigromante que quedaban con vida, los que habían estado al otro lado de la torre, avanzaban dando saltos que desafiaban toda lógica.

Ningún animal sobre la tierra brincaba a semejante altura.

Y eso no era lo peor. Dos o tres recorrían la pared de la torre como si fueran arañas, aferrados a la roca con pies y manos, para luego impulsarse por el aire y aterrizar con la agilidad de un gato.

Eluvá bendito. Estamos perdidos.

No había duda: eran todos brujos o actuaban con la ayuda de un poderoso hechizo.

—¡Vamos, sargento! —le dijo su auxiliar cuando pasó por su lado.

Fue en vano.

Los siervos del Nigromante les dieron alcance y los rodearon. Incluso Akal llegó corriendo, para ver el espectáculo desde una distancia prudente.

—Preparaos para pelear —dijo Alana. Aunque lo que pensó fue: Preparaos para morir.

—Alto —dijo Anur—. El Nigromante quiere al mago, de preferencia, vivo.

—Eso lo dudo —respondió el viejo hechicero—. Lo que queréis es esto, el libro. Y si dais un paso más, lo haré arder. ¡Lo juro por los espíritus eternos!

—No te haremos daño —replicó Anur. De todos, parecía el mejor formado. Es decir, era más alto y tenía la piel en mejor estado. Su ojo, saltón y oscuro, era también astuto y daba evidencia de inteligencia—. Mataremos a los demás, pero tu vida estará a salvo.

—No me gusta ese trato —dijo Órnel. Aunque temblaba, empuñaba valientemente su espada.

—¿Crees que voy a creer una palabra que venga de una aberración como tú? —chilló el mago—. ¡Sé lo que eres! ¡Sé lo que sois! ¡Sois renacidos!

Aunque Anur no tenía labios, la boca se movió de manera que la mueca pareciera una sonrisa:

—Soy el Segundo de los primeros tres supervivientes, siervos del gran Nigromante.

—¿Supervivientes? —dijo Rabadán—. ¿Así os hacéis llamar? No, vosotros sois unas aberraciones, deformidades malignas, cadáveres sin alma.

—El Nigromante ha hecho lo que ningún otro brujo ha logrado: resucitarnos de entre los muertos.

—Eso es una vil mentira. La resurrección es de cuerpo y alma. Sois cuerpos vivientes, sin alma humana. Sois abominaciones. ¡Producto de la magia más negra!

Entonces Alana lo entendió.

Habían encontrado decenas de fragmentos de cuerpos conservados en sal.

Y ahora tenía delante a aquellos engendros malignos.

Estaban cosidos y ensamblados con miembros procedentes de distintas personas.

Vistos de cerca, parecían macabros rompecabezas humanos: brazos, piernas, manos y torsos unidos en una sola criatura.

Miró a Eladán, y este le devolvía la mirada, para luego asentir con la cabeza.

Está pensando lo mismo que yo.

—El único abominable eres tú, mago —le respondió Anur tranquilamente—. Ahora entrega el libro, o morirás.

—Prefiero morir —respondió, crujiendo los dientes.

Anur lo pensó por un momento. Luego dijo:

—Matadlos a todos.