Inea de Zekse
ELADÁN SALIÓ DEL depósito mortuorio. El cabo Desani se acercó.
—Menudo desastre, mi señor sabueso —dijo.
—Menudo desastre.
Antes de salir, Eladán le había preguntado al doctor si el cuerpo de Zadán Zekse, el mercader, estaba completo. La respuesta fue que sí. Al parecer, unos siete cuerpos estaban completos, y del resto solamente diferentes pedazos.
Muchas preguntas rondaban todavía en su mente. Al mercader lo habían asesinado, junto con más personas. No tenía idea de si los otros cuerpos tenían alguna relación con Zekse o no.
Tampoco sabía quién lo mandó matar. Pero tenía ahora una pista, gracias a Alana. Ella aseguró que la bodega estaba relacionada con la estafadora Ilda Kladán. Por lo tanto, las posibilidades de que esa mujer estuviera involucrada en la muerte de Zekse eran altas.
El problema sería echarle mano a la estafadora. Había escuchado cosas sobre ella. Que era una mujer sanguinaria, sin escrúpulos y muy bella.
Belleza desarmante, había oído.
Pero ¿dónde encontrarla? Alana estuvo cerca de hacerlo, pero ahora la estafadora estaría alerta, sabiendo que tenía a los sabuesos tras su pista.
Entonces, por un lado, Ilda Kladán estafó a don Lahuale Jiranda. Y por el otro, posiblemente, mató a Zadán Zekse.
Ambos mercaderes.
Pero Zekse mercadeaba con plata y piedras preciosas, mientras que Jiranda tenía un negocio más amplio, por lo que entendía. ¿Cuál era la relación entre ambos? ¿Había alguna?
Tenía todavía que ir con la viuda de Zekse y decirle lo sucedido.
Miró al soldado Desani y le dijo:
—Es posible que necesite tu ayuda más tarde.
—A sus órdenes, mi señor sabueso.
—¿Puedes acompañarme a una encomienda?
—Por supuesto. Se puede quedar aquí él —dijo, apuntando a su compañero.
—Perfecto.
Se pusieron en marcha. Les tomó un cuarto de hora llegar a la casa —o más bien dicho— la mansión de Zadán Zekse.
Estaba construida sobre una ligera colina, con un muro de piedra delimitando el terreno grande.
La entrada tenía un portón que estaba abierto, sin guardia.
La casa, hermosa, lucía varias cúpulas además de ventanales enormes con marcos de madera y una puerta maciza de roble.
Les abrió una joven criada. Se identificaron y, momentos después, la criada los hizo pasar a una sala de estar.
Desani miraba a su alrededor sorprendido.
—Me equivoqué de profesión —musitó el cabo.
Eladán encendió su pipa. Admiró también el lugar. Sí, era un cuarto hermoso. Con cuadros de arte colgados en las paredes, una armadura completa de metal en cada esquina, un librero grande lleno de códices, y todos los muebles de madera fina.
Por el umbral entró la viuda de Zekse, cuyo nombre era Inea.
Tendría unos veintitantos años, absolutamente hermosa. Llevaba el cabello rubio recogido en una cola de caballo que le descendía por el hombro. Sus ojos eran azules, del color exacto de la túnica de seda que vestía, con un delgado cinturón dorado cuyo broche de plata asemejaba la hoja de un árbol.
—Buenos días, mi señora —dijo Eladán—. Espero que no sea problema… —levantó su pipa en una mano.
—No es problema —respondió.
En ese momento, Eladán fue muy consciente de que nunca había dado una noticia así.
No sabía exactamente qué decir, pero decidió que lo mejor era dejar a un lado cualquier tipo de sentimentalismo.
Él, como todos los soldados veteranos de la guerra, vio a sus amigos y compañeros morir de las maneras más atroces.
Vio a las viudas y a los huérfanos de padre llorar.
Vio a familias desplazadas y destrozadas.
Pero siempre alguien más les ha dado la noticia. Un capitán, un sargento. Nunca yo.
—Ha encontrado a mi esposo —dijo ella, no como pregunta, sino como afirmación.
—Así es, mi señora.
—¿Está muerto?
—Lo está. Lo… siento. —Aunque, a decir verdad, no sentía mucho.
La respiración de Inea de Zekse se hizo más profunda, sus ojos se cristalizaron. Pero no lloró. No bajó la mirada.
Desde la primera vez que Eladán la visitó, se percató de que era una mujer fuerte.
No venía de una familia poderosa, pero sí pudiente.
Su padre fue jefe de leñadores en el bosque de Rabá, al noreste de Tresden.
Durante muchos años se dedicó a eso, haciendo una fortuna considerable, si bien no excesiva.
Eladán no sabía exactamente cómo ella conoció a Zekse.
—¿Fue asesinado? —preguntó ella.
—Sí.
—¿Está usted seguro?
—Completamente, mi señora.
—Significa que encontró su cuerpo.
Eladán dijo que sí con la cabeza.
—¿En qué estado estaba su cuerpo? —preguntó ella.
El sabueso vaciló:
—Eh, pues…
—Dígamelo. No tiene sentido encubrírmelo.
—Lo encontramos en una bodega, a las orillas del río Sereno. ¿Está segura de que quiere…?
—Sí —dijo ella firme—. Estoy segura.
—Bien. —Eladán chupó la pipa y exhaló—. Encontramos su cuerpo cortado en pedazos en una caja con sal.
El semblante de Inea de Zekse permaneció casi impasible, excepto que sus ojos se abrieron apenas un poco, sus mejillas se arrebolaron y su ceño se frunció levemente.
—Junto con el de él —continuó Eladán—, encontramos otros cuerpos. No los hemos identificado todavía. Todos hombres. No sabemos quiénes son.
—Quizá yo pudiera ayudar. ¿Dónde están?
—En el mortuorio cercano.
—Puedo ir. Identificar los cuerpos, si reconozco a algunos.
—Mi señora, tengo que preguntarle: ¿sabe de alguien que querría hacerle algo así a su esposo?
Ella bajó la mirada y, por primera vez, su rostro reflejó enojo.
—Yo se lo dije, le dije que no hiciera tratos con…
—¿Con quién?
—Con esa mujer.
Eladán sintió un escalofrío al escuchar eso.
—¿Con una mujer, dice?
—Sí. Ella vino aquí una sola vez que yo sepa, hace casi un año. Empezó comprándole anillos a mi esposo y algunas esculturas de plata.
—¿Quién era ella?
—No lo sé. Mi esposo solo la llamaba «la mercader».
—¿Y qué le hace pensar que ella podría estar involucrada en la muerte de su marido?
—Porque hace unos meses lo vi muy atribulado. Le pregunté la razón. «La mercader me ha hecho un encargo y no está dejando que yo me niegue».
—Es decir, ¿le pidió algo sin la opción de rehusarse?
—Así es. Sin embargo, de todas maneras mi esposo rechazó el encargo, al principio.
—¿Cuál era el encargo?
—Nunca me lo dijo. Debe entender, mi señor sabueso, que mi marido fue un hombre experimentado en los negocios durante muchos años. Además, al ser casi treinta años mayor que yo, la realidad es que él se encargaba de los negocios y yo de la casa. Esa es la realidad. Así que no, no me dio detalles.
—Dijo que rechazó el encargo al principio.
—Sí. Una noche, estando yo en la segunda planta de la casa, escuché una trifulca.
Cuando descendí las escaleras, encontré a mi esposo en el suelo, tirado, golpeado y sangrando por la nariz y el labio.
Tres hombres se encargaron de ello, los cuales estaban por retirarse, dejándolo herido.
Todos iban encapuchados, el rostro escondido.
Alcancé a ver, entre las sombras, a una mujer que dirigía a esos bribones.
—¿Pudo ver su rostro?
—No. Ella también encubría su semblante. Traía un manto encima y la capucha puesta. Estaba ella en el umbral de la puerta frontal. Pero puedo jurarle, mi señor sabueso, que noté sus ojos reluciendo y sus labios que sonreían.
—¿Hace cuánto fue eso?
—Unos tres meses.
—Muy bien.
—Yo le dije a mi esposo que no tuviera nada que ver con esa mujer. Evidentemente, era peligrosa. Pero él me respondió: «¿Quieres que me mate, entonces? ¡Esa mujer es una serpiente, es una bruja!». No supe qué contestar.
—Así que usted piensa que ella es la responsable.
—¿De la muerte de mi marido? Sí, creo que es ella. La razón es muy sencilla: mi esposo no tenía enemigos. Nadie jamás, que yo supiera, lo había maltratado así. No sé quién es esa mujer, pero lo repito: ella es la responsable.
Eladán chupó la pipa y exhaló una bocanada de humo.
Si tuviera que adivinar , pensó, creo saber exactamente de quién se trata.