La torre gris
TAL COMO PENSARON, vislumbraron el bosque de Rabá cuando el sol estaba por meterse.
La particularidad de este bosque era que tenía una parte dentro de la ciudad y el resto afuera, del otro lado de la muralla.
Era un lugar de leyendas. Un bosque embrujado. Un bosque imposible de atravesar. Según se decía, nadie que entraba lograba llegar hasta la muralla exterior.
Quizá lo que lo hacía famoso eran las ruinas del templo pagano de Zarkat.
El nombre «Zarkat» aludía a un famoso sumo sacerdote de la tribu arogestan, adoradores del dios-toro Balaán, en el tiempo del llamado Reino Oscuro, antes de que esa tribu fuera conquistada por Tresden I, el Magnífico.
Las ruinas, según decían los juglares, eran absolutamente masivas.
Durante años, algunos habitantes de la ciudad continuaron allí adorando, hasta que la religión arogestan fue desapareciendo con la venida de la Santa Fe Profética.
Las Hermanas del Ojo Sagrado y la Santa Hermandad de la Verdad se encargaron de erradicar cualquier vestigio de la antigua religión, prohibiendo las peregrinaciones al templo.
Llegaron a una taberna justo en las afueras del bosque. Era una construcción de madera de dos pisos, peligrosamente ladeada a la derecha.
El interior, malamente iluminado por algunas lámparas, olía a vómito recién limpiado.
—No me da muy buena espina este lugar —dijo Órnel con la decencia de hablar en voz relativamente baja.
—No hay muchas tabernas ni mesones por aquí —dijo la sargento—. Solo necesitamos algo de comer y beber, y nos vamos.
—Y también instrucciones de cómo llegar al templo, ¿no? —preguntó su auxiliar.
—Exacto.
Además de ella y Órnel, los acompañaban Eladán y el cabo Desani.
Un hombre barrigón, vestido con una túnica marrón y un delantal bastante sucio, asomó desde la cocina y les dijo con voz ronca:
—Ya los atiendo, mis señores. Siéntense donde haya espacio.
Era probablemente una broma, porque las ocho o nueve mesas del lugar estaban vacías excepto por una, donde un hombre roncaba, con la cara aplastada sobre la mesa y un charquito de saliva formándose junto a los labios.
Al sentarse, el tabernero se acercó limpiándose las manos en el mantel.
—Disculpen el olor. Pero… bueno, no tienen por qué saber detalles.
—Sonrió, enseñando unos dientes amarillos y retorcidos.
Estaba de bastante buen humor—. No siempre estamos así de vacíos.
Por la mañana vino mucha gente, con eso del festival.
Pero nada más empieza a anochecer y nadie quiere acercarse al bosque.
—¿Porque está maldito? —preguntó Órnel.
—¡Nah! Puros cuentos —respondió el hombre.
—A mí me contaron —dijo el auxiliar rápidamente, antes de que Alana le dijera que guardara silencio— que las personas que entran nunca salen. Y cuando salen, se vuelven locas.
—¡Por los Siete Profetas, muchacho! —Soltó una carcajada seca—. Yo he entrado y salido cantidad de veces, ¿y te parece que estoy loco?
Órnel entrecerró los ojos y lo miró con sospecha.
Antes de que dijera alguna idiotez, se adelantó la sargento:
—Mire, venimos para comer algo rápido y luego entraremos al bosque.
—¿Ah, sí? ¿A qué?
—Vamos al templo de Zarkat.
El tabernero, con cara sorprendida y ojos saltones, exclamó:
—¡Mentira!
Eladán, quien por supuesto ya encendía su pipa, dijo:
—Somos sabuesos del rey.
Alina asintió:
—Soy la sargento Verlán. Tenemos una encomienda.
—¡Ah! Ya decía yo, ¿por qué la vestimenta tan sombría? —replicó el tabernero, como notando por primera vez las túnicas oscuras y la capa negra—. ¿Y a qué van al templo, si se puede saber?
—Estamos buscando a un hombre —dijo Alana—. Quizás haya escuchado hablar de él. Dicen que vive en el bosque.
—Ya nadie vive en el bosque, mi señora. Excepto el viejo curandero en la cabaña junto a la vereda.
—Su nombre es Rabadán.
—¿El mago?
Alana sintió las miradas sorprendidas de sus compañeros sobre ella.
—El mismo —dijo ella—. ¿Lo conoce?
—No exactamente, sargento. Pero viene aquí, a la taberna, de cuando en cuando, con su asistente. Es decir, salen del bosque, compran provisiones, comen algo aquí, beben y se regresan.
—¡Entonces es verdad! —dijo ella—. Vive en el bosque.
—Pues… supongo que sí, sargento. Es la excepción.
—¿Alguna vez ha tenido una conversación con él?
—No. Excepto lo básico. Siempre entra aquí de noche, cuando prácticamente no hay gente. Comen y se van. El muchacho, su asistente, siempre tiene cara de tremendo fastidio. Y el mago de mal humor. Cascarrabias. Si usted me entiende.
—Entonces, ¿no sabe exactamente en qué parte del bosque habitan?
—Eso no sabría decirle, mi señora.
—Bien. ¿Cómo llegamos al templo?
—Por la vereda. Hay pocas veredas en el bosque, pero quizás la única que permanece en un estado relativamente decente es la que lleva al templo.
—¿Todavía es transitada? —preguntó Eladán.
—Ya sabe usted. Siempre hay curiosos. Y las ruinas son legendarias.
—¿Las ha visto usted? —preguntó Órnel.
—Nunca.
—¿Qué tan lejos? —preguntó Alana.
—Una milla y media hacia el corazón del bosque.
Después de eso, el hombre les trajo un estofado de carne sorprendentemente delicioso. El pan no estaba mal y el aguardiente era bastante pasable.
Salieron y tomaron la vereda, adentrándose en la floresta. Apenas entrando, a la izquierda, vieron una cabaña rodeada por arbustos y árboles. Probablemente el viejo curandero que mencionó el hombre de la taberna.
Encendieron pequeñas lámparas de mano hechas de barro y continuaron en relativo silencio.
—Estaremos bien —le dijo Alana a Órnel, que andaba con la cara pálida y dando respingos con cada sonido moderadamente fuerte. Era el único con la espada en la mano.
Mientras se adentraban, el sendero se tornaba difícil de transitar, con árboles caídos, ramas atravesadas y secciones en tan mal estado que daba la impresión que la vereda había terminado. Varias veces se abrieron paso con las espadas.
Y repentinamente, como por arte de magia, el bosque se disipó y, delante de ellos, las ruinas.
Desani maldijo, sorprendido.
—Por las barbas del Primer Profeta —musitó Órnel, sacrílego.
Incluso Eladán murmuró:
—¡Gran Creador!
Las ruinas eran masivas. Puesto que esa zona estaba talada, la luz de la luna iluminaba el lugar.
A la izquierda, una construcción de piedra del tamaño de un templo mayor, un edificio largo y rectangular que estaba siendo estrangulado por cientos de lianas. A la derecha, un estadio semicircular, también de piedra, cubierto por completo de moho.
Un corredor frente a ellos, flanqueado por masivos pilares, gruesos como un elefante y tan altos que desaparecían más allá de las puntas de los árboles.
Y a la distancia, como a unos trescientos pasos, una pirámide tan grande que Alana se preguntó si era más grande que el Templo Sagrado de Eluvá.
Además de eso, otras muchas construcciones menores, todas de piedra, por aquí y por allá.
Era una ciudad en medio del bosque.
—Encontrar aquí al viejo ermitaño será difícil —dijo Órnel—. Que yo sepa, no tenemos su dirección exacta, ¿eh?
—Lo buscaremos —dijo Alana.
—Siempre que no se haga muy de noche —replicó Órnel, mirando a su alrededor—. No vaya a ser que nos perdamos y jamás podamos salir.
Avanzaron. Por alguna extraña razón, Alana sintió el deseo de sacar la espada. Puso la palma en el pomo, por si la necesitaba.
Caminaron en dirección a la pirámide, mirando siempre a su alrededor. Órnel tenía razón. ¿Cómo encontrarían a Rabadán? No imaginó que habría una ciudad en medio del bosque. Cuando decían ruinas, pensó en un par de edificios grandes pero medio destruidos, con alguna choza donde el mago habitara.
Eso era muy diferente.
—Podríamos estar aquí la noche entera —dijo Eladán.
—Tendremos que llamarlo —dijo Alana.
—¿Llamarlo? —preguntó el antiguo marinero.
—Sí. En voz alta. Llamarlo.
Órnel se llevó una mano al pecho:
—¿Gritar? ¿En este lugar? Mi sargento… ¡por favor…!
—¿Se os ocurre una idea mejor? ¿Queréis estar aquí hasta mañana?
—Podríamos regresar por donde vinimos —sugirió Órnel— e intentarlo mañana por la mañana.
La sargento sacudió la cabeza:
—El tiempo apremia. Además, este lugar está abandonado. —Entonces, en voz alta, dijo—: ¡Maese Rabadán!
—Profetas, protegednos —rezó Órnel.
Eladán y Desani se unieron al coro. Órnel no fue capaz.
Así estuvieron, acercándose hasta llegar a la pirámide.
—¿Creéis que pueda estar allá arriba? —dijo Eladán, apuntando a un salón cuadrado en la punta de la pirámide, al que se podía acceder por medio de cientos de escalones.
—No se ve luz alguna —dijo el cabo Desani.
—Quizás ya está dormido —sugirió Alana.
Órnel gritó. Un grito corto, de sorpresa.
Todos se dieron la vuelta para mirarlo. El joven auxiliar miraba hacia atrás, al camino de donde venían, en dirección sur.
Alana se estremeció.
Una torre se había materializado a unos cien pasos de distancia.
Sí. Justo en el camino por donde venían.
No había nada momentos antes, y ahora una torre de por lo menos cinco pisos de altura, de piedra gris, pero sin moho ni arbustos creciendo a su alrededor.
—¿Qué brujería es esta? —dijo el cabo Desani, asombrado.
Se quedaron allí de pie, sin moverse.
—La puerta de la torre —dijo Alana— está abierta.
—Es cierto —confirmó Eladán.
—Acerquémonos.
Órnel hizo la señal de la veneración y rezó:
—Siete Profetas, protegednos.