Vengadora del rey (Vengadora del rey 1) Rabadán
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Rabadán

UNA SILUETA LOS esperaba en la puerta de la magnífica torre. Una persona envuelta en un manto marrón oscuro y viejo. Traía una lámpara de cristal sujeta en la mano derecha.

Era un joven. Un poco mayor que Órnel.

El muchacho entrecerró los ojos y luego sonrió. Una sonrisa más bien malévola. Tenía la cara pálida, los ojos oscuros y unos mechones de cabello rubio le cubrían parcialmente la frente. La túnica le quedaba demasiado grande.

—¿Yo? ¿El mago? Por supuesto que no. Mi amo los espera dentro.

El chaval, sin embargo, no se movió. Los miraba con una mezcla de curiosidad e intensidad.

Subieron diez escalones para llegar hasta la entrada. Al estar frente al joven, se hizo a un lado y les apuntó hacia dentro, diciendo:

—Mi amo los espera.

El zaguán de entrada era amplio, malamente iluminado por una antorcha colgada en la pared izquierda. Olía extraño, pero Alana no lograba identificar el olor. Metálico, viejo…

El salón no tenía decoraciones en las paredes, ni siquiera muebles. Frente a ellos, una escalera que subía en diagonal y terminaba en una puerta de madera. Parecía ser el único camino, pues no veían más puertas.

Alana miró por encima del hombro y vio que el muchacho asintió con la cabeza: «Adelante».

Subió las escaleras junto con el resto de la tropa. No sabía si tocar la puerta o empujarla. Para su sorpresa, el chaval no los acompañó y ni siquiera estaba en el zaguán o en la entrada. Había salido.

Tocó tres veces, fuerte.

Escuchó una voz:

—Adelante.

Entraron. Era un despacho, un cuarto de estudio, una biblioteca desordenada.

Códices y pergaminos saturaban estanterías y mesas de diferentes tamaños.

Pilas de libros en el suelo, sin ningún tipo de orden.

Una de las mesas solo tenía frascos de cristal, de diferentes colores, formas y tamaños, algunos llenos, otros vacíos.

El salón olía a una mezcla de incienso y azufre.

Cuatro ventanas angostas, alrededor del despacho, dejaban entrar un poco de aire.

Junto a un enorme escritorio los esperaba un hombre de rostro demacrado, con una barba blanca y desaliñada que le descendía por el pecho, pero parecía como si fuera a desprendérsele.

El hombre era calvo, con la frente marcada por arrugas.

Tenía un ojo cerrado y con el otro los miraba con enojo.

Llevaba un báculo retorcido en la mano izquierda, y su túnica verde pino lucía llena de parches.

—Sabuesos del rey en la torre de Rabadán —dijo—. A Rabadán no le gusta.

—Mi nombre es Alana Verlán, sargento de la Honorable Compañía de la Justicia del Rey.

—No des un paso más. Enseña tu insignia, para que la verifique. O moriréis todos envueltos en llamas.

—Profetas —murmuró Órnel—. Anda de buen humor.

—Mejor que hables en voz alta, chaval, si tienes algo que decir. A menos que quieras convertirte en rana. —Apuntó a un estante cercano, donde varios animales flotaban en frascos, incluyendo algunas ranas de colores brillantes.

Órnel aspiró aire con fuerza y guardó silencio.

Tanto Alana como Eladán enseñaron el medallón.

—Lánzalo —dijo el mago—. Rabadán lo inspeccionará.

Estaban como a diez pasos de distancia. Alana se quitó el medallón, con cuidado de no enseñar el collar con el amuleto de protección que pendía también de su cuello. Se lo lanzó al viejo, quien lo atrapó con la destreza de un muchacho.

Acercó a su cara la medalla, casi tocándola con las pestañas. La analizó cuidadosamente por un momento.

—Satisfecho está —dijo. Colocó el medallón en el escritorio y agregó—: Acercaos.

Y eso hicieron, aunque Órnel se quedó detrás de los tres.

—¿Es usted Rabadán? —preguntó Alana tomando el medallón y poniéndoselo.

—Así mismo es. Vosotros habéis distraído a Rabadán de un importante experimento. Poco tiempo hay y menos paciencia. ¿Dónde demonios está Akal?

—¿El muchacho? —dijo Eladán—. Se quedó fuera.

—Maldito sea por todos los demonios del infierno. Aprovecha cualquier oportunidad para escabullirse, el maldito ratón. ¡Rabadán se volverá loco si ha de buscarlo de nuevo!

Órnel levantó la mano:

—Yo puedo ir a por él.

—Nadie saldrá de esta torre sin el permiso de Rabadán, y solo hasta que él lo diga —gruñó el viejo—. Ocultos hemos estado por días, por semanas, debido a la oscuridad reinante… hasta que vinisteis a molestar. Será mejor que la razón valga la pena.

—La torre apareció de repente —dijo Órnel.

—Un hechizo no apto para principiantes —contestó el mago—. Entonces, decidle a Rabadán qué demonios hacéis aquí y por qué interrumpís el estudio del mago.

Alana no estaba segura de cómo iniciar la conversación. Pensaba que, si mencionaba a la gran abadesa, la reacción del mago probablemente sería negativa. Ahora entendía a lo que la abadesa se refería cuando dijo que el mago se manifestaba solo a los que quería.

Se preguntaba qué pasaría si decía algo equivocado. ¿Realmente los quemaría vivos? ¿Los convertiría en animales? ¿Los haría sus prisioneros en algún calabozo, desapareciendo junto a la torre por meses, por años?

—Venimos de parte del rey —dijo ella.

El mago negó con la cabeza:

—El rey no tiene jurisdicción en la Torre Gris. Rabadán odia al rey y a la corte… ¡y a todos!

—La razón por la que estamos aquí es porque el Ojo Sagrado de Eluvá ha sido robado.

Eso atrajo la atención del mago:

—¿Robado? ¿Del Templo Redondo?

—Sí.

Rabadán crujió los dientes.

—Esa maldita abadesa —farfulló—. Siempre supo Rabadán que lo perdería. Tan orgullosa, tan segura de que el Ojo estaría a salvo en su supuesto templo impenetrable. ¡Ja! Rabadán tenía razón. ¿Fue ella quien os mandó?

Maldición , pensó Alana. Espero que no se vaya todo al carajo.

—No nos mandó ella. Pero sí nos dijo que usted, venerable mago, era el único que puede ayudarnos a encontrar el Ojo.

—¿Quién lo ha robado?

—Una estafadora llamada Ilda Kladán.

El rostro del hechicero se ensombreció.

—Sospechamos que se lo ha dado a uno que se hace llamar el Nigromante —añadió la sargento.

El viejo lanzó una cadena de maldiciones y juramentos tan terrible que sacudió a todos. El mago golpeó el suelo fuertemente tanto con su bastón como con uno de sus pies, y el sonido hizo eco en la cámara.

—¡Rabadán se lo dijo! ¡Se lo advirtió! ¡Le dijo que lo perdería! ¡Que caería en manos de algún hechicero siervo de Doriatán, Príncipe de los demonios! ¡Maldita seas, Aluán, hija del infierno! —exclamó a voz en cuello.

Luego se quedó en silencio, respirando con tanta fuerza que Alana temió estuviera a punto de sufrir un paro cardíaco.

Rabadán se apoyó con ambas manos en su bastón para no desplomarse. Su ojo se movía de un lado para otro, pensando con furia.

Levantó la vista, mirando a la sargento:

—Esa reliquia es peligrosa, sabuesa del rey. En las manos de un siervo del Príncipe, podría significar la muerte de muchos, de miles. No solo de humanos, sino de magos también. ¡Esa mujer ha puesto la vida de Rabadán en riesgo! ¡Maldita sea!

—Dijo que usted podría ayudarnos a encontrarlo.

—Sí. Rabadán puede. Es por eso que la Torre Gris está siempre oculta. Es por eso que el mago solo se manifiesta a pocos, muy pocos.

—¿Cómo encontraremos el Ojo?

—Primero hay que encontrar el libro. Con el libro, la reliquia.

—¿ El rastro de la sangre ? —preguntó Eladán.

—Sí. Así que esa bruja que se hace pasar por abadesa os ha contado lo del libro, ¿eh?

—Solo nos dijo que el libro nos apuntará a la reliquia —dijo Alana.

—Sí. Pero el libro ha estado perdido por generaciones. Destruido, según las crónicas. Pero no es así. Rabadán lo sabe.

—¿Dónde lo encontraremos?

El mago se quedó inmóvil, pensando. Pasó un minuto, dos, cinco. El viejo, sin mover el cuerpo excepto el ojo y el pecho al respirar. Alana y el resto de la tropa, incómodos en el silencio. Pero no se aventuraron a hablar.

Finalmente el mago exhaló y caminó detrás de su escritorio. Tomó un libro grande, cuya pasta de cuero era de tres palmas de altura por dos de longitud. Lo abrió hasta llegar a una hoja en específico.

—Aquí hay instrucciones —dijo apuntando a la hoja izquierda—, y aquí el mapa —dijo poniendo el dedo sobre la hoja derecha.

Alana se acercó para ver, aunque nadie más se atrevió. La hoja izquierda estaba escrita en la antigua lengua.

—Rabadán tendrá que ir con vosotros. Es la única manera. De lo contrario, no lo encontraréis. El riesgo es alto, moriréis todos. Sí, Rabadán tendrá que ir. —Y lanzó otro juramento.

De repente, escucharon un grito que los dejó estupefactos. Venía de fuera de la torre.

—Mi nombre es Anur, el Segundo —gritó la voz—. Somos los siervos del gran Nigromante. Tengo un mensaje para ti, Rabadán de Acán, abominable mago. ¡Sal fuera!

El viejo mago se estremeció con violencia. Corrió hacia la ventana y se asomó. Lanzó un largo grito de espanto.

Eladán, Órnel y Desani se asomaban por la otra ventana. Alana se apresuró y pidió espacio para ver.

Abajo, frente a la entrada de la torre, había un pequeño escuadrón de diez hombres con espada y lanza. Cuatro llevaban una antorcha en la mano. Además de ellos, Akal, el asistente del mago, quien sonreía malévolo.

Frente a los hombres, uno que daba la apariencia de ser un muerto viviente.

—Salid, o quemaremos la torre con vosotros dentro —dijo.