Muy vago
MIENTRAS DESCENDÍAN LA colina, Alana admiró la vista de Tresden.
La ciudad más grande del mundo. La gran muralla externa estaba a unas seis millas de distancia.
Parecía una larga cinta de piedra gris que abrazaba la ciudad, interrumpida por las grandes torres de los atalayas, además de las monumentales puertas.
A su alrededor los techos de cientos de casas, barracas y construcciones de madera, piedra o barro, con las cúpulas y campanarios de los templos mayores y menores sobresaliendo aquí y allá.
Por toda la ciudad emanaban hilillos de humo, pues los sacerdotes encendían las ofrendas desde la mañana hasta el anochecer.
Puesto que estaban en el lado sur del monte, no veían el masivo Castillo Real ni el enorme templo principal de la ciudad. Pero sí el hermoso lago de los Naufragios, al sureste, con el río Sereno que serpenteaba rumbo al norte, convirtiéndose en el río Naret.
Era, indudablemente, una ciudad impresionante. Con sus calles, puentes, casas y, por supuesto, los miles de ciudadanos que en ella habitaban.
Tardaron más tiempo en llegar a la taberna debido a las multitudes de peregrinos.
Al arribar, Eladán los esperaba sentado en una mesa circular de madera.
No estaba junto a alguna salida, pero en este caso no era problema, pues la taberna de El Ancla Azul, al ser una de las favoritas de los sabuesos, tenía siempre entre sus clientes a miembros de la Honorable Compañía, algunos de los cuales ella reconoció y saludó al pasar.
Junto a Eladán, un joven cabo de la guardia.
—Su nombre es Desani —lo presentó Eladán, mientras masticaba una pierna de pollo.
Alana y Órnel se presentaron y se sentaron. Pronto les trajeron un plato con pollo asado, verduras ahumadas, arroz en salsa de tomate, vino para ella y aguamiel para su auxiliar.
—¿Qué noticias, sargento? —le preguntó Eladán.
—Muchas —dijo ella, mirando de soslayo a Desani pues, al no ser un sabueso, no estaba segura de cuántos detalles era prudente decir delante de él.
—Cabo —dijo Eladán—, permítenos hablar en privado.
—Por supuesto —contestó, poniéndose de pie inmediatamente y caminando hacia una esquina, donde se quedó esperando.
—Yo también tengo mucho que decir —dijo el oriundo de Nurani. Al recostarse en la silla, comenzó el ritual de encender su pipa—. ¿Gustáis un poco de tabaco?
—Yo no fumo… todavía —dijo Órnel.
—Un gran placer te espera por delante —respondió Eladán, echando una bocanada de humo.
—Yo sí —dijo Alana. No se negaría a un poco de tabaco nureño.
Mientras ella llenaba el hornillo, Eladán habló:
—La cuestión se ha tornado en extremo, eh, interesante , sargento.
—Soy toda oídos —respondió exhalando humo, para luego darle un mordisco al pedazo de pollo. Órnel ni siquiera los escuchaba; comía con la voracidad de un mendigo.
Lo que Eladán Ikse les contó la dejó completamente sorprendida. Empezó hablándoles sobre el encuentro con «Anur el Segundo, siervo del Nigromante» y su capacidad mágica de desplazarse por el aire. Eso hizo que incluso Órnel dejara de comer por un momento, con los ojos redondos.
—¿El Nigromante, dijiste? —musitó Alana—. Vaya.
—¿Sabes quién es?
—No exactamente. Pero en un momento te contaré lo que sé.
—Bien.
Eladán prosiguió con el relato: su encuentro en el depósito mortuorio con el médico Rauel de Iraná. Eran unos veinte cuerpos. El sabueso entonces visitó a la viuda de Zekse, quien aseguraba que Ilda Kladán estaba detrás del asesinato de su esposo, debido a un encargo del cual no sabía qué era.
—Entonces me pidió ir al mortuorio para reconocer el cuerpo de su esposo.
—¿Fueron?
—Sí. La llevé. Reconoció la cabeza, además de otra. Dijo que se trataba de un trabajador del taller de su esposo.
—Interesante —dijo Alana—. Entonces no solamente mataron a Zadán Zekse, sino también a un hombre que trabajaba con él.
—Así es, sargento.
—Y detrás parece estar la estafadora: Ilda Kladán.
—Sí.
Alana sacudió la cabeza:
—Qué locura.
—Lo que todavía no entiendo bien —dijo el antiguo marinero— es cuál es la relación, si es que la hay, entre Ilda Kladán y ese supuesto Nigromante.
—Ah —respondió ella—. Quizás yo pueda ayudar con eso.
Fue ahora su turno de relatar la conversación con la gran abadesa, aunque omitió la parte en la que la hermana Zanda le dio un sobre perfumado para el capitán Arjen.
Eladán escuchó con mucha atención, sin quitar de ella los ojos y sin moverse en la silla excepto para chupar la pipa.
Incluso Órnel se olvidó de la comida y oyó absorto cada palabra, con la boca medio abierta, enseñando un pedazo de pollo que dejó sin masticar.
—Tienes toda la razón, sargento —dijo Eladán—. Es una locura. Kladán estafa a don Lahuale, no sabemos por qué; también mata a Zekse, roba el Ojo del Templo Redondo… ¿y ahora hay un libro de por medio?
—¡Y no cualquier libro! —exclamó Órnel, quizás demasiado fuerte—. ¡Se trata de El rastro de la sangre ! ¡Por los Siete Profetas! Hasta yo he oído hablar de ese códice.
—No grites, Órnel.
—Perdón, mi sargento.
—Según opina la abadesa —continuó Eladán—, si encontramos el libro, encontraremos el Ojo y, por lo tanto, a Kladán… o al Nigromante.
—Exactamente.
—¿Y cómo encontraremos ese maldito libro? —preguntó el antiguo marinero.
—Bien, aquí la cosa se pone buena —dijo ella.
—No sé si «buena» es la palabra que yo usaría, sargento —dijo Órnel.
Alana puso ambos brazos sobre la mesa y se inclinó para susurrar. Eladán y Órnel la imitaron.
—Según la gran abadesa, que ella sepa, hay solo una persona que posiblemente sabe dónde se encuentra ese libro. Es un viejo mago ermitaño llamado Rabadán. ¿Has oído hablar de él?
Eladán afirmó con la cabeza y agregó:
—Pero no mucho. Solo eso. Que es un viejo chiflado, un ermitaño. Un supuesto mago escurridizo.
—Eso mismo dijo la abadesa.
—¿Dónde vive?
—En el bosque de Rabá.
—Llegar allí nos tomaría el resto del día —dijo Eladán.
El bosque estaba en el extremo norte de la ciudad, dentro de la muralla, contiguo a la ciudad universitaria. Unas ocho millas de distancia. Pero les tomaría más tiempo por los peregrinos que atiborraban las calles.
—Si la gran abadesa tanto quiere encontrar ese libro, ¿por qué no ha ido ella misma?
—Porque el viejo mago, según las palabras de la abadesa, «solo se manifiesta a los que quiere».
—¿Eso qué significa?
—No estoy segura.
—¿Y cómo, por todos los demonios del infierno, vamos a encontrarlo nosotros si ella no puede? —dijo Órnel.
—La abadesa dijo que fuéramos al bosque, en específico, a las ruinas del templo pagano de Zarkat.
—¡Qué! —exclamó Órnel—. ¡Ese templo está embrujado! Todo el mundo lo sabe.
Incluso Eladán enderezó la espalda:
—¿Allí?
—Allí —repitió Alana.
El antiguo marinero se quedó pensando:
—No lo sé, sargento. Me pregunto si buscar a ese viejo mago será una pérdida de tiempo. Lo que necesitamos es encontrar a Kladán.
Por supuesto, Eladán tenía razón, en parte. Pero ¿qué otra opción tenían?
—No tenemos pistas —dijo ella—. Excepto esta.
—¿Y si resulta ser un embuste?
—De acuerdo con la gran abadesa, encontrar este libro es de vital importancia. Es la única manera de encontrar el Ojo Sagrado. Según ella, el Nigromante estará tras su pista también. Mejor nosotros que él.
—¿Qué pasa si él lo encuentra?
—Si lo encuentra primero, podría usar la reliquia para el mal.
Eladán levantó una ceja:
—Eso es muy vago, sargento.
—Yo también pregunté. Pero no quisieron decirme.
Debes encontrarlo, sargento, recordó decir a la abadesa Aluán. Debes intentarlo. Es más importante de lo que crees. La vida del reino entero podría estar en juego.
Eladán chupó la pipa y exhaló:
—Parece que nos quedamos sin muchas opciones.
—Comamos bien —dijo la sargento, vaciando su copa y pidiendo más vino—. Tenemos un largo camino por delante.