Amuleto
ALANA CAMINABA POR los pasillos del Templo Redondo, acompañada por la hermana Zanda, estremecida por lo que acababa de escuchar de los labios de la gran abadesa Aluán.
Muchos pensamientos le cruzaban por la cabeza.
Esta misión acaba de complicarse mucho más de lo que jamás pensé, se dijo.
Le hubiera gustado pedir ayuda al capitán Arjen y al sargento Zark, pero estaban fuera de la ciudad y no sabía por cuánto tiempo. Solo le quedaba Eladán de ayuda, pues no sabía nada de Lendo y Amaret. No los había visto en días.
Saliendo de aquí será casi mediodía. Iremos a la taberna para vernos con Eladán.
Pasaron por un salón con un hermoso techo de madera, el suelo tapizado de alfombras y las paredes llenas de cuadros religiosos.
La hermana Zanda se detuvo antes de salir por la puerta de ese cuarto.
—Sargento —dijo—, espere aquí un momento.
—Claro que sí, hermana.
La monja salió y regresó unos quince minutos después. Le dio un sobre sellado: el pase de la biblioteca.
Aunque solo podía verle los ojos, le parecía que Zanda se debatía con algo más que estaba por decir.
—Yo quisiera preguntar si podrías hacerme un favor —dijo la monja.
¿Un favor, yo? , pensó.
—Para servirle —le contestó.
La hermana Zanda sacó de su túnica un sobre pequeño, cuadrado, que cabría en la palma de la mano, sellado. Se lo dio a Alana.
—¿Podrías darle este sobre al capitán?
—¿Al capitán Arjen?
—Sí.
—Por supuesto. —Lo guardó en su túnica sin poder evitar notar que el sobre tenía un ligero olor a perfume.
¿Quién eres, en realidad? , quería preguntarle. Pero no lo hizo, porque no le pareció apropiado. Si tuviera que adivinar, diría que era hija de algún noble. Eso no era nada fuera de lo común. Para muchas de las casas nobles era un privilegio que algún hijo fuera sacerdote, o una hija, monja.
¿Estaría delante de la hija de algún duque, conde o barón?
—Muchas gracias —respondió la monja de ojos color miel—. Otra cosa, sargento. La misión en la que te enfrascas… es dura. Pero al mismo tiempo, secreta. ¿Estás lista?
—¿Que si estoy lista?
—Sí. Para una misión así.
Alana reflexionó por un momento:
—No estoy segura.
—¿Tienes algún amuleto de protección?
—No, a decir verdad.
—Eso pensé. —La monja, entonces, se quitó del cuello (con un poco de dificultad debido a sus túnicas) un collar cuyo pendiente era una piedrecita roja—. Este amuleto fue ungido hace mucho tiempo por el Tercer Profeta.
Alana sintió un escalofrío. No podía ser cierto. Una reliquia así sería valiosísima.
—Es pequeño, pero poderoso. Algo me dice que te servirá más que a mí.
Alana sacudió la cabeza:
—Yo no podría aceptar algo así, hermana. Además, probablemente no lo necesite.
—Probablemente. Ojalá que no. ¿Sabes cómo funcionan las reliquias?
—Solo lo que he escuchado. Que duran algunos días, incluso meses, después de haber sido ungidos con aceite santo.
—La realidad es que nadie sabe exactamente cómo funcionan y por cuánto tiempo.
El que te diga que lo sabe, es charlatán.
Todos los amuletos en el mercado son pura mentira, pues para que realmente sirvan deben ser ungidos bajo estricta liturgia sagrada, y por un sacerdote supervisor, abad o abadesa.
Éste en específico —dijo levantándolo por la cadena a la altura de los ojos— sí funciona.
Es diferente a otros, porque proviene de uno de los Siete.
Pero escucha bien: solo funcionará tres veces.
No se activa con algún hechizo; el amuleto sabe cuándo lo necesitas.
—Muy bien —dijo, aunque no entendía nada bien.
—La primera vez que lo uses, dejará de funcionar por un tiempo. Lo sabrás porque perderá el brillo. Cuando el brillo regrese, significa que ha recuperado su poder. Recuerda: funcionará tres veces.
—Hermana, yo no…
—Tómalo. No admitiré que te niegues. —Lo dijo con la firmeza de una general.
Alana lo tomó.
—Póntelo. Y escóndelo detrás de tu túnica. —Alana obedeció—. Bien. Así.
—Gracias, hermana. Yo…, después de la misión lo devolveré.
—Afuera, sargento, hay mucha maldad. Yo sé que tú lo sabes, porque eres una sabuesa del rey. Pero me temo que posiblemente te enfrentes a algo más allá de lo que hayas experimentado. Rezaré por ti.
—Gracias.
Alana pensó que eso significaba que rezaría por ella en el futuro.
Pero, en lugar de eso, la monja hizo la señal de la veneración, tocando su propio corazón con los dedos índice y anular, luego rozando los labios para después tocar su frente.
Habiendo hecho eso, la monja tocó la frente de Alana con el dedo anular y dijo el rezo de la protección divina:
—«Que los cinco espíritus de Eluvá y la gracia del Dios viviente te acompañen y te protejan en tu encomienda. Así sea».
—Así sea —respondió Alana, todavía un poco sorprendida.
—Estarás bien, sargento.
Pero Alana vislumbró un susurro de temor en los ojos de la monja.
—————
Poco tiempo después, salió por la puertecita del gran portón.
Mirando a su alrededor, no vio a Órnel. Lo llamó en voz alta, y su joven auxiliar salió de detrás de un árbol, a un tiro de piedra.
—¿Qué haces allí, escondido?
—Perdón, mi sargento. Solo…, eh…
—¿Orinabas?
—No. Solo la esperaba bajo la sombra.
Pero entonces notó que el joven estaba blanco. No solo eso, tenía una mancha de un color rosa pálido en la rodilla izquierda.
—¿Estás bien?
—Estoy bien.
—¿Vomitaste?
El chaval levantó las cejas. Se quedó sin habla.
—¿Qué pasó, Órnel? ¿Viste algo?
—No.
—¿Entonces?
La cara del muchacho seguía pálida. Sus ojos, bien abiertos. Quizo decir algo, titubeó, intentó de nuevo, frunció el ceño. Cerró con fuerza los ojos y finalmente dijo:
—Yo… maté a un hombre ayer.
No esperaba que le dijera eso.
—Sí. Y yo a un par.
—Yo nunca había matado a un hombre antes. Ayer fue la primera.
—No te había visto conmocionado hasta ahora.
El joven sacudió la cabeza:
—No había tenido oportunidad. Ayer por la noche caí rendido por el sueño. Fue hasta ahora, cuando tuve tiempo para pensar, que la escena regresó a mi mente. Los gritos del hombre. El chorro de sangre. ¡Profetas!
Interesante , pensó ella. Al joven le había tomado algo de tiempo sentir el peso de lo acontecido. Quizás su mente intentó bloquear el suceso el mayor tiempo posible, pero ahora, habiéndose quedado solo y con espacio para reflexionar, se le vino todo encima.
A decir verdad, le parecía que reaccionaba bastante bien. Hace no mucho ella había matado a una persona por equivocación, un horrible accidente, y no durmió bien durante meses.
Algunas noches todavía se despertaba con un grito atorado en la garganta, un sudor frío en el cuerpo, recordando el rostro de ese hombre, su mirada de sorpresa.
Recordó su propia voz, mientras intentaba revivir al que acababa de matar: Eluvá bendito, Eluvá, por qué, yo no quise, no, ¡despierta, bastardo!
Le dio un escalofrío. Le había costado mucho olvidarlo, y no quería destapar otra vez ese recuerdo. Es horrible recuerdo.
Se acercó y puso una mano sobre el hombro del chaval:
—Ey. Tranquilo. La primera vez que matas a alguien es horrible.
El joven se pasó la lengua por unos labios completamente secos:
—¿Se acostumbra uno?
Ella se quedó pensando:
—No, creo que no. Bueno, depende de a quién matas. Por fortuna, todas las personas a quienes les he atravesado el corazón lo merecían.
Casi todas.
—¿Así es como uno duerme tranquilo?
—Sí. Ayuda que todos los días termino agotada. Me quedo dormida antes de que la cabeza toque la almohada.
El joven sonrió.
—Y recuerda, Órnel. Si quieres ser un sabueso del rey, debes saber que administrarás la justicia del rey, y eso muchas veces significa la pena capital.
—Entiendo, sargento.
—Si lo necesitas, pasemos por el cuartel. Puedes quedarte allí.
Rápidamente dijo que no con la cabeza:
—De ninguna manera, mi sargento. De ninguna manera. Estaré bien. No tengo pensado dejarla sola, no en esta misión. ¿Adónde vamos? ¿Con Eladán?
—Exacto. Tengo mucho que decirle.
—¿Sí? ¿Cómo fue todo ahí dentro? ¿Es la gran abadesa una serpiente con patas, como dicen? Con todo respeto.
—No es como yo esperaba, eso te puedo decir.
—¿Y qué le dijo? ¿De qué hablaron?
—Todo a su tiempo, chaval. Por ahora, vamos a la taberna, que tengo hambre y el tiempo apremia.