Vengadora del rey (Vengadora del rey 1) La única pista
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La única pista

—ASÍ QUE SE confirman nuestras sospechas —dijo la gran abadesa—. Es Kladán la que robó el Ojo.

—Eso no es bueno, Aluán —dijo la hermana Zanda—. Nada bueno.

A Alana le sorprendió la manera en que la hermana Zanda le acababa de hablar a la abadesa, por su nombre y con mucha familiaridad. Por un momento le pareció como si fuera Zanda la persona realmente a cargo, y Aluán su asistente. Pero eso era imposible.

—Muy preocupante —afirmó la abadesa.

—Entiendo la delicadeza de la situación —dijo la sargento—. Llevaré a cabo las pesquisas con discreción.

—¿Tienes alguna pista con respecto a Kladán? —preguntó la hermana Zanda.

Alana titubeó:

—A decir verdad… no. No una sólida, es decir. Pero no os preocupéis, ella no podrá esconderse por mucho tiempo.

—Sin embargo, ahora que sabe que están tras ella, se ocultará con más esmero —dijo Aluán.

—La atraparemos, de todas maneras.

—Es imprescindible recuperar el Ojo Sagrado, sabuesa —dijo la gran abadesa—. Y hacerlo pronto.

—Así será.

La anciana movió la cabeza de un lado a otro lentamente, diciendo que no:

—Es posible, soldado, que no dimensiones la magnitud de la situación. Y eso no es culpa tuya.

—¿A qué se refiere, su eminencia?

Aluán se pasó la lengua por sus arrugados labios, frunciendo el ceño. Se quedó por un momento con la mirada fija en la piedra falsa, como deseando que la verdadera siguiera allí.

—El Ojo Sagrado de Eluvá, como mencioné, es una reliquia —dijo—. Pero no es una reliquia cualquiera. Se dice que es una reliquia mágica.

Alana levantó las cejas:

—¿Mágica?

—Sí. Un amuleto poderoso.

Vaya. No esperaba esto.

—¿Y lo es? —preguntó—. ¿O solo son rumores?

Por todo el reino existían los amuletos y las reliquias, y hasta ahora Alana nunca había visto una que fuera claramente mágica.

Sí, creía en la realidad de lo sobrenatural.

Pero la Era de la Magia, como la llamaban los cronistas, había sido siglos atrás.

En ese entonces, los magos y las hechiceras gobernaban territorios enormes, incluso continentes enteros.

Pero todo eso había desaparecido.

Solamente quedaban vestigios.

Hasta recientemente nunca había visto algo sobrenatural. Todo eso cambió poco tiempo atrás, cuando se enfrentó a un par de poderosos hechiceros junto con la tropa del capitán Arjen.

Se quedó paralizada cuando esa memoria, que había tratado de olvidar con todas sus fuerzas, regresó. Olió de nuevo aquel establo y recordó el horror de lo que vivió. De milagro salió con vida. Y en el proceso, quitó varias.

Sacudió la cabeza y le dio un escalofrío.

—¿Estás bien, sargento? —le preguntó la abadesa.

—Estoy bien. Solo… estoy bien. Hace frío aquí abajo.

—Como decía: la leyenda cuenta que es un amuleto poderoso. Yo, personalmente, nunca experimenté nada fuera de lo ordinario con el Ojo Sagrado. Y no porque no lo intentara. Incluso vinieron algunos…, eh…, sabios. Pero ninguno logró nada.

—Entonces son solo leyendas —reiteró Alana.

—Quizás —masculló la abadesa.

—Sin embargo —dijo la hermana Zanda—, llevamos tiempo escuchando hablar de un brujo que está buscando reliquias por el reino.

Siete Profetas. Lo único que faltaba.

—Se hace llamar el Nigromante —continuó Zanda—. No sabemos mucho de él. Solo que, de acuerdo con algunos de nuestros informantes, se rumorea que está en Tresden.

—¿Buscando reliquias, dice?

—Sí —dijo la monja de ojos color miel—. Reliquias y aliados.

—¿Con qué fin?

La monja y la abadesa intercambiaron miradas.

—No lo sabemos —dijo la abadesa.

¿No lo saben o no me quieren decir?, pensó. Luego dijo:

—Entonces puede ser que Kladán robó el Ojo con un propósito específico: dárselo al… ¿cómo dijo? ¿Nigromante?

Ambas mujeres afirmaron con la cabeza.

—Es posible que solo sea una hermosa piedra y nada más —dijo Alana—. De todas maneras la buscaremos y la encontraremos, porque sé la importancia de un memento como ese.

—Pero ¿y si no es tan solo una piedra? ¿Y si es también un objeto poderoso? —dijo la abadesa, aunque parecía estar preguntándoselo ella misma, sus ojos perdidos en algún punto de la oscuridad.

—Imposible saber —dijo la sabuesa.

—Hay una manera —replicó la monja delgada.

—¿Sí?

La gran abadesa se cruzó de brazos y miró a Zanda con un atisbo de reproche.

—Yo no creo… no estoy segura de que sea verdad.

—¿Qué cosa? —preguntó Alana.

—Aluán —dijo Zanda—, quizás sea la única manera de encontrar el Ojo.

—Sí. Sí, tienes razón. Está bien —dijo la abadesa, quitándose con el dorso de la mano el sudor que, a pesar de la baja temperatura, le había brotado en la frente—.

Escucha, sargento. Lo que te diré es un secreto que ha permanecido oculto por siglos.

Se trata de un objeto que busqué durante años en mi juventud y, finalmente, me di por vencida. Se trata de un libro.

—¿Un libro?

—Así es.

Alana sintió un escalofrío. Por supuesto, sabía que muchos códices eran objetos de inmenso valor.

Y sí, se decía que por el mundo estaban dispersos, escondidos y resguardados algunos libros mágicos escritos por los hechiceros más poderosos de la Edad de la Magia.

Algunos de estos libros eran legendarios, y la mayoría de la gente pensaba que eran solo historias que contaban los juglares y trovadores.

—Que yo sepa, es el único libro que tiene la capacidad de una función doble —continuó hablando Aluán—. Por un lado, puede encontrar un objeto. Y por el otro, puede «nombrarlo». ¿Sabes qué significa eso?

—Sí —respondió Alana—. «Nombrar» algo es revelar su esencia.

—Exacto. Revelaría, entonces, la esencia del Ojo Sagrado —dijo Aluán.

—Y, por lo tanto, si es un objeto mágico o no —afirmó Zanda.

—¿Y qué libro es? ¿Dónde está?

Las monjas guardaron silencio por un momento. Solo se escuchaba una gotera distante que hacía eco en el gran salón donde se encontraban.

La gran abadesa bajó la voz, como si fuera posible que alguien las escuchara en el corazón de una fortaleza como esa.

—El libro de El rastro de la sangre —dijo Aluán, casi en un susurro.

El murmullo de la abadesa contrastó con la risa seca que salió de la garganta de la sargento.

Se detuvo al ver la seriedad con la que la miraban.

—¿Es en serio?

Las dos dijeron que sí con la cabeza.

Alana entrecerró los ojos:

—Imposible. Ese libro no existe. Todo el mundo lo sabe. Los juglares cantan la historia de su destrucción. Incluso se menciona en uno de Los siete libros. Ya no recuerdo bien…

—Sí —dijo Zanda—, El libro de la revelación , escrito por el Primer Profeta, dice que El rastro de la sangre fue destruido por él mismo debido a su poder y su peligro.

—¡Ah! —dijo Alana—. Destruido, entonces.

—Yo no estaría tan segura —terció Aluán—. Ese es el gran secreto. No fue destruido. Fue escondido por el Primer Profeta. Escondido aquí, en Tresden.

—¡Imposible! —dijo Alana—. Un libro así… ¡daría demasiado poder! ¿O no?

—Sí, pero no cualquiera puede leerlo. El Primer Profeta lo escondió porque causó la muerte de varios sabios. Por lo menos eso dice la leyenda. ¡Cómo saber si es verdad!

—¿O sea que el Primer Profeta mintió en su libro? —dijo Alana, incrédula y espantada.

—Nos protegió, hija mía —respondió Aluán, seria.

—Pero, entonces… estoy perdida —admitió la sargento—. ¿Para qué necesitamos el…? Ahhh … —entendió.

—Exacto —dijo Aluán—. Si encontramos el libro, encontraremos el Ojo. Y no solo eso, también sabremos de una vez por todas cuál es su función.

—¡Pero los Siete Profetas vivieron hace más de tres mil quinientos años! Será mucho más fácil encontrar a Kladán que ese libro.

—Escucha con mucha atención, hija mía —susurró la gran abadesa—. Kladán tiene el Ojo. Debemos asumir que esa maldita estafadora ya se lo vendió al Nigromante. Por lo tanto, el brujo buscará el libro también.

—¡Pues que lo busque! Si nadie lo ha encontrado en tres mil quinientos años, estoy dispuesta a apostar que él tampoco lo logrará —dijo la sargento.

—Podríamos cruzarnos de brazos, sí —dijo Zanda—. Pero lo que hemos oído del Nigromante es que es astuto, inteligente y un hechicero de verdad.

—Supongamos que nunca encuentra el libro —dijo la abadesa—. Perfecto. Pero si lo encuentra…

—¿Qué podría pasar? ¿Cuál es el poder del Ojo? —dijo Alana.

De nuevo, las monjas intercambiaron una mirada, aunque esta vez más sutil.

—No lo sabemos —dijo Aluán.

Me mienten. Lo puedo ver en sus rostros. No sé por qué no me lo quieren decir. Pero tienen miedo. Mucho miedo.

—¿Y dónde lo busco? No sabría ni siquiera dónde, o cómo, comenzar.

—Hay una manera —dijo Aluán—. Yo lo he intentado. Muchas veces. Pero sin éxito.

—Si usted no pudo, su eminencia, yo…

—Debes encontrarlo, sargento. Debes intentarlo. Es más importante de lo que crees. La vida del reino entero podría estar en juego.

Alana todavía no podía creer lo que escuchaba. Por un momento se preguntó si esto era un mal sueño, una terrible pesadilla.

Había venido a investigar sobre una simple ladrona, y ahora le hablaban de brujos, libros ocultos y reliquias con poderes innombrables.

—Escucha con atención, hija mía. Te diré la única pista que tengo para encontrar ese libro.